El Lazarillo. La primera persona (1 de 2)

El Lazarillo y la autobiografía

Cuando un personaje narra su propia aventura como hace Lázaro de Tormes, la  voz narradora y la voz del personaje coinciden, son la misma voz. Voz narradora significa en sentido general que la representación la confecciona el protagonista y habla en ella.

Esto es lo que encontramos en el Lazarillo. No sabemos en un primer momento si el personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que lo pretende, lo leemos como ficción. Pero igualmente podríamos leerlo en la creencia de que es un bulero y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos hace ver que, para aclarar este punto, el texto requiere verificación externa. Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es hablar común, aunque no vivo, sino replica de lo real, un personaje puede referirse a su pasado y confeccionar la representación de su propia vida, como lo hace en el hablar vivo una persona real.

Lo dicho lleva a caer en la cuenta de  que en ambos  casos, real o ficticio, estamos ante una representación.  En ella un personaje representado,  habla de su pasado, cuenta su vida y compone una representación de ella.  El hablante de una autobiografía es un personaje representado. Su hablar se encuentra dentro de la representación y es parte de ella. Ya sea el buldero real o el personaje de fición.

En cualquier texto narrativo de tercera persona tenemos dos tipos de frases: una, frase de un narrador, y otra, frase de representación del suceso. La voz y la representación se disinguen y se separan relativamente bien. La representación  nadie la cuenta, nadie habla, y si oímos el habla de alguien, ese habla es del narrador, que generalmente habla de lo representado, pero podría hablar de cualquier cosa, porque el hablar es irrestricto. No habla con los personajes representados porque él está frente a ellos, fente a la representación, con distanciamiento, no dentro de ella.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador no es hablar representado, pero inmanente, no  real. En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un “tu” y un “yo” y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje esta inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera, aunque no sea real.

El hablar del narrador no se representa, no es como el diálogo  de los personajes una comunicación representada. El hablar del narrador es un hablar con verdadero lenguaje de hablar. El narrador es una voz que habla a quien quiera que sea el que oiga. El narrador es el “yo” y el lector es el “tu”.  En cuanto aparece una voz que habla, el espectador la oye,  porque habla a quien esté a la espectativa, a quien presencie la representación. Los personajes también son hablantes, pero no se dirigen al espectador o lector. No salen fuera de su mundo representado, hablan dentro de él, en el mundo encerrado en el que viven con otros personajes. La voz o el hablar del narrador no viene de la representación. Ese hablar implica una comunicación diferente a la que sostienen entre sí los personajes. Pero no es que se dirija al lector, habla a quien esté delante de lo represetado. No es hablar de persona viva, porque si lo fuera rompería la magia de la misma representación.  El narrador que habla y la comuniación que con su hablar se establece es inmanente al texto. El hablante narrador es inmanente, no real, no tiene existencia, no puede sacar al espectador de su situación enajenada de la realidad. Aunque diga amigo lector, y el lector sea sujeto explícito de apelación.

En la narración no autobiográfica, como la del Quijote, un hablante aparece en el comienzo, todo el capítulo primero, y se atribuye la representación, pero desaparece en la representación donde nadie habla y vuelve a hacer comentarios de vez en cuando. Pero Lázaro no puede desaparecer por ser un hablante conocido, que está en la representación, dentro de ella. Está representado, habla como personaje y como narrador. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje.

Esta es la tesis que sostengo. Cuando un hablante cuenta su caso, si confecciona una representación de él, se convierte en personaje, y no podremos saber, por la representación misma, si es real o ficticio. La aclaración de este punto requiere verificación externa. En la representación el narrador calla. Pero en ese texto no, no desaparece porque está en ella.

Para interpretar este punto hay que tener en cuenta que en la representación solo hablan los personajes, el narrador calla. El narrador no cuenta. La representación se da a sí misma. Y si el espectador ye una voz, se siente apelado por alguien y le escucha, es decir, entra en una situación de comunicación, aunque no sea tal en realidad.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado. Como al emplear la primera persona se implica la segunda, esa seguna persona no está en la representaciòn. ¿A quién se dirige? A Vuestra Merced. Quien quiera que sea. Y en su hablar hay una representación que Lázaro le hace y en ella está. En la representación aparece en primera persona contándola. Es personaje y narrador. Parece deducirse, ya en general, que la autobiografía consiste, desde la perspectiva del lenguaje, en un personaje hablante como narrador. En este sentido la narración autobiográfica no contradice el hecho de que en la representación nadie habla. Hablan personajes y aparecen representaciones que a ellos se atribuyen.

Analizo este fragmento:

Yo como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo  que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada, espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo - decía--, pues no le quitáis de la mano
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(Texto del Lazarillo citado por la edición de F. Rico en  Cátedra)

El personaje Lázaro habla de sí y cuenta su caso, puede hacerlo como persona real que emite un documento, que es un informe de su vida, o puede hacerlo como personaje de ficción. Esto no se sabe por el texto. por mucho que proteste en el prólogo: Vuestra Merced escribe se le esctiba. Obsérvese que el párrafo anterior puede conmutarse a tercera persona sin dificultad: Como él estaba hecho al vino, etc. Tendríamos una frase y el párrafo entero en segundo plano de imperfectos, salvo la acción acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, que es el núcleo. Es un buen ejemplo de segundo plano, donde los imperfectos recogen la condición habitual de estas acciones. Y la última frase no sabiendo que podía ser  es voz del narrador inconfundible, porque es construcción de lenguaje indirecto del pensamiento del ciego. La atribución de esta frase pasa a un narrador desconocido. En su versión de autobiografía se atribuye a Lázaro.

El narrador suele ser una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro. Pero como no podemos saber si Lázaro es real o personaje de ficción, da lo mismo que sea verdadero o que sea imaginnario. Es personaje en la representación y hablante en ella. Hace los dos papeles. El autor anónimo lo presenta como real y por ello se dirige a Vuestra Merced. De tal manera que la duda está en que sea documento real o historia fingida. Hay que verificarlo.

Cuando Lázaro presenta el libro en el prólogo lo hace por pura traza,  como dice Julio Cejador en su edición, Clásicos Castellanos, esto es, haciéndose pasar por real y para que su historia se tome por real.  Esta es la traza, porque él, y por tanto su historia, son ficticios.

No sabemos por la traza, en un primer momento, si es personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que se presente como tal, lo leemos en su naturaleza ficticia. Pero igualmente podríamos leerlo en la creencia de que es un bulero que realmente existió y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos aclarara este punto: el texto requiere verificación externa. La representación no es ni ficticia ni histórica.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel  es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es como un hablar real, pero inmanente, porque no es hablar representado.  En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un yo-tú y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje está inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera.

Con el narrador, como no es un personaje, se hace presente una  estructura de comunicación no representada, pero tiene que ser inactual, con un hablante no real, pues de lo contrario rompería la magia de la misma representación. La voz del narrador no puede sacar al oyente de su situación enajenada.  Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Cuando se trata de un relato autobiográfico como el que hace Lázaro, el narrador es personaje.  Si el personaje narra, construye una representación  y no desaparece porque está en ella.

Un hablante vivo que confecciona una representación y se la atribuye, sigue como hablante y como narrador vivo, pero desaparece si la representación es lo primario y no es autobiográfica.  Pero si fuera autobiográfica, estaría también en la representación, cuando no hay persona viva, por tanto, se convierte en personaje. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje. Cuando un hablante cuenta su caso, se convierte en personaje, y entonces ya no sabemos si es real o ficticio.

En el texto del Lazarillo de Tormes habla Lázaro, pero tanto si es real o ficticio, su hablar está dentro de la representación. La narración autobiográfica pertenece a la mostración.  El narrador suele ser en los texto una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro, el personaje es el sujeto narrador. Hace los dos papeles, el de la comunicación con Vuestra Merced y el de personanje. Resulta difícil distinguir sus voces.

Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es  común, un personaje puede referirse a su pasado y confeccionar una representación de su propia vida. Esto es lo que encontramos en el Lazarillo. No sabemos en un primer momento si es personaje de ficción o es persona real. Pero despejada esta duda y ya sabiendo que no es real, pese a que se presente como tal, lo leemos viendo en él su naturaleza ficticia. Pero igualmente podríamos leer todo el relato en la creencia de que es un bulero que realmente existió y su relato es pura realidad.  Esta indefinición nos hace ver que para aclarar este punto el texto requiere verificación externa.

Y, además nos hace a caer en la cuenta de  que en ambos  casos, real o ficticio, estamos ante una representación.  En ella un personaje representado,  habla de su pasado y con él cuenta su vida y compone una representación.  El hablante de una autobiografía es un personaje representado. Su hablar se encuentra dentro de la representación y es parte de ella.

En cualquier texto narrativo de tercera persona tenemos la voz de un narrador y la representación del suceso. La voz y la representación están separadas. La representación  nadie la cuenta y la voz corresponde a un narrador que como hablante, generalmente habla de lo representado, pero es irrestricto. No habla con los personajes representados porque está frente a  la representación , no dentro de ella.

El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel  es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es un hablar real, pero inmanente, no  representado.  En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  les  corresponde un “tu” y un “yo” y la diferencia entre ellas consiste en que la comunicación del personaje esta inserta en la representación, mientras que la del narrador está fuera.

El hablar del narrador no se representa, no es una comunicación representada como el diálogo  de los personajes. El hablar de l narrador es un hablar verdadero, pero inmanente, presupone una estructura de comunicación inmanente al texto narrativo completo. El narrador es una voz que habla a quien contempla.  El narrador es el “yo” y el lector es el “tu”.  En cuanto aparece una voz que habla, el espectador la oye,  porque habla a quien presencia la representación. Con el narrador, como no es un personaje, se hace presente una  estructura de comunicación interna  y diferente de la representación. Sin ser comunicación representada tiene que ser inactual, pues de lo contrario rompería la magia de la misma representación.  En la que el hablante es inmanente, no real. Y el oyente no deja de ser espectador que oye, pero la voz no puede sacarle de su situación.  Pero puede ser sujeto explícito de apelación: amigo lector. Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Sucede lo mismo en la narración que no es autobiográfica. El hablante que confecciona el comienzo de la representación y se la atribuye, sigue como hablante, es decir como narrador, pero desaparece en la representación donde nadie habla y no es autobiográfica.  Pero si lo fuera estaría también en la representación. De modo que el hablante autobiográfico narrador tiene la identidad de un personaje.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado, y por ello se observa su hablar como a tercera persona. Aunque al introducir en la representación narrativa su vida, aparece en primera persona contándola. De lo anterior parece deducirse que lo autobiográfico  depende de la figura de un hablante representado. No es un hablante inmanente ni es un hablante real. Estos puntos, quizá,   requieren  mayores precisiones. Pero  la narración autobiográfica no contradice lo afirmado: en la representación nadie habla, pero hablan los personajes y aparecen representaciones que ellos se atribuyen.

Texto revisado en marzo 2020, pero no es definitiva, está apendiente de repaso.