El origen del sistema verbal narrativo

Añado algunos matices y reviso esta materia ya tratada.

En el texto de la representación no aparecen los tiempos de la Esfera de Presente –por razón de su mismo origen: porque la representación se origina al hablar del pasado. Por ello el presente y su esfera de tiempos no aparece. Por lo tanto, el tiempo grado cero, punto origen de las coordenadas temporales, es el indefinido. El pretérito perfecto simple o indefinido es el centro de coordenadas temporales. Es presente, o se convierte en presente, pero no al modo del presente de indicativo en la enunciación.

En la ennciación, el sujeto hablante, actualiza el lenguaje. Como el hablante se encuentra permanentemente en presente por definición, el presente es él, todos sus actos, uno tras otro, son presentes. El verbo que emplee, deíctico, señalador de su tiempo enunciador, es origen de coordenadas y sobre él se marcan los momentos y distancias, con marca gramatical de pasado próximo, remoto, antepasado, etc. Este tiempo, presente de indicativo, organiza como centro todo el sistema verbal. Pero en la representación no es así.

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El gerundio en la representación narrativa

El gerundio en la representación

Los tiempos de la narración son los que aparecen en la representación, aquellos que contienen la historia narrada. Dejo ahora a un lado el plano descriptivo, con imperfectos de acciones ajenas a la historia o estativos, sin acción alguna, como en estos ejemplos: el aderezo de la yegua era de campo, traía un alfanje morisco, las espuelas parecían de oro. Pongo la atención en el núcleo o primer plano, formado con los pretéritos perfectos simples, y añado los pretéritos imperfectos de acción argumental, que forman el segundo plano.  Ambos son verbos que carecen de deixis temporal, no hacen ningún señalamiento a tiempo del pasado, porque no los pronuncia nadie. No son deícticos, pero forman entre sí una trabazón temporal o estructura lingüística. Tomemos este párrafo del que señalo aquello que es acción, esté o no esté en forma personal de perfecto simple o imperfecto. Y encontramos dos gerundios. Lo demás se puede retirar.

Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.

Capítulo xvi. Segunda parte

Con verbos en tercera persona y con sus complementos, se construye un objeto en el que queda representada la historia. La resumo ahora en presentes:

el caminante detiene la cabalgadura
se admira del aspecto de don Quijote
mira (el caminante) a don Quijote
mira don Quijote al caminante
a don Quijote le parece de chapa

Y termina con la descripción del aspecto del caminante, que no son acciones, mostraba ser, las canas (eran) pocas, daba a entender. Lo enumero ahora en infinitivo: detener la rienda (el caminante), admirarse (el caminante), mirar (el caminante) y mirar (don Quijote). parecer (a don Quijote) hombre de chapa.  

Este suceso no se ubica en tiempo real alguno. Todas las acciones tienen su sujeto, y forman una trama, una arquitectura temporal, que consiste en la secuencia misma que he señalado.

Estos tiempos narrativos son, como he demostrado, atemporales. Pero el lector, en sus actos de lectura consecutiva, los hace presentes. Los actos de su atención como contemplador son su presente vivo que lleva el paso de la lectura.  Cada uno de ellos es un momento del suceso y un momento temporal del lector, que recorre la serie de acciones linealmente representada.

En la experiencia real del tiempo, el presente se va hacia el pasado y en experiencia de la lectura ocurre lo semejante: un momento de la lectura, queda atrás por el momento siguiente, hace que el anterior sea pasado.

Estos aspectos son la forma de representar el objeto, el de las acciones de una historia.  No son iguales las acciones abiertas que las acciones concluidas, por lo que se distingue entre primer plano y segundo plano. Dos series unidas en el mismo argumento de la historia. Pero en este pasaje, recortado de un suceso un poco más largo, encontramos dos acciones del suceso que está en gerundio. ¿Cómo se encuentran en la estructura temporal de la serie las formas no personales del verbo? Y en concreto me ocuparé ahora del gerundio, que, como acabamos de ver en nuestro ejemplo, forman parte del suceso argumental: admirándose y pareciéndole.

En el uso narrativo, el indefinido y el imperfecto son atemporales, y cuando un lector contemplador los actualiza son su presente. Podemos decir que, desde ese momento, son presentes. Ya no son ni pretéritos ni atemporales, como lo eran por la enunciación que faltaba del hablante, ahora funcionan como presentes por la apropiación enunciativa de un lector.

Estos verbos -con los que se ha construido un objeto sin hablar-, perdieron la función deíctica en su empleo narrativo, pero no han perdido el aspecto perfectivo o imperfectivo que tenían. No señalan tiempo deícticamente, pero sí presenta, el imperfecto, su acción como durativa, no cerrada en su decurso, o el perfecto simple su acción como completa y concluida.

El gerundio es durativo por su aspecto y presenta la acción en su decurso, tal como la presenta el imperfecto. Pero, a diferencia de este, no puede expresar la tercera persona, la propia de la representación narrativa, porque carece de morfemas flexivos. No es una forma personal y por ello no tiene la capacidad de constituirse en un punto de la arquitectura temporal, un nodo de la serie. Necesita apoyarse en un tiempo que la sostenga, en nuestro ejemplo, admirándose se apoya en detenerse y pareciéndole en miraba:

 Se aprecia que admirarse es una acción coincidente con detener la caballería, como lo es mirar y parecer. Y al mismo tiempo, se puede observar que los verbos en los que se apoyan estos gerundios, verbos principales, uno es perfecto simple y el otro imperfecto. Se trata de dos acciones que ocurren en el mismo punto de la serie temporal, tanto si ese punto es el de una acción perfectiva, del núcleo o primer plano, como si el punto es una acción imperfectiva o del segundo plano.

detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don Quijote
mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa

Como en estos casos el gerundio es una predicación secundaria, sostenida por el verbo principal, no se puede separar de él, por lo que pertenece a la construcción completa del verbo de la serie y no se puede independizar. Solo se podría independizar si se conmutara por una forma personal.

*detuvo la rienda el caminante, y se admiró de la apostura y rostro de don Quijote
*detuvo la rienda el caminante, y se admiraba de la apostura y rostro de don Quijote
*mucho más miraba don Quijote al de lo verde, y le parecía hombre de chapa
*mucho más miraba don Quijote al de lo verde, y le pareció hombre de chapa

No resulta agramatical la conmutación hacia el primer plano o hacia el segundo. Y esto es natural, tratándose de acciones, porque la distribución del argumento en estos dos planos tiene flexibilidad y es cuestión estilo. El uso del gerundio en la representación narrativa tiene más materia de estudio y observación. El punto aquí tratado da idea de que la gramática de la narración presenta peculiaridades que no resuelve la gramática general. Para este y otros puntos hay que contar con ella y recomiendo leer el capítulo 4 del libro: Las formas no personales del verbo de Teresa María Rodríguez Ramalle, del que facilito su acceso.

José Antonio Valenzuela

María, J. Isaacs. El narrador visto desde un párrafo

María de Jorge Isaacs. El narrador 

Artículo corregido en 2020, rehecho en abril 2019, de otro artículo anterior de 2017.

Si se lee la dedicatoria de la novela de Jorge Isaacs, María, y se toma todo lo que dice como real, se tendrá por cierto que el escritor, J. Isaacs, entrega a sus hermanos un libro de recuerdos, que Efraín puso en sus manos antes de fallecer, diciéndoles: Caros amigos..etc. El libro de Efraím, las memorias, comienzan diciendo: Era yo un niño aun cuando me alejaron de la casa paterna.

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Tiene el lector dos comunicaciones: la del escritor dirigida a los hermanos de Efraín que empieza como he indicado, Caros amigos; y la comunicación que hace Efraín con sus memorias: Era yo un niño. Si las tomamos como reales, como palabras que dice el escritor, por escrito, en la dedicación, y las que antes dijo Efraín, por escrito también, cuando compuso la memoria su vida antes de morir; los lectores y nosotros nos situamos en el ámbito de su comunicación, que es también nuestro tiempo real y nuestra vida. Efraím escribió su vida, ya ha muerto. Y el escritor, Isaacs, y los hermanos de Efraím éstán vivos en el tiempo de la vida humana, que es uno para todos. Viven en nuestra vida real.

Pero el estilo del escrito de Efraín, su modo de escribir, no cuadra con el que se emplea en un comunicado hablado o por escrito. Tomo una muestra del capítulo 28 cuando Carlos, un intruso pretendiente de María, está a punto de oír su negativa:

La voz de Carlos tomaba un tono confidencial: hasta entonces había estado sin duda cobrando ánimo y empezaba a dar un rodeo para tomar buen viento. María intentó detenerse otra vez: en sus miradas a mi madre y a mí había casi una súplica; y no me quedó otro recurso que procurar no encontrarlas. Vio en mi semblante algo que le mostró el tormento a que estaba yo sujeto, pues en su rostro ya pálido noté un ceño de resolución extraño en ella. Por el continente de Carlos me persuadí de que era llegado el momento en que deseaba yo escuchar. Ella empezaba a responderle, y como su voz, aunque trémula, era más clara de lo que él parecía desear, llegaron a mis oídos estas frases interrumpidas: -Habría sido mejor que usted…

Se percibe que no es el hablar real de Efraín. Se tiene la fuerte impresión de que estamos fuera del ámbito de la comunicación actual con Efraín. Está escrito en primera persona, son sus memorias. Y es la representación de un suceso en el que Efraín está presente y él lo cuenta y está en un trance de sus sentimientos por María, pero ese no es Efraín, es un personaje. Imagina por un momento que Efraím te ha escrito una carta diciendo eso y te resultrá inguantable.

Ahora, en este artículo, demostraré con razones que, efectivamente, esta percepción es exacta. En las representaciones autobiográficas el que narra es el personaje representado.  El estilo del escrito delata que no es un hablar real de Efraín contando su pasado.

Propongo a los que enseñan a escribir narraciones, que pidan a sus aprendices reescribir este pasaje , como si lo contaran ellos mismos en una conversación real. Y luego que lean lo que escriben los demás, si es un grupo, siempre ayuda a todos ver lo que otros en la misma situación escriben.

En la representación autobiográfica el hablante es personaje. Para escribir una autobiografía hay que salir de la comunicación verdadera y hacer una representación, convertirse en personje. No puede ser la persona real la que habla.

La suposición de que sea real esta comunicación no se sostiene y el estilo lo dice, es el juego convencional, falso, que muchas narraciones plantean como se observa en María. Aquí basta hacer la comprobación del estilo.  Cuando un lector de María lee el cuarto párrafo del capítulo primero, enseguida percibe que nadie habla así de su marcha, niño aún, del hogar paterno:

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.

Ahora bien, si desde el primer momento nos situáramos en la lectura de María como novela, el distanciamiento entre el lector, nosotros lectores, y la representación es evidente; porque el tiempo de la ficción de la novela no se puede encontrar con el tiempo de una enunciación real hacia nosotros. Efraín es personaje ficticio, y sus memorias remiten a un tiempo, era yo niño aún, que solo existe en la ficción. Pero el escritor no nos lo dice, por el contrario, lo que quiere es presentar la historia como real. En este empeño trata de ocultar la inexistencia de una situación de comunicación real, y presenta una como verdadera, pero es un engaño y tiene el atrevimiento de dedicar la obra a los hermanos de Efraín, que son tan inexistentes como él y como la historia que cuenta de sí mismo.

La distancia que hay entre la autobiografía y el escrito en tercera persona es my corta. Y puesto que la autobigrafía no es un documento notarial, todo queda en el ámbito del lenguaje y del modo de representación. La comunicación real no está involucrada, la representación ya no contiene comunicación real ni hablar ninguno. Para ejemplificar este aserto propongo transcribir un texto de primera persona en tecera. Por ejemplo, este:

Volví al salón. Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un valse nuevo. María me refirió la conversación que al regreso del paseo había tenido con mi padre. Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo: recordando ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios. 

María, capítulo 28

Y en tercera persona:

*Volvió al salón. Mientras su hermana ensayaba en la guitarra un valse nuevo. María le refirió la conversación que al regreso del paseo había tenido con su padre. Nunca se había mostrado tan expansiva con él: recordando ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios.

La representación en primera persona puede cambiarse por tercera persona. Se alteran matices sutiles.  Pero la gramática y estructura del texto es correcta y el argumento no cambia.

Al hacer esta transposición, Efraín se convierte en tercera persona, personaje, que no habla, salvo en estilo directo, en diálogo con otros personajes, que no lo introduciría él, diría le respondió en lugar de le respondí. Se ve que en realidad es un personaje como los demás representados. Su hablar no es el hablar de un narrador normal, persona viva que cuenta lo que le pasó, habla un personaje representado.

Las dos últimas frases: el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios no cambian en la transcripción. Son frases en tercera persona. Estas frases ¿Quién las dice? En el primer párrafo autobiográfico, el personaje Efraím, en el segundo nadie, pertenecen a la representación. Todo queda dentro del lenguaje: o no habla nadie o habla un personaje.

Según la narratología usual las frases las dice el narrador, un narrador, y según mi opinion el narrador no dice eso, la representación no es suya. El narrador tiene sus intervenciones y están fuera de la representación.

En el primer párrafo las frases se atribuyen a Efraín, porque el personaje está hablando y hace autoreferencias de primera persona muchas veces: volví al salón, María me refirió. Las dos frases en tercera persona, que no tienen auto-referencia, no cambian en la trascripción. Estas frases se las atribuimos Efraím en el primer párrafo, pero en el segundo no, porque ya no habla. Entonces ¿Quien las dice? ¿A quién se ls tribuimoos? A nadie.

José Antonio Valenzuela

Solo un presente

No puede haber dos presentes. Pero hay dos presentes

La representación es presente, representado. Con la narración estamos ante la representación de algo ocurrido. Sucedió en algún presente ya ido. La re-presentación es  presenciar ahora lo ocurrido en otro tiempo o lo imaginado como ocurrido. Otro presente distinto de aquel en que se sostiene en la conversación con otra persona, “yo te digo y tú me dices ahora que hablamos”, presente de la comunicación.

El tiempo de nuestro hablar y el tiempo ante una representación  es diferente, son dos tiempos; el segundo desplaza al primero, aunque no se pueda salir de él. Cuando se presencia no se está en condiciones de intervenir en el mundo. Ante la representación se está fuera, en la comunicación se está dentro. Son dos tiempos, no se pueden confundir en uno. El tiempo en que contemplo y el tiempo en que vivo, latidos en la sangre, son distintos y sin ubicación simultánea posible. El transcurrir el tiempo en lo representado y el transcurrir de la vida real son dimensiones incompatibles, uno desplaza al otro, por ejemplo, mientras dura la lectura del suceso no escuchas a nadie.

En el presente narrativo. Los minutos del reloj pasan, pero cuando se está ante en la representación, se vive enajenado de ellos, son otros minutos. El tiempo representado es el que pasa entre los hechos puntuales representados.  La narrativa es lineal y sucesiva, requiere tiempo, pero lo que cuenta en ella es el tiempo representado. El que está en los  sucesos que discurren en la contemplación.  El tiempo no se pueden detener. Se desliza al contemplar y se desliza al hablar. Nadie puede pararlo. Si se menciona el suceso que ocurrió el martes pasado, el martes  bien fechado y aparentemente fijo, no está fijo, se  aleja del que habla, como la imagen del retrovisor, porque el presente no se para.

El presente  comunicativo se ha perdido por completo en la lectura de la narración, el lector sale de su tiempo, se enajena. Y al terminar la lectura mira el reloj y comprueba que el tiempo real ha pasado, pero sobre todo, más que comprobar la hora, lo que se hace es volver al tiempo vivo y real. El presente de hablar había desaparecido, como si no existiera. El lector parece quieto, y está fijo, porque  lo que se mueve es el relato. Pero el tiempo real de la vida ha transcurrido también y  a lo mejor es de noche.

Los tiempos gramaticales del texto narrativo serán tiempos pretéritos para la gramática, “salió la paloma, voló por el cielo”, al hablar; pero son un presente en la lectura de la narración; en ella se ve y que sale y vuela en ese momento presente, constitutivo y fundante del mundo  que contemplo, del presente percibido en lo representado, el tiempo construido en las palabras y actualizado por el lector.

Los dos presentes son incompatibles y se desplazan mutuamente. Corren aparte y con diferente medida. Cada uno tiene que tener su esfera, no se mezclan, aunque el tiempo vivo engloba al tiempo representado.

Relato en primera persona

Jorge Isaacs, María. Memorias

Si el personaje, que por serlo, puede hablar, no hablara de sí y contara su historia,  todo sería tercera persona. Pero como en toda narración, podría aparecer un hablante al que llamamos narrador, pero ese narrador no es personaje. Queda fuera de la representación, enmudece en ella y es narrador que no habla como personaje.
En el caso de la representación autobiográfica, el hablante es personaje. No puede ser la persona real, porque no saldríamos de la comunicación verdadera. Del contacto real con Isaacs y con Efraím. La suposición de que sea real esta comunicación no se sostiene. Es el falso juego, convencional,  de la presentación de las novelas.

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La representación descrita

La representación

Se trata de una noción básica y necesaria para entender el texto de la narración. Resumo  lo relevante del artículo de Martínez Bonati dedicado a la representación: “Representación y ficción”,  Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol. 6, No. 1 (Otoño 1981), pp. 67-89.  <http://www.jstor.org/stable/27762136>).

Al principio este trabajo manifiesta que tratará primero en general del fenómeno de la representación, sin distinguir en todo momento la representación ficcional de la representación de entes reales. Este es un buen principio pues ya sabemos que desde la lengua no se puede dilucidar si el asunto tratado es ficticio o real y, por este hecho, para describir la representación no se requiere  esta distinción. Pero la capacidad de la lengua para efectuar una representación es la posibilidad de la literatura. Y la literatura es representación de lo ficticio, representación sin referente real. Asunto que interesa a  Martínez Bonati para definir  el estatuto de la lengua literaria y por esto la distinción en un segundo momento sí le  importa. Tiene que abordar esta cuestión y lo hace desde la fenomenología. Con lo que se complementa lo que desde  la lingüística hemos alcanzado a entender..

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Las formas no personales del verbo (1)

El estudio del uso de las formas verbales no personales en la narración consistirá en observar su comportamiento en las frases narrativas propias del estrato de la representación. Solamente en él, excluyendo los diálogos y el hablar del narrador.

La observación de infinitivos, gerundios y participios pertenecientes a frases de los estratos hablados, sea la palabra del narrador y de los personajes, no tiene objeto en la gramáica narrativa, puesto que su uso corresponde al hablar y está descrito en la gramática general de la sintaxis oracional. Esta gramática, como no distingue entre hablar y representar, mezcla los textos en sus ejemplificaciones.

Tomo como referencia la obra de Teresa María Rodríguez Ramalle, Las formas no personales del verbo . En este cuaderno se enfoca el empleo de estas formas dentro de la sintaxis oracional. Y se registran ejemplificaciones, sin considerar si la forma no personal del verbo que se muestra, pertenece al texto narrativo en alguno de los estratos de la representación, pues se mueve en el ámbito de la gramática general. Tomo un par de ejemplos: Me encontré a María llorando y sentada en el cuarto de atrás. / De haber reclamdo, te hubieran atendido mejor. La primera es una frase de texto narrativo, la segunda no puede ser narrativa, es enteramente ajena a este estrato. Incluso  no puede pertenecer a él.

Esa segunda frase no puede pertenecer al estrato de la representación, porque la dice alguien. La objetividad de este estrato excluye el uso de la primera del yo-tú, primera persona y de su correlativa segunda. Los verbos, en su uso narrativo, están en tercera persona, la no persona, la que no entra en el binomio de la comunicación. Si es primera persona es hablar. Puede se una autobiografía, Me encontré a María, pero el hablar de los personajes cae dentro de la gramática general. La frase sería narrativa si dijera: Se encontró a María llorando y sentada en el cuarto de atrás.

El análisis sintáctico nos dice que se trata de un gerundio, llorando, que funciona como predicado vinculado al verbo personal principal y referido a María, como sujeto de la acción. Ese valor sintáctico no es relevante en la narración. Para la narración importa que se trata de una acción, llorar, simultánea con la acción nuclear encontró; y que si se conmutara a un verbo personal, llevaría al imperfecto, al estrato descriptivo necesariamente. Podría ser: *Encontró a María. Lloraba. Estaba sentada el cuarto de atrás / Encontró a María que estaba llorando , sentada en el cuarto de atrás.  Se trata de tiempos verbales que pueden conmutarse.

El valor del gerundio y del participio se calibra por su capacidad de conmutación, precisamente la estructura de un texto narrativo, la estructura general, permite adoptar la separación entre planos o incrustar uno en otro. Se observa la capacidad de predicación secundaria del gerundio: puede presentare el acontecimiento subordinado adverbialmente al verbo principal o adjuntado a él en el segundo plano, en imperfecto, pues la acción tiene que ser continuada e imperfectiva y no puede trascribirse a indefinido (lloró). En ambos casos es un verbo, nombra una acción, que entra en el segundo plano del argumento.

El cuaderno, por lo tanto, responde a lo que declara en su presentación, hacer un análisis sencillo, y bien hecho, pero tiene una utilidad relativa efectos de analizar el texto narrativo. Este texto tiene su gramática propia, no escrita todavía. Me pregunto ¿Cómo se puede enseñar a escribir y a leer narraciones, si no se conocen sus frases? Para enseñar a narrar, creo yo, hay que provocar el ejercicio de escribir sus distintas frases y desenvolverse bien en la estructura del texto. No se enseña a escribir dándo consejos: busca personajes que despierten interés y capten la atención del lector con intriga.

La descripción y la historia contada

Se aclaran algunas nociones ya parcialmente expuestas. Parte en el libro El texto de la narración en español, 2016, (descargable en PDF).

La historia o suceso narrado  y la descripción tienen un mismo lenguaje mimético y mostrativo;  y ambos tienen la  objetividad señalada  por Benveniste, pues lo señalado para el texto “histoire”  se aplica  igualmente al elemento descriptivo, es un objeto y nadie habla.  Pero el texto descriptivo, al que Benveniste no hace referencia,  se distingue del núcleo (histoire) y se contrapone a él. Tiene de común con él que nadie habla.  Pero se diferencia  en que no contiene ningún suceso  o articulación temporal  y no se refiere al pasado. Me voy a detener  en este último punto.

La descripción es atemporal, expresa lo estable, los hábitos, las cualidades permanentes, las apariencias, lo que pasa y se contempla en el sucederse de un presente inacabado e imperfectivo. No se sigue el hilo de una historia. La descripción es un asunto simultáneo. Se escribe en imperfectos atemporales, que convierte en presentes el lector. Las formas verbales de l representación no indican tiempo, pero si representan un acontecer, la lengua ofrece una articulación temporal interna.

Pero la descripción es diferente del suceso articulado en el tiempo. En presente, como he indicado, no se puede narrar. Entre otras cosas porque las acciones está abiertas y sin terminar, son imperfectivas. La  representación de un suceso requiere la  articulación de eventos  ya completos. Y un evento completo y terminado se marcha hacia el pasado. Es lo que hace el participio  “llegado”.  Al dar la llegada como evento ya cumplido,  pese al presente del verbo “haber”, el “ ha llegado” es pasado próximo al presente. No es tiempo verbal narrador.

Los dos estratos, el del argumento y el de la descripción, nos dan “la representación lingüística de lo concreto individual” (Martínez Bonati).  Pero la esencia  de lo narrativo es la representación de un suceso. Y la esencia de lo descriptivo es la representación sin suceso.  Podríamos decir lo escénico.  Si no se distingue, como es lo habitual, porque no conozco de nadie que establezca la diferencia entre el presente narrativo y el presente del hablar comunicativo, se entiende que las narraciones se hacen en pasado porque se utilizan los tiempos del pasado. Por lo tanto el imperfecto descriptivo tien valor de pasado. Las descripciones de la novela se ponen en pasado. Esto es el lugar común en las explicaciones sobre la narración. Pero también se dice en las gramáticas, sin haber abandonado  esta perspectiva, que el imperfecto es el presente en el pasado.

Esta última expresión equivale a decir, en nuestro planteamiento, que el imperfecto es  presente en la representación mimética.  Presente narrativo con rigor de definición. No un presente, interpretado por la sensación que produce, como si fuera presente por contraste con el pasado pretérito indefinido. No es tal cosa, porque el indefinido es verdadero presente narrativo, y no tiene valor de pasado. En el sistema verbal narrativo en español tenemos dos formas verbales de presente.  Tenemos la forma verbal perfectiva,  que permite la articulación del núcleo,  y tenemos la forma verbal imperfectiva con la que no se puede narrar o se sostiene un hilo argumenal de modo muy deficiente. Se narra muy imperfectamente, y cuando contienen verbos de acción, la trama argumental forma con ellos un segundo plano.

El presente de indicativo tiene rasgos semejantes al imperfecto, sin duda. El presente de indicativo  señala el presente del hablante,  por lo que este tiempo tiene que ser por necesidad de su naturaleza imperfectivo, y no se puede narrar con él o se narra imperfectamente. Dicho con mas precisión, no se puede construir una serie nuclear con acciones inacabadas.  Y esto mismo es lo que pasa con el imperfecto, que es igualamente imperfectivo e inacabado. La representación narrativa requiere el presente perfectivo para el encadenamiento de los hechos. Y así tenemos dos presentes en la representacción narrativa: el indefinido y el imperfecto; con uno se articula bien el suceso y con el otro no.

Propongo leer este texto, que estaría tomado, supuestamente, de un texto narrativo, y en él se describe una casa de Toledo, de un personaje de la acción de la novela, si se tratase de una novela. Un pasaje descriptivo.

Este hidalgo vivía en Toledo. Su casa era grande y ancha; tenía un zaguán un poco oscuro, empedrado de guijos menuditos; sobre la puerta de la calle había un enorme escudo de piedra; el balcón era espacioso, con barrotes trabajados a forja; y allá dentro del edificio, a mano izquierda, después de pasar por una vasta sala que tenía una puertecilla en el fondo, se veía un patizuelo claro, limpio, embaldosado con grandes losas, entre cuyas junturas crecía la hierba.

Y ahora leemos mismo texto, tal como se encuentra en el original del que lo he tomado y sobre el que he hecho la trasposición de los tiempos verbales. El original está  escrito en presentes de indicativo. Se trata de un texto no narrativo, sino de comunicación hablada actual  y deíctico. (Azorín. Castilla. Un hidalgo,  Las raíces de España).

Este hidalgo vive  en Toledo; [ el autor desconocido del Lazarillo de Tormes ha contado su vida.]  Su casa es grande,  ancha; tiene  un zaguán un poco oscuro, empedrado de guijos menuditos; sobre la puerta de la calle hay un enorme escudo de piedra; el balcón es espacioso, con barrotes trabajados a forja; y allá dentro del edificio, a mano izquierda, después de pasar por una vasta sala que tiene una puertecilla en el fondo, se ve un patizuelo claro, limpio, embaldosado con grandes losas, entre cuyas junturas crece la hierba.

La  diferencia entre ambos reside en que Azorín, escritor,  confecciona una representación sin historia. No escribe narraciones.  Es una escena sin argumento ni suceso alguno.  Se hace una mostración o representación, en presente de indicativo, tiempo del hablar, Esfera del Presente, un tiempo con valor deíctico,  enunciativo,  actual.  Por eso, el “nadie habla”, norma insoslayable de la representación narrativa, no se da. Alguien lo está diciendo, ¿será presente deíctico? Veamos.

Cuando mas adelante se lee: ”nuestro  hidalgo se levanta”,  en la escena aparece una acción y se emplea el presente. Este suceso, es una acción que se contempla,  en el momento de hablar.  Se dice lo que  se está viendo.  Es presente no narrativo  (si lo fuera se llamaría presente histórico), sino  presente de indicativo actual con el que no se puede narrar. Pero sí se puede, confeccionar una representación simultánea y estática de la casa. Y una acción sulta.

Esta representación sin suceso se realiza contemplando lo que se tiene delante, la casa del hidalgo en Toledo, se recorre detenidamente con la mirada. La describe en presentes. Es un hablante y está diciendo lo que ve. Cuando un hablante habla de un suceso pasado usa el pretérito y por eso la representación de los sucesos se confecciona en tiempos pretéritos. Porque cuando el hablant se esfuma, la representación misma se convierte en objeto primario de la atención. Con la desaparicion del hablante desaparece el tiempo, y como efecto de ello las formas de pasado no indican más que el evento, sin indicar ya tiempo pasado. Las representaciones se convierten en atemporales, aunque no lo parezca, pues se confeccionan en tiempos pasados.

Se segrega lo representado y se presencia una historia que progresa en el tiempo, unos hechos antes y otros después, pero no se pueden situar en ningún tiempo. Entre el presente del que cuenta un suceso pasado y el suceso se abre una brecha o distancia. Pero ahora no, es un suceso en sí mismo, como objeto que dadie dice.

¿Qué sucede cuando lo representado no es un suceso ocurrido, sino un escenario presente? ¿Se puede representar el presente? El presente representado no se distancia del presente del hablar, el pasado representado, sí. Esta  representación dificilmente se puede desprender de la voz que la enuncia.  Y no puede alcanzar la condición independiente del texto de la narración, que permite a la representación de un suceso pretérito ser abordada  en directo. La representación decriptiva sin suceso, es un caso parecido al relato autobiográfico, lo hace un personaje hablante y no puede desaparecer, ni separarse del argumento que es él mismo, su vida.

Por esto se ve claramente que en Castilla y otro escritos del mismo Azorín, y de otros como Miró, no es el escritor el que habla sino una figura, un personaje ficticio el que ve y comenta, por lo que este hablar es pseudo hablar o hablar representado. Razón por la cual está en presentes, que son deícticos en la representación, no pertenecen  un hablar real de nadie vivo, salvo lo que viene entre corchetes [ el autor desconocido del Lazarillo de Tormes ha contado su vida]. Aclación que está fuera de la representación.

Si el texto se encontrara en una narración, como estrato descriptivo, tal como lo presenté en la primera lectura, estaría en imperfectos, que serían igualmente presentes de la representación. Tenemos ahora una representación que no hace un hablante vivo, sino un hablarte representado, pseudo hablante, un personaje que habla, pero no habla contándonos una historia, sino mostrando una escena sin tiempo, simultánea. Si fuera una historia estaría en imperfectos, y al no haber historia, la simultaneidad va en presentes. tiempo verbal que no procede de pesona viva y carece de referencia al tiempo. Esta representación de Azorín es simultaneidad si tiempo.

Y ahora es el momento para  recordar que la génesis primordial  del texto de la representación narrativa es la representación  de un suceso pretérito. Un suceso referenciado a un presente deíctico actual. Un hablante en presente habla de un suceso pasado. Y esta vinculación entre presente y pasado es la que se deshace. Cuando la representación está independizada, el lector (o el escritor)  la aborda directamente.  Entonces nace  un  discurso propio y diferente del hablar actual. El discurso de la representación narrativa, que no hay que atribuir a nadie, frente al discurso del hablar común que debe atribuirse a un hablante actual. Cuando esta disyunción no se establece no se entiende que la representación no la diga nadie. El narrador lo dice todo y la narración es asunto  pretérito.

Lo que quiero resaltar es que la representación  en presente solo es descriptiva y además no  puede desprenderse de la voz enunciadora,  no se desvincula del hablante, pero el hablante es personaje, no es hablante vivo. Esta representación es la descripción narrativa sin narración.

La descripción o lo descriptivo es un mundo que se constituye ante nosotros por la percepción de seres concretos. Lo narrativo hace lo mismo pero contiene la representación de un suceso. Narración y descripción constituyen el texto mimético o el “discurso mimético”. No hay diferencia entre narración y descripción. No la hay desde el punto de vista lógico, pero se distinguen por el criterio de articulación temporal, que para Bonati no es relevante.

La dimensión del presente

La dimensión del presente, representación y hablar

En el acto de la enunciación el presente de indicativo sitúa la lengua en el tiempo de la persona que habla. Situarla significa que ese fragmento de lengua ha sido emitido por la conducta de una persona que, al hablar, se ha referido a su tiempo vivo. Cualquier frase de la lengua ha sido formada por una conducta humana. Desecho la posible producción mecánica. Según Bühler esto es hablar en situación. El presente de indicativo en el acto enunciativo es un señalador. Si ese verbo o palabra no se pronuncia o escribe en el tiempo vivo de un hablante. no es señal. El verbo llegó en una lista de un cuaderno no señala ningún tiempo. El acto de la palabra, el hablar o escribir, es comportamiento en el tiempo. Y debido a ello las palabras deícticas, como el presente de indicativo, funcionan como señales si alguien las emplea así. Señalan el tiempo del comportamiento emisor, el tiempo de su hablante.

El tiempo no es ni puede ser propiedad de la lengua, sino de los hablantes, de sus actos, de su conducta verbal. De ahí que los signos mostrativos del tiempo y del espacio necesitan la conducta y son un acto de señalamiento. El hablar, discurso actual, requiere una situación de comunicativa real y un campo mostrativo temporal, que es el tiempo del hablante. Así un pretérito indefinido cantó, es una palabra que nombra una acción, la atribuye a una persona diferente del yo-tu de la comunicación y la sitúa en un tiempo anterior al tiempo del hablante, que es por necesidad presente.

 Ahora considero la palabra canta y pregunto: ¿Qué dimensión temporal tiene este presente? La respuesta es que, como acto señalador, según me parece, no tiene ninguna dimensión. No indica nada acerca de la duración. ¿Cuánto tiempo estuvo cantando? Quién sabe.  La dimensión del tiempo pertenece a otra realidad. Lo contrasto con un deíctico espacial, la palabra basurero. Si está un cartel señala un campo y lo apunta desde donde está posicionado. La señal no dice nada de la dimensión del basurero. La dimensión no la da el señalamiento. De igual modo un deíctico temporal como el verbo, emitido por un hablante solamente señala su tiempo. El tiempo del hablante es el tiempo del oyente en la situación comunicativa, por lo que la dimensión del presente tiene que ver algo más con esta situación entre hablante y oyente, que con la enunciación. Una situación comunicativa puede ser efímera, durar un tiempo variable o puede ser estable y sin dimensión temporal conocida. Y ha de valorarse en relación con los oyentes y los significados. Puede abarcar a toda la humanidad y todos los tiempos. El acto de la enunciación se activa el señalamiento, pero su dimensión y está vinculada al acto de la recepción y a otros factores.

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El paso de hablar a representar

La secuencia de tres pasos del título de mi libro: HABLAR REPRESENTAR NARRAR,  procede de la observación de la conducta que se despliega con el uso del lenguaje. La comunicación hablada es el primer empleo de la lengua. La oralidad es la cuna esencial del lenguaje. Este hablar, como primer uso, es naturalmente un acto de presente y se refiere y mencionan las realidades presentes. En un segundo momento se adoptarán como referencia las realidades del pasado. En presente y desde él se habla de lo que pasó. Cuando se habla del pasado se cuenta un suceso, la vida de la que se habla son los sucesos ocurridos.

En la comunicación pueden intervenir muchas personas, la palabra corresponde a una sola, las restantes son pasivas, al menos hasta que les llega el turno y puedan intervenir activamente. 

El que escucha o los que escuchan, la audiencia, no tienen número definido, todos y cada uno están pendientes de la persona que relata lo pasado. Entre ambas partes se establece un compromiso, porque es un hecho vivencial, real, que conlleva consecuencias para los parcicipantes: liga las conductas.  El hablante se impone con su persona y su voz, con sus gestos, con su actualidad presente, sobre el oyente o los oyentes, que están como obligados a no desentenderse de la comunicación establecida. No pueden o no deben, por compromiso, interés o educación, apartar su atención de quien les habla. Tampoco en el caso de que hable del pasado.

Pero este compromiso de escuchar la historia se puede debilitar, quizá el oyente bosteza y se ausenta de la comunicación establecida, distrayéndose o desperdigándose en otras cosas. El hablante nota la falta de interés en lo que dice. Aunque esa desatención hacia el hablante también se ocasiona por lo contrario, por un reforzamiento del interés hacia la historia y menor hacia el hablante. La representación que confecciona el hablante, hace que la atención se centre en la misma historia y se desconecte de quien la relata. Y sucede que el hablante puede tener también este mismo propósito: desaparecer. Quiere que se enganche con su historia. Y no reclama la atención sobre sí y no habla de sí mismo, muestra los hechos en tercera persona, desaparece, confecciona una mostración objetiva.

Se comprende que, en el relato oral de una historia pasada, el oyente incline su  atención sobre el asunto y pierda el contacto con el que, hablando, la cuenta en presente. Y si el mismo interés tiene el  hablante, la conexión desaparece. Puede llegar a tal punto la enajenación que produce la historia en el oyente, que no perciba la presencia del mismo que narra. Si el mundo de la historia representada capta toda la atención, se pierde el contacto con él narrador, puesto que la conexión se establece entre el espectador y el mundo representado y desaparece la atención y el comprominso con el campo, el tiempo y la persona o del elemento mediador. Se ha establecido un puente por el que se pasa al otro lado del río, y queda prendida la atención en el otro lado; el puente es mero tránsito, y se olvida.

Olvida el espectador que alguien le está hablando. Porque en realidad no le está hablando nadie, lo que hce es abrir una cortina y poner ante su oyente el panorama de la representación, el escenario de un mundo ausente, ya pasado e ido. Puesto que el mundo pasado ya no se puede presenciar, es necesario hacer de él una representación. La presencia, es decir, el presenciarlo, es un espejismo y produce la enajenación. Por lo que se deduce que la representación nace del pasado. Y responde a una necesidad de verlo y preservarlo.

Como la intensidad de la representación fuerza y provoca la desaparición del hablante narrador -la representación no le necesita- se constituye sin él, y por lo tanto en tercera persona, en ella nadie habla. Es decir, la forma más limpia de representación es la objetiva, tercera persona, nadie habla al lector.

La objetividad de la representación es la más conveniente para que el narrador desaparezca y sea sustituido por la acción y escenario, en lo que se refiere a la captación de la atención. En ella ya no hay hablante real ni oyente real. Este fenómeno es propio de la conducta; no pertenece a la estructura íntima del lenguaje, pertenece a la comunicación, a la vida en la que emplea el lenguaje. A la presencia o ausencia del hablar verdadero como hecho experimentable.

Por esta consideración se entiende que, entre el hablar actual del narrador, entre el acto presente de su persona, entre el discurso que emite, por un lado ; y por otro, la representación del pasado, que es solamente lenguaje y texto, un objeto presenciable, se produce un contraste y contraposición. Entre el hablante actual y la representación del pasado, se origina un ir y venir de la atención entre polos extremos: presente del hablante, pasado de la representación del suceso. Esta es la conversación entreverada con relatos pasados. Un ir y venir. La experiencia común dice que no es fácil atender a dos cosas a la vez: al hablante, con el íntegro compromiso de la comunicación, y a lo representado, con la fuerza de su espejismo.

El hablante se hace ausente y lo ausente -el suceso pasado- se hace presente. El compromiso con el hablante se relaja, se pierde y se diluye la comunicación hablada. Y el narrador se hace inmanente al texto, queda fuera de toda realidad. Y la representación es  todo.

Se produce un movimiento de oscilación -observable en la experiencia común-, pero no puedo traer ejemplos de esta transición por la dificultad de recogerlos de la realidad fluida. Pero se observan de hecho en la conducta hablada. El camino que va desde el hablar del pasado a la formación de la representación, enteramente independiente del hablar. Se infiere que entre estos extremos hay un tramo de transición. Los extremos son el hablar actual y el texto objetivo de la representación. Son entidades evidentes y bien definidas. Quizá sea necesario mostrar o demostrar, que por su carácter evidente, se convierten en dos modos inequívocos de realizarse la lengua .

Pero la transición y el paso de uno a otro, se lleva a cabo en sutiles y variadas formas de conducta. La  descripción que hago resulta de imaginar esos momentos en los que se cambia de registro. En general, lo que sucede es que se deja momentáneamente de hablar y se hace una representación del suceso o de parte de él y se pasa de nuevo al hablar. Por lo tanto, parece que en este momento intermedio, la representación se realiza, cuando todavía no ha desaparecido por completo el hablar y por lo tanto alternan entre sí, alternan no se funden en uno, porque no son compatibles. De modo parecido se observa que no es compatible que dos personas hablen al tiempo. Este fenómeno puede apreciarse en breves momentos de cualquier conversación.

Es un fenómeno oscilante, durante un tiempo, entre sus extremos: el completo hablar de la comunicación real y la representación autónoma y pura, en la que nadie real habla. La novela autobiográfica pueden servirnos de ayuda. Desde luego en ella no hay vida real, pero está representada la vida real. Y por esta razón podemos encontrar en ella la oscilación que he mencionado antes.

El caso es este: un personaje (figura representada y con un hablar inauténtico, no real) habla en los diálogos con otros personajes, todos dentro del mundo representado. Pero si su hablar consiste en contar su historia; (lo que puede hacer, se representan todos los rasgos del hablar real, sin serlo). Entonces el personaje que cuenta la historia es réplica del hablante real cuando representa su pasado.

En un relato autobiográfico, ¿a quién cuenta la historia el personaje que habla?  Una novela autobiográfica, por ejemplo, empieza así: Nunca podré olvidar aquel día… La frase anuncia que un personaje hablará de su pasado, no se sabe todavía quien es ni que nombre tiene; hasta que más adelante se lee: Mi nombre es Cayetano, aunque todos me llaman Tano.  ¿A quién habla? Supuestamente a los lectores.

Cuenta la aventura de su vida personal y los sucesos en los que participó. Habla de él: paso a referir quién es el que esta historia escribe. Es personaje y hablante, o escritor, que se presenta como autor y narrador de la historia, la suya y de otros. El personaje es narrador de lo representado, parece que la historia la cuenta él mismo.

Nadie puede pensar que cuente los sucesos de su vida a alguien que esté fuera de la representación. Un personaje es figura dentro de la representación y no tiene capacidad de dirigirse al lector. Su historia nace en su hablar de personaje. Como el hablar real es irrestricto, y se puede decir todo, puede hablar del pasado y representarlo. Esto es exactamente lo que hace un hablante real cuando cuenta su vida. Y nos encontramos ante una replica de esa realidad.

Si tienes un amigo pescador y te cuenta, como hazaña, la captura de un salmón en el río. Puede suceder que te interese tanto la captura misma, que el amigo pase a ser una parte de la aventura, es decir, de la representación. Se convierte en personaje, aunque hable de sí y en primera persona, es personaje. Entiendo por personaje la persona real representada. Pero puede volver a ser comunicador real cuando se termina el relato y se reanuda la conversación.

En la lectura de la novela autobiográfica de Sánchez Adalid, Treinta doblones de oro, observamos el paso entre el hablar y el representar. Cayetano habla como persona y como escritor: Volviendo al punto inicial del presente capítulo, diré que pasaron las fiestas de la Natividad del Señor…  Pero muy pocas veces se pueden encontrar estas frases. En la historia que cuenta Cayetano, él se incluye dentro de la representación como personaje, y habla de sí mismo.

Se hace un personaje de ella, y viene a ser el caso del pescador que desaparece como hablante real y nunca vuelve a restablecer la conversación hablada real. De modo que el tránsito entre el hablar y el representar es breve y sin consistencia e inestable. En la autobiografía podemos observar el caso real, el planteado al principio. En la simulación de lo real. Nunca podré olvidar

Estamos ante una alternativa: o el que cuenta su pasado es persona real, en comunicación real con quien escucha, o no lo es. Si no se puede verificar su realidad estamos ante un personaje. En todo caso, estamos ante una situación sin resolver aún. Es decir, no podemos asegurar si me habla alguien o estoy ante una representación. Por lo que se puede afirmar que la autobiografía consiste, digamos que siempre, en la narración de un personaje representado. Incluso aunque ese personaje sea una persona real que cuenta sus memorias. Puesto que si domina la representación sobre el hablar, se ha convertido en personaje representado y su hablar desde ese momento es imitado. Hace la representación de si mismo contando una historia. En la autobiografía encontramos que esa oscilación que se debate entre el hablante real y el carácter  de personaje de ese hablante es efímera y no se puede sostener.

Por otra parte, el narrador, la voz del narrador, la que habla en cualquier relato es inmanente y está fuera del hablar real. Pero su estatuto lógico y estructural no es el hablar del personaje. Aunque los dos son hablantes.

En este punto conviene aclarar la posible confusión que se da entre representación y ficción. Lo representado es imagen de algo ausente, pero no tiene por qué ser ficción. El pasado de un suceso real está ausente, pero no es ficción. El pasado necesita ser representado, puesto que es ido. Y lo puede representar la persona que habla y por lo tanto lo hace presente. De modo que se dan las dos circunstancias al tiempo, representación, la persona representada, que llamo personaje y la presencia viva de ese personaje, es decir, la persona. Este es el caso del pasado mencionado por una persona presente. Esta persona es representación en la historia y es realidad viva en la conversación. Personaje y persona de modo simultáneo.

Si el pescador refiere la captura del salmón, sus amigos le tienen presente como hablante actual de la conversación y le tienen también presente de otra manera, porque el momento del pasado lo esta representando, haciendo presente,  con su historia.

 La captura es cosa del pasado y hay que representarla. El amigo que escucha está ante los dos, que son el mismo, pero los ve de diferente manera. Coinciden, pero en el suceso de la pesca es figura representada. Y cuando deja la historia y se habla de otra cosa es él en persona.  La inestabilidad de esta situación proviene de la conducta, de la misma conversación. Cuano habla es persona y personaje, va y viene.

El hablante, la voz autobiográfica, en el caso de la ficción, no es hablante verdadero nunca, ni lo es ni lo ha sido. Por ser ente de ficción se encuentra dentro de la representación y en ella habla como personaje. No puede hablar como persona nunca. Como hablante autobiográfico es ficticio y como figura representada es simplemente una figura representada. El ser figura representada, es decir, personaje, no supone que sea necesariamente ficticio, puede ser real, como en el caso anterior, pero lo sabemos extralingüísticamente, es decir, no por la lengua misma, por verificación externa, ahora sabemos que es ficticio porque sabemos que es una novela. Y este es un conocimiento extralingüístico.

Contrastando el relato del pescador de salmón y el relato de Lázaro o de Cayetano vemos la diferencia. El pescador es un ser actual, que puede estar cerca con su compromiso de hablante y con Lázaro o Cayetano no puede darse esa cercanía real y actual porque son seres ficticios.

Cuando en una representación no autobiográfica se oye una voz de persona que habla -distinta se entiende de las voces de los diálogos- estamos ante esta tesitura: o es persona real o es voz inmanente y de narrador. La voz inmanente no es real, y nunca puede convertirse en voz de persona real, porque romperla la narración y nos llevaría al hablar verdadero, contrapuesto a la representación pura. Entre hablar real y representación se da un equilibrio inestable.

Tercera o primera persona

La representación se define como aquel estrato del texto narrativo que pone delante un mundo ausente, que puede responder a una realidad o responder a algo en la imaginación del que la confecciona. Martínez Bonati la define como escrito compuesto de frases o juicios apofánticos, aquellos que son aquellos que ponen la realidad delante. La representación como estrato del texto narrativo se compone de las acciones de la historia y de las descripciones de sus lugares y personajes. Ambas cosas en tercera persona. Si es la presencia misma de las cosas y de las acciones nadie las puede decir, nadie habla en la representación, pues si alguien hablara o fueran entregadas por un hablante, no serían realidades primeras y fundantes, abría detrás y antes una persona.

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La representación y la ficción

La secuencia entre hablar, representar y narrar es la que se observa en el despliegue del uso del lenguaje. La comunicación hablada es el primer empleo de la lengua. La oralidad y la comunicación es la cuna del lenguaje. El hablar, como primer uso, es naturalmente un acto de presente y se mencionan las realidades presentes. En un segundo momento se adoptará como referencia las realidades del pasado. En presente y desde él se habla de lo que pasó. Cuando se habla del pasado se cuenta un suceso, la vida de la que se habla son los sucesos ocurridos

En la comunicación pueden intervenir muchas personas, pero usar la palabra corresponde a una sola, las restantes son pasivas, al menos hasta que les llega el turno y pueden intervenir activamente

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Elementos de gramática del texto narrativo

La gramática de la narración no es gramática del texto ni sintaxis supraoracional.

Hay que estudiarla en su objeto, que es el texto de la narración. Pero lo especícfico de este texto, en cuanto requiere un tratamiento gramatical propio, se encuentra en la representación, que se compone con tres estratos; el primero y segundo plano y el descriptivo. En ella, el sistema verbal es el de los tiempos de la Esfera del Pasado, que en la representación, a diferencia del funcionamiento que tienen en el uso general de la lengua, no son deícticos. Los tiempos de la Esfera del Pasado, sus formas sin valor temporal, configuran el sitema verbal narrativo. La representación carece de los tiempos de la Esfera del Presente, aunque utilice sus formas sustitutivamente.

Además, en la representación no se hace uso ninguno de la primera y segunda persona. Porque nadie habla en ella y por lo tanto los verbos de la representación solo disponen de la tercera persona.

En la representación no cabe el futuro ni los tiempos del subjuntivo.  Y esto es así debido a que no se puede representar lo que no tiene entidad cumplida y real. Por esto mismo el futuro del pasado, tiempo de la esfera del pasado, tiene un uso escaso y determinado. Se requiere el análisis de sus apariciones.

Lo que hay que estudiar en el texto de la representación se refiere a la articulación temporal del relato; la serie de perfectos simples y la función que cumplen en la arquitectura temporal interna los imperfectos.  Y estos a su vez pueden no representar acción temporal alguna, estar desconectados de la acción representada y de su estructura, soportando los aspectos durativos o estáticos.

Por otra parte las formas no personales, infinitivo, gerundio y participio tienen en el texo de la representación un intenso papel. Estas formas no pueden trabarse como momentos puntuales de la trama, momentos de la acción, pero pertenecen a ella, como se comprueba al conmutarlos por formas personales. Para conocer la funcionalidad de estos tiempos, del mismo modo que con las formas personales, hay que atender a la capacidad de transposiciòn. Hacer la prueba de conmutarlos por indefinidos e imperfectos y viceversa, conmutar formas no personales en personales.

Todo esto requiere muchas observaciones y ejercicios, ordenarlos sitematicamente, hacer estudios, presentar resultados, sin estos trabajos no se puede conocer bien su funcionamiento y el papel que desempeñan en el texto de la narración. De modo que algunos infinitivos y gerundios podría formar parte de la serie nuclear o del segndo plano.

En la sintaxis general se observa, en las explicaciones y ejemplos que se aducen, que no se distingue si los infinitivos o gerundios que se ejemplifican pertenecen a textos narrativoa o a la lengua común del hablar, por ejemplo leo este ejemplo: Miles de niños mueren al año por beber agua en mal estado, junto a este otro: Me echaron la culpa de todo lo ocurrido simplemente por llegar tarde. La primera frase no es narrativa por utilizar el presente (salvo que sea una sustitución por la forma de indefinido, según el mal llamado presente historico, pero no se puede saber). La segunda, puede ser narrativa autobiográfica, o propia del hablar, refiriéndose al pasado deícticamente. De modo que los infinitivos llegar tarde o beber agua se presentan en frases que pueden ser narrativas o no. Y la expresión causal tiene un incidencia importante en la trabazón del hilo narrativo. De una gramática oracional del hablar común no se puede sacar provecho. Hay que hacer la gramática narrativa. (Los ejemplos están tomados de Rodríguez Ramallo: Las formas no personales del verbo, 2008).

Diciembre de 2018

José Antonio Valenzuela

La representación y lo representado

 

Se puede diferenciar entre el texto y la imagen del mundo que contiene, lo representado, como se diferencia el significante y el significado. Esta diferencia no se distingue bien en la narratología.  Porque la narración es, para la narratología,  sobre todo lo representado, abstraído del medio material con el que se confecciona. La narración es una entidad anterior y por encima de cualquier soporte.

Sin embargo, la narración tiene su origen en el hablar, no es un abstracto de estructura mental que pueda llegar a ser real sin el lenguaje. Al narratólogo, hasta donde yo llego a entender, le da igual la materia de la representación, el significante, la lengua, y se sitúa en la abstracción de su contenido, está por encima de la lengua, de la materia, del significante empleado en la representación, es algo variable y secundario.

Se desentiende del lenguaje que, para él, es un medio como los demás. Y, entonces, la estructura de la narración es principalmente la estructura de lo representado.  Digamos: el argumento, el mundo narrado, sus personajes, la trama entre ellos, principio medio y fin, los conflictos, desenlaces, la composición de la trama argumental, visión literaria de las obras narrativas.

El mundo narrado puede  estar representado por medios gráficos  y visuales variables, como los cómics o el cine. Y el lenguaje, la lengua propiamente o las lenguas, es uno de ellos. Cuando está en el origen de todos. Y todos están en deuda con el relato lingüístico, con el hablar del pasado.

Es paradójico que los que enseñan a narrar, en la proliferación presente de talleres narrativos, futuros escritores, no se les enseñan a escribir. Si enseñan lengua, enseñan gramática, lo que significa enseñar otra cosa, no la lengua, sino su metalenguaje gramatical. O bien, eluden el texto. Profesores de lengua o profesores de literatura, que se entretienen en dar consejos para idear personajes y conflictos, suscitar interés y sostenerlo, repetir incansablemente que la narración tiene principio, nudo y desenlace. ¿Para qué vale eso?

Mostrar y Contar

Tomo del libro de Mercedes Navarro Puerto , Marcos (2006), algunos puntos para mostrar (esta autora sigue fielmente las nociones de la narratología), como se interpreta el texto con este enfoque. Explica la narración de Marcos de modo que todo lo dispone y lo cuenta un hablante, que es el narrador.

El enfoque de la narratología no un enfoque que tome por raíz el texto. La narratología considera que la narración es un ente o estructura de acciones, tomado abstractamente y que se presenta en diversos soportes y se percibe y descubre a través de ellos.

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La deixis del hablante y la enunciación inversa

La deixis del hablante y la enunciación inversa

Este artículo contiene un concepto esencial. Todo lo referente al texto de la narración se relaciona necesariamente con él. Resume lo que hay que entender, para desentrañar el texto narrativo.

La deixis del hablante

La deixis es siempre un asunto personal y ha de contar con la referencia a alguien que la emplea y la actualiza. La lengua se actualiza en el hablar común, en la enunciación comunicadora, dirigida a oyentes o lectores reales en un hablar real. Lo representado con palabras, un objeto, no posee deixis alguna porque la lengua no se emplea comunicando sino esculpiendo una representación. Es representación y no hay que buscarle presente. No tiene ni aquí, ni ahora, ni yo. La actualización de esta lengua sin deixis y desactualizada, reducida a sí misma, la realiza como acto personal y actualizador el que la lee y contempla. El lector es persona y en él tiene lugar la señalización de la deíxis. Hay que tener en cuenta que el presente originario de toda actualización no lo dan las palabras, los verbos señaladores o sus morfemas temporales, sino el acto personal y egocéntrico de usarlas.

Lo que el lector actualiza como presente son palabras desactualizadas de un suceso representado y escrito en pretéritos. El lector actualiza como contemplador lo representado, y como oyente el hablar del narrador también inactual. El narrador, que antes hablaba en pretéritos y refería al pasado todo con su hablar enunciativo, ahora habla en pretéritos desactualizados, porque su hablar no es un acto real. Esos pretéritos los actualizada el oyente, el receptor de ese hablar inmanente. El narrador no tiene acto enunciativo propio, es un hablar sin persona.

La primera vez que me encontré con esta idea, y por el momento la única vez, fue hace tres años en un artículo de Muñoz Romero (“Funcionamiento de los deícticos temporales en la narración” cito al pie). En los textos narrativos en francés, dice, lo primero es el acontecimiento mostrado, al contrario de lo que ocurre en el uso común del hablar, en que lo primero es la enunciación. Encontré en esta afirmación sorprendente, la confirmación de lo que intuía sin encontrar explicación, al leer ese artículo, aunque la autora no trata el verbo, entendí lo lo que pasaba con él en español.

Por lo tanto, el texto de la narración en su conjunto dual lo actualiza el receptor. Se han invertido los términos de la relación. La enunciación actualizaba la lengua, la lengua que poseía el hablante en su interior. Y ahora, la lengua no actualizada del texto, la actualiza el lector. Este lector ante el texto de la narración es a la vez oyente y contemplador. Se encuentra ante una lengua que en realidad no tiene emisor en su parte hablada ni emisor en lo representado, como tampoco tienen emisor la Afrodita de Milo o el discóbolo de Mirón. Este acto del lector es un acto un acto de apropiación del texto narrativo, apropiación que consiste en situarlo en su presente. El término apropiación es el contrapuesto a enunciación.

De lo anterior se deduce que esos pretéritos vacíos de deíxis, no señalan pasado, pero  son presentes deícticos en la actualización inversa. Por lo tanto, esos verbos que indicaban pretérito como elementos deícticos o palabras señaladoras, y dejaron de señalarlo, ahora cambiando de función señalan presente, el presente de la persona que los actualiza, el lector. Esta deixis inversa es como la enunciativa egocéntrica.

El tiempo de leer o presenciar es el presente de la persona, un tiempo que va pasando en la lectura o contemplación, es un tiempo que discurre como el río, circula en línea de la lengua. Está en movimiento y se va haciendo pasado. Todo sucede a la inversa de la enunciación con la que tiene semejanzas. Porque el acto enunciativo o su deixis no tiene dimensión temporal como ya he señalado. En la enunciación no se señala ninguna dimensión al presente. El presente es abierto e imperfectivo.

Ahora, en la representación de la historia, el presente es perfectivo, como aspecto que hereda de funcionar como perfecto simple, y va muy bien que lo sea para que funcione  la arquitectura temporal de la representación. Lo presenciado ocurre en cada momento sucesivo de lectura y se pierde hacia atrás y al quedar atrás se convierte en algo anterior. El presente en la actividad receptora está de diferente modo al que se señala en la actividad emisora o enunciativa. La dimensión presente del mundo mentado en la enunciación proviene de la actualización sucesiva. Se habla siempre en presente, y el presente existencial pasa sobre la persona.

 La arquitectura temporal del núcleo es una sucesión de momentos, de acciones puntuales, perfectivas, como corresponden al pretérito perfecto simple. La serie verbal de la historia se apoya en el morfema pasado y perfectivo, no se sostiene por el significado temporal de su léxico. La arquitectura temporal de la serie es gramatical. El texto de la historia presenta la sucesión de acciones puntuales y completas y el lector, con sus actos de lectura puntuales los convierte en su presente.

En este caso no hay ni deixis en fantasma ni deixis real. El mundo representado será real o ficticio, eso no importa, lo que importa es que la lengua la actualiza el contemplador. Esta es la base para afirmar que los pretéritos en realidad indican presente y son presentes en el discurso de la representación y en el hablar del narrador. Son presentes narradores.

El lector se sitúa ante el texto de la narración como un solitario. Como lo son cada uno de todos los que siguen una representación teatral o una película. Una multitud de solitarios en la misma sala. No hay deíxis real o en fantasma, puesto que la representación está ahí desactualizada por su propia naturaleza y no se atribuye a nadie.

Por lo tanto, ante el texto narrativo completo aparecen dos implicaciones: se aborda el texto como oyente y se aborda como espectador. Se mezclan estas disposiciones en la lectura. Hay que leer bien uno y otro estrato del texto, no confundirlos. No hay que atribuir la representación al narrador, como se hace continuamente en los comentarios de la narratología. El narrador no cuenta todo. No responde a la experiencia de un lector que vive en el relato. Entra en el mundo representado y lo ve. Ve, vive en él, no escucha. Lo hace con intuición, Hasta en la entonación de leer en alto se nota.

¿Cómo es posible esta confusión? Es posible cuando no se distinguen estas entidades lingüísticas y lógicas que se mezclan en los estratos del texto. El texto hay que desentramarlo en sus estratos para entenderlo. O hay que conocer intuitivamente por connaturalidad su estructura y su origen, lo conoce así un buen actor o escritor. Pero se puede conocer reflexivamente, como debe hacerlo un profesor, cuyo cometido, en mi opinión, no consiste en enseñar esta teoría. Pero como un buen entrenador, que eso es un profesor de lengua, necesita conocerla y servirse de ella.

José Antonio Valenzuela, versión de jun 2020  

Muñoz Romero, M. (1986) “Funcionamiento de los deícticos temporales en la narración” Philologia Hispalensis, vol. III, facs. 1, pp. 95-102.

La narración histórica y la narración ficticia

La narración histórica y la narración ficticia

¿Cuál es la posición del narrador en el texto de la narración?

El hablar de un narrador no rompe la ausencia de comunicación hablada, que tiene lugar cuando se contempla un relato en su representación. Se percibe que alguien habla ejemplo cuando el labrador, Pedro Alonso,  del capítulo V, reconoce a don Quijote:
-Señor Quijana- que así se debía llamar cuando el tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿Quién ha puesto a vuestra merced

¿Quién hace esa suposición aclaratoria? Esa frase no es de la representación, pues es una frase propia del hablar. Pero como no hay nadie detrás de ella, a esa voz la llamamos narradora, pero no está actualizada y por esto la llamo inmanente. ¿Quién actualiza esa frase? El lector, sin duda, que al leerla recibe y acoje el hablar de alguien, pero no sabe quién es, porque en realidad no es nadie.Es incompatible con una comunicación hablada real.

Si se trata de una representación histórica, el narrador en el texto – su hablar– no pertenece al mundo representado. Puede ser auténtico el manuscrito y su soporte, el pergamino y su contenido, lo representado, y el cronista personaje de la historia y conocedor de su tiempo, pero serán históricos y reales si se demuestra y verifica que lo son. Verificación que ha de realizarse con pruebas externas, lo que diga el texto no es prueba El texto no se verifica a sí mismo.

Por ello si se trata de una representación histórica o ficticia da lo mismo, no supone diferencia alguna. Salvo si el contenido de la ficción representa lo imposible, por ejemplo, pájaros que hablan,  y este caso no cabe una comunicación real. Asunto extralingüístico, porque lo da el conocimiento de la realidad. El escritor del texto narrativo histórico y el del texto ficticio son personas reales. Pero los dos narradores son inmanentes, activados por el espectador-lector.

Entre un cuenta-cuentos y un trovador de historias verdaderas no hay diferencia. Su hablar en ambos casos es una actuación escénica, no es hablar real.

Sin duda el narrador es un hablante como los actores lo son entre sí. Pero solo habla del mundo representado y sus oyentes no son interlocutores, sino son espectadores. Y entre ambos hay una mampara de separación. Se oye pero no hay contacto. Es la comunicación imitativa, la propia del espectáculo. Los espectadores escuchan como oyentes, pero no son interlocutores con el narrador. No se encuentran en real situación comunicativa. La voz del narrador y la representación están al otro lado de la mampara. Dos mundos que no se encuentran entre sí. Por tanto lo que tenemos en la narración ficticia y en la narración de asuntos reales es una inauténtica comunicación hablada.

El narrador no es propiamente un hablante del mundo real y el lector no es un lector del mundo común y actual, un lector de periódicos, por ejemplo, sino un lector (o en su caso un oyente) del mundo representado. Él se ha metido en ese mundo, abdicando de la realidad. Y logrará desde ese mundo una visión nueva de la misma realidad de la que ha salido.

Cuando una persona entra en el teatro, se pone a leer una novela, lee un texto histórico narrado, abre como espectador o lector un paréntesis en el tiempo de su mundo real y actual. Entra en el mundo de lo representado.

El narrador del mundo fingido se dirige a su audiencia de lectores o espectadores y les habla de asuntos imaginarios. Este sujeto está hablando en ese mundo y no puede salir de él. Es un ente de ficción, tan ficticio como son ficticios los personajes. En la narración escrita aparece una voz que se dirige al lector, le mete en la ficción y le saca de la realidad. El lector se ha convertido –aunque lea – en espectador de un mundo ficticio, en el sentido de representado y no real. También el lector espectador es durante un tiempo un ente de ficción en el sentido de que vive en la imagen representada. Estamos en la situación de comunicación replicada, que no es la primordial del lenguaje. La primordial es el hablar común. Hay una actividad consistente en el hablar común y otra actividad que consiste en la imitación de ese hablar. Así entiendo que lo dice Aristóteles en la Poética.

Si embargo hay que distinguir entre historia y ficción. Narración real o narración ficticia. Y ¿cómo distinguimos estos dos relatos?  Cuando se lee  historia ficción se podrá distinguir una de otra si sabe historia. Es de necesidad olvidarse del texto y entrar en el juicio de su contenido.  Esto es  de importancia para escribir narraciones y para leer, separar. Si se representan hechos reales, me meten en la realidad histórica representada, pero porque ya lo conozco.

El Lazarillo. La primera persona (2 de 2)

El Lazarillo. La naración autobiográfica.

Complemento la entrada anterior para precisar la estructura del texto autobiográfico.

Lázaro en el prólogo se dirige a alguien, Vuestra Merced, porque  le ha pedido que “relate el caso muy por extenso”  y comienza a escribir su vida: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mi llaman Lázaro de Tormes”.

Lázaro es personaje ficticio pero pretende pasar por persona real, un  pregonero de Toledo que hace una demanda por escrito.  Dice F. Rico que en su tiempo el libro  “no se dejaba leer como “ficción” de buenas a primeras”.  Y además tenía un parecido con la forma de carta, que es forma de comunicación no ficticia –  las cartas se usan para la narración de hechos reales -,  y dar así  razón de su caso, el último punto de su biografía, que resulta ser la murmuración sobre su matrimonio.

La biografía de Lázaro pretende pasar por un relato de hechos reales y por tanto escrito por persona verdadera. Ya hoy no tenemos duda de que sea fingido. Pero ¿hay manera de averiguar explícitamente, por el texto mismo, si es verdad todo o es todo ficción? Porque esto la lengua misma no lo puede decir directamente. Lo sabemos por información exterior al texto. Por eso en este juego si la ficción pretende ser real, tiene las de ganar.

Esta simulación se hace en el Quijote.  Pero Lazarillo de Tormes tiene ventaja en el engaño por ser  un relato en primera persona.  La tercera persona cuenta con la  objetividad. En el Lazarillo  la primera persona está  presente a lo largo de la historia. Mientras que en la narración de tercera persona, el narrador calla y su voz se “entromete” de vez en cuando  en la representación.

Para analizar el caso hay que tener en cuenta lo dico en otro lugar. que digo en el número 36 de El texto de la narración en español. Digo que  en el discurso narrativo lo primero no es si se trata de historia o de ficción, sino si se trata de comunicación verdadera o de representación. La contraposición no es  entre verdadero o ficticio, si Lázaro es un pregonero de verdad o un personaje imaginario. Lo primero es averiguar si estamos ante un hablar común, alguien nos habla o ante una mostración que se presencia y no habla nadie. Importa  poco si esta mostración es histórica o ficticia.

Esto es primero porque son dos usos del  lenguaje diferentes. Weinrich lo llama situaciones de comunicación y no es exactamente eso.  Hay que recordar el origen del discurso narrativo apofántico,  la representación, el retablo con su historia, que es la retrospección que se establece al mencionar un punto pasado: “mi nascimiento fue dentro del río Tormes”. Esta frase es una retrospección en el  hablar común. Pero si este momento de retrospección, deixis real del pasado,  da lugar a una larga historia; la historia  requiere  mostración y la mostración inactiva la deixis.  Y ante la mostración se dja de oír y se empieza a contemplar. Si la mostración es verdad o es ficción se podrá averiguar después. Si hay simulación nos enteraremos de otra manera.

Por lo tanto no nos debe importar resolver la cuestión de si el pregonero llamado Lázaro existió de verdad. Lo que importa es que se trata de una representación con lenguaje, lo que importa es que no hay comunicación real,  lo que importa es que en una representación  nadie habla, (el  diálogo de los personajes es un hablar representado).  Este hablar lo observamos con distanciamiento; el hablar del narrador nos compromete, pero solo en el marco de la inmanencia.

Cuando la comunicación real da paso a un contecimiento y encontramos a una referencia continuada al pretérito,  y a partir de ella  se articula una mostración de lo pasado, entonces la representación anula el lenguaje comunicativo.

El problema que nos ocupa en la autobiografía es que al pasar de una comunicación a una representación, el lenguaje de comunicación se mantiene de modo constante en lo representado. Pero es distinto. Esa primera frase retrospectiva – “mi nascimiento fue”-  , frase de comunicación, da paso a la mostración. Y en ella un personaje habla con lenguaje representado, con  pseudofrases.

Y este lenguaje, sea histórico o ficticio, está desligado de la situación del hablar común.  La figura en la representación tiene un lenguaje irrestricto. Un personaje,  puede hablar con lenguaje de comunicación dentro de lo representado. Si, por acaso, cuenta una historia (es decir hace una representación) tenemos una historia dentro de la historia en tercera persona,  como en las caja chinas.

Pero si habla de sí y representa su historia, parece que no se ha salido de la retrospección histórica y del halar común, y continúa aparentemente igual, con la pretensión de ser real y seduce con mayor fuerza.

El estrato mostrativo de una autobiografía es pseudo hablar, hablar dentro de lo representado, no hay lenguaje de comunicación, aunque lo parezca, es una comunicación que no sale de lo representado.

Pendiente de revisión 2020

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El Lazarillo. La primera persona (1 de 2)

El Lazarillo y la autobiografía

Cuando un personaje narra su propia aventura como hace Lázaro de Tormes, la  voz narradora y la voz del personaje coinciden, son la misma voz. Voz narradora significa en sentido general que la representación la confecciona el protagonista y habla en ella.

Esto es lo que encontramos en el Lazarillo. No sabemos en un primer momento si el personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que lo pretende, lo leemos como ficción. Pero igualmente podríamos leerlo en la creencia de que es un bulero y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos hace ver que, para aclarar este punto, el texto requiere verificación externa. Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es hablar común, aunque no vivo, sino replica de lo real, un personaje puede referirse a su pasado y confeccionar la representación de su propia vida, como lo hace en el hablar vivo una persona real.

Lo dicho lleva a caer en la cuenta de  que en ambos  casos, real o ficticio, estamos ante una representación.  En ella un personaje representado,  habla de su pasado, cuenta su vida y compone una representación de ella.  El hablante de una autobiografía es un personaje representado. Su hablar se encuentra dentro de la representación y es parte de ella. Ya sea el buldero real o el personaje de fición.

En cualquier texto narrativo de tercera persona tenemos dos tipos de frases: una, frase de un narrador, y otra, frase de representación del suceso. La voz y la representación se disinguen y se separan relativamente bien. La representación  nadie la cuenta, nadie habla, y si oímos el habla de alguien, ese habla es del narrador, que generalmente habla de lo representado, pero podría hablar de cualquier cosa, porque el hablar es irrestricto. No habla con los personajes representados porque él está frente a ellos, fente a la representación, con distanciamiento, no dentro de ella.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador no es hablar representado, pero inmanente, no  real. En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un “tu” y un “yo” y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje esta inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera, aunque no sea real.

El hablar del narrador no se representa, no es como el diálogo  de los personajes una comunicación representada. El hablar del narrador es un hablar con verdadero lenguaje de hablar. El narrador es una voz que habla a quien quiera que sea el que oiga. El narrador es el “yo” y el lector es el “tu”.  En cuanto aparece una voz que habla, el espectador la oye,  porque habla a quien esté a la espectativa, a quien presencie la representación. Los personajes también son hablantes, pero no se dirigen al espectador o lector. No salen fuera de su mundo representado, hablan dentro de él, en el mundo encerrado en el que viven con otros personajes. La voz o el hablar del narrador no viene de la representación. Ese hablar implica una comunicación diferente a la que sostienen entre sí los personajes. Pero no es que se dirija al lector, habla a quien esté delante de lo represetado. No es hablar de persona viva, porque si lo fuera rompería la magia de la misma representación.  El narrador que habla y la comuniación que con su hablar se establece es inmanente al texto. El hablante narrador es inmanente, no real, no tiene existencia, no puede sacar al espectador de su situación enajenada de la realidad. Aunque diga amigo lector, y el lector sea sujeto explícito de apelación.

En la narración no autobiográfica, como la del Quijote, un hablante aparece en el comienzo, todo el capítulo primero, y se atribuye la representación, pero desaparece en la representación donde nadie habla y vuelve a hacer comentarios de vez en cuando. Pero Lázaro no puede desaparecer por ser un hablante conocido, que está en la representación, dentro de ella. Está representado, habla como personaje y como narrador. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje.

Esta es la tesis que sostengo. Cuando un hablante cuenta su caso, si confecciona una representación de él, se convierte en personaje, y no podremos saber, por la representación misma, si es real o ficticio. La aclaración de este punto requiere verificación externa. En la representación el narrador calla. Pero en ese texto no, no desaparece porque está en ella.

Para interpretar este punto hay que tener en cuenta que en la representación solo hablan los personajes, el narrador calla. El narrador no cuenta. La representación se da a sí misma. Y si el espectador ye una voz, se siente apelado por alguien y le escucha, es decir, entra en una situación de comunicación, aunque no sea tal en realidad.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado. Como al emplear la primera persona se implica la segunda, esa seguna persona no está en la representaciòn. ¿A quién se dirige? A Vuestra Merced. Quien quiera que sea. Y en su hablar hay una representación que Lázaro le hace y en ella está. En la representación aparece en primera persona contándola. Es personaje y narrador. Parece deducirse, ya en general, que la autobiografía consiste, desde la perspectiva del lenguaje, en un personaje hablante como narrador. En este sentido la narración autobiográfica no contradice el hecho de que en la representación nadie habla. Hablan personajes y aparecen representaciones que a ellos se atribuyen.

Analizo este fragmento:

Yo como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo  que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada, espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo - decía--, pues no le quitáis de la mano
.

(Texto del Lazarillo citado por la edición de F. Rico en  Cátedra)

El personaje Lázaro habla de sí y cuenta su caso, puede hacerlo como persona real que emite un documento, que es un informe de su vida, o puede hacerlo como personaje de ficción. Esto no se sabe por el texto. por mucho que proteste en el prólogo: Vuestra Merced escribe se le esctiba. Obsérvese que el párrafo anterior puede conmutarse a tercera persona sin dificultad: Como él estaba hecho al vino, etc. Tendríamos una frase y el párrafo entero en segundo plano de imperfectos, salvo la acción acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, que es el núcleo. Es un buen ejemplo de segundo plano, donde los imperfectos recogen la condición habitual de estas acciones. Y la última frase no sabiendo que podía ser  es voz del narrador inconfundible, porque es construcción de lenguaje indirecto del pensamiento del ciego. La atribución de esta frase pasa a un narrador desconocido. En su versión de autobiografía se atribuye a Lázaro.

El narrador suele ser una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro. Pero como no podemos saber si Lázaro es real o personaje de ficción, da lo mismo que sea verdadero o que sea imaginnario. Es personaje en la representación y hablante en ella. Hace los dos papeles. El autor anónimo lo presenta como real y por ello se dirige a Vuestra Merced. De tal manera que la duda está en que sea documento real o historia fingida. Hay que verificarlo.

Cuando Lázaro presenta el libro en el prólogo lo hace por pura traza,  como dice Julio Cejador en su edición, Clásicos Castellanos, esto es, haciéndose pasar por real y para que su historia se tome por real.  Esta es la traza, porque él, y por tanto su historia, son ficticios.

No sabemos por la traza, en un primer momento, si es personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que se presente como tal, lo leemos en su naturaleza ficticia. Pero igualmente podríamos leerlo en la creencia de que es un bulero que realmente existió y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos aclarara este punto: el texto requiere verificación externa. La representación no es ni ficticia ni histórica.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel  es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es como un hablar real, pero inmanente, porque no es hablar representado.  En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un yo-tú y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje está inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera.

Con el narrador, como no es un personaje, se hace presente una  estructura de comunicación no representada, pero tiene que ser inactual, con un hablante no real, pues de lo contrario rompería la magia de la misma representación. La voz del narrador no puede sacar al oyente de su situación enajenada.  Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Cuando se trata de un relato autobiográfico como el que hace Lázaro, el narrador es personaje.  Si el personaje narra, construye una representación  y no desaparece porque está en ella.

Un hablante vivo que confecciona una representación y se la atribuye, sigue como hablante y como narrador vivo, pero desaparece si la representación es lo primario y no es autobiográfica.  Pero si fuera autobiográfica, estaría también en la representación, cuando no hay persona viva, por tanto, se convierte en personaje. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje. Cuando un hablante cuenta su caso, se convierte en personaje, y entonces ya no sabemos si es real o ficticio.

En el texto del Lazarillo de Tormes habla Lázaro, pero tanto si es real o ficticio, su hablar está dentro de la representación. La narración autobiográfica pertenece a la mostración.  El narrador suele ser en los texto una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro, el personaje es el sujeto narrador. Hace los dos papeles, el de la comunicación con Vuestra Merced y el de personanje. Resulta difícil distinguir sus voces.

Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es  común, un personaje puede referirse a su pasado y confeccionar una representación de su propia vida. Esto es lo que encontramos en el Lazarillo. No sabemos en un primer momento si es personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que se presente como tal, lo leemos viendo en él su naturaleza ficticia. Pero igualmente podríamos leer todo el relato en la creencia de que es un bulero que realmente existió y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos hace ver que para aclarar este punto el texto requiere verificación externa.

Y, además nos hace a caer en la cuenta de  que en ambos  casos, real o ficticio, estamos ante una representación.  En ella un personaje representado,  habla de su pasado y con él cuenta su vida y compone una representación.  El hablante de una autobiografía es un personaje representado. Su hablar se encuentra dentro de la representación y es parte de ella.

En cualquier texto narrativo de tercera persona tenemos la voz de un narrador y la representación del suceso. La voz y la representación están separadas. La representación  nadie la cuenta y la voz corresponde a un narrador que como hablante, generalmente habla de lo representado, pero es irrestricto. No habla con los personajes representados porque está frente a  la representación , no dentro de ella.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel  es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es un hablar real, pero inmanente, no  representado.  En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un “tu” y un “yo” y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje esta inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera.

El hablar del narrador no se representa, no es una comunicación representada como el diálogo  de los personajes. El hablar de l narrador es un hablar verdadero, pero inmanente, presupone una estructura de comunicación inmanente al texto narrativo completo. El narrador es una voz que habla a quien contempla.  El narrador es el “yo” y el lector es el “tu”.  En cuanto aparece una voz que habla, el espectador la oye,  porque habla a quien presencia la representación. Con el narrador, como no es un personaje, se hace presente una  estructura de comunicación interna  y diferente de la representación. Sin ser comunicación representada tiene que ser inactual, pues de lo contrario rompería la magia de la misma representación.  En la que el hablante es inmanente, no real. Y el oyente no deja de ser espectador que oye, pero la voz no puede sacarle de su situación.  Pero puede ser sujeto explícito de apelación: amigo lector. Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Sucede lo mismo en la narración que no es autobiográfica. El hablante que confecciona el comienzo de la representación y se la atribuye, sigue como hablante, es decir como narrador, pero desaparece en la representación donde nadie habla y no es autobiográfica.  Pero si lo fuera estaría también en la representación. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado, y por ello se observa su hablar como a tercera persona. Aunque al introducir en la representación narrativa su vida, aparece en primera persona contándola. De lo anterior parece deducirse que lo autobiográfico  depende de la figura de un hablante representado. No es un hablante inmanente ni es un hablante real. Estos puntos, quizá,   requieren  mayores precisiones. Pero  la narración autobiográfica no contradice lo afirmado: en la representación nadie habla, pero hablan los personajes y aparecen representaciones que ellos se atribuyen.

Texto revisado en marzo 2020, pero no es definitiva, está apendiente de repaso.

Cuando la representación es actualizada por el lector.

Cuando la representación es actualizada por el lector.

¿Deixis del hablante o deixis del oyente?

Con el presente de indicativo y con el acto de la enunciación, se sitúa la lengua en el tiempo de la persona que habla. Situarla significa el  hablar, la lengua como hablar,  como conducta,  hablar en situación, según Bühler. El presente de indicativo es en el acto enunciativo un señalador.  Si ese tiempo verbal no se encontrase en el tiempo vivo de un hablante, no sería señal, sería puro léxico en una lista,  sin valor  de referencia externa al tiempo.   El acto de la palabra es comportamiento en el tiempo y, precisa­mente por serlo, con algunas palabras se señala el  tiempo de ese comportamiento.  El tiempo no es ni puede ser propiedad de la lengua, sino de los hablantes, de su existencia, de sus actos, de sus hechos, de su conducta verbal. De ahí que en su referencia al tiempo, los signos  mostrativos necesitan la  conducta, el  acto de señalamiento. El hablar, el discurso actual, requiere una situación de comunicativa  real. Los pretéritos forman parte naturalmente del sistema deíctico.  En el acto de enunciación el pretérito indefinido señala tiempo pasado.

Ahora podemos preguntar: ¿Qué dimensión temporal tiene  el presente? La respuesta es que el presente de indicativo como acto señalador,  según me parece, no tiene ninguna dimensión. No indica cuanta extensión de tiempo abarca, (el tiempo que consume  la mostración  como signo y como acto es irrelevante). La dimensión del tiempo pertenece a la experiencia no lingüística y se puede hablar de ella con  palabras nocionales: horas, temporadas, estaciones. La experiencia del tiempo, la dimensión del  presente, es algo enteramente variable y dejado a los diferentes modos de vivirlo.

Si la  noción de presente deíctico no connota nada  acerca de la dimensión del tiempo, sí tiene que ver en cambio con la actualidad.  La enunciación como acto es una señal, el presente de indicativo nos dice que  pertenece a un hablante,  a su tiempo, a su ser y a su conducta. El uso del presente señala que la lengua se actualiza en el tiempo del hablante con referencia a su ser y su conducta. Y si no son palabras en listas o diccionarios.

El tiempo señalado por el presente de indicativo no es el tiempo instantáneo de ese  acto ni acota ninguna dimensión de tiempo. Es solamente una señal que sitúa la lengua en el hablar. Al señalar pone su contenido en el tiempo, y la  vida dirá  la extensión que tenga ese presente. La extensión del presente no es una cuestión lingüística, es de experiencia vital del tiempo  que  ofrece  muy diversas dimensiones.  Por esta razón, creo que se puede pensar que la dimensión del presente no tiene nada que ver con la mostración de la deixis.

La deixis indica diversas relaciones  de proximidad  que son relativas y no miden nada. El presente de indicativo es un señalamiento sin dimensiones, un señalamiento abierto y sin límites, que denominamos imperfectivo.  Es el acto por el cual la lengua está adscrita a una conducta ,  por lo que el  presente de indicativo significa que la lengua está actualizada en un hablar y así la debo tomar, aunque me faltasen datos para situarme en esa comunicación. Y el pretérito perfecto simple, cuando significa pasado, presupone el presente de un hablante. Así  es como el sistema verbal establece  la relación  de unas formas verbales con otras. En cierto modo, por medio de ellas, según se usen, se puede deducir alguna extensión relativa. Porque el presente actual, además de funcionar como signo deíctico, se constituye en eje de referencias o grado cero del tiempo relativo, interno al sistema verbal.

Bülher indica dos modos de mostrar: demonstratio ad oculos y demonstratio in phantasma.  La diferencia  nace al considerar la ficción ¿Qué actualización puede haber si el hablante es ficticio y el tiempo también?  Se actualiza la lengua  en el tiempo de la fantasía imaginaria. El campo mostrativo del tiempo formado en fantasía por el narrador y el oyente, no es  el tiempo real de los hablantes comunes en cualquier situación de comunicación lingüística real. A este presente de un tiempo en fantasía lo denomina inactual. En la base de este planteamiento está asumido que siempre se narra en pretérito, y hace falta distinguir el pretérito de la ficción del pretérito actual. Se concluye fácilmente que la ficción es lengua no actualizada como la del hablar común comunicativo.

Este planteamiento no acaba de ser completamente útil. Tiene la dificultad de que por el texto no se puede saber nunca qué clase de deixis se emplea. Solamente se puede saber si sabem0s que el hablante es persona real y su comunicación también.  Es algo perteneciente al acto enunciativo,  a la conducta. Si una narración es ficticia o histórica lo dicen factores externos al texto. Lo sé de antemano si compro una novela. Y además  la deixis es siempre personal. Entonces ¿dónde está la deixis en un texto mostrativo donde nadie habla? Nadie habla cuando se trata de un texto histórico o cuando es imaginario.

La mostración o representación no la dice nadie.  En todo caso se adscribe al mundo real o al mundo imaginario si la voz que acompaña es de una figura creada o es persona  real. Si es persona real y le atribuyo la representación,  entonces es un pasado de esa persona,  pretérito real, deixis actual ad óculos . Y si el hablante es imaginario, la representación escrita atribuida a él está escrita en pretéritos , se dice que toda historia se escribe en pasado. Pero siendo ficticio no indican pasado real, sino imaginario. Se puede aplicar la noción de Bühler.  Pero esta explicación es tautológica  y no explica nada  en realidad. Se basa en la idea  asumida de que  toda narración está en  tiempo pasado y es necesario explicar que el pasado de una ficción no es real. Todo es igual en uno y otro caso, y la lengua está actualiza o no actualizada al faltar el hablante real.

Y creo que a efectos de conocer la naturaleza del texto narrativo se ha de plantear de modo diferente. Hay que definir bien la representación,  y entender que por la categoría de ente lingüístico que es nadie habla, no puede apreciarse ninguna voz sin dejar lo representado. Este enfoque significa contemplar lo representado sin atribuirlo a nadie. Con la mostración se alcanza una imagen del mundo y se presencia, se entra en ese mundo sin que nadie hablando guíe. Como se puede contemplar un retablo en sí mismo. Lo representado,  por el hecho de que sea con palabras, no implica una comunicación hablada. El medio de la representación son las palabras, pero  lo representado no depende ni se hace  por medio de una  comunicación hablada. Pero como la  representación, el estrato mostrativo, suele venir acompañado del estrato de la comunicación lingüística, porque el llamado “narrador” o  alguien  habla del retablo, entonces  el que contempla también es receptor de una comunicación. Pero no hay que mezclar las cosas o, mejor dicho, confundirlas. Se trata de instancias diferentes, porque esa voz se distingue de lo representado donde nadie habla a pesar de todo.  Salvo el relato autobiográfico que ahora aparto de la consideración  explicaré en otro momento. Tiene dos instancias  el discurso narrativo.

En este punto es donde cuenta el factor deíctico o la actualización de la lengua. La consistencia del discurso narrativo corre la suerte de la representación. Esta es una entidad lingüística, nacida en el contar sucesos pasados, que tiene el desarrollo y la capacidad de representar una imagen de la vida y del mundo, y cobra naturaleza propia, mas allá y diferente de lo que es la comunicación, porque deja de ser comunicación. Representación y comunicación son entidades diferentes. La naturaleza de la representación significa que la lengua no esta actualizada por un hablante. Y por lo mismo no hay en ella deixis alguna, no hay señalamiento. Un hablante puede atribuirse la representación como confeccionada por él. Como lo hace un escultor.  Puede decir que la escultura es suya, pero frente a ella, que es muda.  De igual modo el escritor. Puede hablar de la representación que ha compuesto como habla el pintor o el escultor. La representación es en sí misma es impersonal. El relato autobiográfico no contradice esto, pero ahora lo soslayo.

Los pretéritos en que está compuesta señalan un tiempo pasado real, porque  el hablante  establece la actualización en su pasado, según hemos dicho que es el origen del discurso narrativo.  Pero ya formada la representación en su naturaleza lingüística, cobra entidad propia desconectada del hablar, mas allá de la retrospección.  Y entonces la representación en si no tiene deixis ninguna. Se configura como entidad impersonal y se confronta  con el hablar del que ha surgido.  Y si el estrato de comunicación  lingüística. el hablar de alguien, predomina, cohibe  la representación y no despega.  Queda subordinada al hablar.  Entones ese hablante actualiza la lengua y lo representado, si representa algo, no sale de la mención del pasado real. Además como está tentativamente confeccionada con pretéritos serían pretéritos actuales. Creo que en este supuesto que describo, al no desvincular la representación del hablar, se origina la terca noción  de que todo relato se escribe en pasado.

La fuerza de la representación reside en poner delante la imagen de un mundo al que se accede por contemplación directa. Esta poderosa capacidad de lo imaginario hace que ocupe el centro y el momento primario es la contemplación. El mundo imaginario se alcanza  por visión directa, que enajena del contacto de la comunicación con persona.  Por su sugestiva presencia  enajena del mundo real. Entonces es cuando se puede apreciar el poder de la representación, que  desplaza al hablante y a la de comunicación.  La representación  en sí misma no esta actualizada  porque no hay hablante. La lengua se hace viva y presente en el contemplador, que  la sitúa directamente en su presente cuando contempla.  En este caso  no hay ni deixis en fantasma ni deixis real. El mundo representado será real o ficticio, eso  no importa, lo que importa es que la lengua la actualiza el contemplador.  Esta es la base para afirmar que los pretéritos en realidad indican el  presentes del mundo representado, son presente  en la representación o presentes narradores.

Con arreglo a esta diferencia un sujeto receptor se sitúa de diferente modo ante el escrito que contiene los dos elementos o estratos: la  representación y el hablar. Por una parte, puede situarse como oyente ante un hablante y escucharle;  si es persona  real y lo identifica como tal, lee lo representado como suceso  histórico y lo considera en el contexto de su pasado. El relato o representación es una historia representada, los tiempos verbales de pretérito  no son los que le dicen que es historia verdadera y pasada. Habrá comunicación real entre él y el narrador que habla. Pero la representación no son sus palabras como hablante.

Y, por otra parte, puede situarse frente a la representación y contemplarla como un objeto que le transporta directamente al mundo representado, real, histórico, pasado. Y contemplarla sin establecer comunicación con nadie. Como un observador, es un solitario. Como lo son todos y cada uno de los que siguen una representación teatral o una película. Quizá multitud, pero de solitarios. Lo tiempos verbales pretéritos  de la representación  no son señaladores deícticos del pasado. La representación es una lengua desactualizada,  no la pronuncia ni emite ningún hablante. La hace suya el contemplador en su presente.

No podemos decir que la representación este actualizada por la deixis real o en fantasma, puesto que la representación está ahí,  desactualizada por su propia naturaleza y no se atribuye a nadie.  Por lo tanto ante el texto narrativo completo y ante la representación y el hablar de una voz, caben las dos implicaciones: se aborda como oyente  y se aborda como espectador. No confundirlas, aunqe se den en una mezclada amalgama. No hay que atribuir la representación al narrador, como se hace contínuamente en los comentarios de la narratología. Ni pensar que la representación me la esta contando alguien, que el narrador “cuenta la historia”.  No es así la experiencia de un lector que vive en el relato.

¿Cómo es posible esta confusión? Es posible cuando no se distinguen estas entidades lingüísticas y se mezclan, a mi juicio, en los comentarios y explicaciones de los textos narrativos. La confusión no la produce el texto que contiene los diferentes hilos en una misma trama.  Es el acto enunciativo lo que cuenta. Si predomina el acto enunciativo del hablante o el predomina  acto receptor,  actualizador, del que lee como espectador.  Este último es un acto  de apropiación de la representación y el lector la  sitúa en su presente. Y deja en cierta sordina al hablante. El texto hay que desentramarlo en sus estratos para entenderlo. Y hay que conocer su estructura y su origen.

En todo este planteamiento, conviene señalarlo, no ha sido necesario tener en cuenta si se trata de una representación histórica, real, o de una representación ficticia. Tampoco he tenido en cuenta el relato autobiográfico, lo haré en otras anotaciones.

 

La representación del contenido de conciencia

La representación del contenido de conciencia

La representación consiste en dar una imagen de algo concreto que se puede tomar por real, responda a una realidad o sea imaginario.  La narrativa consiste en la  imagen de un suceso. Sin suceso no hay narración, aunque se puedan representar imágenes de  rostros, campos, calles  o estancias.  La representación narrativa no es cualquier representación, sino aquella que contiene un núcleo o articulación temporal con un  suceso representado. Esta representación del suceso se realiza en esencia con la serie verbal de indefinidos.

Cualquier lectura reflexiva de una narración textual debe fijarse ante todo en el núcleo. Voy  a señalar el núcleo  del relato  Mc 2, 1-12. Aunque lo que me interesa  de esta breve narración es, sin embargo, algo relativo a la representación. El núcleo está en rojo (o subrayado). He eliminado algunos elementos con valor irrelevante para el fin de esta explicación:

Entró de nuevo en Cafarnaún.
se supo que estaba en casa
se juntaron tantos,
que ni siquiera ante la puerta había ya sitio.
les predicaba la palabra.
vinieron trayéndole un paralítico, llevado entre cuatro.
no podían acercarlo hasta él a causa del gentío,
levantaron la techumbre por el sitio en donde se encontraba
descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico.
al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico:
 — Hijo, tus pecados te son perdonados.
 estaban allí sentados algunos de los escribas
pensaban en sus corazones:
— ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?
conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo, les dijo:
— ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu camilla y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados.
— A ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
se levantó,
al instante tomó la camilla
salió en presencia de todos
,
todos quedaron admirados
glorificaron a Dios diciendo:
— Nunca hemos visto nada parecido.

Fuera del núcleo tenemos elementos de la escena,  estado de las cosas, relaciones gramaticales cuyo valor lógico  se diluye en la representación y algunas acciones en imperfecto.  Dos de ellas  podrían conmutarse por indefinidos: no podían = no pudieron; pensaban = pensaron. Por tanto, son acciones que podemos llamar argumentales, pero no pertenecen al núcleo. Todo esto es representación y abordando ya el tema que me interesa vamos a poner atención en la frase del narrador:

conociendo Jesús en su espíritu que pensaban para sus adentros de este modo.

 Esta intervención no es mostrativa, habla el  narrador todo lo demás es mostrativo, todo representación, nadie habla, nadie cuenta nada.

El lenguaje directo es también representación, que  –por ser habla– se reproduce. Y el pensamiento de los escribas también es representación y reproducción, en lenguaje directo, de su juicio interior. Lo cual significa que cuando la representación se hace con palabras (a diferencia de una representación  con imágenes sin palabras), el pensamiento interior o el contenido de conciencia que se pueda verbalizar o transcribir en palabras, se puede representar y es representación, como ocurre en este caso. La interioridad no visible es materia representable  en lenguaje directo.

¿Por qué es importante entender lo que significa la representación?

Porque si no se acepta la estructura objetiva de la representación se dirá que el narrador lo ha contado todo y que como él es omnisciente conoce no solo que el cuenta, sino también el interior de los personajes.

Sostengo, por el contrario, que el concepto de narrador omnisciente es ajeno al planteamiento que presento en este blog sobre el texto de la narración .  El narrador no ha contado nada del suceso para empezar. Cuando habla puede hablar irrestrictamente, como hablante puede decir lo que quiera. Incluso puede trazar una representación, pero no aquella en la que está con voz inmanente. El pensamiento de los escribas está representado y la representación no la ha hecho el narrador. El narrador habla de lo representado. Lo único suyo en este pasaje  es decir que Jesús conocía ese pensamiento. Este asunto que es necesario aclararlo y lo hace, porque lo representado, el pensamiento,  no tiene naturaleza visible. Pero el lector-contemplador presencia algo que no es visible.  Tampoco lo sería para Jesús si no gozase de esa capacidad. Pero la tiene y por ella puede encontrarse su hablar directo con el pensamiento invisible de los escribas y dialogar.  De manera que todo el diálogo entre el pensar de los escribas y el hablar de Jesús se encuentra en el mismo estrato dialogal consistente en representación y reproducción del lenguaje.

En resumen, y el punto al que quería llegar, es que  la interioridad de conciencia o pensamiento se puede representar. Es posible porque se trata de lenguaje. No sería posible si solo se dispusiera de imágenes, como en una película muda del gato Félix. Y nada tiene que ver con un narrador omnisciente.

Otro caso sería si el pensamiento de los escribas lo hubiera referido el narrador en lenguaje indirecto, entonces sí sería hablar suyo, el pensamiento no estaría  representado, sino reportado por el narrador. Y si lo dice será porque lo sabe y merece el crédito relativo a su palabra.

La noción de representación marca la diferencia

Resumo una explicación que da Mercedes Navarro Puerto en la página 187  de su libro MARCOS, 2006, entre mostrar y contar.

Mostrar y contar

El narrador utiliza dos técnicas: la de mostrar. La   mostración  esconde al narrador, deja que el lector perciba y valore por sí mismo y  suele incluir el discurso directo. Y la de contar. En esta el narrador se hace presente y explícito con su palabra, se comunica de modo directo con su lector y se deja ver. El modo de narrar es más in­directo, menos visual, exige la confianza en el narrador.

Y los elementos de la estructura textual que componen toda narración: la representación y la voz inmanente que habla se consideran “estrategias de las que se sirve el narrador”.

Este libro valioso en otros aspectos mantiene un análisis narratológico.

La estructura dual del texto de la narración

La estructura dual del texto de la narración

Con este escrito hago algunas precisiones que se incorporarán a la segunda edición del Texto de la narración en español. Referentes a los números 26 La representación del hablar27 La voz del narrador.   

 El texto de la narración en español es un entramado de cinco estratos. En tres de ellos – primer plano, segundo plano y descripción – nadie habla. Son objetivos y no hay  yo ni tú, siempre él. Tampoco se encuentran preguntas, ni suposiciones, ni hipótesis, ni incertidumbres. Son juntamente la representación. En ella nadie duda ni manifiesta sentimientos ni razona, salvo las terceras personas representadas.  La representación está ahí,  están  los sucesos y los escenarios, los personajes y sus acciones y  sus aspectos. Es una de las dos partes o discursos del texto de la narración completo: la representación es la parte mimética. Que también se puede denominar apofántica o mostrativa. La otra parte es comunicación lingüística, el hablar o la voz del narrador.

Esta segunda parte es hablar común y general, comunicación con lenguaje. Constituye el dominio o el estrato del narrador. Al narrador se le puede llamar voz  porque  es un hablante con el que nadie dialoga, no identificado muchas veces. Palabra dirigida a quien le escuche sin saber quien sea. No tiene interlocutor. Tiene lectores o en todo caso oyentes de su discurso que son los mismos que contemplan la representación. Habla para ellos. Y como está fuera y frente a la representación como los lectores que la contemplan, habla generalmente de ella. Pero los hablantes tiene espacio abierto, pueden decir lo que quieran.

Estas dos partes se confrontan porque el hablar es externo a la representación. Comunicación (hablar) y representación son contrapuestas. El narrador no dialoga – ni puede hacerlo estructuralmente – con los personajes representados. El narrador no es un personaje y su palabra no influye en ellos.

Esta segunda parte del texto contiene una peculiar situación comunicativa. El hablar del narrador no forma parte de la representación, pero es inherente al texto.  Se puede decir, por semejanza, que estas dos partes se contraponen como lo marcado y no-marcado. En la representación (marcado) nadie habla, pero en el hablar puede aparecer la representación. Como en la representación hay personajes que hablan, ellos también como hablantes representados tienen el campo abierto, el hablar es irrestricto. Pero ese hablar suyo no es el original y verdadero hablar, está representado, no es auténtico, lo llama Martínez Bonati pseudo hablar.

Consideremos la situación germinal y originaria de la representación: un hablante real, en la actualidad de su conversación enunciativa y actual, refiere un suceso pasado, y eventualmente al contarlo hace de él una representación. El momento primordial de la narración se encuentra cuando una persona real habla de su pasado. Todavía no hablamos de narración, pero su discurso está ahí. Pues bien este hablante es auténtico y cuando dice que alguno de los personajes de su historia habla, gritó: -tal cosa, y reproduce su hablar como si fuera una cita, lenguaje directo, ese hablar es distinto del hablar del narrador, no es auténtico, sino representado.

Ahora bien, si ese hablante inauténtico, el personaje, se pusiera a contar un suceso de su pasado tendríamos una representación dentro de otra. Secundaria puesto que, como ya he dicho, el hablante es externo a la representación primaria. En la narración primaria se origina la estructura dual de los textos de la narración: la representación y el hablar.

Estoy dejando conscientemente a un lado el relato en primera persona o autobiográfico para simplificar la exposición. Lo representado de los personajes es su conducta y cuando la conducta es de lenguaje –hablar o pensar –se representa también, gritó, replicó y tantos otros verbos del decir. Pero además de ordinario este decir se reproduce. El contenido reproducido y singular  hay que atribuírselo al personaje y éste, como hablante  puede dudar, suponer o preguntar. Habla desde su subjetividad, es decir, simplemente habla. Como hablar de representación es equivalente a decir que nadie habla.

Ahora, es necesario distinguir entre reproducción y representación. En la representación del hablar de los personajes hay  representación de su conducta. En la reproducción se inserta lo hablado.  La reproducción del habla, estilo directo,  es una imagen icónica, más o menos perfecta, del hablar. es reproducción.

Una oración  como la siguiente: Isabel confesó: estoy pensando en irme de casa. El primer elemento confesó es la conducta de Isabel.  Esta conducta representada  no la  dice nadie, es un punto en la serie de acciones de una historia de la cual está tomada la frase.  Y el segundo elemento, estoy pensando en irme de casa, es la reproducción del acto ya representado. La frase completa es representación mas reproducción, encabalgadas en estratos diferentes,  trabados en la sintaxis de la oración. La oración principal pertenece al núcleo y la subordinada, objeto directo, pertenece al estrato dialogal. Ambos son estratos de la representación.

El hablar del narrador, por el contrario, no es un hablar representado ni está insertado en el estrato mimético, sino en una comunicación lingüística inherente al texto de la narración.  El narrador está fuera de la mímesis representada, y por ello hay que considerar que el texto completo de la narración se compone de dos partes estructuralmente diferentes. Una es de mímesis y la otra de comunicación hablada. La parte mimética tiene cuatro estratos diferenciados: núcleo o primer plano, segundo plano, desdoblado  entre acción y descripción, y diálogos. El lenguaje directo de personajes representados es un estrato peculiar, pero pertenece al estrato mimético.

Estos elementos forman la estructura dual del texto de la narración. Ante este texto hay que situarse doblemente, porque su estructura es doble.  Cuando se está ante lo representado se es espectador, como lo es el que presencia un retablo. Cuando se está ante lo hablado, si se oye una voz, se es oyente. El narrador habla, pero a él nadie le habla, no tiene interlocutores. La comunicación tiene una sola dirección. Tampoco puede hablar con los personajes representados. Pero habla de ellos, lo cual nos hace ver que se encuentra ante la representación estructuralmente como espectador. No puede ser de otra manera.  Una representación solo se puede contemplar.

¿A quién habla el narrador?  Habla  a los mismos que presencian la representación. Esos son sus oyentes, su hablar  convierte en oyentes a los que son espectadores. Se  sitúan como oyentes  por la misma estructura de la comunicación inserta en el texto. Pero este cambio de espectadores a oyentes no les convierte en interlocutores.  Estos  dos papeles se engloban en la noción  única y tradicional de lectores.

Esta  parte segunda es un hablar común y,como tal, es irrestricto. La primera, la representación,  es lenguaje, pero limitado a su carácter de representación. No solo nadie habla, sino que nadie puede hablar en su ámbito.

¿Qué explicación puede darse de esta dicotomía?  Yo encuentro la siguiente en lo que me parece la génesis del texto de la narración  y luego reflejada en ella. La génesis que trazo no la obtengo por comprobación histórica ni de otro orden, sino por descripción supuesta o imaginada con elementos de la realidad dispersa.

Lo primordial en la conducta humana es la comunicación de persona a persona. Una vez desarrollada nace en esta  la representación. Para contarlo hay que representarlo, confeccionar la representación.  El que escucha el suceso es oyente y se convierte poco a poco en espectador de lo representando. El suceso contado es pasado naturalmente, porque es el tio Perico el que cuenta el pasado sucedido.

Esta recomposición significa, lingüísticamente, que el hablante, primero en su enunciación de presente actual habla del pasado.  Los tiempos que emplea en la configuración de la representación son pasados deícticos, anclados como pretéritos en su  presente enunciativo. Por lo tanto son historia. La historia está relatada en los tiempos pretéritos de la conjugación, el indefinido y el imperfecto, y en otros de su esfera temporal.   Es decir, con el conjunto de tiempos pretéritos.

 Entonces se narra efectivamente algo pasado,  en los tiempos del pasado,  según el sistema verbal común en su esfera de pretérito. Con el yo, aquí, ahora de referencia al presente actual de un habalnte.

El texto narrativo pertenece a un hablante narrador que cuenta una historia pasada. Este texto narrativo no tiene las partes que estoy describiendo, no sería dual,  porque el hablante lo domina todo. Con el sistema verbal completo se pasa de lo presente a lo pasado y todo lo que cuenta es pasado y  se puede retornar al presente. Pero en  esta historia se ha formado una representación que se independizará.

¿Como se forma la duplicidad en la lengua? ¿Cuándo se separan y contraponen sus elementos comunicativo y representativo?

A mi parecer cuando alguien se enfrenta directamente a lo representado. Cuando las representaciones se encuentran ahí, como desvinculadas del hablar y sueltas. Cuando ha muerto el que contaba la historia, pero queda el cuento sin su palabra.  Entonces ante esta pieza de lenguaje,  las personas se sitúan ante lo representado, que no pertenece al hablar de nadie.  Ya se lea o se recite y se escucha. El interés primero es  la representación sin la presencia enunciativa de alguien, y así tampoco se puede saber si la representación fue verdadera historia o inventada.  Ya da lo mismo, los  espectadores quieren ver y oír el retablo. Entonces, enfocando esto  lingüísticamente podemos preguntarnos  ¿qué ha pasado con los deícticos pretéritos si ya nadie habla? ¿Dónde está el presente de la enunciación si nadie enuncia?

Ha sucedido esto: que la representación es lo primero, y se ha desplazado al hablante. La representación es una pieza que no tiene enunciación, no está actualizada. ¿Quién la actualiza?  La actualiza el espectador, no hay hablante. Y sin hablante   tiempos pretéritos han dejado de ser deícticos de pasado. Pero las representaciones están en  esos  tiempos verbales del  pretérito, sin importar ya cuando han sucedido y ni siquiera si han sucedido, ya que pueden ser imaginarias. Entonces el valor de esos tiempos verbales  es el de presente del espectador o recitador, el tiempo de quien  presencia como espectador o del que oye la voz inserta en el texto de la historia.  Ahora bien, esa voz ¿de dónde sale? ¿Dónde está la persona que habla?

Se  ha producido un enorme trastorno. Ya no se está ante un hablante que cuenta, sino ante una historia que se presencia y ante una voz que se oye  en el trasfondo y no sé sabe quién es.  Y noes posible dirigirse a él y decirle quizá que calle un poco. Este hablante ya no es el tío Perico que me contaba lo que le paso en el huerto. Es un hablante irreal. Por eso  su  voz  es inmanente al texto, porque el texto tiene además de la representación una estructura interna de comunicación que esta ocupada y formada por este narrador.  Y además siempre esta habla en pretérito.

Cuando la representación se convierte en lo primero, la deíctica del hablante cambia  por la deíctica del espectador. Se invierten los términos. Si la deíctica del hablante tiene su centro en el acto enunciador;  la deíctica de la representación la tiene en un acto que es el del espectador y oyente. La deixis no pertenece al texto. Sino a la persona. La representación no tiene ninguna persona hablante. Podriamos decir que es adeítica. La única persona que actualiza el lenguaje de la representación es el lector, oyente y espectador al tiempo.

Al faltar el hablante, desaparece su acto enunciativo y desaparecen todos los tiempos de la esfera de presente. Al ser la representación lo primero se introduce la deixis del que lee y su presente es el momento de su lectura. Y este receptor, que naturalmente es, en sentido génerico, un hablante de la lengua ¿Qué es lo que lee? Lee imperfectos e indefinidos. Por lo que estos tiempos, pretéritos en la enunciación, se convierten en  presentes de la actualización  lectora.

Todo se mide o desde el acto de hablar o desde el acto de leer y de oír. En el acto del hablar el indefinido/ imperfecto es  pretérito y en el acto de leer, presenciar o escuchar,  el indefinido/ imperfecto es presente.

Se desplaza el sistema verbal y por ello mientras nos encontremos en el hablar actual,  se emplea el todo el sistema, el que explica la RAE en su gramática  tiempo a tiempo, y que empieza explicando el  presente de indicativo. En la Gramática del texto de la narración,  el sistema verbal se describirá  tiempo a tiempo, desde la pareja de presentes, es decir, desde el perfecto simple/imperfecto. En el sistema verbal de la narración no existe la esfera del presente enunciativo. Sus tiempos no pertenecen a esta gramática. El sistema verbal de la narración se forma cambiando el valor de los tiempos que se encuentran en la esfera del pasado. Estos pasan a ser presente y los tiempos de la esfera de presente desaparecen: y si aparecen en la narración, como el famoso presente histórico, son formas no marcadas procedentes de una esfera de tiempos que ya no funciona y que usarse cambiándolas por las marcadas no trasladan con ellas su valor temporal. Son tan presentes narrativos como los verbos a los que sustituyen.

 

La representación no narrativa

La representación no narrativa: el teatro y la escultura. Esta entrada está ligeramente revisada de otra anterior.

En la escena los personajes hablan, gesticulan y se mueven. Los actores encarnan a los personajes, hacen sus “papeles”. Pero los actores cuando están representando su papel no hablan  con el público de la sala. No lo hacen porque su papel – el personaje que representan – no se lo permite. No pueden ser ellos mismos, son su personaje. Viven en el  mundo del escenario;  fuera de él están los espectadores que contemplan y sigue los acontecimientos del mundo representado.

En la escena todo es representado.  Si es historia, se  representa algo ocurrido  en otro tiempo. Si es ficticio, se ha inventado.  En ninguno de los dos casos entre actores y espectadores puede  haber comunicación  ni diálogo ni intercambio de palabras. Se constituyen  dos espacios: el ámbito del escenario y el ámbito del auditorio o la sala. Entre ellos se ha desvanecido la relación del mundo real, se han apagado las luces, un hechizo ha sustituido a la realidad. Si un actor viera a un amigo en una butaca de la sala y le saludara,  rompería el hechizo y la representación, se descompondría la situación teatral. Y sin un espectador habla con otro, molesta. La audiencia es reunión se solitarios.

La escena es una esfera, la del mundo representado, fingido o no, y los espectadores en la sala se han metido en otra esfera. Tenemos dos esferas sin intersección alguna, completamente separadas.

Empieza la representación. Se hace el silencio. La sala se oscurece.  Los espectadores han salido de la realidad común en la que estaban.  Son una muchedumbre, se mantinene incomunicados. No puede entablar una conversación entre ellos, ni con los actores. Tampoco pueden hablar los actores entre sí, fuera de su representación. Han dejado de ser sus propias personas, solo son personajes del mundo representado.

Comparten un ámbito común los del escenario y los de la sala, ambos han salido de la realidad.  Su ámbito no es el de la calle. La calle es el ámbito de la vida  real, donde las gentes se saludan, se reúnen y comen y hablan. Son dos espacios que no se pueden mezclar. ¡No se permite interrumpir!  Nadie mira el reloj. Se ha suspendido la realidad, el mundo ordinario  ha desaparecido.

Esto mismo es lo que se encuentra en el texto de la narración y lo llamamos con su mismo nombre: representación. Y ocurre como en el teatro, que el argumento puede ser teatro histórico o puede ser ficción. En el primer  caso, el suceso representado tendrá alguna conexión con lo real. Pero la representación como fenómeno teatral se encuentra fuera de lo real. Más aún, mientras se presencia, el mundo real está cancelado. Las  representaciones tienen su tiempo interno, pero ambas son atemporales respecto al tiempo externo.

Hay una diferencia entre el espectáculo y la narración. Esta se encuentra un texto y en él hay una línea de comunicación hacia el lector, aunque sea deficiente. En el teatro no, raras veces se necesitan apartes y voces en off. Y el caso de la pintura o escultura la representación no puede estar acompañada de lenguaje, porque  no es lenguaje su materia, están montadas sobre material visual, gráfico, y no tienen la virtualidad que otorgan las palabras. Pero todas las formas teatro y cine, literatura y escultura y las artes gráficas tienen en el común la representación.

Las apreciaciones hechas son de sentido común, pueden ser más o menos convincentes, pero la argumentación más de fondo y mas razonada es la que se apoya en los elementos lingüísticos, la que  he desarrollado en relación con el uso de los tiempos.

El caso de la pintura o escultura es otra cosa, es un objeto confeccionado con material, con volumen y color, que se expone y se contempla. Las piezas se exhiben en lugares como los museos o las plazas. Se muestran a la contemplación del viandante o  del visitante.

Pongamos el museo de una escultora, la madre de Paul Claudel, Camille Claudel, en Nogent- sur-Seine. En una reseña de este museo el cronista dice que ver su obra supone “dialogar con sus esculturas”, “apreciar el alcance individual de una voz plástica”. Propone la contemplación de lo visual en términos de comunicación lingüística. Y visualmente se comunica algo:  “la vibración del movimiento” y “el reflejo de Rodín”, que fue su maestro; pero lo visual no son términos lingüísticos. De modo contrapuesto y parecido podríamos decir de una narración:  hace ver el mundo, el espacio, el colorido. Se puede hablar metafóricamente de la visualidad que otorgan las palabras.  Podemos cambiar los términos, porque ambas cosas la escultura y la narración tienen en común la representación mostrativa de lo singular.

Teoría. El Lazarillo. La primera persona (2)

 

Complemento la entrada anterior para precisar la estructura del texto autobiográfico.

Lázaro en el prólogo se dirige a alguien, Vuestra Merced, porque  le ha pedido que “relate el caso muy por extenso”  y comienza a escribir su vida: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mi llaman Lázaro de Tormes”.

Lázaro es personaje ficticio pero pretende pasar por persona real, un  pregonero de Toledo que hace una demanda por escrito.  Dice F. Rico que en su tiempo el libro  “no se dejaba leer como “ficción” de buenas a primeras”.  Y además tenía un parecido con la forma de carta, que es forma de comunicación no ficticia –  las cartas se usan para la narración de hechos reales -,  y dar así  razón de su caso, el último punto de su biografía, que resulta ser la murmuración sobre su matrimonio.

La biografía de Lázaro pretende pasar por un relato de hechos reales y por tanto escrito por persona verdadera. Ya hoy no tenemos duda de que sea fingido. Pero ¿hay manera de averiguar explícitamente, por el texto mismo, si es verdad todo o es todo ficción? Porque esto la lengua misma no lo puede decir directamente. Lo sabemos por información exterior al texto. Por eso en este juego si la ficción pretende ser real, tiene las de ganar.

Esta simulación se hace en el Quijote.  Pero Lazarillo de Tormes tiene ventaja en el engaño de ser  un relato en primera persona. La tercera persona cuenta con la  objetividad. En el Lazarillo  la primera persona está  presente a lo largo de la historia. Mientras que en la narración de tercera persona, el narrador calla.

Para analizar el caso hay que tener en cuenta lo que digo en el número 36. Digo que  en el discurso narrativo lo primero no es si se trata de historia o de ficción, sino si se trata de comunicación verdadera o de representación. La contraposición no es  entre verdadero o ficticio, si Lázaro es un pregonero de verdad o un personaje imaginario. Lo primero es averiguar si estamos ante un hablar común, alguien nos habla, o ante una mostración que se presencia y en ella no habla nadie. Importa  poco si esta mostración es histórica o ficticia.

Esto es primero porque son dos usos del  lenguaje diferentes. Weinrich lo llama situaciones de comunicación y no es exactamente eso.  Hay que recordar el origen del discurso narrativo apofántico,  la representación, el retablo con su historia, que es distinto de la retrospección donde se menciona una acción del pasado: “mi nascimiento fue dentro del río Tormes”. Esta frase es una retrospección en el  hablar común. Pero si este momento de retrospección, deixis real del pasado,  da lugar a una larga historia; la historia  requiere  mostración y la mostración inactiva la deixis.  Y ante la mostración dejamos de oír y empezamos a contemplar. Si la mostración es verdad o es ficción se podrá averiguar después. Si hay simulación nos enteraremos de otra manera.

Por lo tanto no nos debe importar resolver la cuestión de si el pregonero llamado Lázaro existió de verdad. Lo que importa es saber si se trata de una representación  o de un hablar. Si se trata de una representación en la que Lázaro es personaje  en ella, su hablar es un hablar representado, no es hablar auténtico según  Martínez Bonati. La e presentación  se contempla, se contempla también a los que hablan en ella.  El  diálogo de los personajes es un hablar representado.  Este hablar lo observamos con distanciamiento; el hablar del narrador nos compromete, aunque sesté en el marco de la inmanencia.

Cuando la comunicación real da paso acontecimiento y encontramos a una referencia continuada al pretérito,  y a partir de ella  se articula una mostración de lo pasado, entonces la representación anula el lenguaje comunicativo.

El problema que nos ocupa en la autobiografía es que al pasar de una comunicación a una representación, el lenguaje de comunicación se mantiene de modo constante en lo representado. Pero es distinto. Esa primera frase retrospectiva – “mi nascimiento fue”-  , frase de comunicación, da paso a la mostración. Y en ella un personaje habla con lenguaje representado, con  pseudofrases.

Y este lenguaje está desligado de la situación del hablar común.  La figura en la representación tiene un lenguaje irrestricto. Un personaje,  puede hablar con lenguaje de comunicación dentro de lo representado. Si, por acaso, cuenta una historia (es decir hace una representación) tenemos una contada dentro de la representación.

Pero como habla de sí y de su vida parece que no se ha salido de lo real y del hablar común, la pretensión de ser real seduce con mayor fuerza y engaña sobre su carácter representado.

El estrato mostrativo de una autobiografía es pseudo hablar, hablar dentro de lo representado, no hay comunicación, podríamos decir que hay pseudo comunicación aunque lo parezca, una comunicación que no sale de lo representado.

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Relato en primera persona. El Lazarillo de Tormes

Relato en primera persona. El Lazarillo de Tormes

Cuando un personaje, el protagonista de ordinario, narra su propia aventura como hace Lázaro de Tormes, la  voz narradora y la voz del personaje coinciden, son la misma voz. Voz narradora significa aquí que la representación la confecciona el protagonista y habla en ella.

Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es  común,  un personaje puede  confeccionar la representación de su propia vida,  contarla él.  Pero la narración del personaje está inserta en la representación. El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es un hablar  inmanente y pero no representado. En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  le corresponde un “tu” y un “yo” y la diferencia reside en que la situación comunicatva inserta en la representación mostrativa: los personajes conversan entre sí y también narran. Y con el narrador no esto no se da. El hablar del narrador no se representa, no es una comunicación representada entre hablantes, como el diálogo de los personajes. El hablar del narrador es un hablar verdadero, pero inmanente, presupone una estructura de comunicación inmanente al texto narrativo completo. El narrador es una voz que habla a quien lee. El narrador es el “yo” y el lector es el “tu”.  En cuanto aparece una voz que habla, se la oye leyendo el texto y no es un personaje, se hace presente esta estructura de comunicación interna de la narración. En la que el hablante es inmanente, no real. Y lógicamente el oyente no está en el texto con ninguna réplica. Pero puede ser sujeto explícito de apelación: amigo lector. Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Cuando se trata de un relato autobiográfico como el que hace Lázaro, el narrador es personaje.  Si el personaje narra, construye una representación  no desaparece porque está en ella.

Sucede lo mismo en la narración que no es autobiográfica. El hablante que confecciona el comienzo de la representación y se la atribuye, sigue como hablante, es decir como narrador, pero desaparece en la representación donde nadie habla y no es autobiobráfica.  Pero si lo fuera estaria también en la representación. De modo que el hablante narrador tiene la identidad del personaje. Un mismo sujeto tiene dos voces.  Aunque se confundan son distintas. En el texto apofántico mimético el narrador calla como narrador. Pero en ese texto habla como personaje y como resulta que el personaje se pone a narrar, se confunden las voces. Cuando un hablante cuenta su caso, si confecciona una representación de él, se convierte en personaje y es también narrador. Y el hablar de un personaje narrador  es un hablar representado.

Par interpretar este punto hay que tener en cuenta que en la representación solo hablan los personajes, el narrador calla. Su hablar es la situación comunicativa. El narrador no cuenta la representación, la representación se da a sí misma. Pero cuando el hablante cuenta su caso se convierte en personaje representado.  Dos intancias.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado, y por ello e observ a su hablar como a tercera persona. Auque al introducir en la representación narrativa su vida, aparece la primera persona contándola.

De lo anterior parece deducirse que lo autobiográfico  depende de la figura de un hablante representado. No es un hablante inmanente ni es un hablante real. Por esta razón que requiere mayores precisiones, la narración autobiográfica no contradice lo afirmado: en la representación nadie habla, pero hablan los personajes y aparecen representaciones que ellos se atribuyen.

En el texto del Lazarillo de Tormes habla Lázaro como persona real (aunque sea falso) y también como narrador. La mostración autobiográfica se origina en el hablar de un personaje y se objetiva dentro de ella. El narrador suele ser en los texto una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro, el personaje es el sujeto narrador. Hace los dos papeles. El autor anónimo lo presenta como real. Su hablar se encuentra en la comunicación y en lo representado . Resulta difícil distinguir sus voces diferentes.

Analizo este fragmento:

“Yo como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo  que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada, espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podía ser.

-No diréis, tío, que os lo bebo yo – decía-, pues no le quitáis de la mano.”

El personaje Lázaro habla de sí con hablar común por ser parte de lo representado y sigue el texto mostrativo en primera persona. Obsérvese que podría todo él conmutarse por tercera persona sin dificultad. Todo él párrafo es un segundo plano en imperfectos, salvo la acción “acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil“, que es el núcleo. Es un buen ejemplo de segundo plano y los imperfectos recogen la condición habitual de estas acciones. Y la última frase “no sabiendo que podía ser”  es voz del narrador que da una explicación. Es el lenguaje indirecto del pensamiento del ciego. Y después viene el estilo directo, el hablar de Lázaro en sus propias palabras,  que contrasta con lo representado anterior.

Tenemos un narrador inmanente, una representación con un personaje que habla en primera persona y la voz representada de ese personaje en lenguaje directo. Modos diferentes de un de un mismo hablante.

Cuando Lázaro presenta el libro en el prólogo lo hace por pura traza,  como dice Julio Cejador en su edición, esto es haciéndose pasar por real y como si la narración fuera  contada por él. Según esto el personaje también real. Esta es la traza porque los dos son ficticios.(Texto del Lazarillo citado por la edición de F. Rico en  Cátedra)