Los pasos entre la representación, el hablar indirecto y el hablar del narrador

Mc 3, 7-12
Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea.
 También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía.
Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen;
porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle.
Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo:
—¡Tú eres el Hijo de Dios
Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.

Universidad de Navarra. Santos Evangelios. EUNSA. Edición de Kindle.

Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea. También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía. Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen; porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: —¡Tú eres el Hijo de Dios! Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen.

Pido que se admita sin cuestionarlo que esta frase: Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar, es una representación.

Representa una acción, porque las palabras representan, cuando me hacen ver a las personas, a Jesús y discípulos caminando desde un lugar interior hacia el mar. Las palabras en una página escrita están tan desvinculadas de su producción, como lo está un cuadro si representase a las personas en el camino. El escritor es tan externo y está tan separado de ellas como lo está el pintor. ¿Quién está pintando el cuadro? Nadie. ¿Quién está diciendo las palabras? Nadie.

Y lo mismo pido de las siguientes: le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea; vino hacia él una gran multitud.

Y también pido la misma consideración para la siguiente, al oír las cosas que hacía. Esta petición la apoyo con una explicación. Ahora tenemos una relación de causa, porque oyó, o de tiempo, cuando oyó, que relacionan ambas representaciones. Si esa relación no estuviese expresada con palabras, diría: *vino hacia él una gran multitud que oyó las cosas que hacía. Se tendría que inferir la relación, lo haría el lector.

Se trata de dos representaciones tejidas con una relación entre ellas. La representación hecha con palabras es así, permite esos enlaces. Este entrelazamiento no obliga a pensar que lo ha dicho alguien. Lleva a pensar, más bien, que las representaciones hechas con palabras se emplean relaciones que el lenguaje emplea cuando se habla, pero ahora sin hablar. Es privilegio del lenguaje.

Con la siguiente frase, Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen, la cuestión es distinta. Veamos.

La frase, les dijo a sus discípulos, es la representación del hablar de Jesús, que está incompleto, porque le falta el objeto directo. El objeto de la acción de Jesús son las palabras mismas que dijo. Y esas no vienen. Las palabras que siguen son de alguien distinto, que habla y su acto de decir no ha sido representado antes.  A ese individuo que habla y nos cuenta lo que dijo Jesús, escamoteando sus palabras, lo llamamos narrador. Y ya, con él, no hay representación que valga., estamos ante la voz de un individuo. A esto se le llama en la gramática estilo indirecto.

Bueno, pues ya que llegamos la frase, que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, que dice que dijo Jesús, pregunto:
Las frases siguientes ¿son representación, son reportaje de hablar hecho por el narrador, son simple hablar del narrador sobre los hechos acaecidos?

1 por causa de la muchedumbre,
2 para que no le aplastasen;
3 porque sanaba a tantos,
4 que todos los que tenían enfermedades
5 se le echaban encima para tocarle.
6 Y los espíritus impuros,
7 cuando lo veían
8 se arrojaban a sus ies
9 gritaban
10 se arrojaban a sus pies
11 gritaban diciendo:
12 —¡Tú eres el Hijo de Dios!
13 Y les ordenaba con mucha fuerza que
14 no le descubriesen.

O, de otra manera, pregunto:  ¿Cómo lees las frases? ¿Las lees como alguien que te cuenta o recuperas la lectura que te lleva a contemplar hechos representados, sin que ya hable el narrador?

José Antonio Valenzuela Cervera

Ejemplo de dos planos

García Márquez: Crónica de una muerte anunciada.
Fragmento tomado del capítulo primero.


He separado en la columna izquierda el núcleo con las acciones en perfecto simple. En la columna derecha, mezcladas, tres tipos de frases. De ellas he señalado en color verde algunos imperfectos de acción, que podrían insertarse en la línea argumental del primer plano o núcleo, cambiando el tiempo. Otras frases corresponden a imperfectos descriptivos, y otros pertenecen al hablar. al hablar del narrador o a verbos descriptivos. Se pueden leer las columnas independientemente o bien alternándolas sin perdder la secuencia lineal originaria del texto.

NúcleoAcciones, descripciones, hablar
 
 Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día, ni en todo el mes de febrero. Estaba descuartizando tres conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes, cuando
Santiago Nasar entró en la cocina. 
 Divina Flor, su hija, que apenas empezaba a florecer,
le sirvió a Santiago Nasar un tazón de café cerrero con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para ayudarlo sobrellevar la carga de la noche anterior. 
 La cocina enorme, con el cuchicheo de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.
Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de café, 
 pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban los conejos en la hornilla.

A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba entera. La niña, todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus glándulas.
Santiago Nasar la agarró por la muñeca 
 cuando ella iba a recibirle el tazón vacío.
-Ya estás en tiempo de desbravar-le dijo. 
Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado. 
-Suéltala, blanco -le ordenó en serio-. De esa agua no beberás mientras yo este viva. 
 Había sido seducida por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y
la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto. 
 Divina Flor, que era hija de un marido más reciente, se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y esa idea le causaba una ansiedad prematura.
(sintió horror Santiago Nasar) 
cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo y les tiró a los perros el tripajo humeante. 
-No seas bárbara -le dijo él-. Imagínate que fuera un ser humano. 
 Sin embargo, tenía tantas rabias atrasadas la mañana del crimen, que
siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar. 
 En esas estaban cuando
el pueblo entero despertó con el bramido estremecedor del buque de vapor 
 en que llegaba el obispo.
 La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y un techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los desperdicios del puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan servicial que muchas barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se aventuraban hasta aquí a través de las ciénagas del estuario.
Cuando vino Ibrahim Nasar con los últimos árabes, al término de las guerras civiles, 
 ya no llegaban los barcos de mar debido a las mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso.
Ibrahim Nasar lo compró a cualquier precio para poner una tienda de importación que nunca puso,  
 y sólo cuando se iba a casar
lo convirtió en una casa para vivir. En la planta baja abrió un salón 
 que servía para todo, y
construyó en el fondo una caballeriza para cuatro animales, los cuartos de servicio, y tina cocina de hacienda con ventanas hacia el puerto 
  por donde entraba a toda hora la pestilencia de las aguas.
Lo único que dejó intacto en el salón fue la escalera en espiral rescatada de algún naufragio. 
 En la planta alta, donde antes estuvieron las oficinas de aduana,
hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes 
 para los muchos hijos que pensaba tener, y
construyó un balcón de madera sobre los almendros de la plaza, 
 donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a consolarse de su soledad.
En la fachada conservó la puerta principal y le hizo dos ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta posterior, sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en servicio una parte del antiguo muelle. Esa fue siempre la puerta de más uso, 
 no sólo porque era el acceso natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a la calle del puerto nuevo sin pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en ocasiones festivas, permanecía cerrada y con tranca. Sin embargo,
fue por allí, y no por la puerta posterior, 
 por donde esperaban a Santiago Nasar los hombres que lo iban a matar, y
fue por allí por donde él salió a recibir al obispo, 
 a pesar de que debía darle una vuelta completa a la casa para llegar al puerto. Nadie podía entender tantas coincidencias funestas.
El juez instructor que vino de Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, 
 pues su interés de darles una explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba citada varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la única explicación válida parecía ser la de Plácida Linero, que
contestó a la pregunta con su razón de madre: 
-Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando estaba bien vestido. 
 Parecía una verdad tan fácil, que
el instructor la registró en una nota marginal, pero no la sentó en el sumario. Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta 
 de que ni ella ni su hija sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo.
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero. Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, 
 para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia.
Alguien que nunca fue identificado 
 había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando
  
Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado. 
 Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando
Santiago Nasar salió de su casa, 
 varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque. El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo.
Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. 
 Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y
Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos. 
 Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa, pero de buena índole», decía el sumario
 Esa mañana llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda, demasiado gruesos y formales para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por tantas horas de mala vida, pero habían cumplido con el deber de afeitarse. Aunque no habían dejado de beber desde la víspera de la parranda, ya no estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían sonámbulos desvelados. Se habían dormido con las primeras auras del amanecer, después de casi tres horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta, y aquél era su primer sueño desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del buque, pero
el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió de su casa. Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a levantarse. 
-Por el amor de Dios-murmuró Clotilde Armenta-. Déjenlo para después, aunque sea por respeto al señor obispo. 
-Fue un soplo del Espíritu Santo. 
Al oírla, los gemelos Vicario reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse. Ambos siguieron con la mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la plaza. 
-Lo miraban más bien con lástima-, 
Las niñas de la escuela de monjas atravesaron la plaza en ese momento trotando en desorden con sus uniformes de huérfanas. 
Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque. 
 Había mucha gente en el puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas partes se veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al obispo, porque la sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga había tanta leña arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos horas para cargarla.
Pero no se detuvo. 
Apareció en la vuelta del río, rezongando como un dragón, y entonces la banda de músicos empezó a tocar el himno del obispo, y los gallos se pusieron a cantar en los huacales y alborotaron a los otros gallos del pueblo. 

Comentario

La columna derecha contiene los imperfectos dichos y casos que requieren explicación. Verbos retrospectivos, se habían dormido con las primeras auras del amanecer / habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas / había sido seducida por Ibrahim Nasar. Verbalización del pensamiento de forma y lenguaje indirecto, ni ella ni su hija sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo. Citación del sumario, «Eran de catadura espesa, pero de buena índole», decía el sumario. Empleo de algún gerundio e infinitivos, pensando despacio / sin apartar la vista , trasferibles a primer plano. Frases que son propias del hablar, pero no atribuidas nadie.
Este fondo de imperfectos con distintos valores da lugar a ambigüedades sujetas a interpretacion.

Ejemplo de dos planos

GARCÍA MÁRQUEZ: CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 1

He separado el núcleo del resto y está colocado en la columna izquierda. De este modo se puede leer independientemente del trasfondo. Se compone la serie nuclear de cincuenta pretéritos indefinidos, con los que se obtiene la idea de la sucesión de los hechos.
La columna derecha es un trasfondo compuesto principalmente de tres tipos de frases:
a) acciones que podrían pertenecer al núcleo, si estuvieran en perfectos simples, tiempo al que pueden transferirse sin dificultad.
b) imperfectos con acciones o estativos, propios de la descripción.
c) imperfectos que usa el narrador al hablar.

Otros tiempos, como el pretérito pluscuamperfecto, que rompe la secuencia temporal con la retrospección. Algunos requieren una explicación, que no hago en esta ocasión.
He colocado el lenguaje directo en la columna primera
.

El núcleoAcciones, descripciones, hablar
Fue la última vez que lo vio. 
 Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día, ni en todo el mes de febrero. Estaba descuartizando tres conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes, cuando
Santiago Nasar entró en la cocina. 
 Divina Flor, su hija, que apenas empezaba a florecer,
le sirvió a Santiago Nasar un tazón de café cerrero con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para ayudarlo sobrellevar la carga de la noche anterior. 
 La cocina enorme, con el cuchicheo de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.
Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de café, 
 pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban los conejos en la hornilla. A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba entera. La niña, todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus glándulas.
Santiago Nasar la agarró por la muñeca 
 cuando ella iba a recibirle el tazón vacío.
-Ya estás en tiempo de desbravar-le dijo. 
Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado. 
-Suéltala, blanco -le ordenó en serio-. De esa agua no beberás mientras yo este viva. 
 Había sido seducida por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y
la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto. 
 Divina Flor, que era hija de un marido más reciente, se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y esa idea le causaba una ansiedad prematura.
(sintió horror Santiago Nasar) 
cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo y les tiró a los perros el tripajo humeante. 
-No seas bárbara -le dijo él-. Imagínate que fuera un ser humano. 
 Sin embargo, tenía tantas rabias atrasadas la mañana del crimen, que
siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar. 
 En esas estaban cuando
el pueblo entero despertó con el bramido estremecedor del buque de vapor 
 en que llegaba el obispo.
 La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y un techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los desperdicios del puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan servicial que muchas barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se aventuraban hasta aquí a través de las ciénagas del estuario.
Cuando vino Ibrahim Nasar con los últimos árabes, al término de las guerras civiles, 
 ya no llegaban los barcos de mar debido a las mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso.
Ibrahim Nasar lo compró a cualquier precio para poner una tienda de importación que nunca puso, y sólo 
 cuando se iba a casar
lo convirtió en una casa para vivir. En la planta baja abrió un salón 
 que servía para todo, y construyó en el fondo una caballeriza para cuatro animales, los cuartos de servicio, y tina cocina de hacienda con ventanas hacia el puerto por donde entraba a toda hora la pestilencia de las aguas.
Lo único que dejó intacto en el salón fue la escalera en espiral rescatada de algún naufragio. 
 En la planta alta, donde antes estuvieron las oficinas de aduana,
hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes 
 para los muchos hijos que pensaba tener, y
construyó un balcón de madera sobre los almendros de la plaza, 
 donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a consolarse de su soledad.
En la fachada conservó la puerta principal y le hizo dos ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta posterior, sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en servicio una parte del antiguo muelle. Esa fue siempre la puerta de más uso, 
 no sólo porque era el acceso natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a la calle del puerto nuevo sin pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en ocasiones festivas, permanecía cerrada y con tranca. Sin embargo,
fue por allí, y no por la puerta posterior, 
 por donde esperaban a Santiago Nasar los hombres que lo iban a matar, y
fue por allí por donde él salió a recibir al obispo, 
 a pesar de que debía darle una vuelta completa a la casa para llegar al puerto. Nadie podía entender tantas coincidencias funestas.
El juez instructor que vino de Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, 
 pues su interés de darles una explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba citada varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la única explicación válida parecía ser la de Plácida Linero, que
contestó a la pregunta con su razón de madre: 
-Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando estaba bien vestido. 
 Parecía una verdad tan fácil, que
el instructor la registró en una nota marginal, pero no la sentó en el sumario. Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta 
 de que ni ella ni su hija sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo.
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero. Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, 
 para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia.
Alguien que nunca fue identificado 
 había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando
  
Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado. 
 Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando
Santiago Nasar salió de su casa, 
 varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque. El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo.
Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. 
 Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y
Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos. 
 Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa, pero de buena índole», decía el sumario
 Esa mañana llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda, demasiado gruesos y formales para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por tantas horas de mala vida, pero habían cumplido con el deber de afeitarse. Aunque no habían dejado de beber desde la víspera de la parranda, ya no estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían sonámbulos desvelados. Se habían dormido con las primeras auras del amanecer, después de casi tres horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta, y aquél era su primer sueño desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del buque, pero
el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió de su casa. Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a levantarse. 
-Por el amor de Dios-murmuró Clotilde Armenta-. Déjenlo para después, aunque sea por respeto al señor obispo. 
-Fue un soplo del Espíritu Santo. 
Al oírla, los gemelos Vicario reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse. Ambos siguieron con la mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la plaza. 
-Lo miraban más bien con lástima-, 
Las niñas de la escuela de monjas atravesaron la plaza en ese momento trotando en desorden con sus uniformes de huérfanas. 
Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque. 
 Había mucha gente en el puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas partes se veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al obispo, porque la sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga había tanta leña arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos horas para cargarla.
Pero no se detuvo. 
Apareció en la vuelta del río, rezongando como un dragón, y entonces la banda de músicos empezó a tocar el himno del obispo, y los gallos se pusieron a cantar en los huacales y alborotaron a los otros gallos del pueblo. 

Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez

Comentario al texto del primer capítulo

Por José Antonio Valenzuela Cervera

Abstract

The present paper intends to show the structure of the narrative language used by G. García Márquez in his last novel, Crónica de una muerte anunciada (1981). I pay attention only to the first chapter since I examine all sentences, one by one, which means 390 lines, appended at the end.

A narrative text, whichever it is, uses only five different types of sentences, which I define by its linguistic or ontological nature. No more than that and they merged them in a seamless texture. The work of the analysis is to dissect the unified text to show its structure and the use the writers do of the language resources.  

The chapter is divided into three sections, not just for the sake of manageability, but because they are three different ways to approach through the narrative sentences how the story develops.  I believe as something fundamental to understand my approach that a piece of narrative is based on that part of the text in which nobody talks. It is an exhibition of an object, not communication by talking language. 

INTRODUCCIÓN

La breve novela de García Márquez está compuesta con las frases con las que se escribe cualquier narración. Me limitaré en este trabajo al capítulo primero donde se encuentra el relato completo de principio a fin. Los capítulos siguientes de la novela se atienen a la misma historia ya contada, y la repite con variantes, la historia no cambia.

Las frases de cualquier relato las he definido con precisión lingüística y ontológica (Narración, Trama del texto), Recordaré que las frases son cinco: 1, El núcleo; 2, el diálogo o habla de los personajes; 3, la voz del narrador inmanente; 4, el segundo plano de acción en imperfectos (en español); 5, los imperfectos descriptivos. Pero en esta novela hay que tener en cuenta algunas cosas más, como se verá.

El relato de García Márquez es la crónica negra de un suceso, el asesinato de Santiago Nasar por una venganza de honor. Un personaje del que no se menciona su nombre, lo llamo X, compañero muy relacionado con la víctima, estuvo cerca de él hasta los últimos momentos, investiga pasados los años el suceso, pues tiene un recuerdo confuso de los hechos.

Esta indagación establece dos momentos distantes, pero en continuidad: uno cuando tuvo lugar el asesinato y otro cuando lo investiga escuchando a los testigos. La crónica de la muerte ya está contada en ese capítulo primero enteramente, pero se recrea con lo que X va conociendo. Como mi tarea es comentar el texto y observar cómo está construido, me limito al primer capítulo, que transcribo enteramente en el apéndice. Para realizar el análisis lo secciono tres partes, que tienen, como explicaré al final, estructuras distintas. Por la longitud que llevaría el estudio omito los demás capítulos que se pueden examinar como este primero.

La forma temporal trazada mantiene en contraste estos dos tiempos. El del suceso mismo, y el momento de investigación del pasado ocurrido por X. Se alternan, por lo tanto, dos tiempos, la historia misma, que dura unas horas o unos días, y el posterior correspondiente a las indagaciones.  Con ellos se configura la arquitectura temporal de la novela. Cuando el cronista X, en el segundo momento, recibe información de otros personajes que aún viven ―él es también un personaje― emplea la primera persona, me dijo. Pero como personaje en los hechos puede también hablar siendo simple personaje involucrado en ellos.

PRIMERA SECCIÓN

1

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
-Siempre soñaba con árboles -me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato- La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros - me dijo.

El primer párrafo es la representación del sueño de Santiago Nasar el día de su muerte, que no se atribuye al hablar de nadie. El segundo párrafo es la conversación que Plácida Linero tuvo con X. Le habla de su hijo Santiago, le dice que siempre soñaba con árboles y que la semana anterior a su muerte soñó que los atravesaba en un avión. El sueño es el que ha sido representado en el párrafo primero. La madre 27 años después habla con X que cita sus palabras, me dijo, las repite o reproduce en lenguaje directo. Las palabras de la madre no son propiamente representación de la acción de hablar de la madre, sino una cita que hace X de ellas.

Tenemos un núcleo: se levantó, había soñado, fue feliz, sintió. Serie temporal de la crónica, la representación de los hechos, los del sueño. Y desde ahí se da un salto al segundo momento, cuando la madre habla con X (siempre soñaba, me dijo). Es un salto temporal y discontinuo, quedan lejanos los sucesos. Este recurso lo utiliza García Márquez en esta novela continuamente para cambiar, en un ir y venir, desde la representación de los hechos, la crónica propiamente, a un momento posterior, que en esta ocasión son 27 años, y otras veces otros años sin especificar.

La perífrasis de futuro, el día en que lo iban a matar, que anticipa el crimen, resulta algo insólito. El futuro no se puede representar, lo dice la misma palabra, hacer presente lo que fue presente. El futuro que no ha sido todavía, no se puede representar. Se puede saber, adivinar o soñar, pero esto es algo perteneciente a las personas y por eso parece que alguien habla. La representación es lo fundante, el hablar de las personas no lo es. Pero se trata del último suceso de la novela, que el autor pone por delante. Así se lo explicó, como insólito, García Márquez, al prologuista de la novela, S. Gamboa: “yo quise que el lector empezara por el final para ver (para que supiera ya al principio) si se cometía el crimen o no, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro”. El relato llega al final en el primer capítulo y es el final de la historia de la novela: muere Santiago Nasar. Lo añadido en los capítulos siguientes es de relleno y de complemento. El final es aquel suceso después del cual ya no hay nada que decir: el argumento se ha terminado.

El primer párrafo es representación, el segundo es hablar entre la madre de Santiago y X.

2

Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, (siempre que se los contaran en ayunas,) pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.

La frase entre paréntesis, siempre que se los contaran en ayunas, es un inciso aclaratorio, algo cómico, una salvedad que se debe atribuir de ordinario a un narrador inmanente. Prescindiendo de él, el resto ¿lo dice alguien? ¿O es, más bien, una cualidad, un hecho, que describe a Plácida Linero, representación de ella que nadie dice? No lo podemos saber. Si alguien las dice, no se dice quién. El pasaje no está atribuido a nadie, por lo tanto, es un hecho que está mostrado, nadie lo dice, salvo que veamos en toda frase a un hablante. Y en este caso hay ambigüedad de atribución. Si se atribuye todo él al hablar del personaje anónimo X, porque habla en el párrafo anterior, es él el que lo cuenta, es su hablar, y entonces él hace también la aclaración. Pero si se interpreta que es representación objetiva como la del primer párrafo y no hay hablar de nadie conocido, atribuimos la aclaración al narrador inmanente, que hace una salvedad cómica, por cierto.

El sujeto (Plácida) de la frase tenía una reputación, está omitido, porque ya apareció en el hablar de X. Este párrafo o estrato de representación tiene un encabalgamiento con el hablar de X, que es otro estrato, puesto que las frases que componen el texto de la narración se entreveran unas con otras y no se deslindan sin pequeñas rupturas.

3

Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de estribo de cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parranda de bodas que se había prolongado hasta después de la media noche. Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 6.05 hasta que fue destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban un poco soñoliento, pero de buen humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día muy hermoso.

Tenemos un núcleo en negritas: reconoció, despertó, interpretó, encontró, fue destazado, comentó. El último verbo comentó es acción de hablar, hecho representado en el núcleo, pero las palabras las reporta el narrador hablante. ¿Quién es el hablante? Ninguno conocido. Si tomamos este párrafo como representación sin hablante, entonces las expresiones tampoco y más aún, son costuras del texto, que provienen del uso del lenguaje en el hablar, pero no nos llevan a percibir a un hablante. Este párrafo es representación que nadie dice.

4

Nadie estaba seguro de si se refería al estado del tiempo. Muchos coincidían en el recuerdo de que era una mañana radiante con una brisa de mar que llegaba a través de los platanales, como era de pensar que lo fuera en un buen febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un tiempo fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un denso olor de aguas dormidas, y que en el instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna menuda como la que había visto Santiago Nasar en el bosque del sueño.

Estas frases son representación narrativa de acciones o estados comunes a varias personas. No las dice nadie, la representación se refiere a un colectivo; salvo la frase, como era de pensar que lo fuera en un buen febrero de aquella época, que es comentario, explicación intercalada, de un hablante, delatado por el verbo fuera. El narrador o hablante inmanente sería la atribución más normal. El párrafo, salvo esta frase, es representación que nadie dice.

5

Yo estaba reponiéndome de la parranda de la boda en el regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes, y apenas si desperté con el alboroto de las campanas tocando a rebato, porque pensé que las habían soltado en honor del obispo.

El yo estaba es hablar de X, el personaje sin nombre.Dicho con más precisión es el hablar representado de persona representada o personaje. Es frase autobiográfica, y el tiempo que emplea en primera persona es el pretérito imperfecto, que señala tiempo pasado, pero no el tiempo real que no lo tiene el personaje. La deixis o señalización se dirige al tiempo representado, no al tiempo real o exterior a la lengua. Por lo tanto, la frase es de X, que en su hablar del pasado, X revive los hechos, cuenta unas acciones suyas al tocar las campanas. Son representación vinculada al hablar del pasado.

Habla de su pasado, X revive los hechos. Si en la arquitectura temporal del relato nos situamos en el segundo momento, a los 27 años indicados, este pretérito puede indicar la retrospección del personaje hacia el primer momento de los hechos, contando lo que pasó, retrocediendo a esos años desde la distancia temporal, el segundo momento. Es una de las pocas veces que relata sus propias acciones.

Pudiera un lector entender, si está imbuido en la idea de que narrar es comunicación, que alguien cuenta a otros, que X ha contado todo y desde el principio. Y la representación estaría unida a su hablar como personaje. Esta interpretación podría sostenerse debido a la zona de ambigüedad en que se mueve el texto, puesto que no tiene atribución explícita. Y ya sabemos que las frases en tercera persona puede decirlas cualquiera o no decirlas nadie. He optado por lo segundo, ya que solamente esta frase es representación narrativa autobiográfica del hablante X. Y es más adecuado pensar que, salvo que sea frase de hablante o esté atribuida a alguien, se trata de representación desprendida del hablar. En este párrafo habla de su pasado el personaje X.

6

Santiago Nasar se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, ambas piezas sin almidón, iguales a las que se había puesto el día anterior para la boda. Era un atuendo de ocasión. De no haber sido por la llegada del obispo se habría puesto el vestido de caqui y las botas de montar con que se iba los lunes a El Divino Rostro, la hacienda de ganado que heredó de su padre, y que él administraba con muy buen juicio, aunque sin mucha fortuna.
En el monte llevaba al cinto una 357 Magnum, cuyas balas blindadas, según él decía, podían partir un caballo por la cintura. En época de perdices llevaba también sus aperos de cetrería. En el armario tenía además un rifle 30.06 Mannlicher-Schonauer, un rifle 300 Holland Magnum, un 22 Hornet con mira telescópica de dos poderes, y una Winchester de repetición. Siempre dormía como durmió su padre, con el arma escondida dentro de la funda de la almohada, pero antes de abandonar la casa aquel día le sacó los proyectiles y la puso en la gaveta de la mesa de noche.

Sigue el relato. Los dos párrafos son representación en tercera persona que nadie cuenta, aunque pueda oírse la voz de un narrador inmanente, se habría puesto el vestido. No es la voz de X, pero tampoco se puede afirmar con toda certeza. Las frases en tercera persona si son con verbo en indicativo, pueden ser frases sin enunciador, no las dice nadie, pero por otra parte son frases que aisladamente consideradas puede decirlas cualquier hablante. El caso es que no hay constancia de que alguien las diga. No obstante, la frase, de no haber sido por la llegada del obispo se habría, por su naturaleza condicional, no es un hecho representable y hay que atribuirla al narrador inmanente o al mismo X si pensamos, equivocadamente, que él lo dice todo. El párrafo, salvo la frase indicada, propia del hablar, lo considero representación narrativa.

7

“Nunca la dejaba cargada”, me dijo su madre.
Yo lo sabía, y sabía además que guardaba las armas en un lugar y escondía la munición en otro lugar muy apartado, de modo que nadie cediera ni por casualidad a la tentación de cargarlas dentro de la casa. Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una mañana en que una sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda, y la pistola se disparó al chocar contra el suelo, y la bala desbarató el armario del cuarto, atravesó la pared de la sala, pasó con un estruendo de guerra por el comedor de la casa vecina y convirtió en polvo de yeso a un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza. Santiago Nasar, que entonces era muy niño, no olvidó nunca la lección de aquel percance.

Se salta en este párrafo desde el hablar con la madre de Santiago, que tiene lugar 27 años después de los hechos, hasta el primer momento, al de la crónica misma. Toma X la palabra, cita las que le dijo la madre de Santiago y cuenta él como su padre dio origen a la costumbre de guardar las armas. Una historia retrospectiva y anterior a la crónica. Habla de este hecho como puede hablar cualquiera el pasado en retrospectiva, y hacer breve representación de un suceso, situada en su hablar del pasado. Por lo tanto, este párrafo pertenece al hablar de X y contiene una breve representación hecha por él.

8

La última imagen que su madre tenía de él era la de su paso fugaz por el dormitorio. La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una aspirina en el botiquín del baño, y ella encendió la luz y lo vio aparecer en la puerta con el vaso de agua en la mano, como había de recordarlo para siempre. Santiago Nasar le contó entonces el sueño, pero ella no les puso atención a los árboles.
Todos los sueños con pájaros son de buena salud dijo.
Lo vio desde la misma hamaca y …

Este párrafo es representación narrativa, no habla X. El párrafo tiene un núcleo: encendió, lo vio, le contó, no les puso atención, dijo, lo vio. El verbo de lengua dijo, pertenece a ese núcleo, es la acción de la madre, que introduce su hablar y en este caso no es citación de sus palabras por parte de otro que las reproduce, sino el acto mismo. Como el párrafo precedente fue hablar de X, puede pensarse que sigue hablando, puede parecerlo por contaminación, pero si se sigue leyendo se descompone esta impresión.

La última frase recoge la acción de ver a su hijo desde la misma hamaca, como acción representada en la crónica y desde ella salta al momento de otra escena igual, la conversación de X con la madre, en la misma postura y en el mismo sitio, 27 años después, como dos momentos diferentes de la historia, dos escenas que acercan por su semejanza. Este párrafo es representación narrativa.

9

… y en la misma posición en que la encontré postrada por las últimas luces de la vejez, cuando volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria. Apenas si distinguía las formas a plena luz, y tenía hojas medicinales en las sienes para el dolor de cabeza eterno que le dejó su hijo la última vez que pasó por el dormitorio. Estaba de costado, agarrada a las pitas del cabezal de la hamaca para tratar de incorporarse, y había en la penumbra el olor de bautisterio que me había sorprendido la mañana del crimen. Apenas aparecí en el vano. de la puerta me confundió con el recuerdo de Santiago Nasar.
-Ahí estaba-me dijo-. Tenía el vestido de lino blanco lavado con agua sola, porque era de piel tan delicada que no soportaba el ruido del almidón.
Estuvo un largo rato sentada en la hamaca, masticando pepas de cardamina, hasta que se le pasó la ilusión de que el hijo había vuelto. Entonces suspiró:
-Fue el hombre de mi vida.
Yo lo vi en su memoria.

Es la representación que hace X desde un hablar autobiográfico en primera persona, la encontré, volví, aparecí, me confundió. Luego pasa al hablar con la madre, de la que cita o reproduce sus palabras en lenguaje directo (me dijo). Ella habla del pasado con pretéritos que tiene valor temporal de pasado, no del tiempo real, sino del tiempo representado en la crónica, según su arquitectura temporal… Es una representación vinculada al decir de X y en el mismo hablar hace representación del pasado. Ahora es cronista, en el momento segundo, encuentra a la madre, describe su situación y su vejez, en el mismo lugar y con el mismo olor de entonces, la madre confunde los tiempos, el actual y los recuerdos del primero y habla de su hijo y reitera lo representado antes, vestía de lino blanco, y termina con un suspiro y con hablar en directo en momento actual. El párrafo que pertenece enteramente al hablar de X.

10

Yo lo vi en su memoria. Había cumplido 21 años la última semana de enero, y era esbelto y pálido, y tenía los párpados árabes y los cabellos rizados de su padre. Era el hijo único de un matrimonio de conveniencia que no tuvo un solo instante de felicidad, pero él parecía feliz con su padre hasta que éste murió de repente, tres años antes, y siguió pareciéndolo con la madre solitaria hasta el lunes de su muerte. De ella heredó el instinto. De su padre aprendió desde muy niño el dominio de las armas de fuego, el amor por los caballos y la maestranza de las aves de presas altas, pero de él aprendió también las buenas artes del valor y la prudencia. Hablaban en árabe entre ellos, pero no delante de Plácida Linero para que no se sintiera excluida. Nunca se les vio armados en el pueblo, y la única vez que trajeron sus halcones amaestrados fue para hacer una demostración de altanería en un bazar de caridad. La muerte de su padre lo había forzado a abandonar los estudios al término de la escuela secundaria, para hacerse cargo de la hacienda familiar. Por sus méritos propios, Santiago Nasar era alegre y pacífico, y de corazón fácil. El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha cuando lo vio vestido de blanco

En este párrafo, comienza X y dice lo vi en su memoria. Pero la visión descriptiva de Santiago Nasar, la que viene a continuación, se presenta con frases que él no dice y, por tanto, no las dice nadie. Son frases independientes de cualquier hablar. Se vuelve al primer momento y a la representación objetiva. Esto se puede apreciar si se suprime la frase lo vi en su memoria, que dice X. Es decir, si se lee aislada de lo siguiente. El párrafo en todo caso, aunque sea la memoria de la madre, ella no está ni pensando ni hablando así. De modo que X dice esa frase autobiográfica, de personaje narrador, lo vi en su memoria, pero a continuación viene el estrato de la representación narrativa en la que no habla él ni nadie.

11

El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha cuando lo vio vestido de blanco.

“Le recordé que era lunes”, me dijo.
Pero él le explicó que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de besarle el anillo al obispo-
Ella no dio ninguna muestra de interés.

-Ni siquiera se bajará del buque ―le dijo―. Echará una bendición de compromiso, como siempre, y se irá por donde vino. Odia a este pueblo.

Santiago Nasar sabía que era cierto, pero los fastos de la iglesia le causaban una fascinación irresistible. Es como el cinc, me había dicho alguna vez. A su madre, en cambio, lo único que le interesaba de la llegada del obispo era que el hijo no se fuera a mojar en la lluvia, pues lo había oído estornudar mientras dormía. Le aconsejó que llevara un paraguas, pero él le hizo un signo de adiós con la mano y salió del cuarto. Fue la última vez que lo vio.

Tres párrafos que condensan la primera sección. Empieza con el día primero de la crónica, en el que se vistió de blanco (esto se dice en el número 6). Se añade lo que dijo su madre al verlo así vestido: le recordé que era lunes. Estas palabras son el último hecho de la representación, desde el núcleo (creyó, lo vio, le recordé (discurso directo). Pero como la frase está citada por X, con la cuña, me dijo, pasa a ser su hablar y ya no es una pieza de diálogo. Esta frase es una bisagra.

Los tres párrafos anteriores son una amalgama entre las frases narrativas de distintos tiempos y estratos. Desde la representación objetiva de la crónica en el párrafo anterior, creyó, lo vio, parece que se pasa al diálogo, Le recordé que era lunes, pero con la cuña, me dijo, la frase, que parecía representación del habla, se queda en citación. La citación lleva la historia al segundo momento, cuando Plácida habla dirigiéndose a X. Por lo tanto, es X el que reporta lo que le dijo Plácida cuando habló con ella, sin cambiar sus palabras. Y sigue hablando X dando en su discurso indirecto la contestación del hijo. Este es, pues, un punto de sutura entre tipos de frases y tiempos diferentes.

El segundo párrafo salta de nuevo a la representación de la crónica y al primer momento. La primera frase, Ella no dio ninguna muestra de interés, ya no es de X, aunque lo puede parecer al ser tercera persona, pero más bien hay que leerla con lo siguiente, donde el verbo, le dijo, introduce el hablar representado de Plácida a su hijo en su momento y sin mostrar interés. La frase es otro punto de sutura. -Ni siquiera se bajará del buque ―le dijo―. Echará una bendición de compromiso, como siempre, y se irá por donde vino. Odia a este pueblo.

El tercer párrafo (Santiago Nasar sabía …) consiste en el hablar de X y en el momento de la crónica, ha terminado el hablar directo de Plácida y toma la palabra X como personaje narrador y relata él algunos hechos: habla de Santiago Nasar y lo que le dijo alguna vez y de su madre y de lo que le dijo a Santiago en lenguaje indirecto (le aconsejó que) y que fue la última vez que lo vio.

Resumen

En esta primera sección del capítulo primero se aprecia la dualidad temporal, la arquitectura temporal contiene dos momentos: el primero es el suceso mismo, la crónica propiamente, y el segundo la indagación posterior, entre ellos se salta con el inciso me dijo. El cambio temporal supone también un cambio en el tipo de frase narrativa: entre el hablar y la representación en tercera persona. Se introduce con estas frases la ambigüedad, cuando la falta de atribución explicita la produce y sirve para amalgamar distintos estratos, ya que el texto es uno, pero muy articulado. Esto es lo que he tratado de mostrar. Entre unos y otros párrafos o frases no se da una separación nítida, se crean suturas, que a veces dejan parte del sentido en aquello de lo que ha sido separado.  Sin apreciar la articulación del texto, se puede leer el primer capítulo y todo el libro, como si todo lo cuenta alguien y ese en este caso seria X, que interviene con su hablar en la crónica, pero no la hace.

LA REPRESENTACIÓN EN EL HABLAR O INDEPENDIENTE DEL HABLAR

Recordaré ahora, para entender mejor la articulación del texto, el origen de la representación narrativa. Surge del hablar común, tiene lugar cuando al contar un suceso pasado, se traza una réplica o imagen de los sucesos en su orden, esa imagen hace que lo pasado se presente al que escucha. La frecuencia de este contar algo pasado en la conversación es bien conocida, y sirve como ejemplo de relato pasado el que llevó a la costumbre de guardar las armas con cuidado en la casa de Ibrahim Nasar.

Se entiende que la experiencia de representar el suceso pasado lleve a confeccionarlo directamente, sin necesidad de que figure nadie hablando. Esto es, componer objetos de lenguaje, construirlo sin enunciación, y por ello la representación nace desvinculada del hablar. No hace falta hablar con alguien, que supone siempre comunicación, para contemplar una historia. Se compone sin enunciación y sin comunicación, sin que nadie la cuente. Si conviene se añade una voz inmanente, falsa comunicación, el llamado narrador, para añadir frases que no son apropiadas en la representación objetiva, como lo son las preguntas o las dudas y suposiciones y los futuros. Aunque, curiosamente, esa voz que así llamamos no cuenta la historia.

Esto es comprobable pragmáticamente, porque cualquiera percibe que un lector de historias, y no digamos un espectador, se enajena del mundo de la comunicación y se centra en el mundo representado. Por lo tanto, hay que distinguir si la representación pertenece al hablar de alguien o si la representación no pertenece ningún hablar. Porque una frase en tercera persona la puede decir un hablante o no decirla nadie.

Ahora bien ¿Qué ocurre cuando un personaje de una novela habla de sí y de su pasado? Es personaje, por tanto, no persona (digo así para distinguir con diferentes términos lo vivo de lo representado), pero como personaje puede hablar de sí y de su pasado. Si cuenta un suceso pasado, traza una representación unida a su hablar, como ya he dicho del caso de las armas de Ibrahim Nasar. Pero su hablar no está en el tiempo de la vida. Su pasado se encuentra dentro de la representación, en la que él está como personaje. El hablar de un personaje es una réplica o imitación de lo que sucede en la vida real, por ello habla con otros personajes también representados, que es el diálogo, y si no habla con ellos y se dirige al fuera de la representación, habla al lector o espectador.

Habla de lo representado, y lo puede contradecir o modificar y representar otra vez, cuando se dirige al lector. Como es el caso de la novela que comento. Pero no puede salir de su condición de personaje. Este es el cuadro, dentro del cual, se mueve la articulación del tiempo en la crónica de una muerte.

La representación del pasado que hace una persona viva es parte de su conversación. Y esta representación está vinculada a la situación de comunicación viva. Pero si se construye el suceso pasado sin el hablar de nadie, se forma otro discurso independiente. Y por eso hay dos discursos: uno hablar y otro solamente representar. El hablar puede incluir el representar, cuando se relata el pasado y lo hace una persona viva hablando. Esta representación estará vinculada a él. Tenemos, pues, un discurso, el hablar, que incluye el representar el pasado cuando alguien lo hace. Se le puede llamar discurso no marcado. Pero el discurso del representar excluye el hablar vivo, y por eso se le puede llamar discurso marcado.

La representación narrativa presupone la entera ausencia de hablar vivo. Pero en el mundo no vivo de la novela, Crónica de la muerte anunciada, hay un personaje que narra. Habla de su pasado y por lo tanto de la misma historia en la que él figura como personaje y a veces cuenta los sucesos él. Esto lo hace X. Habla de un pasado, que es la representación en la que está. Si está en ella como personaje no la cuenta él. Por lo tanto, la crónica se da como representación objetiva sin el hablar de nadie, y dentro de ella un personaje X habla del pasado y puede contar algo de ella, es decir, hacer una representación vinculada a su hablar.  No se trataría de una representación sin hablar ninguno. Y esto se presta a confundir planos. O se habla y el pasado lo dice el personaje o se representa sin que nadie hable.

El siguiente párrafo es el caso, es una representación que hace X: Santiago Nasar sabía que era cierto, pero los fastos de la iglesia le causaban una fascinación irresistible. Es como el cinc, me había dicho alguna vez. A su madre, en cambio, lo único que le interesaba de la llegada del obispo era que el hijo no se fuera a mojar en la lluvia, pues lo había oído estornudar mientras dormía. Le aconsejó que llevara un paraguas, pero él le hizo un signo de adiós con la mano y salió del cuarto. Fue la última vez que lo vio.
Y lo que sigue es el caso, es una representación que está ahí, como discurso de representación narrativa que nadie ha enunciado: Ella no dio ninguna muestra de interés.
Ni siquiera se bajará del buque ―le dijo―. Echará una bendición de compromiso, como siempre, y se irá por donde vino. Odia a este pueblo

En la actividad de hablar hay comunicación, un emisor, un hablante, un enunciador, y su correspondiente receptor, oyente, un escucha, que son personas. En el extremo emisor solo una voz, en el extremo receptor todo el que lo capte. Entre ellos hay comunicación. En discurso de la representación narrativa no hay emisor. Lo que tenemos es un objeto inteligible, hecho con palabras, en el que está representado el mundo, un mundo. Cabe todo lo que del mundo pueda representarse con lenguaje. Como la representación es replica de sucesos, cuando actúan hombres y mujeres, personajes hablantes, tenemos diálogos, como hablar reproducido. Y también tenemos a un personaje, X, que habla de su pasado tal como sucede en la realidad y hace una representación secundaria y relativa a su hablar.

Se sigue dentro del discurso de la representación narrativa. No se cambia de discurso. Ese hablar está actuado por un personaje. Hay que oír esta voz y atribuir la representación al personaje concreto y distinguir sus frases de aquellas en las que nadie habla. Y en esta distinción está el campo de la ambigüedad, porque una frase en tercera persona siempre la puede decir alguien. Pero si no está clara la atribución hay que pensar que no la dice nadie.

En esta novela tenemos representaciones que X no hace. Más aún, la crónica de la muerte no la cuenta nadie, está representada. Está hecha antes de que el cronista la modifique.

En la crónica de una muerte, el cronista habla o le hablan de un suceso que ya ha sido representado antes. Y él fue simple personaje, como los hermanos Vicario, sus primos, como sus hermanos Luis Enrique, Margot y Jaime, como el cura Amador, como su propia madre en el momento de los hechos y sigue siendo personaje cuando, en el segundo momento, indaga lo que pasó, porque no se enteró del todo. Son dos momentos. No es X el narrador de la historia de la muerte de Santiago Nasar. No es el narrador de la novela. En la novela tenemos la representación de sucesos que nadie cuenta, tenemos el hablar un narrador inmanente, tenemos sucesos que cuenta el personaje X, y los representa puesto que como hablante las puede hacer vinculadas a su hablar imitado. El lector quizá tenga la impresión de que todo lo cuenta X, piense que él es el cronista, pero una lectura atenta muestra que no es así.

SEGUNDA SECCIÓN

Esta sección presenta una gran simplicidad de estructura. Para examinar la primera sección fragmenté el texto en 11 partes por su variedad. Esta sección contiene poco más de media docena de incisos con los consiguientes cambios entre los dos tiempos de la historia, que tienen una estructura semejante a los de la primera sección, (me dijo y el hablar de X). Cuñas nítidamente deslindables del fluir de los hechos de la crónica. He retirado estos elementos para verlos al final. Para examinar el resto no es necesaria fragmentación ninguna, ya que tiene una misma estructura según el modo más clásico del texto de la narración en dos planos. Un plano consistente en el núcleo en perfectos simples, una secuencia de acciones que se corresponde con lo sustancial de los hechos de la crónica, y otro plano en imperfectos que consiste en acciones de segundo plano, en descripciones y alguna intervención del narrador inmanente. El personaje hablante X no interviene, puesto que se sitúa en las intervenciones retiradas.

Puede visualizarse esta estructura de diversas formas. Una sería dejar el texto como está en la edición que manejo, y distinguir los planos con diferentes colores en las palabras o indentando el segundo plano con una sangría. He optado, sin embargo, por una disección más traumática y presentaré en primer lugar solamente el núcleo, reformando alguna puntuación o añadiendo, entre paréntesis, algunos elementos de referencia, necesarios para el sentido, que quedan en el plano retirado.

A continuación, reúno los incisos retirados, que por tratarse hablar no tienen el valor de la representación fundante y dependen de la credibilidad de las personas que hablan. Rompen la representación más fundante. Se pueden leer todos seguidos, y se comprobará que, a diferencia del plano anterior, que es un texto tan normal que podría servir de ejercicio escolar, estos fragmentos pierden parte del sentido al perder el contexto, lo que indica que son cuñas introducidas en el cuerpo principal que las sostiene. El lector puede leer la segunda sección entera y seguida, tal como se encuentra en el apéndice tomado de la edición que sigo. Son intervenciones habladas, no tienen la fuerza fundante de la representación y desequilibran, modifica o añaden algo no dicho en la parte objetiva e inopinable del núcleo anterior. Son pareceres subjetivos y personales.

12

El núcleo

Fue la última vez que lo vio.
Santiago Nasar entró en la cocina.
(Divina Flor) le sirvió a Santiago Nasar un tazón de café cerrero con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para ayudarlo sobrellevar la carga de la noche anterior.
Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de café,
Santiago Nasar la agarró por la muñeca
―Ya estás en tiempo de desbravar― le dijo.
Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado.
―Suéltala, blanco― le ordenó en serio―.De esa agua no beberás mientras yo este viva.
(a Victoria Guzmán) la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto.
(Santiago Nasar sintió horror) cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo y les tiró a los perros el tripajo humeante.
―No seas bárbara― le dijo él―. Imagínate que fuera un ser humano.
Siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar.
El pueblo entero despertó con el bramido estremecedor del buque de vapor
Ibrahim Nasar lo compró (el antiguo depósito) a cualquier precio para poner una tienda de importación que nunca puso, y sólo
lo convirtió en una casa para vivir. En la planta baja abrió un salón
Lo único que dejó intacto en el salón fue la escalera en espiral rescatada de algún naufragio.
hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes
construyó un balcón de madera sobre los almendros de la plaza,
En la fachada conservó la puerta principal y le hizo dos ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta posterior, sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en servicio una parte del antiguo muelle. Esa fue siempre la puerta de más uso,
fue por allí, y no por la puerta posterior,
fue por allí por donde él salió a recibir al obispo,
El juez instructor que vino de Riohacha debió sentirlas (las coincidencias), sin atreverse a admitirlas
contestó a la pregunta con su razón de madre:
“Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando estaba bien vestido”.
el instructor la registró en una nota marginal, pero no la sentó en el sumario. Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero. Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero,
Alguien que nunca fue identificado (había metido por debajo de la puerta un papel)
Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado.
Santiago Nasar salió de su casa,
Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio.
Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos.
el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió de su casa. Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a levantarse.
―Por el amor de Dios― murmuró Clotilde Armenta―. Déjenlo para después, aunque sea por respeto al señor obispo.
“Fue un soplo del Espíritu Santo”.
Al oírla, los gemelos Vicario reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse. Ambos siguieron con la mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la plaza.
“Lo miraban más bien con lástima”,
Las niñas de la escuela de monjas atravesaron la plaza en ese momento trotando en desorden con sus uniformes de huérfanas.
Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque.
no se detuvo.
Apareció en la vuelta del río, rezongando como un dragón, y entonces la banda de músicos empezó a tocar el himno del obispo, y los gallos se pusieron a cantar en los huacales y alborotaron a los otros gallos del pueblo.

En esta selección del núcleo que se puede leer sin ningún tropiezo, salvo la referencia al horror de Santiago Nasar, añadido entre paréntesis. Claramente se puede advertir que lo peculiar de la estructura del texto del capítulo primero de Crónica de una muerte anunciada no se encuentra en el núcleo, tan sencillo, con los hechos principales de una historia lineal, sino en las frases de los incisos, que transcribo después, y son hablar entrometido de X, cronista que, paradójicamente, no hace ninguna crónica y solamente introduce elementos desestabilizadores.

 

13

El segundo plano

Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día, ni en todo el mes de febrero. Estaba descuartizando tres conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes, –
Divina Flor, su hija, – apenas empezaba a florecer,
La cocina enorme, con el cuchicheo de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.
pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban los conejos en la hornilla. A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba entera. La niña, todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus glándulas.

cuando ella (Divina Flor) iba a recibirle el tazón vacío.

Había sido seducida (Victoria Guzmán) por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y
Divina Flor, que era hija de un marido más reciente, se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y esa idea le causaba una ansiedad prematura.
Sin embargo, tenía tantas rabias atrasadas la mañana del crimen, que
En esas estaban (cuando)
en que llegaba el obispo.
La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y un techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los desperdicios del puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan servicial que muchas barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se aventuraban hasta aquí a través de las ciénagas del estuario.
Cuando vino Ibrahim Nasar con los últimos árabes, al término de las guerras civiles,
ya no llegaban los barcos de mar debido a las mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso.
cuando se iba a casar
que servía para todo, y construyó en el fondo una caballeriza para cuatro animales, los cuartos de servicio, y tina cocina de hacienda con ventanas hacia el puerto por (el puerto) entraba a toda hora la pestilencia de las aguas.
En la planta alta, donde antes estuvieron las oficinas de aduana,
para los muchos hijos que pensaba tener,
donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a consolarse de su soledad.
no sólo porque era el acceso natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a la calle del puerto nuevo sin pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en ocasiones festivas, permanecía cerrada y con tranca. Sin embargo,
por donde esperaban a Santiago Nasar los hombres que lo iban a matar, y
a pesar de que debía darle una vuelta completa a la casa para llegar al puerto. Nadie podía entender tantas coincidencias funestas.
pues su interés (del juez instructor) de darles una explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba citada varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la única explicación válida parecía ser la de Plácida Linero, que
Parecía una verdad tan fácil,
ni ella ni su hija sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo.
para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia.
había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando
Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando
varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque. El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo.
Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos
Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa, pero de buena índole», decía el sumario
Esa mañana llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda, demasiado gruesos y formales para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por tantas horas de mala vida, pero habían cumplido con el deber de afeitarse. Aunque no habían dejado de beber desde la víspera de la parranda, ya no estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían sonámbulos desvelados. Se habían dormido con las primeras auras del amanecer, después de casi tres horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta, y aquél era su primer sueño desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del buque
Había mucha gente en el puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas partes se veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al obispo, porque la sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga había tanta leña arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos horas para cargarla.

El segundo plano se encuentra más entrecortado que el núcleo en donde se quedan anidadas referencias necesarias para la lectura exclusiva y seguida del segundo plano. Y, por otra parte, al no consistir las descripciones y los “procesos” estativos en una arquitectura temporal, no tienen la continuidad del núcleo; se lee bien, pero con algunas carencias de sentido debidas a la disección. Las frases están sin mucha conexión ente sí, porque se cuelgan en frases del primer plano. No tienen secuencia propia. Se apoyan en elementos nucleares, dan pausa a su secuencia, pero no interrumpen la continuidad. El segundo plano, no contiene solamente acciones, incluyo  elementos descriptivos y comentarios de narrador inmanente. No obstante, se aprecia que la narración en este plano es de gran sencillez, como la del primero.  

Los incisos hablados

“Al contrario”, me dijo cuando vine a verla, poco antes de su muerte. “El sol calentó más temprano que en agosto”.
“Siempre se levantaba con cara de mala noche”, recordaba sin amor Victoria Guzmán.
“No ha vuelto a nacer otro hombre como ese”, me dijo, gorda y mustia, y rodeada por los hijos de otros amores.
“Era idéntico a su padre-le replicó Victoria Guzmán-. Un mierda”.
Victoria Guzmán necesitó casi 20 años para entender que un hombre acostumbrado a matar animales inermes expresara de pronto semejante horror.
“Dios Santo -exclamó asustada-, de modo que todo aquello fue una revelación”.
Pero no pudo eludir una rápida ráfaga de espanto al recordar el horror de Santiago Nasar …. Pero en el curso de sus años admitió que ambas lo sabían cuando él entró en la cocina a tomar el café. Se lo había dicho una mujer que pasó después de las cinco a pedir un poco de leche por caridad, y les reveló además los motivos y el lugar donde lo estaban esperando.
“No la previne porque pensé que eran habladas de borracho”, me dijo.
No obstante, Divina Flor me confesó en una visita posterior, cuando ya su madre había muerto, que ésta no le había dicho nada a Santiago Nasar porque en el fondo de su alma quería que lo mataran. En cambio, ella no lo previno porque entonces no era más que una niña asustada, incapaz de una decisión propia, y se había asustado mucho más cuando él la agarró por la muñeca con una mano que sintió helada y pétrea, como una mano de muerto.
“Me agarró toda la panocha” me dijo Divina Flor-.”Era lo que hacía siempre cuando me encontraba sola por los rincones de la casa, pero aquel día no sentí el susto de siempre sino unas ganas horribles de llorar”.
“Entonces se acabó el pito del buque y empezaron a cantar los gallos”-me dijo-.”Era un alboroto tan grande, que no podía creerse que hubiera tantos gallos en el pueblo, y pensé que venían en el buque del obispo”.
“Ya parecía un fantasma”, me dijo.
Yo, que los conocía desde la escuela primaria, hubiera escrito lo mismo.
repetía ella a menudo. En efecto, había sido una ocurrencia providencial, pero de una virtud momentánea decía Clotilde Armenta.


Las intervenciones responden a la misma estructura: me dijo y la citación de las palabras. En su afán de recomponer los hechos X relata el testimonio que recibe, en otro tiempo, de los hechos representados. Las intervenciones se producen cuando, ya la crónica está representada, se incide en ella y recibe la confirmación o la ligera alteración de los hechos, porque no se conocían completamente. Los personajes le hablan, algunos se apartan en su declaración de la representación objetiva, que ha sido fundante de los hechos, para introducir nuevos aspectos por opiniones o apreciaciones que se relativizan sus personajes.

Resumen

La diferencia, entre la primera y la segunda sección es bastante notable. En esta segunda parte la técnica de contraponer los dos momentos es simple y repetida. Son nueve intervenciones, apoyadas en la citación de una frase, que conlleva un salto a otro tiempo de conversación entre X y uno de los personajes. Se complementan acciones de la crónica sin modificarla y todas inciden en el sentido inexorable del suceso principal: la muerte de Santiago Nasar. En esta parte no hay ambigüedad ninguna. Los estratos narrativos quedan bien deslindados.

OTROS ENFOQUES SOBRE CRÓNICA DE LA MUERTE ANUNCIADA.

Tomo un ejemplo de lo que puede ser normal en narratología, materia que no cultivo. Eduardo Serrano Orejuela dice lo siguiente en la introducción de su trabajo sobre esta novela de García Márquez: El hecho de que el narrador de un texto narrativo literario tenga por función central relatar, por medio de un discurso verbal, una historia al narratario, su correlato en el plano de la narración plantea, entre otros no menos importantes, el problema de la procedencia de su saber diegético (= relativo a la historia relatada). En efecto, ¿por qué y cómo sabe un narrador lo que relata?

Esto es lo que se plantea de forma enteramente general en narratología. Están en la presunción de que todo relato lo cuenta un narrador y como hay un personaje narrador, él lo cuenta todo. Pero el personaje cronista no es el narrador de toda la novela. Entre otras cosas porque en las representaciones nadie narra nada. Y cuando se percibe a un hablante, se interrumpe enteramente la representación narrativa. Y ante el hecho de encontrar que alguien habla en una representación narrativa, nos debemos situar ante dos casos:

Primero, es un personaje que habla con el yo-tú a otros personajes. Y cuando este personaje habla de su pasado, y ya no habla con los otros personajes, sino hace una representación vinculada a su hablar de personaje, hace autobiografía. Esta representación nunca es independiente y además está dentro del hablar imitado. Por tanto, no verdadero.

Segundo, es el narrador inmanente que toda narración puede incluir. Aparece esa voz entrometiéndose en la representación objetiva, Y tampoco él narra. Lo que se llama narración se encentra en la representación objetiva.

Serrano Orejuela interpreta que en la crónica de una muerte hay un individuo desdoblado entre mero personaje, envuelto en los hechos, y personaje cronista que es el narrador, un hablante que tiene por función emitir todo el discurso verbal. Y sobre este desdoblamiento se plantea un problema cognitivo. ¿Qué sabe el personaje simple? ¿Qué sabe el personaje narrador? Añado esta cita para mayor claridad de lo que dice: (el cronista) “se presenta a sí mismo como un actor perteneciente al universo diegético de la novela y por tanto en relación espacial y temporal con los otros actores, agentes o pacientes, de la historia por él relatada.” Parece como si el cronista estuviera fuera de la representación y el simple personaje dentro.

En las narraciones hay un narrador que pertenece a la estructura del texto, aunque no es obligado que lo tengan todas, porque una narración puede prescindir de él. Se trata de una voz inmanente, que ni responde a una persona real ni a un personaje ni al autor. Una voz que contrasta con la representación objetiva que pertenece a la misma estructura del texto narrativo y esa sí, no puede faltar. En esto consiste la estructura dual del discurso narrativo. El contraste se da entre la parte del texto en que alguien habla y la parte en la que nadie habla. Pero ese narrador, común a casi todos los relatos, no se puede identificar con el cronista de la muerte, puesto que este es solamente un personaje inmerso en un mundo que le desborda. Y el narrador inmanente no es personaje.

Por estas razones, simples o no simples, en la crónica de la muerte he distinguido tres frases: (1) la de un narrador inmanente, (2) la voz de un personaje X que habla, le hablan y se comunica con el lector que le escuche, cuando cuenta su pasado y es en parte biografía, y (3) la frase de representación objetiva en la que no habla nadie. 

El personaje X está envuelto en los sucesos, y sigue en esa condición de personaje, y cuando se convierte en cronista de lo que vivió y habla con otros, se crea un tiempo, tiempo segundo, desde el que se indaga el primero. Va y viene de uno a otro.

TERCERA SECCIÓN

     Por aquella época, los legendarios buques de rueda alimentados con leña estaban a punto de acabarse, y los pocos que quedaban en servicio y a no tenían pianola ni camarotes para la luna de miel, y apenas si lograban navegar contra la corriente. Pero éste era nuevo, y tenía dos chimeneas en vez de una con la bandera pintada como un brazal, y la rueda de tablones de la popa le daba un ímpetu de barco de mar. En la baranda superior, junto al camarote del capitán,        iba el obispo de sotana blanca con su séquito de españoles.

―Estaba haciendo un tiempo de Navidad―, ha dicho mi hermana Margot. Lo que pasó, según ella, fue que el silbato del buque soltó un chorro de vapor a presión al pasar frente al       puerto, y dejó ensopados a los que estaban más cerca de la orilla

El comienzo no permite decidir si se trata de una representación que no tiene hablante, pero al llegar a la intervención de X, ha dicho mi hermana Margot, queda claro, y se mantiene hasta el final, que el texto es de X. El sujeto del verbo introductorio a la reproducción del hablar de Margot pertenece a X, mi hermana. Para introducir lenguaje directo, ha dicho mi hermana Margot, emplea el pretérito perfecto compuesto. Es el punto de inflexión donde comienza la última sección del capítulo primero, distinta enteramente de las dos anteriores. En esta parte no tenemos ningún párrafo de representación narrativa y, por tanto, tampoco hay incisos, toda la representación la cuenta X en su hablar. La frase de Margot ha sido pronunciada en el pasado cercano al presente de X, que está, por lo tanto, en medio de los hechos y no a la distancia de los 27 años, cuando tuvo lugar la conversación con Plácida Linero.

Toda la sección, de principio a fin, se atribuye al personaje X que habla y en su hablar cuenta los sucesos de la crónica, cuyo final ya conocemos. Después de este verbo, que quiere marcar el cambio, el personaje X está inmerso en los hechos, han desaparecido la distancia. Después del pretérito perfecto compuesto vienen los tiempos propios de contar el pasado, que son el indefinido y el imperfecto. Todo puede adscribirse al hablar del personaje X, no se trata, por tanto, de una representación narrativa que nadie enuncia, sino de la representación que hace X, vinculada a su hablar como personaje de sucesos pasados, cuenta él la historia desde un tiempo posterior a la muerte, pero cercano a ella. No hay ambigüedad.

El perfecto compuesto no es un tiempo narrativo. El sistema verbal de la representación narrativa no lo tiene, porque pertenece a la esfera de tiempos presentes del sistema general del hablar, y en la representación no se emplea, no pertenece al sistema de la conjugación narrativa. Pero lo emplea X que es un hablante. Se trata de un pasado respecto a su presente. El pretérito perfecto compuesto tiene valor de pretérito próximo. Por tanto, el uso de este tiempo retrospectivo equivale a decirnos que a partir de ese momento X está en el presente de los hechos de la crónica. Después de este cambio marcado por el perfecto compuesto se vuelven a usar los tiempos pasados, indefinido e imperfecto, los que serán presentes en las representaciones sin hablante, pero aquí son pasados del hablante.

Aclarado esto no queda nada más que leer así el resto del capítulo, porque esta sección ofrece una uniformidad de estructura más limpia que la primera y la segunda.  Se escucha a X, personaje que cuenta lo que pasó. Ahora es cuando X es más cronista, pero la crónica ya está dada.

CONCLUSIÓN

La impresión que saco de este capítulo y de la lectura más general de la novela es el predominio que tiene su arquitectura narrativa. La crónica de la muerte se encuentra en un texto común, en una representación fundante de los hechos, flanqueada por la intervención de un hablante que es o ha sido participante de los hechos. La muerte está encerrada en la representación primera del capítulo primero, es una historia cercada por sus propios hechos. El final se pone al principio y el mundo representado contiene magnitudes deformadas, exageraciones propias de la parodia, aspectos vacíos en los personajes, rituales convencionales, ausencia de vida libre en todos los personajes, salvo la crisis de Ángela Vicario. Determinismo de tragedia, destino inexorable y prefijado, mundo sin libertad en las personas, casi sin sentido y sin amor. “No podían entender las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible la muerte de Santiago Nasar, ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber cuál era el sitio y misión que le había asignado la fatalidad”.

Las intromisiones del cronista secundan esta representación primera, ningún personaje puede cambiar nada y dice Pablo Vicario: “ya no tiene remedio es como si nos hubiese sucedido”. El título de la novela refleja este destino inexorable y la primera frase “el día en que lo iban a matar” es representativa de todo esto: un hecho que no ha tenido lugar se presenta como ya sucedido. El destino ciego.

Entre los dos tiempos de la novela, el primero es la representación apofántica y fundante y el segundo indaga sobre lo sucedido para confirmar que todos contribuyen al destino. Y esto se repite de mil formas y como consecuencia los personajes son enteramente planos, aplastados en su ser y con un toque de inautenticidad. Solo Ángela Vicario, en la mayor paradoja de las contradicciones, sale de este círculo. “Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario, descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas” Descubre ser libre en las pasiones de la libertad.

La estructura del texto indica que ha sido intensamente elaborado. Una muestra valiosa para comprender que la narración se asienta en un objeto construido con palabras. También un objeto porque los hechos y los personajes no tienen alma, un solo personaje nos habla de libertad, la que se iba a casar sin amor. El amor, que es la hondura de la vida. Es un trabajo de maestría con el texto, y con él en esta novela García Márquez nos da un mundo aplastado. 

BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles, (1937), Poética. Ed., trad. y notas de Valentín García Yebra. Madrid.

Benveniste, E. (1971) Problemas de lingüística general.

García Márquez, Gabriel (1981) Crónica de una muerte anunciada.

Martínez Bonati, Félix (1972) La estructura de la obra literaria. Una investigación de filosofía del lenguaje y estética. Barcelona.

— (1980) The Act of Writing Fiction. New Literary History, Vol. 11, No. 3, On Narrative and Narratives: II (Spring, 1980), pp. 425-434.

— (1981) Representación y ficción Rev. Canadiense de Estudios Hispánicos Vol. 6 No. 1 (otoño 1981) pp. 67-89.

Real Academia Española (2009) Nueva Gramática de la Lengua Española (NGLE). Madrid

Serrano Orejuela, Eduardo (1997) El saber del narrador como objeto de busqueda en Crónica de una muerte anunciada.

Valenzuela Cervera, J. A. (1971) Las Actividades del Lenguaje.

— (2011) Escribir. Diálogos y narraciones.

— (2016) El texto de la narración en español.

— (2018) Narración. Trama del texto.

— (2018) Hablar. Representar. Narrar.

APÉNDICE, CAPÍTULO PRIMERO

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA (La división pertenece a la disposición de este estudio)

Sección primera
1              El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana
2              para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un
3              bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz
en
4              el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
5              «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27
6              años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había
7              soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por
8              entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de
9              intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ay unas,
10            pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni
en
11            los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que
12            precedieron a su muerte.
13            Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y mal,
14            sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de
estribo
15            de cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parranda de
16            bodas que se había prolongado hasta después de la media noche. Más aún: las
17            muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 6.05 hasta que
fue
18            destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban un poco soñoliento
19            pero de buen humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día
20            muy hermoso. Nadie estaba seguro de si se refería al estado del tiempo. Muchos
21            coincidían en el recuerdo de que era una mañana radiante con una brisa de mar
22            que llegaba a través de los platanales, como era de pensar que lo fuera en un
23            buen febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un
24            tiempo fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un denso olor de aguas dormidas, y
25            que en el instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna menuda como la
26            que había visto Santiago Nasar en el bosque del sueño. Yo estaba reponiéndome
27            de la parranda de la boda en el regazo apostólico de María Alejandrina
28            Cervantes, y apenas si desperté con el alboroto de las campanas tocando a
29            rebato, porque pensé que las habían soltado en honor del obispo.
30            Santiago Nasar se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, ambas
31            piezas sin almidón, iguales a las que se había puesto el día anterior para la boda.
32            Era un atuendo de ocasión. De no haber sido por la llegada del obispo se habría
33            puesto el vestido de caqui y las botas de montar con que se iba los lunes a El
34            Divino Rostro, la hacienda de ganado que heredó de su padre, y que él
35            administraba con muy buen juicio, aunque sin mucha fortuna. En el monte
36            llevaba al cinto una 357 Magnum, cuyas balas blindadas, según él decía, podían
37            partir un caballo por la cintura. En época de perdices llevaba también sus aperos
38            de cetrería. En el armario tenía además un rifle 30.06 Mannlicher-Schönauer, un
39            rifle 300 Holland Magnum, un 22 Hornet con mira telescópica de dos poderes, y
40            una Winchester de repetición. Siempre dormía como durmió su padre, con el
41            arma escondida dentro de la funda de la almohada, pero antes de abandonar la
42            casa aquel día le sacó los proyectiles y la puso en la gaveta de la mesa de noche.
43            «Nunca la dejaba cargada”, me dijo su madre. Yo lo sabía, y sabía además que
44            guardaba las armas en un lugar y escondía la munición en otro lugar muy
45            apartado, de modo que nadie cediera ni por casualidad a la tentación de
cargarlas
46            dentro de la casa. Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una
47            mañana en que una sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda, y la
48            pistola se disparó al chocar contra el suelo, y la bala desbarató el armario del
49            cuarto, atravesó la pared de la sala, pasó con un estruendo de guerra por el
50            comedor de la casa vecina y convirtió en polvo de y eso a un santo de tamaño
51            natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza. Santiago
52            Nasar, que entonces era muy niño, no olvidó nunca la lección de aquel percance.
53            La última imagen que su madre tenía de él era la de su paso fugaz por el
54            dormitorio. La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una
55            aspirina en el botiquín del baño, y ella encendió la luz y lo vio aparecer en la
56            puerta con el vaso de agua en la mano, como había de recordarlo para siempre.
57            Santiago Nasar le contó entonces el sueño, pero ella no les puso atención a los
58            árboles.
59            —Todos los sueños con pájaros son de buena salud —dijo.
60            Lo vio desde la misma hamaca y en la misma posición en que la encontré.
61            postrada por las últimas luces de la vejez, cuando volví a este pueblo olvidado
62            tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la
63            memoria. Apenas si distinguía las formas a plena luz, y tenía hojas medicinales
64            en las sienes para el dolor de cabeza eterno que le dejó su hijo la última vez que
65            pasó por el dormitorio. Estaba de costado, agarrada a las pitas del cabezal de la
66            hamaca para tratar de incorporarse, y había en la penumbra el olor de
bautisterio
67            que me había sorprendido la mañana del crimen.
68            Apenas aparecí en el vano de la puerta me confundió con el recuerdo de
69            Santiago Nasar. “Ahí estaba”, me dijo. “Tenía el vestido de lino blanco lavado
70            con agua sola, porque era de piel tan delicada que no soportaba el ruido del
71            almidón”. Estuvo un largo rato sentada en la hamaca, masticando pepas de
72            cardamina, hasta que se le pasó la ilusión de que el hijo había vuelto. Entonces
73            suspiró: “Fue el hombre de mi vida”.
74            Yo lo vi en su memoria. Había cumplido 21 años la última semana de enero,
75            y era esbelto y pálido, y tenía los párpados árabes y los cabellos rizados de su
76            padre. Era el hijo único de un matrimonio de conveniencia que no tuvo un solo
77            instante de felicidad, pero él parecía feliz con su padre hasta que éste murió de
78            repente, tres años antes, y siguió pareciéndolo con la madre solitaria hasta el
79            lunes de su muerte. De ella heredó el instinto. De su padre aprendió desde muy
80            niño el dominio de las armas de fuego, el amor por los caballos y la maestranza
81            de las aves de presas altas, pero de él aprendió también las buenas artes del
valor
82            y la prudencia. Hablaban en árabe entre ellos, pero no delante de Plácida Linero
83            para que no se sintiera excluida. Nunca se les vio armados en el pueblo, y la
84            única vez que trajeron sus halcones amaestrados fue para hacer una
85            demostración de altanería en un bazar de caridad. La muerte de su padre lo
había
86            forzado a abandonar los estudios al término de la escuela secundaria, para
87            hacerse cargo de la hacienda familiar. Por sus méritos propios, Santiago Nasar
88            era alegre y pacífico, y de corazón fácil.
89            El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de
90            fecha cuando lo vio vestido de blanco. “Le recordé que era lunes”, me dijo.
91            Pero él le explicó que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de
besarle
92           el anillo al obispo. Ella no dio ninguna muestra de interés.
93            —Ni siquiera se bajará del buque —le dijo—. Echará una bendición de
94            compromiso, como siempre, y se irá por donde vino. Odia a este pueblo.
95            Santiago Nasar sabía que era cierto, pero los fastos de la iglesia le causaban
96            una fascinación irresistible. “Es como el cine”, me había dicho alguna vez. A su
97            madre, en cambio, lo único que le interesaba de la llegada del obispo era que el
98            hijo no se fuera a mojar en la lluvia, pues lo había oído estornudar mientras
99            dormía. Le aconsejó que llevara un paraguas, pero él le hizo un signo de adiós
100          con la mano y salió del cuarto. Fue la última vez que lo vio.

Sección segunda

101          Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día,
102          ni en todo el mes de febrero. “Al contrario”, me dijo cuando vine a verla, poco
103          antes de su muerte. “El sol calentó más temprano que en agosto”. Estaba
104          descuartizando tres conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes,
105          cuando Santiago Nasar entró en la cocina. “Siempre se levantaba con cara de
106          mala noche”, recordaba sin amor Victoria Guzmán. Divina Flor, su hija, que
107          apenas empezaba a florecer, le sirvió a Santiago Nasar un tazón de café cerrero
108          con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para ayudarlo a
109          sobrellevar la carga de la noche anterior. La cocina enorme, con el cuchicheo de
110          la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.
111          Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de
112          café, pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban
113          los conejos en la hornilla. A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba
114          entera. La niña, todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus
115          glándulas. Santiago Nasar la agarró por la muñeca cuando ella iba a recibirle el
116          tazón vacío.
117          —Ya estás en tiempo de desbravar —le dijo.
118          Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado.
119          —Suéltala, blanco —le ordenó en serio—. De esa agua no beberás mientras
120          y o esté viva.
121          Había sido seducida por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La
122          había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y la llevó a
123          servir en su casa cuando se le acabó el afecto. Divina Flor, que era hija de un
124          marido más reciente, se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y
125          esa idea le causaba una ansiedad prematura. “No ha vuelto a nacer otro hombre
126          como ése”, me dijo, gorda y mustia, y rodeada por los hijos de otros amores.
127          “Era idéntico a su padre —le replicó Victoria Guzmán—. Un mierda”. Pero no
128          pudo eludir una rápida ráfaga de espanto al recordar el horror de Santiago
Nasar
129          cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo y les tiró a los perros el
130          tripajo humeante.
131          —No seas bárbara —le dijo él—. Imagínate que fuera un ser humano.
132          Victoria Guzmán necesitó casi 20 años para entender que un hombre
133          acostumbrado a matar animales inermes expresara de pronto semejante horror.
134          “¡Dios Santo —exclamó asustada—, de modo que todo aquello fue una
135          revelación!”. Sin embargo, tenía tantas rabias atrasadas la mañana del crimen,
136          que siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por
137          amargarle el desayuno a Santiago Nasar. En ésas estaban cuando el pueblo
138          entero despertó con el bramido estremecedor del buque de vapor en que llegaba
139          el obispo.
140          La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y
141          un techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los
142          desperdicios del puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan
143          servicial que muchas barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se
144          aventuraban hasta aquí a través de las ciénagas del estuario. Cuando vino
Ibrahim
145          Nasar con los últimos árabes, al término de las guerras civiles, y a no llegaban los
146          barcos de mar debido a las mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso.
147          Ibrahim Nasar lo compró a cualquier precio para poner una tienda de
148          importación que nunca puso, y sólo cuando se iba a casar lo convirtió en una casa
149          para vivir. En la planta baja abrió un salón que servía para todo, y construyó en el
150          fondo una caballeriza para cuatro animales, los cuartos de servicio, y una cocina
151          de hacienda con ventanas hacia el puerto por donde entraba a toda hora la
152          pestilencia de las aguas. Lo único que dejó intacto en el salón fue la escalera en
153          espiral rescatada de algún naufragio. En la planta alta, donde antes estuvieron las
154          oficinas de aduana, hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes para los
155          muchos hijos que pensaba tener, y construyó un balcón de madera sobre los
156          almendros de la plaza, donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a
157          consolarse de su soledad. En la fachada conservó la puerta principal y le hizo dos
158          ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta
159          posterior, sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en
160          servicio una parte del antiguo muelle. Ésa fue siempre la puerta de más uso, no
161          sólo porque era el acceso natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a
162          la calle del puerto nuevo sin pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en
163          ocasiones festivas, permanecía cerrada y con tranca. Sin embargo, fue por allí, y
164          no por la puerta posterior, por donde esperaban a Santiago Nasar los hombres que
165          lo iban a matar, y fue por allí por donde él salió a recibir al obispo, a pesar de que
166          debía darle una vuelta completa a la casa para llegar al puerto.
167          Nadie podía entender tantas coincidencias funestas. El juez instructor que vino
168          de Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, pues su interés de darles
169          una explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba
170          citada varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la
171          única explicación válida parecía ser la de Plácida Linero, que contestó a la
172          pregunta con su razón de madre: “Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás
173          cuando estaba bien vestido”. Parecía una verdad tan fácil, que el instructor la
174          registró en una nota marginal, pero no la sentó en el sumario.
175          Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta de que ni ella ni
176          su hija sabía que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo. Pero en
177          el curso de sus años admitió que ambas lo sabían cuando él entró en la cocina a
178          tomar el café. Se lo había dicho una mujer que pasó después de las cinco a pedir
179          un poco de leche por caridad, y les reveló además los motivos y el lugar donde lo
180          estaban esperando. “No lo previne porque pensé que eran habladas de
181          borracho”, me dijo. No obstante, Divina Flor me confesó en una visita posterior,
182          cuando y a su madre había muerto, que ésta no le había dicho nada a Santiago
183          Nasar porque en el fondo de su alma quería que lo mataran. En cambio, ella no
lo
184          previno porque entonces no era más que una niña asustada, incapaz de una
185          decisión propia, y se había asustado mucho más cuando él la agarró por la
186          muñeca con una mano que sintió helada y pétrea, como una mano de muerto.
187          Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por
188          los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para
189          abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros
190          dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de
191          helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo
192          evitar otra vez la mano de gavilán carnicero. “Me agarró toda la panocha —me
193          dijo Divina Flor—. Era lo que hacía siempre cuando me encontraba sola por los
194          rincones de la casa, pero aquel día no sentí el susto de siempre sino unas ganas
195          horribles de llorar”. Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta
196          entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del
197          amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. “Entonces se acabó el pito del
198          buque y empezaron a cantar los gallos —me dijo—. Era un alboroto tan grande,
199          que no podía creerse que hubiera tantos gallos en el pueblo, y pensé que venían
200          en el buque del obispo”. Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca
201          había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida
202          Linero, para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia. Alguien que
203          nunca fue identificado había metido por debajo de la puerta un papel dentro de
204          un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para
205          matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy
206          precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando Santiago
207          Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta
208          mucho después de que el crimen fue consumado.
209          Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las
210          ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de
211          colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en
212          honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia,
213          donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y
214          toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando Santiago Nasar salió de
215          su casa, varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del
216          buque.
217          El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la
218          iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para
219          matarlo. Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el
220          resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. “Ya
221          parecía un fantasma”, me dijo. Los hombres que lo iban a matar se habían
222          dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en
223          periódicos, y Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos.
224          Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que
225          costaba trabajo distinguirlos. “Eran de catadura espesa, pero de buena índole”,
226          decía el sumario. Yo, que los conocía desde la escuela primaria, hubiera escrito
227          lo mismo. Esa mañana llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda,
228          demasiado gruesos y formales para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por
229          tantas horas de mala vida, pero habían cumplido con el deber de afeitarse.
230          Aunque no habían dejado de beber desde la víspera de la parranda, y a no
231          estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían sonámbulos
desvelados.
232          Se habían dormido con las primeras auras del amanecer, después de casi tres
233          horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta, y aquél era su primer sueño
234          desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del buque,
235          pero el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió de su casa.
236          Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a
237          levantarse.
238          —Por el amor de Dios —murmuró Clotilde Armenta—. Déjenlo para
239          después, aunque sea por respeto al señor obispo.
240          “Fue un soplo del Espíritu Santo”, repetía ella a menudo. En efecto, había
241          sido una ocurrencia providencial, pero de una virtud momentánea. Al oírla, los
242          gemelos Vicario reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse.
243          Ambos siguieron con la mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la
244          plaza. “Lo miraban más bien con lástima”, decía Clotilde Armenta. Las niñas de
245          la escuela de monjas atravesaron la plaza en ese momento trotando en desorden
246          con sus uniformes de huérfanas.
247          Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque. Había mucha gente
248          en el puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas
249          partes se veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al
250          obispo, porque la sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga
251          había tanta leña arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos
252          horas para cargarla. Pero no se detuvo. Apareció en la vuelta del río, rezongando
253          como un dragón, y entonces la banda de músicos empezó a tocar el himno del
254          obispo, y los gallos se pusieron a cantar en los huacales y alborotaron a los otros
255          gallos del pueblo.

Sección tercera

256          Por aquella época, los legendarios buques de rueda alimentados con leña
257          estaban a punto de acabarse, y los pocos que quedaban en servicio y a no tenían
258          pianola ni camarotes para la luna de miel, y apenas si lograban navegar contra la
259          corriente. Pero éste era nuevo, y tenía dos chimeneas en vez de una con la
260          bandera pintada como un brazal, y la rueda de tablones de la popa le daba un
261          ímpetu de barco de mar. En la baranda superior, junto al camarote del capitán,
262          iba el obispo de sotana blanca con su séquito de españoles. “Estaba haciendo un
263          tiempo de Navidad”, ha dicho mi hermana Margot. Lo que pasó, según ella, fue
264          que el silbato del buque soltó un chorro de vapor a presión al pasar frente al
265          puerto, y dejó ensopados a los que estaban más cerca de la orilla
. Fue una ilusión
266          fugaz: el obispo empezó a hacer la señal de la cruz en el aire frente a la
267          muchedumbre del muelle, y después siguió haciéndola de memoria, sin malicia
268          ni inspiración, hasta que el buque se perdió de vista y sólo quedó el alboroto de los
269          gallos.
270          Santiago Nasar tenía motivos para sentirse defraudado. Había contribuido con
271          varias cargas de leña a las solicitudes públicas del padre Carmen Amador, y
272          además había escogido él mismo los gallos de crestas más apetitosas. Pero fue
273          una contrariedad momentánea. Mi hermana Margot, que estaba con él en el
274          muelle, lo encontró de muy buen humor y con ánimos de seguir la fiesta, a pesar
275          de que las aspirinas no le habían causado ningún alivio. “No parecía resfriado, y
276          sólo estaba pensando en lo que había costado la boda”, me dijo. Cristo Bedoya,
277          que estaba con ellos, reveló cifras que aumentaron el asombro. Había estado de
278          parranda con Santiago Nasar y conmigo hasta un poco antes de las cuatro, pero
279          no había ido a dormir donde sus padres, sino que se quedó conversando en casa
280          de sus abuelos. Allí obtuvo muchos datos que le faltaban para calcular los costos
281          de la parranda. Contó que se habían sacrificado cuarenta pavos y once cerdos
282          para los invitados, y cuatro terneras que el novio puso a asar para el pueblo en la
283          plaza pública. Contó que se consumieron 205 cajas de alcoholes de contrabando
284          y casi 2000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la
muchedumbre.
285          No hubo una sola persona, ni pobre ni rica, que no hubiera participado de algún
286          modo en la parranda de mayor escándalo que se había visto jamás en el pueblo.
287          Santiago Nasar soñó en voz alta.
288          —Así será mi matrimonio —dijo—. No les alcanzará la vida para contarlo.
289          Mi hermana sintió pasar el ángel. Pensó una vez más en la buena suerte de
290          Flora Miguel, que tenía tantas cosas en la vida, y que iba a tener además a
291          Santiago Nasar en la Navidad de ese año. “Me di cuenta de pronto de que no
292          podía haber un partido mejor que él”, me dijo. “Imagínate: bello, formal, y con
293          una fortuna propia a los veintiún años”. Ella solía invitarlo a desayunar en
294          nuestra casa cuando había caribañolas de yuca, y mi madre las estaba haciendo
295          aquella mañana. Santiago Nasar aceptó entusiasmado.
296          —Me cambio de ropa y te alcanzo —dijo, y cayó en la cuenta de que había
297          olvidado el reloj en la mesa de noche—. ¿Qué hora es?
298          Eran las 6.25. Santiago Nasar tomó del brazo a Cristo Bedoya y se lo llevó
299          hacia la plaza.
300          —Dentro de un cuarto de hora estoy en tu casa —le dijo a mi hermana.
301          Ella insistió en que se fueran juntos de inmediato porque el desayuno estaba
302          servido. “Era una insistencia rara —me dijo Cristo Bedoya—. Tanto, que a veces
303          he pensado que Margot y a sabía que lo iban a matar y quería esconderlo en tu
304          casa”. Sin embargo, Santiago Nasar la convenció de que se adelantara mientras
305          él se ponía la ropa de montar, pues tenía que estar temprano en El Divino Rostro
306          para castrar terneros. Se despidió de ella con la misma señal de la mano con que
307          se había despedido de su madre, y se alejó hacia la plaza llevando del brazo a
308          Cristo Bedoya. Fue la última vez que lo vio.
309          Muchos de los que estaban en el puerto sabían que a Santiago Nasar lo iban a
310          matar. Don Lázaro Aponte, coronel de academia en uso de buen retiro y alcalde
311          municipal desde hacía once años, le hizo un saludo con los dedos. “Yo tenía mis
312          razones muy reales para creer que ya no corría ningún peligro”, me dijo. El
313          padre Carmen Amador tampoco se preocupó. “Cuando lo vi sano y salvo pensé
314          que todo había sido un infundio”, me dijo. Nadie se preguntó siquiera si Santiago
315          Nasar estaba prevenido, porque a todos les pareció imposible que no lo
estuviera.
316          En realidad, mi hermana Margot era una de las pocas personas que todavía
317          ignoraban que lo iban a matar. “De haberlo sabido, me lo hubiera llevado para la
318          casa, aunque fuera amarrado”, declaró al instructor. Era extraño que no lo
319          supiera, pero lo era mucho más que tampoco lo supiera mi madre, pues se
320          enteraba de todo antes que nadie en la casa, a pesar de que hacía años que no
321          salía a la calle, ni siquiera para ir a misa. Yo apreciaba esa virtud suya desde que
322          empecé a levantarme temprano para ir a la escuela. La encontraba como era en
323          aquellos tiempos, lívida y sigilosa, barriendo el patio con una escoba de ramas
en
324          el resplandor ceniciento del amanecer, y entre cada sorbo de café me iba
325          contando lo que había ocurrido en el mundo mientras nosotros dormíamos.
326          Parecía tener hilos de comunicación secreta con la otra gente del pueblo, sobre
327          todo con la de su edad, y a veces nos sorprendía con noticias anticipadas que no
328          hubiera podido conocer sino por artes de adivinación. Aquella mañana, sin
329          embargo, no sintió el pálpito de la tragedia que se estaba gestando desde las tres
330          de la madrugada. Había terminado de barrer el patio, y cuando mi hermana
331          Margot salía a recibir al obispo la encontró moliendo la yuca para las
332          caribañolas. “Se oían gallos”, suele decir mi madre recordando aquel día. Pero
333          nunca relacionó el alboroto distante con la llegada del obispo, sino con los
últimos
334          rezagos de la boda.
335          Nuestra casa estaba lejos de la plaza grande, en un bosque de mangos frente
336          al río. Mi hermana Margot había ido hasta el puerto caminando por la orilla, y la
337          gente estaba demasiado excitada con la visita del obispo para ocuparse de otras
338          novedades. Habían puesto a los enfermos acostados en los portales para que
339          recibieran la medicina de Dios, y las mujeres salían corriendo de los patios con
340          pavos y lechones y toda clase de cosas de comer, y desde la orilla opuesta
341          llegaban canoas adornadas de flores. Pero después de que el obispo pasó sin
342          dejar su huella en la tierra, la otra noticia reprimida alcanzó su tamaño de
343          escándalo. Entonces fue cuando mi hermana Margot la conoció completa y de
344          un modo brutal: Ángela Vicario, la hermosa muchacha que se había casado el día
345          anterior, había sido devuelta a la casa de sus padres, porque el esposo encontró
346          que no era virgen. “Sentí que era y o la que me iba a morir”, dijo mi hermana.
347          “Pero por más que volteaban el cuento al derecho y al revés, nadie podía
348          explicarme cómo fue que el pobre Santiago Nasar terminó comprometido en
349          semejante enredo”. Lo único que sabían con seguridad era que los hermanos de
350          Ángela Vicario lo estaban esperando para matarlo.
351          Mi hermana volvió a casa mordiéndose por dentro para no llorar. Encontró a
352          mi madre en el comedor, con un traje dominical de flores azules que se había
353          puesto por si el obispo pasaba a saludarnos, y estaba cantando el fado del amor
354          invisible mientras arreglaba la mesa. Mi hermana notó que había un puesto más
355          que de costumbre.
356          —Es para Santiago Nasar —le dijo mi madre—. Me dijeron que lo habías
357          invitado a desayunar.
358          —Quítalo —dijo mi hermana.
359          Entonces le contó. “Pero fue como si y a lo supiera —me dijo—. Fue lo
360          mismo de siempre, que uno empieza a contarle algo, y antes de que el cuento
361          llegue a la mitad y a ella sabe cómo termina”. Aquella mala noticia era un nudo
362          cifrado para mi madre. A Santiago Nasar le habían puesto ese nombre por el
363          nombre de ella, y era además su madrina de bautismo, pero también tenía un
364          parentesco de sangre con Pura Vicario, la madre de la novia devuelta. Sin
365          embargo, no había acabado de escuchar la noticia cuando ya se había puesto los
366          zapatos de tacones y la mantilla de iglesia que sólo usaba entonces para las
visitas
367          de pésame. Mi padre, que había oído todo desde la cama, apareció en piyama en
368          el comedor y le preguntó alarmado para dónde iba.
369          —A prevenir a mi comadre Plácida —contestó ella—. No es justo que todo el
370          mundo sepa que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.
371          —Tenemos tantos vínculos con ella como con los Vicario —dijo mi padre.
372          —Hay que estar siempre de parte del muerto —dijo ella.
373          Mis hermanos menores empezaron a salir de los otros cuartos. Los más
374          pequeños, tocados por el soplo de la tragedia, rompieron a llorar. Mi madre no
les
375          hizo caso, por una vez en la vida, ni le prestó atención a su esposo.
376          —Espérate y me visto —le dijo él.
377          Ella estaba ya en la calle. Mi hermano Jaime, que entonces no tenía más de
378          siete años, era el único que estaba vestido para la escuela.
379          —Acompáñala tú —ordenó mi padre.
380          Jaime corrió detrás de ella sin saber qué pasaba ni para dónde iban, y se
381          agarró de su mano. “Iba hablando sola —me dijo Jaime—. Hombres de mala
382          ley, decía en voz muy baja, animales de mierda que no son capaces de hacer
383          nada que no sean desgracias”. No se daba cuenta ni siquiera de que llevaba al
384          niño de la mano. “Debieron pensar que me había vuelto loca —me dijo—. Lo
385          único que recuerdo es que se oía a lo lejos un ruido de mucha gente, como si
386          hubiera vuelto a empezar la fiesta de la boda, y que todo el mundo corría en
387          dirección de la plaza”. Apresuró el paso, con la determinación de que era capaz
388          cuando estaba una vida de por medio, hasta que alguien que corría en sentido
389          contrario se compadeció de su desvarío.
390          —No se moleste, Luisa Santiaga —le gritó al pasar—. Ya lo mataron.

El Asedio

SÁNCHEZ ADALID, 30 DOBLONES DE ORO, LIBRO VII

Capítulo 3 EL ASEDIO (texto completo)

Amaneció con estrépito de pisadas, voces y agudos silbidos de pífanos. Siguió un silencio expectante, que se alargó durante un rato largo y extraño. Tras el cual, de repente, los gritos arreciaron en las torres:
—¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación, el desorden y el desconcierto, mientras las campanas iniciaron el pertinente toque a rebato y las cornetas enloquecían resonando en los muros; y al fondo, como un rugir lejano y a la vez próximo, el vocerío y los tambores de los moros.
—¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! ¡Preparad las mechas! ¡Apuntad! ¡Esos cañones! ¡Todos los cañones mirando al sur! ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Una tropa de soldados, a la carrera, venía desde la ciudadela para apostarse en las defensas de la parte sur de la fortaleza, los oficiales gritaban las órdenes a voz en cuello y los tambores las transmitían. Arriba las mechas encendidas centelleaban en el crepúsculo y el aire de la madrugada parecía estar impregnado de incertidumbre y temor. Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse en los sótanos; y en la plaza desangelada nos quedamos únicamente los hombres sanos y jóvenes, esperando a que alguien viniera a decirnos lo que teníamos que hacer.
Se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, sudoroso y aturdido, acompañado por un cabo todavía más joven que él. Nos miraron, pensaron, titubearon, y el alférez acabó diciendo:
—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba! ¡Arriba! ¡A las almenas!
—¡No tenemos armas! —repuso alguien—. ¿No van a darnos nada para defendernos?
El joven alférez vaciló, como dudando, miró a su ayudante y le ordenó:
—¡Corre a la intendencia! ¡Que traigan inmediatamente cincuenta mosquetes, munición, pólvora…! ¡Corre! No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… ¡Luego otro!… Y una fuerte voz gritó: —¡Fuego! ¡Disparad!
Un tronar de explosiones y tiros brotó en medio de una nube de humo negro, a la vez que nos llovían encima piedras, pedazos de plomo y otros proyectiles. Corrimos a protegernos bajo los soportales y desde allí vimos el ajetreo en las almenas: la carga de los cañones, el acarreo de las balas, el encendido de las mechas, los estampidos…
No había pasado media hora cuando se oyó gritar:
—¡Se retiran! ¡Se van! ¡Alto! ¡Alto el fuego!
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Subimos a las almenas y vimos a lo lejos el polvo que dejaban atrás en su retirada los asaltantes. Algunos caballos sueltos vagaban en desamparo por la ladera, pasando entre los cadáveres que yacían sobre la hierba aplastada. Abajo, en el llano, los moros se concentraban junto a su campamento.
—¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
—¡Aquí, señor!
Traían a un muchacho herido. Una bala le había rozado la cabeza, por encima de la oreja; tenía el pelo pegado a la herida y un viscoso chorro de sangre oscura le caía por la mejilla y el cuello, hasta empaparle la camisa; pero la cosa no parecía ser demasiado grave.
—Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
Un rato después llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas. A los que nunca habíamos tenido un mosquete en las manos nos dieron cuatro instrucciones básicas: la manera de agarrarlo, la carga, la mecha, el disparo… A cada cual se le asignó su puesto en las defensas, con severa indicación de no disparar hasta que se diera la orden. Había poca munición y no se debía desperdiciar.
A pleno sol, a resguardo de mi almena, me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo que debía aleccionarme en aquellos menesteres de la guerra tan desconocidos para mí.
En mi absoluto desconcierto, le pregunté:
– ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
Aguzando sus ojos de aguilucho hacia donde estaba el enemigo, oteó primeramente el panorama, y luego respondió con mucha circunspección:
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos… Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
 —¿Entonces?
—Cualquiera sabe

Fin

Relación entre núcleo y diálogo

En mi libro NARRACIÓN. TRAMA DEL TEXTO, en el capítulo 4: “Los Diálogos”, puede leerse materia que interesa para esta entrada (acceder al capítulo).

 El asunto que me ocupa es la relación entre el núcleo y el diálogo. Estos dos estratos son representación, pero difieren en la lengua que emplean. La lengua del núcleo es lenguaje de representación narrativa y la lengua de los diálogo es la lengua del hablar. Un hablar que no es el discurso del hablar, sino representación de ese discurso real.  Esta distinción entre el hablar del discurso verdadero y el hablar representado de ese discurso es importante por la naturaleza de su entidad, pero desde el punto de vista lingüístico no vale, porque son idénticos. Por lo tanto, el texto completo de la narraciòn tiene que abordarse con dos métodos. El que se emplea para los estratos de reprentación narrativa, no vale para analizar el hablar de los personajes. Este hablar es lengua irrestricta y la representación narrativa no, porque está limitada por el subsistema verbal de los tiempos narrativos.

La conexión entre el núcleo y el diálogo lo planteo en este ejemplo, desde la perspectiva de la articulación temporal de la historia. En el capítulo 3 de la novela se relata un suceso, solo uno: el asedio a la fortaleza La Mamora. Las acciones de que se compone su argumento están repartidas, unas en la serie verbal y otras son las del lenguaje directo. El estilo directo interrumpe el ritmo de la serie verbal, pero no la sucesión en su orden, la continuidad de la historia. Este es el punto de interés para leer el capítulo: analizar la función que cumple el lenguaje directo en la articulación temporal del argumento.

Para observarlo y para que lo estudien los alumnos escritores y practiquen con ello, haré las siguientes operaciones sobre el texto:

Primero, identifico los estratos: el núcleo, segundo plano de imperfectos, (que en su mayoría son argumentales o de acciones) y el lenguaje directo o los diálogos.

Segundo, retiro el segundo plano.

Tercero, deslindo en dos piezas el núcleo y los diálogos.

Cuarto, simplifico el núcleo, tomando solo el perfecto simple y sus complementos inmediatos

Quinto, presento, ya realizado esto último, las dos piezas con la separación conveniente, para visualizar el contraste entre el núcleo y los diálogos.


El paso segundo: en el que se retira el segundo plano de imperfectos, aquí señalado

Amaneció con estrépito de pisadas, voces y agudos silbidos de pífanos. Siguió un silencio expectante, que se alargó durante un rato largo y extraño. Tras el cual, de repente, los gritos arreciaron en las torres:
—¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación, el desorden y el desconcierto, mientras las campanas iniciaron el pertinente toque a rebato y las cornetas enloquecían resonando en los muros; y al fondo, como un rugir lejano y a la vez próximo, el vocerío y los tambores de los moros.
—¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! ¡Preparad las mechas! ¡Apuntad! ¡Esos cañones! ¡Todos los cañones mirando al sur! ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Una tropa de soldados, a la carrera, venía desde la ciudadela para apostarse en las defensas de la parte sur de la fortaleza, los oficiales gritaban las órdenes a voz en cuello y los tambores las transmitían. Arriba las mechas encendidas centelleaban en el crepúsculo y el aire de la madrugada parecía estar impregnado de incertidumbre y temor. Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse en los sótanos; y en la plaza desangelada nos quedamos únicamente los hombres sanos y jóvenes, esperando a que alguien viniera a decirnos lo que teníamos que hacer.
Se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, sudoroso y aturdido, acompañado por un cabo todavía más joven que él. Nos miraron, pensaron, titubearon, y el alférez acabó diciendo:
—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba! ¡Arriba! ¡A las almenas!
—¡No tenemos armas! —repuso alguien—. ¿No van a darnos nada para defendernos?
El joven alférez vaciló, como dudando, miró a su ayudante y le ordenó:
—¡Corre a la intendencia! ¡Que traigan inmediatamente cincuenta mosquetes, munición, pólvora…! ¡Corre! No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… ¡Luego otro!… Y una fuerte voz gritó:
—¡Fuego! ¡Disparad!
Un tronar de explosiones y tiros brotó en medio de una nube de humo negro, a la vez que nos llovían encima piedras, pedazos de plomo y otros proyectiles. Corrimos a protegernos bajo los soportales y desde allí vimos el ajetreo en las almenas: la carga de los cañones, el acarreo de las balas, el encendido de las mechas, los estampidos…
No había pasado media hora cuando se oyó gritar:
—¡Se retiran! ¡Se van! ¡Alto! ¡Alto el fuego!
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Subimos a las almenas y vimos a lo lejos el polvo que dejaban atrás en su retirada los asaltantes. Algunos caballos sueltos vagaban en desamparo por la ladera, pasando entre los cadáveres que yacían sobre la hierba aplastada. Abajo, en el llano, los moros se concentraban junto a su campamento.
—¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
—¡Aquí, señor!
Traían a un muchacho herido. Una bala le había rozado la cabeza, por encima de la oreja; tenía el pelo pegado a la herida y un viscoso chorro de sangre oscura le caía por la mejilla y el cuello, hasta empaparle la camisa; pero la cosa no parecía ser demasiado grave.
—Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
Un rato después llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas. A los que nunca habíamos tenido un mosquete en las manos nos dieron cuatro instrucciones básicas: la manera de agarrarlo, la carga, la mecha, el disparo… A cada cual se le asignó su puesto en las defensas, con severa indicación de no disparar hasta que se diera la orden. Había poca munición y no se debía desperdiciar.
A pleno sol, a resguardo de mi almena, me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo que debía aleccionarme en aquellos menesteres de la guerra tan desconocidos para mí.
En mi absoluto desconcierto, le pregunté:
– ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
Aguzando sus ojos de aguilucho hacia donde estaba el enemigo, oteó primeramente el panorama, y luego respondió con mucha circunspección:
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos… Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
 —¿Entonces?
—Cualquiera sabe…

El paso quinto: el núcleo abreviado y el diálogo marginado a derecha

Presento la confrontación del núcleo reducido con los diálogos, sin alterar la sucesión temporal, indentándolos para hacer más visual la estructura. El núcleo está reducido, sin omitir ninguna acción de la serie temporal.

Amaneció con estrépito de pisadas,
Siguió un silencio expectante
se alargó durante un rato largo
los gritos arreciaron en las torres
                                               —¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación,
las campanas iniciaron el toque a rebato
                                              —¡A las armas! ¡Todo el mundo a las
                                               almenas!
                                               ¡Preparad las mechas!
                                              ¡Apuntad!
                                               ¡Esos cañones!
                                              ¡Todos los cañones mirando al sur!
                                               ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse
en la plaza nos quedamos los hombres
se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, acompañado por un cabo
Nos miraron,
pensaron,
titubearon, …
                                              —¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba!                                               ¡Arriba! ¡A las almenas!
                                              -No tenemos armas-repuso alguien-
                                              ¿No van a darnos nada para defendernos?
No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… Y una fuerte voz gritó:
                                              —¡Fuego! ¡Disparad!
brotó en medio de una nube de humo negro,
Corrimos a protegernos bajo los soportales
vimos el ajetreo en las almenas
Siguió una calma con toses y carraspeos
                                              —¡Vamos arriba! —dijo alguien
Subimos a las almenas
vimos a lo lejos el polvo
                                              —¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
                                              —¡Aquí, señor!
                                              —Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas.
nos dieron cuatro instrucciones básicas
A cada cual se le asignó su puesto en las defensas,
me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo
le pregunté:
— ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos…
Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
—¿Entonces?
—Cualquiera sabe…

Sugerencias:

Con el ejercicio de estas operaciones, que se pueden pedir a los alumnos, se gana un conocimiento del texto importante. De modo que no es aconsejable, a mi parecer, darlas ya hechas.

Como el punto de vista, para estudiar el texto del diálogo en este ejemplo, consiste en observar su función en la trama de los hechos, hay que recorrer con la lectura el núcleo y el diálogo, y analizar la función que cumplen las intervenciones habladas. Hay pasajes que contienen hechos de la trama y otros que son hechos meramente ambientales,

A efectos de lo que significa aprender a escribir, cabe calibrar lo que se pone con diálogos y lo que se da en el estrato narrativo. Puesto que la materia argumental y temporal de la historia se reparte en estos estratos. Y puede hacerse de otra manera. Asunto que permitiría el ejercicio de reescribirlo con reparto diferente, poniendo otras intervenciones o redactando algunos diálogos en versión de representación no hablada.

José Antonio Valenzuela Cervera

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El Saqueo

Para ejemplificar los estratos del texto de la narración tomo de la novela de Sánchez Adalid, 30 doblones de oro, libro viii, el capítulo 6, El saqueo. Lo transcribo enteramente.

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, delante de nosotros, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar nuestro tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata recogidos entre nosotros. A mi lado, doña Matilda se lamentó en un susurro:

—Ahí va mi alianza… ¡Qué pena! Mi anillo de bodas y los obsequios de mi difunto esposo…

—¡Anda con Dios! —dije—. Eso son solo cosas… Mientras conservemos la vida…

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. Nuestra gente al verlo se removió estremecida. Hasta me duele la mano al tener que escribir lo que sucedió a conti­nuación; una escena para la que no estábamos preparados: ¡un sacrilegio! Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron allí delante de nosotros, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. Nuestra gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. Me conmo­vió mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel caos que nos rodeaba por doquier sin que pudiéramos hacer nada ni decir nada. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí nos advertía:

—¡Quietos! ¡Aguantad! ¡Callad y aguantad! Si queréis salvar las vidas, no hagáis ninguna tontería… Mirad hacia otro lado, cerrad los ojos… ¡Aguantad!

Una anciana alzó la voz y replicó:

—Pero ¿no ves lo que están haciendo? ¡Mira cómo tra­tan las sagradas imágenes!

—¡Silencio! ¿No me habéis oído? —contestó el alcai­de—. Dejad eso ahora, porque nada lograremos enfrentándonos… Ya me encargaré yo a su tiempo de salvar to­dos esos santos…

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales permanecimos en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

Comentario

El asunto: se rinde la fortaleza africana, el sultán entra en ella y a continuación viene el saqueo.

La representación del saqueo está en tercera persona; pero no todo, porque la novela es autobiográfica, el personaje Cayetano habla y cuando aparece su voz es primera persona. Solamente cuando le afecta la acción en singular o en plural, él y el grupo.

Se puede comprobar que, al retirar estas pocas frases en primera persona, señaladas, queda una representación enteramente objetiva. Nadie la cuenta.

Pero aparece esta curiosa frase:

Hasta me duele la mano al tener que escribir lo que sucedió a conti­nuación; una escena para la que no estábamos preparados: ¡un sacrilegio!

Esta frase se recoge el tópico de pensar que toda representación narrativa es hablada. Cayetano cuenta todo, se atribuye la representación objetiva.  Pero, si se ha seguido la noción de representación explicada muchas veces en lo que he escrito, resultará evidente que Cayetano no ha escrito la representación, porque él está en ella como personaje. La representación no tiene narrador. Cayetano pude hablar como personaje.

Retiro, para mayor claridad, las frases de Cayetano y también el hablar de otros personajes. Señalo con asterisco el cambio necesario de alguna palabra.

La representación del saqueo sin el hablar de nadie

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar *el tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata *recogido.

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. *La gente al verlo se removió estremecida. Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. *La gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. *Conmovía mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí advertía:

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales *permanecieron en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

La representación contiene el núcleo y otras frases con sus verbos en imperfectos, que pueden ser acciones del argumento en segundo plano o elementos estáticos y descriptivos.

El ejercicio consiste en separar estos estratos seleccionando el núcleo. En él estará seguramente lo principal de los hechos.

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar *el tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata *recogido.

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. *La gente al verlo se removió estremecida. Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. *La gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. *Conmovía mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí advertía:

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales * permanecieron en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

Indico a continuación la serie verbal del núcleo.

Perfectos simples del núcleo, serie de dieciocho verbos.

Estalló / se esparcieron / subió uno de los guerreros / la arran­có del mástil / la mostró ufano / la arrojó desde lo alto / la hicieron trizas / entregaron al general Omar dos ces­tos / los jefes moros entraron en la iglesia / *la gente se removió estremecida /salieron los sarracenos /la arrojaron / la sagrada testa dio en el empedrado / retumbó bajo las galerías / *la gente gritó / gimió /le arrebató la corona / el otro desnudó la imagen.

Sugerencia:

Sobre la estructura de este texto, se podrán diseñar actividades de escritura parciales y breves, ejercicios que se valoran con la lectura que cada participante puede hacer de lo que escriben los demás. Sus criterios apreciativos son siempre certeros.

¿Es necesario sugerir ejercicio con más detalle?

                                  José Antonio Valenzuela Cervera

Estratos de la narración, ejemplo

El texto es de san Marcos, capítulo 12, versos de 41 a 44.

Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho.
Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas,
que hacen la cuarta parte del as.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
— En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento.

Tiene cuatro estratos:

1 Segundo plano, tres imperfectos:

Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho.

2 Primer plano, un indefindo

Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas

3 Estrato del narrador, aclara el valor de las dos monedas.

       que hacen la cuarta parte del as.

4 Diálogo o hablar de un personaje

Llamando a sus discípulos, les dijo: — En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento.

Notas:

Sentado, paticipio, puede conmutarse por segundo plano estaba sentado. Incuso por primero se sentó.

2 La construcción al + infinitivo equivale a gerundio: Y al llegar = llegando.
También se puede conmutar por *una viuda pobre llegó, en primer plano.

3 El gerundio llamando puede conmutarse por llamó, primer plano.
Llamando a sus discípulos, les dijo: *llamó a sus discipulos, y les dijo. El verbo de lengua dijo es en realidad primer plano.

Aclaración: gazofilacio es un lugar del templo de Jerusalén, no equivale al cepillo cualquiera.
Para ejercitarse en los estratos de la narración ¿podrían hacerse como ejercicios  las conmutaciones posibles? ¿Servirá para apreciar los matices y como cambian?  Las conmutaciones han de ser posibles y gramaticales.

Entre la conversación y la representación

La flota de tierra firme

He tratado en algunas entradas el origen de la representación como discurso, opuesto al discurso del hablar. No son dos modalidades, sino dos entidades enteramente definidas. Pero la representación nace del hablar. Nace cuando se habla del pasado sostenidamente y entonces, del suceso pasado, se hace una representación y el hablar se abandona. En la representación no habla nadie.

(Ver https://www.academia.edu/38046075/El_paso_de_hablar_a_representar)

Para mostrar gráficamente como una conversación se convierte en representación, realizo para el lector este ejercicio. Escribo un diálogo.

Escucha la conversación de dos personas acerca de un viaje. Cuenta el viaje el que lo hizo, a quien se interesa por él.  Viajó en barco de Sevilla a Cádiz y el viaje fue accidentado. Emplea tiempos pretéritos, señala el tiempo pasado de su viaje. Habla en plural porque viajaba un grupo. Nunca se deja la conversación, todo es hablar, no hay discurso de representación.

Conversación

- ¡Qué mal trago pasasteis en el viaje a Cádiz! Aunque ya pasó ¿Verdad?

 -Llegamos a la vista de Cádiz el día 20 de enero. Desde primera hora de la mañana caía una lluvia fría y copiosa, el viento soplaba y se había levantado un fuerte oleaje.

-La barca que os llevaba, no era una galera, era muy simple.

-Los que entendían de navegación decían que con ese tiempo la barca no podría entrar en la rada. Pero, tras un gran esfuerzo, a golpe de remo, consiguió abarloar el piloto. En el atracadero estaban alineados los veinte navíos que componían la Flota de Tierra Firme.

-El puerto de Cádiz es grande y hermoso.

- Impresionaba el espectáculo de los veinte galeones alineados, ¡inmensos!, costado con costado, y la considerable altura de los palos, una suerte de boscaje con las arboladuras y los cabos.

-Eso aventura no era para la gente que, iba contigo, pero arribasteis.

-Desembarcamos atravesando peligrosamente la pasarela, que se movía mucho a causa del oleaje. Empapados, aturdidos y con la ropa fría pegada al cuerpo, cruzamos el puerto en dirección a la ciudad, ansiando con desesperación hallar un lugar donde calentarnos y poder secar todo lo que se nos había mojado.

- ¿Y os pudisteis secar pronto?

-Se nos ofreció un carretero que se empeñaba en llevarnos a una fonda que decía ser la mejor. Le hicimos caso y sobrevino otro calvario, porque no paraba de llover y el hospedaje se encontraba lejos, en la otra parte de la ciudad. Ya estamos llegando, decía a cada momento aquel buscavidas, al cabo de aquella esquina está la fonda…

-Ir con ese personaje ¿Cómo se os ocurrió?

-No sé. El trayecto se hacía muy largo, interrumpido a cada momento por la circulación caótica de bestias y carromatos de todos los tamaños. Corno la flota estaba ultimando los preparativos para su partida, Cádiz entero era una locura de gentes. Los precios estaban por las nubes y todo el mundo andaba de aquí para allá buscando su ganancia.

- ¿Y cómo llegó Matilda?

-Se quejaba. ¿Cuándo llegaremos? ¡Por Dios, esto se hace interminable! Y decía el carretero, ahí mismo está, señora. En ese caserón que ve, está la fonda.

Se trata de una conversación enteramente normal. Esto es hablar del pasado. Se cuenta lo que ocurrió, pero no es una narración, es conversación corriente.

○○○

 Esta conversación está escrita a partir de una narración. Descubro mis cartas. La representación del viaje de una novela la transformé en una conversación. Con este ejemplo se verá que, entre una conversación sobre el pasado y una representación de lo sucedido, no media más de un paso. Entre hablar y no hablar.

En la representación de la novela, como en toda representación, no habla nadie, pero los personajes sí hablan y cuando hablan de sí mismos, en nuestro ejemplo en plural, habla un personaje, porque la novela es autobiográfica. Sería lo mismo si fuera tercera persona. Aclaro que, aunque sea plural, el que habla es uno solo, un singular.

Lo puedes leer en la novela de Sánchez Adalid, 30 Doblones de oro, Libro cuarto, capítulo 4, titulado La flota de tierra firme, página 140. Transcribo el pasaje.   

LA FLOTA DE TIERRA FIRME

Llegamos a la vista de Cádiz el día 20 de enero. Desde primera hora de la mañana caía una lluvia fría y copiosa, el viento soplaba y se había levantado un fuerte oleaje. Los que entendían de navegación decían que con ese tiempo la barca no podría entrar en la rada. Pero, tras un gran esfuerzo, a golpe de remo, consiguió abarloar el piloto. En el atracadero estaban alineados los veinte navíos que componían la Flota de Tierra Firme. Impresionaba el espectáculo de los veinte galeones alineados, ¡inmensos!, costado con costado, y la considerable altura de los palos, componiendo una suerte de boscaje con las arboladuras y los cabos.

Desembarcamos atravesando peligrosamente la pasarela, que se movía mucho a causa del oleaje. Empapados, aturdidos y con la ropa fría pegada al cuerpo, cruzamos el puerto en dirección a la ciudad, ansiando con desesperación hallar un lugar donde calentarnos y poder secar todo lo que se nos había mojado. Pero, como suele suceder en tales sitios, allí mismo se nos ofreció un carretero que se empeñaba en llevarnos a una fonda que decía ser la mejor. Le hicimos caso y sobrevino otro calvario, porque no paraba de llover y el hospedaje se encontraba lejos, en la otra parte de la ciudad.

—Ya estamos llegando —decía a cada momento aquel buscavidas—, al cabo de aquella esquina está la fonda…

Pero el trayecto se hacía muy largo, interrumpido a cada momento por la circulación caótica de infinidad de bestias y carromatos de todos los tamaños. Como la flota estaba ultimando los preparativos para su partida, Cádiz entero era una locura de gentes varopintas, mercachifles y negociantes de todo género. Los precios estaban por las nubes y todo el mundo andaba de aquí para allá buscando su ganancia.

—¿Cuándo llegaremos? —se quejaba doña Matilda— ¡Por Dios, esto se hace interminable!

—Ahí mismo está, señora, ahí. Ese caserón que ve es la fonda.

Observa lo siguiente: la primera frase de la representación la dice un personaje de la novela, Cayetano. Es persona viva de la conversación, pero personaje en la representación y en la novela.  La otra persona de la conversación puede ser cualquiera. No pertenece a la novela. Y el personaje, que habla en la representación, cuenta el viaje, pero habla como personaje, en plural, habla de él y del grupo de viajeros. Están en la representación todos ellos. Cayetano no confecciona la representación. En tercera persona si no habla él. Puedes si lees atentamente apreciar la tercera persona de los hechos. 

Una sugerencia: si enseñas a escribir narración pide tus alumnos o aprendices que busquen en un relato de tercera persona, una representación de algún episodio y lo transformen en diálogo. Aprenderán bastante con esta práctica.

José Antonio Valenzuela

Tiempo real y tiempo representado. Caperucita

He modificado algo una versión anterior de este artículo. Trato de preparar al lector para que se entienda el estatuto lógico del hablar del narrador y poder demostrar que, tanto en un texto histórico como en un texto ficticio, tiene los dos el mismo estatuto irreal. Sin diferencia alguna que pueda deducirse del texto. Marcos será persona real y autor del escrito evangélico, pero en su hablar en él como narrador no es real.

En una historia con animales, ficticia por su propio argumento, se nos dice que Caperucita salió al bosque con su cesta. Pues bien, salió es un tiempo pretérito de la conjugación, pero no corresponde a un suceso pasado. El pretérito indica pasado si alguien te dice “Merceditas salió al bosque con su cesta” y Merceditas es tu hija y te lo dice un vecino con el que hablas hoy. Entonces Merceditas salió y es un suceso pasado real. Te lo refiere alguien hoy.

Pero las frases de Merceditas salió al bosque y Caperucita salió al bosque son iguales. Y no te dicen si las niñas son reales o no. Lo sabes porque Caperucita es un cuento muy conocido, y no salió ayer ni antes de ayer, no salió nunca. El lobo tampoco y no habló con él.  Ambos están en el cuento, fuera de nuestro tiempo presente, pasado o futuro. Sabes también que Merceditas salió, porque es tu hija y estuvo de excursión o es la hija de tu vecino.

Pero en realidad si salió al bosque Caperucita, y le pasaron cosas, sí. Ocurrió en ese tiempo imaginario del cuento. En cierto modo puedes afirmar que Caperucita salió. Lo hizo porque cuando presenciaste la representación (leyéndola) esa salida estaba representada y la vistes. La vistes en tu presente de espectador. Es verdad que, cuando la presenciaste estabas, por el embrujo imaginario de la ficción, fuera del tiempo real, y te habías sumido en otra esfera de tiempo. Un tiempo representado incompatible con el de la realidad del mundo y con la vida y las exigencias de su acontecer alrededor de nosotros. Sobre el tiempo real se pone la cerca de un paréntesis cuando se contempla.

Si en ese momento, absorto como estabas por la suerte que corría Caperucita, alguna persona te toca el hombro, te da un teléfono y dice: “te llaman”. Te saca de ese presente imaginario para traerte al presente del que te llama; que es también es el tuyo, pero como te habías ausentado, estabas fuera y te violenta con la interrupción.

¿Qué diferencia hay entre la primera y la segunda frase?  Pues la distancia que va desde la ficción a la realidad. Pero esa diferencia no la da el texto o la frase. En ambos casos se está ante un hecho representado, con la misma frase. Las frases pueden alargarse una tras otra, más y más, hasta tener la representación completa, y si es cuento y pasado real, no lo podremos saber, por el lenguaje. La representación como lenguaje, por su estructura, por sí misma, no dice que sea real o ficticia, ni una cosa ni la otra. Lo dicen factores no lingüísticos.  El hecho de hablar con el vecino o el conocer que Caperucita es personaje ficticio, porque te sabes el cuento. Y porque conoces la realidad de los lobos que no hablan.

Y si ahora hablas tú mismo y dices: Caperucita iba muy contenta, pero no debió hablar con el lobo y menos aún decirle a donde iba. Su madre debió advertirla. Lo dices en pretéritos.  Estos tiempos pretéritos, iba, no debió, se refieren al argumento del cuento, no al tiempo de la representación, que no es real y no se puede señalar.  Tu pretérito no puede ser tiempo pasado tuyo, hablarías como si estuvieras dentro del tiempo de la representación, estarías fuera de ti, en el mundo representado. Es decir, fuera la realidad y el perfecto simple que empleas no tiene señalación deíctica.

No es un hablar vivo, sería tu tiempo pretérito real; pero no estás en él, estás en la representación, que se sitúa fuera de la actualización del verbo, fuera de todo señalamiento deíctico, estás completamente fuera de la realidad. Pues ese hablar irreal es el hablar del narrador referente a la representación.

No puede ser un hablar vivo, el común hablar, el comprometido con el tiempo propio de la enunciación; porque si lo fuera se establecería, en último término, una comunicación real entre lo que hizo Caperucita y lo que tú dices, persona viva, dices. La comunicación entre la representación, de los qu están en su tiempo y sus lectores es un imposible. Así, solo puede hablar el narrador.  Como el hablar que proviene o está en una situación de comunicación irreal, y es la que tenemos en el texto de la narración, una pseudo situación de comunicación entre narrador y lector.

Pero si el vecino dijera al padre de Merceditas una frase semejante, no debías haber dejado salir a Merceditas, sería una comunicación real que porque la presencia externa de las personas se sitúa en el tiempo real. Este conocimeinto lo da l praxix de la comunicación real, la del narrador no lo es.

Foto de Jeroen Kransen.   Little Red Riding Hood..
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José Antonio Valenzuela

 

El Quijote, la trama argumental de un párrafo

El Quijote, la trama argumental de un párrafo, que sirve para hacer ejercicios y aprender a escribir.

Los estratos del texto narrativo que contienen la representación objetiva son el núcleo, el plano segundo de acciones en imperfecto y la descripción. Estos forman la representación, que es discurso  especial, con características lingüísticas de las que me voy a ocupar en este escrito.

No hay que olvidar, sin embargo, que los diálogos y en general el habla directa de los personajes, son representación, pero no se escriben en el discurso de la representación, su lengua es la lengua hablada normal. Y lo que diga el narrador, tampoco esta escrito en el lenguaje de la representación.

En los estratos de la representación se encuentran los verbos narrativos. Esto quiere decir que la representación tiene un sistema verbal propio. Estos verbos son los de la esfera del pasado remoto, por tanto el indefinido o pretérito perfecto simple, llegó, el imperfecto, llegaba, el pluscuamperfecto, había llegado y con menos frecuencia los demás de esta esfera. Pero no se emplea nunca el futuro, puesto que los hechos que no han sucedido todavía, no se pueden representar.

Por la misma razón no se encontrarán en este discurso los tiempos del subjuntivo, pues tampoco son representables los hechos hipotéticos o condicionales, sin realidad temporal e incluso sin existencia.

Además, el sistema o subsistema verbal narrativo es deficiente de la primera persona y su correlativa la segunda, que nunca se emplean; por esta razón el imperativo está también excluido del texto de la representación.

Frases como: tengo muchas cosas que contarte, apártate de mi vista, ellos comerían las frutas del campo, si no lo viera no lo creería y muchas más de este mismo corte no son frases que puedan aparecer en este discurso. Estas frases no son narrativas porque sus verbos no existen en el sistema verbal de este discurso

Pues bien, después de esta breve introducción teórica, voy a analizar un párrafo del Quijote. (Parte primera, capítulo V)


Los pretéritos indefinidos que señalo en él, son los verbos del núcleo y están organizados en una serie, ligados unos con otros, en secuencia argumental de acciones. Los tiempos del núcleo, los indefinidos, están colocados de forma trabada entre sí, de tal modo forman una entidad sintagmática temporal (con la que se construye un tiempo), los indefinidos no están sueltos, sino vinculados entre sí.

 Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía

Con la colocación de los nueve verbos del núcleo, uno tras otro, se construye el anudamiento de los hechos en el hilo de la trama temporal. Luego, a continuación, tenemos otras cinco acciones,  sucesos que completan la secuencia del núcleo. Los señalo a continuación, son imperfectos, hechos no delimitados y no completos, Todos ellos abrazados, por así decir, dentro del núcleo, pues este termina con el verbo obligó.

Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que

don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo;

de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía

Las acciones se presentan en su aspecto no concluido, porque van teniendo lugar en el camino hacia el pueblo, algunas reiteradas, y se encuentran entre dos verbos nucleares: se encaminó y obligó al labrador. Transcribo de nuevo el párrafo:

Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que

don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo;

de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía

En cuanto a otras acciones expresadas en gerundio e infinitivo, que son formas carentes de tiempo, pero reales acciones, que en su sentido argumental dicen: *el labrador vio a don Quijote en el suelo, miró si tenía alguna herida, le pareció mejor llevarlo en su jumento. Podrían haberse escrito así, con corrección gramatical.

Esta conmutación nos dice que forman parte de la trama argumental. Porque las formas no personales están ligadas a un verbo del núcleo, del que no se pueden independizar, y por ello están ubicadas en la serie del núcleo, en el tramo de su tiempo.

La conclusión, para sugerir ejercicios de enseñanza, es esta: una trama argumental puede escribirse de diferentes maneras. Conocer estas posibilidades es conocer el idioma y tener capacidad de escribir. Se puede practicar así: propongo estos ejercicios:

Primero, reducir el texto a su núcleo, entresacándolo.

Segundo, comprobar si, incluso, parte de sus acciones pueden ponerse en segundo plano o en formas no personales.

Tercero, entresacar o marcar el plano de imperfectos.

Cuarto, con el núcleo a la vista, volver a escribir, con la memoria que se tenga de él, el párrafo entero. Comprobar la retención.

Quinto, escribir la secuencia argumental, con toda exactitud, pero sin atarse a las formas, ni semántica ni sintácticamente. (Por ejemplo se puede cambiar ver por mirar, o decir así: iba pensativo el labrador y también iba así don Quijote).

Sexto, escribir con este esquema estructural cualquier otro suceso.

La hora de las tinieblas

Sánchez Adalid: 30 Doblones de oro, libro VII, capítulo 2, páginas 236-240.

Una mañana de aquellas zarparon los cuatro galeones. Los despidieron con salvas de cañón desde las torres. Subimos a las alturas para verlos. Mientras se alejaban por el estuario, los marineros decían con rabia:

—¡Ya se van esos! Anden con Dios…

—Para lo que nos han beneficiado, mejor no haber venido.

—Ahora nos dejan otra vez aquí, a merced de los moros.

—Deberíamos haberles arrebatado los navíos para huir de aquí…

Y yo también participaba de aquel arrebato de odio, al sentir que con la escuadra se iban nuestros sueños y nos quedábamos en el mayor de los desamparos.

Apenas cuatro días después, un sábado 26 de abril de aquel año de 1681, una quietud especial y un silencio dormido envolvían San Miguel de Ultramar; respirándose una brisa mansa, que venía del mar y arrastraba el aroma de las amarillas anémonas de las laderas. Cuando el sol se ocultaba ya en el poniente despejado, después de que sonaran las campanadas que marcaban las siete de la tarde, una tras otra, espaciadas, monocordes, repentinamente se inició un repiqueteo violento, desigual y estridente en las dos iglesias de la fortaleza.

—¡Alerta! —gritaron arriba los centinelas—. ¡Moros! ¡Alerta! ¡Moros, moros, moros…! ¡Alerta!

Todas las miradas se dirigieron a las alturas.

Las siluetas de los campanarios y, algo más lejos, las robustas formas de las torres se recortaban sobre el ciclo violáceo del ocaso. Las voces preguntaban:

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué tocan?

—¿Qué diablos está pasando?

La gente se quedó momentáneamente paralizada; pero, un instante después, empezó el abrirse y cerrarse de las puertas y ventanas, las carreras, los gritos, el alboroto del pánico… Y las campanas no cesaban: tan, tan, tan…, llamando a rebato de manera ensordecedora, mientras en las almenas las voces cada vez más desgarradas de los centinelas anunciaban:

—¡Moros, moros, moros…! ¡Alerta, alerta, alerta…!

Un tropel de hombres, como una estampida, cruzó el barrio en dirección a las rampas, y luego se vio al gentío seguirles subiendo por las escaleras, atropelladamente. Yo también eché a correr y no tardé en encaramarme en lo más alto de los muros, después de ascender a saltos por una empinada escarpa.

—¡Allí, allí…! —señalaban los dedos.

Miré hacia el sur, donde estaban fijos todos los ojos: el negrear de una hilera de hombres y animales, caballos, mulas y camellos venía desplazándose lentamente, levantando polvo. En torno a mí, por todas partes, exclamaban:

—¡Moros! ¡Son los moros! ¡Un ejército de moros! ¡Dios nos asista!…

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, ante la presencia de aquella intempestiva amenaza que se aproximaba a la par que las sombras de la noche.

En la fortaleza no pararon de sonar los pífanos, las trompetas, las órdenes, los lamentos… La población iba de un lado para otro, inquieta, augurando los males posibles: asedio, asalto, derrota, cautiverio, degüello… Y los más viejos, que habían sobrevivido a otros ataques precedentes de los moros, decían más tranquilos:

—Ya están aquí, como cada año… Esto tenía que llegar; tarde o temprano tenía que llegar…

—Con la primavera, ya se sabe: ¡moros!

—Todos los años lo mismo…

Entrada la noche se cernió sobre La Mamora una calma espesa y a la vez interrogativa. Allá abajo, al pie de la loma, los enemigos iniciaron un estruendo de tambores, como un tronar que retumbaba en los montes cercanos, y encendieron hogueras en una gran extensión. La visión era como para ponerse a temblar…

También en nuestra parte de la fortaleza, en el centro de la plaza principal, se amontonó madera suficiente para encender un gran fuego, en torno al cual se celebró una especie de consejo. Toribio de Ceuta, el alcaide, se puso en medio de la gente rodeado por sus hombres de confianza. Las preguntas cargadas de ansiedad le llovían alrededor:

–¿Y ahora qué haremos?

—¿Cómo vamos a defendernos?

—Dinos lo que tenemos que hacer…

El Ceutí parecía muy poca cosa para dar respuestas a interpelaciones tan angustiadas: pequeño, contrahecho, nada en él se asemejaba lo más mínimo a la figura de un gran líder. Sin embargo, aquel medio hombre ocultaba dentro de sí todas las cualidades para el gobierno; si no fuera así, no estaría amparado por sus rudos subalternos, que cumplían a pies juntillas todo lo que mandaba, cualquier cosa que fuese.

—¡Silencio! —ordenaron estos—. ¡A callar todo el mundo! ¡El alcaide va a hablar!

Reinó un mutismo absoluto, obediente y expectante. Toribio se adelantó, sosteniendo una antorcha que iluminaba su rostro, y habló con voz segura, cargada de dominio.

—Lo que tanto temíamos ya está aquí, lo de cada año —empezó diciendo—; lo que tenía que pasar, lo que veníamos advirtiendo, lo que era lógico y natural… ¡Los moros vienen a por La Mamora! ¡Vienen a por nosotros! Vienen a intentar echarnos mano…

Un intenso murmullo se elevó de aquella humanidad indigente y sobrecogida.

—¡Silencio! —gritaron los brutos adjuntos—. ¡Todo el mundo a callar!

El alcaide prosiguió con aparente serenidad:

—Los moros vienen por La Mamora y esta vez parecen estar resueltos a hacerse con la presa… Nuestras vidas, en efecto, peligran; todos estamos ciertos de esta triste realidad; no somos niños, sabemos muy bien lo que nos espera… Pero…, amigos, ¡compadres!, no vamos a consentir que nos rebanen el cuello a la primera. ¡No, eso no! Buscaremos una salida, haremos uso de nuestra inteligencia y trataremos por todos los medios de salvar los pellejos… ¿Confiáis en mí, compadres?

—Sí, sí, sí… ¡Dinos lo que hay que hacer! ¡Muéstranos tu plan! ¡Te seguiremos en todo!

El pequeño Toribio se creció ante esta adhesión incondicional, hizo girar la antorcha en la negrura de la noche y dijo:

—Ahora, compadres, ¡todos a descansar! Procurad dormir, que nos esperan días de fatigas… Y dejadlo todo en mis manos. Ahora es ya de noche y nada debemos temer por el momento. Pero mañana, cuando amanezca, mis hombres y yo pondremos manos a la obra para tratar de salvar a cualquier precio .la vida de todos vosotros. ¿Confiáis en mí, compadres?

—Sí, sí, sí… ¡Claro que confiamos, alcaide! ¡Haz lo que tengas que hacer!

A pesar del consejo de Toribio, no creo que nadie pudiera pegar ojo esa noche, ni siquiera él mismo. Yo por lo menos no dormí ni un solo momento, cavilando sobre el peligro que se cernía sobre nosotros. Y acordándome de Fernanda, se me presentaban todos los males. ¿Estaría ella bien? ¿Cómo vivirían la amenaza en la ciudadela? Y daba vueltas y vueltas en el duro suelo, pensando en las palabras del enigmático Toribio: ¿qué se proponía? ¿Cuál era su plan? ¿Qué quería decir con aquello de tratar de salvar a cualquier precio nuestras vidas?…

Comentario

Este capítulo está escrito en tercera persona, pero la novela es autobiográfica. Un personaje, Cayetano, interviene alguna vez como narrador de los hechos. La acción se desarrolla en interior le una fortaleza española en África y rodeada de moros, que van a asaltarla. Refiere las acciones del colectivo de la fortaleza y en tercera persona. Cayetano, no se dice su nombre en este capítulo, habla como personaje, pero él no narra el capítulo, nadie lo cuenta, está representado. Solamente un párrafo podría atribuirse a otro narrador, que evidentemente no es Cayetano. Alguien, que sabe, dice cosas del Ceutí.

El Ceutí parecía muy poca cosa para dar respuestas a interpelaciones tan angustiadas: pequeño, contrahecho, nada en él se asemejaba lo más mínimo a la figura de un gran líder. Sin embargo, aquel medio hombre ocultaba dentro de sí todas las cualidades para el gobierno; si no fuera así, no estaría amparado por sus rudos subalternos, que cumplían a pies juntillas todo lo que mandaba, cualquier cosa que fuese.

De modo que este capítulo de una novela autobiográfica tiene dos narradores, el personaje narrador y otro narrador que no es personaje. Y esto es así, porque el personaje-narrador deja de hablar y tenemos la representación objetiva, que no dice él. Pero en ella habla otro, y aunque sea poco, se deduce que puede haber dos narradores.

Para sintonizar con la escena métete dentro de la fortaleza asediada, con temor por la vida o con pánico de caer en la esclavitud en tierra de moros.

EJERCICIO

El ejercicio consiste en que el alumno o aprendiz de escritor, deslinde los estratos y observe cómo está escrito.

Primero, se le pide que retire el lenguaje directo, los diálogos, y también sus verbos de lengua introductores, estos según le parezca oportuno. ─ ¡Qué sencillo! Retira las frases con guiones y te queda la narración sin diálogos.

Segundo, se le pide que quite lo que dice Cayetano. Es un personaje, o habla como narrador, no lleva guiones.

Sencillo, retira las frases con el yo que habla. Dejaremos un texto en el que nadie hable. La solución es ésta  

Una mañana de aquellas zarparon los cuatro galeones. Los despidieron con salvas de cañón desde las torres. Subimos a las alturas para verlos. Mientras se alejaban por el estuario, los marineros decían con rabia:

Y yo también participaba de aquel arrebato de odio, al sentir que con la escuadra se iban nuestros sueños y nos quedábamos en el mayor de los desamparos.

Apenas cuatro días después, un sábado 26 de abril de aquel año de 1681, una quietud especial y un silencio dormido envolvían San Miguel de Ultramar; respirándose una brisa mansa, que venía del mar y arrastraba el aroma de las amarillas anémonas de las laderas. Cuando el sol se ocultaba ya en el poniente despejado, después de que sonaran las campanadas que marcaban las siete de la tarde, una tras otra, espaciadas, monocordes, repentinamente se inició un repiqueteo violento, desigual y estridente en las dos iglesias de la fortaleza.

Todas las miradas se dirigieron a las alturas.

Las siluetas de los campanarios y, algo más lejos, las robustas formas de las torres se recortaban sobre el ciclo violáceo del ocaso.

La gente se quedó momentáneamente paralizada; pero, un instante después, empezó el abrirse y cerrarse de las puertas y ventanas, las carreras, los gritos, el alboroto del pánico… Y las campanas no cesaban: tan, tan, tan…, llamando a rebato de manera ensordecedora, mientras en las almenas las voces cada vez más desgarradas de los centinelas anunciaban:

Un tropel de hombres, como una estampida, cruzó el barrio en dirección a las rampas, y luego se vio al gentío seguirles subiendo por las escaleras, atropelladamente. Yo también eché a correr y no tardé en encaramarme en lo más alto de los muros, después de ascender a saltos por una empinada escarpa.

Miré hacia el sur, donde estaban fijos todos los ojos: el negrear de una hilera de hombres y animales, caballos, mulas y camellos venía desplazándose lentamente, levantando polvo. En torno a mí, por todas partes, exclamaban:

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, ante la presencia de aquella intempestiva amenaza que se aproximaba a la par que las sombras de la noche.

En la fortaleza no pararon de sonar los pífanos, las trompetas, las órdenes, los lamentos… La población iba de un lado para otro, inquieta, augurando los males posibles: asedio, asalto, derrota, cautiverio, degüello… Y los más viejos, que habían sobrevivido a otros ataques precedentes de los moros, decían más tranquilos:

Entrada la noche se cernió sobre La Mamora una calma espesa y a la vez interrogativa. Allá abajo, al pie de la loma, los enemigos iniciaron un estruendo de tambores, como un tronar que retumbaba en los montes cercanos, y encendieron hogueras en una gran extensión. La visión era como para ponerse a temblar…

También en nuestra parte de la fortaleza, en el centro de la plaza principal, se amontonó madera suficiente para encender un gran fuego, en torno al cual se celebró una especie de consejo. Toribio de Ceuta, el alcaide, se puso en medio de la gente rodeado por sus hombres de confianza. Las preguntas cargadas de ansiedad le llovían alrededor:

El Ceutí parecía muy poca cosa para dar respuestas a interpelaciones tan angustiadas: pequeño, contrahecho, nada en él se asemejaba lo más mínimo a la figura de un gran líder. Sin embargo, aquel medio hombre ocultaba dentro de sí todas las cualidades para el gobierno; si no fuera así, no estaría amparado por sus rudos subalternos, que cumplían a pies juntillas todo lo que mandaba, cualquier cosa que fuese.

Reinó un mutismo absoluto, obediente y expectante. Toribio se adelantó, sosteniendo una antorcha que iluminaba su rostro, y habló con voz segura, cargada de dominio.

Un intenso murmullo se elevó de aquella humanidad indigente y sobrecogida.

El alcaide prosiguió con aparente serenidad:

El pequeño Toribio se creció ante esta adhesión incondicional, hizo girar la antorcha en la negrura de la noche y dijo:

A pesar del consejo de Toribio, no creo que nadie pudiera pegar ojo esa noche, ni siquiera él mismo. Yo por lo menos no dormí ni un solo momento, cavilando sobre el peligro que se cernía sobre nosotros. Y acordándome de Fernanda, se me presentaban todos los males. ¿Estaría ella bien? ¿Cómo vivirían la amenaza en la ciudadela? Y daba vueltas y vueltas en el duro suelo, pensando en las palabras del enigmático Toribio: ¿qué se proponía? ¿Cuál era su plan? ¿Qué quería decir con aquello de tratar de salvar a cualquier precio nuestras vidas?…

¡Tercero, Ah! parece que todavía queda alguien que habla.

No tan sencillo. Busca la frase. La solución está marcada aquí:

Una mañana de aquellas zarparon los cuatro galeones. Los despidieron con salvas de cañón desde las torres. Subimos a las alturas para verlos. Mientras se alejaban por el estuario, los marineros decían con rabia:

Apenas cuatro días después, un sábado 26 de abril de aquel año de 1681, una quietud especial y un silencio dormido envolvían San Miguel de Ultramar; respirándose una brisa mansa, que venía del mar y arrastraba el aroma de las amarillas anémonas de las laderas. Cuando el sol se ocultaba ya en el poniente despejado, después de que sonaran las campanadas que marcaban las siete de la tarde, una tras otra, espaciadas, monocordes, repentinamente se inició un repiqueteo violento, desigual y estridente en las dos iglesias de la fortaleza.

Todas las miradas se dirigieron a las alturas.

Las siluetas de los campanarios y, algo más lejos, las robustas formas de las torres se recortaban sobre el ciclo violáceo del ocaso.

La gente se quedó momentáneamente paralizada; pero, un instante después, empezó el abrirse y cerrarse de las puertas y ventanas, las carreras, los gritos, el alboroto del pánico… Y las campanas no cesaban: tan, tan, tan…, llamando a rebato de manera ensordecedora, mientras en las almenas las voces cada vez más desgarradas de los centinelas anunciaban:

Un tropel de hombres, como una estampida, cruzó el barrio en dirección a las rampas, y luego se vio al gentío seguirles subiendo por las escaleras, atropelladamente.

En la fortaleza no pararon de sonar los pífanos, las trompetas, las órdenes, los lamentos… La población iba de un lado para otro, inquieta, augurando los males posibles: asedio, asalto, derrota, cautiverio, degüello… Y los más viejos, que habían sobrevivido a otros ataques precedentes de los moros, decían más tranquilos:

Entrada la noche se cernió sobre La Mamora una calma espesa y a la vez interrogativa. Allá abajo, al pie de la loma, los enemigos iniciaron un estruendo de tambores, como un tronar que retumbaba en los montes cercanos, y encendieron hogueras en una gran extensión. La visión era como para ponerse a temblar…

También en la fortaleza, en el centro de la plaza principal, se amontonó madera suficiente para encender un gran fuego, en torno al cual se celebró una especie de consejo. Toribio de Ceuta, el alcaide, se puso en medio de la gente rodeado por sus hombres de confianza. Las preguntas cargadas de ansiedad le llovían alrededor:

El Ceutí parecía muy poca cosa para dar respuestas a interpelaciones tan angustiadas: pequeño, contrahecho, nada en él se asemejaba lo más mínimo a la figura de un gran líder. Sin embargo, aquel medio hombre ocultaba dentro de sí todas las cualidades para el gobierno; si no fuera así, no estaría amparado por sus rudos subalternos, que cumplían a pies juntillas todo lo que mandaba, cualquier cosa que fuese.

Reinó un mutismo absoluto, obediente y expectante. Toribio se adelantó, sosteniendo una antorcha que iluminaba su rostro, y habló con voz segura, cargada de dominio.

Un intenso murmullo se elevó de aquella humanidad indigente y sobrecogida.

El alcaide prosiguió con aparente serenidad:

El pequeño Toribio se creció ante esta adhesión incondicional, hizo girar la antorcha en la negrura de la noche y dijo:

Este capítulo de una novela autobiográfica tiene dos narradores, el personaje narrador y otro narrador que no es personaje.

Cuarto, ya nadie habla, todos los hablantes han sido degollados.

En el resto que nos queda, separa las frases en perfectos simples, este es el núcleo, de las frases con verbos en imperfectos. La solución la dejo marcada.

Pon el texto en dos columnas, léelas separadamente. ¿No me digas que no eres capaz de comentar la diferencia entre el argumento de las acciones y la descripción de la escena?

Intenta situarte en la fortaleza, La Mámora, cuyas ruinas se encuentran cerca de la ciudad marroquí de Mehdía.  ¡Tiembla!

Todas las miradas se dirigieron a las alturas.

Las siluetas de los campanarios y, algo más lejos, las robustas formas de las torres se recortaban sobre el ciclo violáceo del ocaso.

La gente se quedó momentáneamente paralizada; pero, un instante después, empezó el abrirse y cerrarse de las puertas y ventanas, las carreras, los gritos, el alboroto del pánico… Y las campanas no cesaban: tan, tan, tan…, llamando a rebato de manera ensordecedora, mientras en las almenas las voces cada vez más desgarradas de los centinelas anunciaban:

Un tropel de hombres, como una estampida, cruzó el barrio en dirección a las rampas, y luego se vio al gentío seguirles subiendo por las escaleras, atropelladamente.

En la fortaleza no pararon de sonar los pífanos, las trompetas, las órdenes, los lamentos… La población iba de un lado para otro, inquieta, augurando los males posibles: asedio, asalto, derrota, cautiverio, degüello… Y los más viejos, que habían sobrevivido a otros ataques precedentes de los moros, decían más tranquilos:

Entrada la noche se cernió sobre La Mamora una calma espesa y a la vez interrogativa. Allá abajo, al pie de la loma, los enemigos iniciaron un estruendo de tambores, como un tronar que retumbaba en los montes cercanos, y encendieron hogueras en una gran extensión. La visión era como para ponerse a temblar…

También en la fortaleza, en el centro de la plaza principal, se amontonó madera suficiente para encender un gran fuego, en torno al cual se celebró una especie de consejo. Toribio de Ceuta, el alcaide, se puso en medio de la gente rodeado por sus hombres de confianza. Las preguntas cargadas de ansiedad le llovían alrededor:

El Ceutí parecía muy poca cosa para dar respuestas a interpelaciones tan angustiadas: pequeño, contrahecho, nada en él se asemejaba lo más mínimo a la figura de un gran líder.

 Reinó un mutismo absoluto, obediente y expectante. Toribio se adelantó, sosteniendo una antorcha que iluminaba su rostro, y habló con voz segura, cargada de dominio.

Un intenso murmullo se elevó de aquella humanidad indigente y sobrecogida.

El alcaide prosiguió con aparente serenidad:

El pequeño Toribio se creció ante esta adhesión incondicional, hizo girar la antorcha en la negrura de la noche y dijo:

FIN

José Antonio Valenzuela Cervera

Adalid: 1 San Miguel de ultramar, páginas 171-175

1. SAN MIGUEL DE ULTRAMAR

La Mamora, aquella fortaleza lejana, alzada desde antiguo en la costa de Berbería, había sido conocida como «fuerte de San Felipe de La Mamora», allá en los tiempos en que perteneció al rey de Portugal. Luego pasó a manos de moros y fue reducto de piratas ingleses más tarde. Hasta que en el año del Señor de 1614, un 10 de agosto, fue ganada por España tras la conquista de Larache. A partir de entonces, la plaza fue rebautizada como San Miguel de Ultramar, como hasta el presente se nombra.

La ciudad fortificada se alza sobre un otero, a poco más de una milla de distancia desde la desembocadura del río Sebú, por lo que se contemplan desde las almenas el estuario, las riberas y el mar. Al pie de la loma está el fondeadero, de poco calado, dependiendo siempre de las mareas y del caudal del río. Difícilmente se podrá hallar en aquellas costas un lugar tan inhóspito y desangelado. Apenas hay próximas un par de aldeas de moros, polvorientas, ruinosas, donde malviven gentes míseras con sus cabras. No hay mercados cerca, ni caminos transitados; algunas pobres barcas de pescadores faenan en la anchura del río; no se ven velas en el estuario… ¿Quién se va a aventurar transportando una carga por aquellos derroteros? Nadie en su sano juicio, a no ser que ignore que a tan solo seis leguas al sur está Salé, el nido de los piratas berberiscos, y a veinte leguas tierra adentro, la ciudad de Mequinez, donde reina el belicoso sultán Mulay Ismail, del que se cuentan hechos terribles, por su ambición sin mesura, su crueldad y el odio que profesa a la religión cristiana y al reino de España.

En La Mamora, cuando nosotros fuimos a dar allí con nuestros malhadados huesos, moraban tres centenares de almas. Toda la ciudad se hallaba dentro de las murallas, las cuales eran muy fuertes, elevadas y de pura piedra. Desde lo alto, se divisa un amplio territorio, y los cañones del baluarte apuntaban entonces hacia el atracadero permanentemente. Siempre había centinelas en las torres y un constante ambiente de alerta impregnaba el discurrir de la vida, con obras de refuerzo en los muros, frecuentes cambios de guardia, ajetreo de aparatos de guerra, maniobras, revistas, recomendaciones y simulacros. En fin, el orden y la disciplina marcial marcaban el paso de las horas y los días. Enseguida se apreciaba que aquella gente vivía acuciada por el temor de un ataque. Lo cual era de comprender, teniendo en cuenta que la fortaleza había tenido que resistir una decena de asedios en las últimas cinco décadas. Tal estado de cosas propiciaba en los habitantes un evidente espíritu desasosegado, como si su existencia pendiera de un hilo; y a la vez una singular fe en la Providencia Divina, que se manifestaba en la asiduidad de oficios religiosos, misas, rezos de rosarios, oraciones colectivas, procesiones, confesiones y penitencias a las que nadie faltaba. Unido todo esto al encierro lógico que requería la seguridad del presidio, hacía que se respirase en San Mi­guel cierto aire como de clausura monacal, cuando no de cárcel.

Murallas adentro, la población era compacta, con callejuelas estrechas, adarves y pasadizos. Solo había holgura en la gran plaza dearmas, a la que daban la residencia del gobernador, las casas de los oficiales, el convento de los frailes y la iglesia. Era aquel el único sitio por donde se podía transitar con cierto desahogo, y donde se encontraba el único establecimiento comercial, que a la vez servía de cantina y donde podía comprarse muy poca cosa, si acaso unas castañas secas, algo de vino añejo, harina, miel, aceitunas…, todo ello a un precio abusivo. Por lo demás, casi nada podía hacerse en aquel abigarrado conjunto de fortificaciones, muros, barbacanas, escarpas y cuarteles, excepto cultivar la paciencia esperando a que un día u otro apareciese en el horizonte un navío que nos sacase de allí.

El gobernador de la plaza era el maestre de campo don Juan de Peñalosa y Estrada, caballero de la Orden de Alcántara; hombre de complexión menuda, de mediana edad, cabeza pequeña, arrogantes bigotes atusados, finas piernas, pasos rápidos y cortos; imperioso, nervioso, malhumorado, gritón… Ya el primer día nos fatigó con un largo discurso salpicado de admoniciones y severas advertencias, en el que dejó bien claro que él y solo él eran la suprema autoridad, que todo pasaba por él, que nada se escapaba a su perspicacia, que no toleraría reyertas, insubordinaciones, robos, alborotos…, y que cualquier grave indisciplina sería castigada sin miramientos con la máxima pena: la de la vida.

Por debajo del gobernador, subordinado a él, sumiso y resignado a soportar su endiablado carácter, ejercía el oficio de veedor don Bartolomé de Larrea, un navarro bonachón y paciente, recio y a la vez barrigudo. Le seguían por orden en el mando del fuerte el capitán Juan Rodríguez; el alférez Juan Antonio del Castillo, joven y de aspecto atolondrado, y el sargento Cristóbal de Cea, un viejo y astuto militar, hecho a salirse con la suya y experto pelotillero. Ejercían también como contables dos hermanos gemelos, sobrinos del veedor navarro, por pura recomendación de su tío.

En lo que atañe al clero, los asuntos de la Iglesia eran atendidos por los dos frailes que viajaron con nosotros desde Cádiz: los padres fray Andrés de la Rubia y fray Jerónimo de Baeza, capellán primero y capellán segundo, respectivamente. Eran ambos nuevos, como ya se dijo, igualmente silenciosos, discretos, recién salidos del noviciado y, consecuentemente, inexpertos y asustadizos.

Por lo demás, la soldadesca que estaba destinada a defender aquella plaza lejana era de desigual aptitud, algunos demasiado mozos, entregados a su oficio; pero los más de ellos perros viejos con el colmillo retorcido, tropa desechada de los Tercios, milicia de última fila, rufianesca, de vuelta de todo y siempre atenta a procurarse su propio beneficio. Se comprenderá así que no recibieran de buen grado a la recién llegada marinería del malogrado pingue Santo Sacramento; ya que desconfiaban de unos hombres hechos a la particular vida de la mar, ruda, inestable y con frecuencia feroz. Se formó pues en el fuerte una masa abigarrada y peligrosa, con unos y otros mirándose al sesgo, recelosos, marcándose las distancias y casi enseñándose los dientes.

En cuanto al personal civil, era menguado e igualmente variopinto, confuso. Vivían allá algunos negociantes, pocos, apenas una docena, ocupándose de abastecer las necesidades de la población; un par de artesanos, cuatro comerciantes, un médico y dos enfermeros, un sastre, el cantinero y un barbero sacamuelas. Todos ellos tenían sus mujeres e hijos, sus viviendas, almacenes y talleres, detrás de la ciudadela, en un pequeño laberinto de callejuelas, donde también vivían en sus casuchas los pecheros, los esclavos y algunos menesterosos.

A toda esta gente fuimos a sumarnos los veinte pasajeros y los treinta marineros del Santo Sacramento; acogidos a la benevolencia de la población, y a sabiendas de que resultábamos incómodos, puesto que aquel lugar apartado y casi olvidado del mundo carecía de recursos propios y los víveres que llegaron a la bodega de nuestro pequeño barco no iban a dar de sí para mucho tiempo. Con todo, no faltaba la esperanza; porque se tenía la certeza de que en poco más de un par de semanas debía arribar una escuadra de la armada de las islas custodiando al relevo del destacamento y portando un buen cargamento de alimentos, armas y municiones.

Comentario:

El primer párrafo consiste en la historia de la fortaleza y e contiene las acciones principales de su historia en indefinidos.

Este capítulo es una muestra de la representación en tercera persona, casi todo él descriptivo.

¿Quién se va a aventurar transportando una carga por aquellos derroteros?

El segundo párrafo consiste en una descripción en presente, todo simultáneo y objetivo. Aparece la pregunta

Si esta pregunta es enteramente retórica, podemos entenderla como un recurso descriptivo en que nadie habla. Pero las preguntas no retóricas las hace alguien y, claro está, en este caso, él mismo la contesta. Si vemos en la frase el hablar de alguien la pregunta la hace un narrador y la frase pertenece a este estrato.

¿Quién es este narrador? Puede pensarse que la hace Cayetano, pero no hay ninguna indicación en este aspecto. Por lo tanto, me parece que debe interpretarse como la voz del narrador que aparece en todos los textos narrativos en los que no narra un personaje. Y en este caso desechamos que la representación contenida en este párrafo la diga Cayetano.

Aparecen en ellos unos incisos de intervención personal: cuando nosotros fuimos a dar allí con nuestros malhadados huesos. Intervención de Cayetano, en un inciso que indica tiempo, sin más valor, pero con ella se extiende la impresión de que todo lo está contando él, cuando la descripción es enteramente objetiva. Y otra al final con escaso valor: A toda esta gente fuimos a sumarnos los veinte pasajeros.

Los siguientes párrafos van en imperfecto, porque no contienen ninguna historia, son estáticos y descriptivos, con acciones habituales.

Y la intervención de Peñalosa, un pasaje narrativo, puesto que se trata de una intervención singular, pero el discurso por estar en estilo indirecto es del narrador, no de Cayetano, aunque pueda dar esta impresión por ser uno de sus oyentes.

Ya el primer día nos fatigó con un largo discurso salpicado de admoniciones y severas advertencias, en el que dejó bien claro que él y solo él eran la suprema autoridad, que todo pasaba por él, que nada se escapaba a su perspicacia, que no toleraría reyertas, insubordinaciones, robos, alborotos…, y que cualquier grave indisciplina sería castigada sin miramientos con la máxima pena: la de la vida.

Jesús Sánchez Adalid, ejemplo 1

La representación de este pasaje tiene dos partes.
La primera son hechos, el administrador trae noticia de ellos: llegada de un mercader holandés, que da esperanza solucionar la ruina económica de esa casa.  La  de Don Manuel y Doña Matilda.
La segunda describe al personaje holandés.

Los hechos se muestran en pretérito perfecto simple o indefinido. Hay que contar cada uno de los verbos, que son ocho. A partir de ellos se puede hacer un buen resumen y observar la conducta de cada personaje.

[Si este texto se empleara en ejercicios para enseñar narrativa, se pediría identificar las dos partes del fragmento]

Comentario: la noticia del administrador “resonó”.
Esta frase representa un hecho. Pero la frase
“como si fuera el anuncio del fin de todos los problemas”,
es una comparación y las comparaciones las hace alguien.

Por tanto, esta frase se encuentra entre dos estratos diferentes: un estrato objetivo, uno de los de la representación y el subjetivo del hablar del narrador.
Algunos estratos se amalgaman y mezclan en el texto de la narración completo, 
El estudio de estas imbricaciones es materia específica del texto de la narración y su gramática. 

Puede interpretarse este caso de diferente manera. La representación emplea fraseología subjetiva, sin que ello implique que el narrador toma la palabra. O bien, se trata de una intervención de la voz del narrador, que rompe con la representación objetiva. En este ejemplo, no me parece que sea este el caso.

Pero hay que explicar el uso de un tiempo subjuntivo, “como si fuera“.  Es un tiempo del hablar,  con él se traslada la acción representada  (la noticia comunicada) y se cambia a otra no representada (un anuncio solemne), que no es propiamente  representado, sino evocado.

Diciembre, 2018

José Antonio Valenzuela

Ejemplo: un relato ficticio enteramente nuclear

Este texto trata de un relato ficticio. El saber si es ficción o realidad depende de información exterior al texto mismo.  O puede deducirse de lo representado en el texto, que no es el caso, porque lo representado, en este ejemplo, podría ser perfectamente real, aunque es ficción.

Aun así, como el texto dice que Jesús hablaba en parábolas, ya indica que el relato no es real. Se presenta como ficción y objeto construido, sin pretender que pase por un suceso verdadero, como suelen presentarse las ficciones. Se dice claramente comenzó a hablarles con parábolas, en una frase anterior al relato mismo.

Se trata de un relato ficticio que se incluye en otro no ficticio. No sabemos, por el texto, quien escribió este último, e decir, segundo evangelio. Se atribuye la compilación de representaciones de sucesos y de conversaciones a Marcos, discípulo cristiano. Este autor dio la unidad al escrito y proclama al comienzo que es el evangelio de Jesucristo.

Sabemos además, por otras fuentes, que la representación general que contiene el escrito y cada una de sus unidades menores son historia real, pero lo sabemos, como digo, por comprobación externa al texto, ya que el texto no puede verificarse a sí mismo.

La historia contenida en la parábola es esta: unos viñadores dan muerte a diversos empleados del dueño de una viña en la que trabajan, y al mismo  hijo del propietario, para quedarse con ella. El argumento es la representación de una historia enteramente ficticia, que confecciona Jesucristo, un personaje de la representación primera, la histórica, en la que se encuentra la parábola.  Tenemos, pues, un relato ficticio dentro de un relato real.

La historia es tan sencilla y concentrada que se reduce al núcleo. La entiende un niño. El recurso narrativo que emplea, por lo que se refiere a lengua como narración, es el mínimo. La fuerza, desde esta perspectiva literal del texto, solo se encuentra en el hecho de ser un núcleo prolongado y que termina con la muerte dramática. No es un relato literario ni pertenece a ningún género, por muchos pies que se le quieran buscar al gato.

Sin embargo, esta extrema simplicidad se corresponde con la plenitud de sentido, pues contiene el completo evangelio, la entera identidad de Jesús, es decir, manifiesta su persona. Esto puede indicar que la forma de la narración, reducida a los límites estrechos del núcleo, es escogida intencionadamente. Se da un enorme contraste entre la forma esquemática y la significación del todo y plena, entre la representación y lo representado.

Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. A su debido momento envió un siervo a los labradores, para recibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos, lo agarraron, lo golpearon y lo despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, pensando:

─A mi hijo lo respetarán.

Pero aquellos labradores se dijeron:

─Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad.

Y lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

 

A este núcleo desnudo de veinte pretéritos perfectos simples de indicativo, que reproduzco le acompaña una aclaración y el sumario último de acciones repetidas:

un hombre plantó una viña
la rodeó de una cerca
excavó un lagar
edificó una torre
la arrendó a unos labradores
se marchó lejos de allí
envió un siervo a los labradores, para recibir de éstos los frutos de la viña. lo agarraron
lo golpearon
lo despacharon con las manos vacías
les envió otro siervo
le hirieron en la cabeza
lo ultrajaron.
envió otro
lo mataron;

Sumario: y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban.

Aclaración (voz insertada en la representación): todavía le quedaba uno, su hijo amado.)

  lo envió por último a ellos

Lenguaje directo del pensamiento

pensando:

─A mi hijo lo respetarán.)

Lenguaje directo del pensamiento

Pero aquellos labradores se dijeron:

─Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad.)

 lo agarraron
lo mataron
lo arrojaron fuera de la viña.

 Continúa el texto con una pregunta y su contestación, que naturalmente está ya fuera del relato representado:

 ─ ¿Qué hará, pues, el amo de la viña?

─Vendrá, exterminará a los labradores y entregará la viña a otros.

El que habla no es un narrador de la historia, sino Jesús, que la ha confeccionado en sustitución de su hablar. Si recurre a la confección de una historia para decir lo que no quiere decir hablando, se entiende que la historia hay que interpretarla.

Y la interpretación la comienza Jesús mismo con una pregunta: ¿Qué hará el amo de la viña? El futuro no es ya representación, sino hablar de algo posterior a la historia.  ¿Qué sucederá después? En este punto Jesús deja la confección de la historia y retorna a su hablar.

Por lo tanto, no es un narrador el que pregunta dentro de la historia, sino que, ya desde fuera de la historia o representación de ella, Jesús pregunta o se pregunta sobre las consecuencias.

El objeto, la representación, la parábola, tiene por fin ocultar y hablar al mismo tiempo de algo y, por ello, es necesario descubrir de qué realidad se “habla” con una ficción, con la representación de un objeto ficticio.

La ficción opera como una alegoría de la realidad,

Por otra parte, el sentido alegórico de la representación del crimen ficticio de la viña lo captan los escribas. Esta vez lo explica el narrador, no Jesús que no es narrador, sino el narrador del evangelio, que es la voz, de quien sea, la que explica: “comprendieron que había dicho aquella parábola por ellos.”

Habla alguien puesto que se trata de lenguaje indirecto, que reporta el pensamiento de los escribas.

Lo que Jesús dice de Él en la parábola se descubre con la lectura literal del mismo texto, o de su contexto más amplio: la viña es Israel, los viñadores son los que se benefician de Israel contra su dueño, Yahvé, el hijo es naturalmente el Hijo de Dios y Mesías, el hijo enviado. La muerte del hijo está en el relato ficticio, pero no en la realidad de la que quiere ser representación la parábola. Pero como los escribas la entienden como referida a ellos, se puede pensar que en su mente ya estaba, al menos como intención, darle muerte. Por lo tanto, Jesús la estaba anunciando su muerte y denunciándola como un crimen.

En parte, la historia representada no es reflejo de algo real, puesto que lo futuro no se narra ni es real todavía.  Pero siendo no real, se puede representar como ficción, como un sucedido mencionar su tiempo. Y así es se habla de lo que sucederá, como ya sucedido.

En todo este análisis no hemos dejado el texto mismo y la explicación se hace con arreglo a la estructura del relato. Interesa resaltar que nos ceñimos a la representación del texto, a su estructura como relato, porque lo representado tiene  lo mínimo de representación – el texto narrativo mismo -,  con lo mínimo se da un significado ilimitado de interpretación, Todo se desborda, porque contiene el entero evangelio. Una forma de representación tan escueta, da pie a la infinita interpretación de lo representado.

Por tanto, interesa resaltar que la simplicidad de la representación, la forma elemental y rudimentaria, es la que sirve de vehículo, para llevar a un mundo sin límites de lo representado.

Jesús es el confeccionador de esta narración, porque no quiere decir hablando, lo dice con una representación.

La parábola está ahí y ella lo dice, sin hablar de nadie, Jesús no habla. Explica su vida, un infinito, con un relato elemental, que requiere interpretación y la empieza: ¿No habéis leído esta escritura? La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser piedra angular.

Descripción en el Quijote

Descripción en el Quijote

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

      — Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea:…

 La descripción del Toboso está precedida por dos acciones, que pertenecen al núcleo, que se compone de cuatro: dos al principio, los indefinidos: dejaron el monte y entraron el Toboso, y dos al final, lo tuvo a mal agüero y dijo a Sancho. En el centro las acciones simultáneas en imperfectos que muestran la escena de la noche, mostrada con sus sonidos. Esta descripción se cierra con el indefinido final: lo tuvo a mal agüero, que parece la conclusión lógica. Sigue el verbo introductor de lenguaje directo: dijo a Sancho.

Repartido el núcleo en sus extremos, el centro corresponde al estrato descriptivo. Escrito en imperfectos, casi todos ellos de acción, pero sin ilación temporal, sucesos que están sueltos, enumerados, reiterados, simultáneos, como corresponde al aspecto no concluido del imperfecto y a la representación de la noche.

Son imperfectos de actividad, pero no incorporables a la trama. Un resumen breve podría ser este: entraron el Toboso, en la noche se oían los gritos animales, don Quijote lo tuvo por mal agüero. La descripción es un estrato con objetividad, no lo dice nadie, pero no contiene argumento. Con imperfectos se forma el estrato descriptivo.

La esencia de lo narrativo es la representación de un suceso. Y la esencia de lo descriptivo es la representación sin suceso, es decir, solamente representación. En la representación descriptiva y en la narrativa se cumple el mismo principio: nadie lo cuenta.

No obstante, en este texto se percibe un hablar, un comentario de alguien. La frase: Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez.

Lo primero: era la noche entreclara, es representación pura. Si después dijera, cambio el verbo a imperfecto:  quería Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. Sería un querer de Sancho que, aunque acción interior, pertenece al conjunto de acciones descriptivas externas, como gruñían puercos, mayaban gatos, que se muestran sin más.   Pero lo que quería Sancho, no el simple acto interior de querer, el querer mismo, lo dice una voz. Esta frase es equivalente por su estructura a una de lenguaje indirecto. Lo que quiere lo dice el narrador, y aún más claro en el texto de Cervantes, con el condicional hipotético, puesto que quisiera Sancho.

Dentro del pasaje descriptivo asoma el estrato hablado del narrador. Entreverados entre sí en la trama del texto y perfectamente distinguibles.

El poco más o menos, es una frase hecha. Y el como suele decirse es también una frase entrometida de la voz subjetiva del narrador en la representación.

José Antonio Valenzuela

  • ¿Sería difícil pedir a los aprendices de escritor algún ejercicio en el que se empleara la misma estructura?
  • ¿Sugiero, si son varios los alumnos escritores, pedirles que se lean mutuamente y valoren ellos mismo sus escritos?   

El nido. Comentario.

Comentario

Sugerencias para emplear este texto con estudiantes de Lengua Española.

Sobre el texto: PÉREZ-AVELLO, C.:  El nido, en Antología de premios “Hucha de Oro” . Madrid, 1969.

En primer lugar separar el texto en las dos columnas.

(centrarse en el texto mostrativo, eliminar dialogos)

El cuento se inspira en una anécdota. Escribe su resumen mínimo con frases de la primera columna.

El núcleo está a la izquierda. Leer ambas columnas por separado.

Señala en la columna derecha los imperfectos que indican acción o evento y los que reiteran lo ya expresado en el primera.

Por ejemplo:

Por ejemplo: “salió hacia el trigal” (primer plano), “Antonio andaba su camino con paso largo…” (segundo plano);”empuñó la hoz y comenzó a segar” (primer plano) / “Antonio abarcaba grandes manojos y el golpe certero de la hoz abatía los tallos…” (segundo plano).

Señala los imperfectos que son meramente descriptivos, sin acción.

 Intenta la conmutación de imperfectos por perfectos simples. Poner en la primera columna la segunda.

Señala otras reiteraciones y compara los modos diferentes de decir lo mismo.

Comenta el modo de avance del relato al dar la misma imagen del suceso del cuento dos veces.

La frase nominal la trato como si tuviera el verbo omitido.

Las expresiones nominales y verbos elididos.

El estilo nominal puede adscribirse a ambos planos.

Ejemplo: “Probó una vez más entre los dedos el filo de la hoz”; y en el segundo plano se recuerda el mismo acto: “el centelleo del sol en la hoz recién afilada”.

La parte de la historia nominalmente expresada y su relación con el primero y segundo plano.

Aparte ya del problema nominal, el texto anterior representa un cierto equilibrio entre primero y segundo plano en lo que se refiere al contenido de la historia expresada a través de sus verbos. Haz el resumen de ella, la condensación de los hechos, según cada plano.

Con este análisis se comprueba que el segundo plano, aunque no sea lo habitual, puede contener la misma historia que se relata en el primero.

Aunque esta fuera de lo seleccionado, La frase “algo le golpeaba el corazón al contemplar el nido” introduce el estilo indirecto: “Pero y ¿qué? ¿Acaso tenía él la culpa del mal trance de estos pájaros? ¿No saben ellos, los padres, que en las calendas de labrador llega el tiempo de recoger la mies?”.

El narrador explica alguna vez acciones representadas en la historia.

Ejemplo: “Antonio dio un silbido largo. (primer plano) Era el saludo amistoso de otras veces, …(segundo plano);

Pasó resoplando bajo el calor el tren en media tarde (primer plano). Era una palpitación fugaz en el paisaje muerto (segundo plano)”; “quedó casi al descubierto un nido gris, apretado y perfecto (primer plano). Era como otro milagro al amparo del milagro de la mies (segundo plano).

Pregunta: ¿Qué anécdotas reales se te ocurren que puedan dar pie a escribir un relato como este?

Texto para comentar. El nido.

Texto para comentar. El nido.

PÉREZ-AVELLO, C.:  El nido, en Antología de premios “Hucha de Oro” . Madrid, 1969

Este texto sirve para ejemplificar el nucleo y el plano de imperfectos.

A continuación del texto coloco una tabla en la que se separan estos estratos.

En la tabla se omiten los diálogos, estratos no mostrativos.

Clave de este texto es que la historia contada dos veces y se basa en una anécdota brevísima.

PÉREZ-AVELLO, C.:  El nido, en Antología de premios “Hucha de Oro” . Madrid, 1969

Texto completo

Calóse el sombrero de paja. Bebió ávidamente del botijo puesto al amparo del rincón umbrío. Probó una vez más entre los dedos el filo de la hoz, y salió hacia el trigal, entornando sin ruido el portón para no golpear la siesta de los que dormían.

Siesta de agosto.

El sol vertía todo el fuego sobre la llanada: abochornaba el aire, encendía la vertiente de los tejados, agrietaba la tierra de los senderos, mientras las cigarras, con un esfuerzo monótono y tenaz, pretendían limar el silencio del campo.

Antonio andaba su camino con paso largo, casi marcial. El movimiento airoso provocaba el centelleo del sol en la hoz recién afilada, capaz de cortar la brisa si la hubiera.

Desde la sombra mullida del pajar, gritóle Manolón, en un desperezo de la siesta:

  • Antonio, ¿estás loco?
  • No.
  • Pues lo parece.
  • Eso es lo de menos.
  • ¡Vaya una hora para segar!
  • Para eso siempre será buena.
  • ¡Con este sol!
  • Con este y con veinte más que hubiera.
  • ¡Dale!
  • Al trigal es a quien le voy a dar.
  • ¡Loco! Espera que baje el calor.
  • ¿Esperar? ¡Como si pudiera!

Y cuando se alejaba le volvió a gritar Manolón:

  • ¡Antonio! ¡Locooo! …

Acortaba la distancia y crecíale allá dentro el afán incontenible de estrenar la siega. Sentir cuanto antes en la mano ancha y morena de labrador, el manojo de espigas apretado y rubio.

Por los aledaños del pueblo, cerca ya de los chopos y del río, oyó la voz de Roque en el ventano pintado de azul:

  • Pero ¿no contrataste segadores?
  • Contraté.
  • Para mañana, según dicen.
  • Para mañana.
  • ¿Entonces?
  • Quiero estrenarlo yo.
  • Tanto tira el trigal?
  • Tanto.
  • ¡Pues, anda! ¡Por gusto te derrites!
  • El sendero, antes de morir en el trigal, pasaba cerca del río. Aquel agosto quemante había disminuido mucho su caudal. Dejó descubiertas, como descarnadas, las grandes piedras de las orillas. No era el mismo río de corriente recia en el invierno y de retumbo fresco en primavera, cuando enriquecido por el agua que bajaba de los neveros serranos, rompe en espuma sobre los pedregones y se riza bajo los arcos del puente.

    Al pasar bajo los chopos, Antonio dio un silbido largo. Era el saludo amistoso, de otras veces, correspondido siempre con fina cortesía de gorjeos. La siesta de fuego tenía los pájaros como disecados entre las ramas y ninguno le contestó.

    Llegó al trigal.

    Las espigas grávidas estaban ya cansadas de sol. De aquel disco de fuego colgado en el espacio rabiosamente azul y limpio de nubes. Una y otra vez, muchas veces, pasóse el pañolón de cuadros por la frente, puestos los ojos complacidos en la mies.

    “Santo Dios, qué cosecha. Y el trigal es de uno hasta más allá del ribazo. Y por aquella parte hasta las encinas. ¡Que diga Roque lo que quiera! ¿Tanto tira el trigal? Tanto. Del trabajo y del ahorro de uno salió el poder comprar la tierra. Y ahora…. ahora la cosecha.”

    Empuñó la hoz y comenzó segar. Los ojos acariciaban las espigas estallantes, gruesas. Eran un milagro rubio de la tierra morena. Todo porque Dios quiso decir: “Que estos terrones se conviertan en pan”. El pan de Teresa y el de Toño. El pan suyo y el de esos otros, desconocidos y lejanos, hacia los que corre, cargado de sacos henchidos, el mercancías de las cuatro.

    Antonio abarcaba grandes manojos, y el golpe certero de la hoz abatía los tallos con un crujido tierno como el del pan que vendrá después.

    Pasó resoplando bajo el calor el tren de media tarde. Era una palpitación fugaz en el paisaje muerto. El traqueteo de los vagones perdióse en la llanura, tensa de la lejanía.

    Fue entonces cuando al apartar el segador uno de los manojos, quedó casi al descubierto un nido gris, apretado y perfecto. Era como otro milagro al amparo del milagro de la mies.

    Antonio soltó la hoz como sin pretenderlo. Quedóse inmóvil, absorto, con las manos en la cintura, con los ojos clavados en los pájaros.

    “Son tres”  – dijo.

    Vestían el escaso plumón de los primeros días. Con esfuerzo  violento abrían el pico insaciable, rebeteado de amarillo chillón, en una espera anhelante y segura. Y ahora, así de pronto, a golpe de hoz, quedaban sin el cobijo de las espigas, sin la defensa enrejada y firme de los tallos.

    “Madre de Dios, qué desamparo.”

    Antonio seguía inmóvil. Algo le golpeaba el corazón al contemplar el nido. Pero y ¿qué? ¿Acaso tenía él la culpa del mal trance de estos pájaros? ¿No saben ellos, los padres, que en las calendas de labrador llega el tiempo de recoger la mies?

    Dejó de segar por aquella parte y fuese con la hoz más cerca del río. Desde allí se veía muy bien todo el conjunto del pueblo. Hoy parecía más pegado a la tierra… Todo era así, como la palma de la mano: sin cumbres de serranías, sin tajos violentos, sin quebradas ni oteros. La casa de Antonio reverberaba al sol con el grito del albayalde, con el marco acariciador de las higueras de San Juan.

    Un nido.

    “Bueno, ¡y qué! Ya estoy otra vez pensando en aquellos. Esos tres de más arriba. No sé… Pero; ¡al diablo! ¡Con este calor! Con vida los dejé. Es bastante. Bueno, eso de bastante… Algo más pudo ser”.

    El reloj de la torre tocó las cinco.

    Dejó de segar. Cogió un manojo grande para llevárselo a casa. Miró con apetencia el agua del río, y encaminóse decidido hacia el pueblo.

    “Lo cierto es que mañana vendrán los otros al amanecer y acabaremos la siega. Pasará el carro de Adolfo y aplastará el nido como si fuera un sapo. Y por si fuera poco, los galgos del médico vendrán antes de salir el sol a oler la caza…”

    De pronto se detuvo. Puso la mano como visera al borde del ala del sombrerón.

    “Ya está el muy gitano llamándome.”

    Toño, moreno y vivaracho, tocaba con fuerza, desde la sombra de las higueras, la corneta de la última feria.

    Antonio dio un giro casi violento. Volvió al trigal. Cogió el nido en el cuenco de las manos. Acercóse a la encina plantada cerca del sendero y centró el nido en el ángulo de dos ramas asegurándolo aún más con el pañuelo de cuadros.

    Cuando se alejaba, rondaban los padres, con aleteo gozoso, la copa de la encina.

     

    Texto sin diálogos con estratos separados

    Calóse el sombrero de paja.  
    Bebió ávidamente del botijo puesto al amparo del rincón umbrío.  
    Probó una vez más entre los dedos el filo de la hoz, y  
    salió hacia el trigal, entornando sin ruido el portón para no golpear la siesta de los que dormían.  
      Siesta de agosto. El sol vertía todo el fuego sobre la llanada:
       abochornaba el aire,
       encendía la vertiente de los tejados,
      agrietaba la tierra de los senderos, mientras las cigarras, con un esfuerzo monótono y tenaz, pretendían limar el silencio del campo.
      Antonio andaba su camino con paso largo, casi marcial.
      El movimiento airoso provocaba el centelleo del sol en la hoz recién afilada, capaz de cortar la brisa si la hubiera.
    Desde la sombra mullida del pajar, gritóle Manolón, en un desperezo de la siesta:
    Y cuando se alejaba le volvió a gritar Manolón:
      Acortaba la distancia y
      crecíale allá dentro el afán incontenible de estrenar la siega.
    Por los aledaños del pueblo, cerca ya de los chopos y del río, oyó la voz de Roque en el ventano pintado de azul:
      El sendero, antes de morir en el trigal, pasaba cerca del río
    Al pasar bajo los chopos, Antonio dio un silbido largo.
    Era el saludo amistoso, de otras veces, correspondido siempre con fina cortesía de gorjeos.
    La siesta de fuego tenía los pájaros como disecados entre las ramas y
    ninguno le contestó.
    Llegó al trigal.  
      Las espigas grávidas estaban ya cansadas de sol. De aquel disco de fuego colgado en el espacio rabiosamente azul y limpio de nubes.
    Una y otra vez, muchas veces, pasóse el pañolón de cuadros por la frente, puestos los ojos complacidos en la mies.
    Empuñó la hoz y  
     comenzó segar.
    Los ojos acariciaban las espigas estallantes, gruesas.
       Antonio abarcaba grandes manojos, y
    el golpe certero de la hoz abatía los tallos con un crujido tierno
    Pasó resoplando bajo el calor el tren de media tarde.  
      Era una palpitación fugaz en el paisaje muerto
     El traqueteo de los vagones perdióse en la llanura, tensa de la lejanía.  
    Fue entonces cuando al apartar el segador uno de los manojos, quedó casi al descubierto un nido gris, apretado y perfecto.
    Era como otro milagro al amparo del milagro de la mies.
    Antonio soltó la hoz como sin pretenderlo.
    Quedóse inmóvil, absorto, con las manos en la cintura, con los ojos clavados en los pájaros.  
      Vestían el escaso plumón de los primeros días.
    Con esfuerzo  violento abrían el pico insaciable, ribeteado de amarillo chillón, en una espera anhelante y segura.
      Antonio seguía inmóvil.
       Algo le golpeaba el corazón al contemplar el nido.
    Dejó de segar por aquella parte y  
    fuese con la hoz más cerca del río.
       Desde allí se veía muy bien todo el conjunto del pueblo.
      Hoy parecía más pegado a la tierra…
      Todo era así, como la palma de la mano: sin cumbres de serranías, sin tajos violentos, sin quebradas ni oteros.
       La casa de Antonio reverberaba al sol con el grito del albayalde, con el marco acariciador de las higueras de San Juan.
    El reloj de la torre tocó las cinco.
    Dejó de segar.  
    Cogió un manojo grande para llevárselo a casa.  
    Miró con apetencia el agua del río, y  
     encaminóse decidido hacia el pueblo.
    De pronto se detuvo.
    Puso la mano como visera al borde del ala del sombrerón.  
    . Toño, moreno y vivaracho, tocaba con fuerza, desde la sombra de las higueras, la corneta de la última feria
    Antonio dio un giro casi violento.
    Volvió al trigal.  
    Cogió el nido en el cuenco de las manos.  
     Acercóse a la encina plantada cerca del sendero y  
    centró el nido en el ángulo de dos ramas asegurándolo aún más con el pañuelo de cuadros.
      Cuando se alejaba, rondaban los padres, con aleteo gozoso, la copa de la encina.

    Patria. Capítulo 55. Como sus madres

    Patria. Capítulo:  55  Como sus madres

    Tres preguntas.

    En este capítulo dos amigas hablan. El encuentro es ocasional  un suceso  entre tantos  sucesos de la novela.  Con él  no avanza la historia, relata solo el encuentro y la conversación. Se cuentan sus vidas: “háblame de ti, ya te he contado yo mi”. El  lector-espectador que escucha  el diálogo y  se entera de sucesos no incluidos en la representación. Hablan del pasado.  No avanza la historia, pero sí el conocimiento de materia que faltaba.

    El diálogo ocupa cinco de las seis páginas del capítulo. Comentaré tres párrafos previos  al diálogo. En ellos se ve el lugar de los estratos que, quizá, no se perciben en la unidad del  texto. El lector normal apenas distingue el entrelazamiento  y  quizá el escritor tampoco mucho. Mostraré los elementos estructurales del texto descritos en El texto de la narración en español.  Y en  el libro más reciente: Narración. Trama el texto.

    Cada párrafo lo asocio con  una pregunta:  el primero: “¿Qué?”,  el segundo: “¿Y qué hacían ellas dos allí?”,  el tercero: ”¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?”.

    En cada párrafo añado algún video.  Este es el comentario primero., ya en Gutenberg.

    Estilo directo, indirecto y voz del narrador
    El narrador imita la voz del personaje

    Patria. Capítulo 55, 1. “¿Qué?”

    Patria. Capítulo 55, Como sus madres:  1  “¿Qué?”

    Una se lo preguntó a la otra. ¿Qué? Que si no era esta la cafetería adonde sus madres venían los sábados a merendar. A Arantxa le suena más que iban a la churrería, aunque no está segura. Lo que sí sabe sin el menor atisbo de duda es que a su madre todavía le gustan los churros y que a veces, cuando viene a San Sebastián, se compra media docena y después se los come fríos en casa. Nerea pondría la mano en el fuego a que Miren y su madre solían merendar tostadas con mermelada en esta cafetería cuando eran amigas.

     

    La primera frase, una se lo preguntó a la otra, es una acción de primer plano o núcleo con un verbo de lengua , preguntó. Esa  acción  introduce las palabras de la pregunta.  Si se trascribiera en estilo  directo, podría ser así:

     ¿Es esta la cafetería adonde venían nuestras madres?

     Y en estilo indirecto tal como viene pero sin la interrupción sería:

    Una  se le   le preguntó a la otra  ¿Qué? Que  que si no era esta la cafetería adonde sus madres venían los sábados a merendar

    Una preguntó a la otra que si no era esa la cafetería adonde sus madres venían los sábados a merendar.

    La pregunta en estilo indirecto está interrumpida por un  ¿qué? intrusivo y directo  del narrador.

    La siguiente frase:

     A Arantxa le suena más que iban a la churrería, aunque no está segura

    Los verbos suena y no está segura son presentes. Estos verbos  hacen ver el estado interior del personaje. Se espera un pretérito en su lugar. Lo que Arantxa  pensaba, porque lo que le sonaba, era  “que iban a la churrería”.  Con suena o sonaba, estrato mostrativo, se introduce la frase del  narrador que  reporta el pensamiento. La forma mas conocida sería:

     A Arantxa le sonaba mas que iban a la churrería, aunque no estaba segura.

    Los verbos introductores en presente de indicativo los transfiero a imperfecto porque son procesos que han de situarse en segundo plano, que es  un estrato mostrativo.  Los presentes originales del texto –suena y está segura–  llaman la atención. Son los llamados muy impropiamente “presentes históricos”. Un texto mostrativo, como creo que está claro si se lee la teoría que expongo, no tiene más presentes que el indefinido o el imperfeto. Pero el presente, como forma desactivada de su deixis, que no pertenece al sistema verbal de la narración, puede  emplearse en lugar del imperfecto. Sustituye al indefinido o imperfecto. Ya no indica el presente enunciativo. Es presente en la narración, como lo es el indefinido o imperfecto. En el ejemplo está ocupando el lugar del imperfecto  porque  no cabe decir  “le sonó”.

    Por lo tanto se introduce desde el segundo plano la palabra la palabra del narrador, que dice lo que pensaba Arantxa.

     El lenguaje indirecto se articula entre una oración principal con un verbo de comunicación y una subordinada, objeto directo, encabezada por la conjunción que. La primera pertenece al estrato mostrativo y la segunda no, es  hablar del narrador.

     La siguiente frase:

    Lo que sí sabe sin el menor atisbo de duda es que a su madre todavía le gustan los churros y que a veces, cuando viene a San Sebastián, se compra media docena y después se los come fríos en casa.

    Si lo pusiéramos en estilo directo, sería algo así:

    Arantxa  piensa ( pensó o pensaba):  No tengo (se sin) el menor atisbo de duda que a mi madre todavía le gustan los churros y que a veces cuando viene a San  Sebastián se compra media docena y después se los come fríos en casa.

    Y si lo ponemos en el  estilo indirecto corriente, diría:

     Lo que si sabía sin el menor atisbo de duda era que a su madre todavía le gustaban los churros y que a veces cuando venía a San Sebastián, se compraba media docena y (que) después se los comía fríos en casa.

    Como el caso anterior  sabe  es  sabía, un presente. Uno y otro término indican el mismo presente narrativo

    Pero los presentes, es, le gustan, viene, se compra y se los come no son presentes históricos, sino una fórmula donde se mezcla el lenguaje directo de los personajes y el indirecto del narrador.

    El narrador, al decir lo que sabe Arantxa,  debe utilizar el imperfecto. Su hablar se opera en el presente de la narración, por lo que utiliza el imperfecto o el perfecto simple. Pero en el ejemplo utiliza en su lugar  los presentes del lenguaje directo de Arantxa, aunque ella no está hablando.

    Cuando habla el narrador tiene que hablar en presente narrativo que es el imperfecto; y el personaje tiene que hablar en presente de indicativo, con deixis enunciativa y actual, porque es lo que se está representado, y por eso es  pseudo hablar (M. Bonati).

    Trataré de mostrar la confluencia entre los estratos del texto.

    Los  presentes mal llamados  “históricos” no se explican con el  tópico de que traen al pasado el presente y hacen viva la mostración. Pero ahora no me ocupare de estos presentes, sino de los otros.

    Estos otros presentes que no son históricos, resultan una anomalía que suele encontrar en su explicación otro tópico diciéndo que se emplea el pasado porque aquel suceso es todavía presente: “así lo hacía y todavía lo hace”. Y no es eso.  Estamos ante la confluencia  de dos estratos, en cada uno encontramos un hablar diferente: en el diálogo el habla es  representada y en el estrato del  narrador no. Pero en este ejemplo el narrador mimetiza la forma de hablar del personaje. La amalgama  con la suya y emplea la que no es suya. Emplea el presente del personaje. Y esto no es un contraste entre dos tiempos reales diferentes, sino el contraste entre lo representado miméticamente y un hablar directo interno a la narración: dos estratos., pero están en el mismo presente.

    La última frase dice:

    Nerea pondría la mano en el fuego a que Miren y su madre solían merendar tostadas con mermelada en esta cafetería cuando eran amigas.

    El deíctico “esta cafetería” procede del lenguaje directo de Nerea. El verbo pondría supone en el sistema verbal de la narración un futuro. Y en el sistema verbal del uso común de la lengua el futuro de un pretérito. La estructura de la frase es la del lenguaje indirecto (Nerea pensaba con seguridad que  .. ). Pero en su lugar se emplea un dicho acuñado y por ello no se puede considerar ese verbo como los demás.

    No considero que sea  una aclaración del narrador, ni tampoco un verbo del texto mostrativo  En la mostración narrativa sería un futuro,  pero el futuro no se puede en realidad representar y  se convierte en hipotético. Y si es hipótesis  remitiría al narrador. Puesto que en las dudas, hipótesis y demás incertidumbres tienen que atribuirse a un hablante y en el texto completo de la narración no hay mas hablante que un narrador. Si la frase verbal no se considera como una formula, como indico, presentaría ambigüedad.

     Conclusión: este  párrafo es de  lenguaje indirecto, en el que se entrelaza lo mostrativo del verbo introductor con el estrato del  narrador.

    Patria. Capítulo 55, 2: “¿Y qué hacían ellas dos allí?”

    ¿Y qué hacían ellas dos allí? Llevaban largo tiempo sin noticias la una de la otra. Se han encontrado hace un rato por casualidad. Por poco chocaron en la esquina de la calle Churruca con la Avenida. Imposible esquivarse. En el caso de Nerea, la sorpresa no estuvo exenta de prevención. Nada, un recelo pasajero, innecesario por lo demás, pues ahí estaba, rebosante de simpatía como siempre, la sonrisa de Arantxa, que sin titubeos se tiró hacia ella para besarla. Se miraron examinadoras del mutuo aspecto y se arrebataban la palabra la una a la otra para elogiarse.

    Empieza el párrafo con la pregunta cortante de la voz del narrador: ¿Y qué hacían ellas dos allí? Esta frase puede entenderse como una pregunta en directo que se hace el narrador a sí mismo. Como el ¿qué? del  párrafo anterior. Las podríamos poner juntas¿Qué? ¿Y qué hacían ellas dos allí?

     O también puede entenderse que el narrador reproduce o imita lo que se dicen ellas y sería un lenguaje indirecto, que omitiría  el verbo de lengua introductor: Se preguntaron … qué hacían ellas allí. En ambos casos la frase pertenece al narrador. Pero mas bien hay que entender que pregunta el narrador sobre el suceso representado. Esto es indicativo de que la voz del narrador está frente a la representación y la representación no es suya, está frente z ella. Hace la pregunta, las menciona en tercera persona. , La dice haciendo la pregunta él aunque suene también al hablar de los personajes, que al encontgrarse podrían decirse ¿Qué hacemos aquí?. Reviste cierta duda  le estrato correspondiente a la frase:

    En el caso de Nerea, la sorpresa no estuvo exenta de prevención. Nada, un recelo pasajero, innecesario por lo demás

    Pudiera entenderse que en el caso de Nerea …nada, un recelo pasajero, innecesario por lo demás  es un comentario del narrador

    Pero  la sorpresa no estuvo exenta de prevención es un evento,  el encuentro puso a Nerea un poco en guardia, esto es lo que significa. Por tanto sería y es en realidad un suceso en la serie del núcleo:

    se han encontrado  – por poco chocaron – (fue) imposible esquivarse –tuvo una prevención – se tiró hacia ella para besarla  – se miraron examinadoras

    A excepción de la pregunta ambigua y de esta intervención aclaratoria  todo el párrafo es  estrato mimético con primero y segundo planos.

    La conclusión es que este párrafo pertenece estrato mostrativo con su núcleo y segundo plano. Con la incierta intervención del narrador. Y la última frase parece fuera de control. ¿Examinarse el mutuo aspecto? Querrá decir que se examinaron mutuamente el aspecto.

    Patria. Capítulo 55, 3.  “¿Cuánto hace que no nos vemos?”

    Patria. Capítulo 55, Como sus madres: 3  “¿Cuánto hace que no nos vemos?”

    Convinieron, ¿tienes tiempo?, en ponerse al día de sus respectivas vidas privadas. ¿Dónde? No en la calle, desde luego. Estaba empezando a oscurecer y soplaba un viento desagradable. Nerea señaló la cafetería cercana. Y allá fueron cogidas del brazo.

    —¿Cuánto hace que no nos vemos?

    Uf, pues desde que Arantxa se fue a vivir con Guillermo en Rentería, hace cerca de año y medio.

    —En el pueblo me asfixiaba.  Ya se que no me está bien el decirlo…

     

    Se inicia con el estrato mostrativo, Convinieron, ¿tienes tiempo?, en ponerse al día …, que es núcleo;  y segundo plano,Estaba empezando a oscurecer. Y contiene incrustadas dos preguntas del hablar directo de las amigas, ¿tienes tiempo?, ¿Dónde?,sin verbos introductores. Y una última y tercera, pregunta:  “¿Cuánto hace que no nos vemos?”   que incoa el largo diálogo que sigue.

     Y le sigue una frase sorprendente. Llena de intriga por su forma  y de misterio:

    —¿Cuánto hace que no nos vemos?

     “Uf, pues desde que Arantxa se fue a vivir con Guillermo en Rentería, hace cerca de año y medio.”

     Una de las dos, no sabemos cual, pregunta a la otra.  Pero vamos a ver, a cuento de qué el narrador da contestación a la pregunta de un personaje.  Y tiene el guión indicativo del hablar directo de un personaje. Pero es hablar directo del narrador.

    ¿Es que el narrador  cuenta la historia contra todo lo que exponemos en nuestro análisis del texto de la narración?

    La frase en cuestión,  menos el “Uf, pues”, es una frase propia del estrato mostrativo de la historia.

    El narrador como hablante que es puede decir lo que quiera. Pero aunque sea irrestricto. Su hablar es su hablar y la mostración objetiva no es suya ni es hablar de nadie. El narrador no intercambia su hablar  con los personajes.  No contesta a sus preguntas,  ni escribe el texto mostrativo.  Pero si quiere puede también simularlo.

    <

    p style=”padding-left:60px;”>La frase  quizá sea un despiste del escritor como el que se lee en otro párrafo poco antes: Se miraron examinadoras del mutuo aspecto”.  Querría escribir, supongo, mas bien:  Se miraron mutuamente …

    Patria. Pregunta 3 : “¿Cuánto hace que no nos vemos?”.  Capítulo 55, Como sus madres

    Patria. Pregunta 3 : “¿Cuánto hace que no nos vemos?”.  Capítulo 55, Como sus madres

    Hay un video corresopondiente con esta entrada

    Convinieron, ¿tienes tiempo?, en ponerse al día de sus respectivas vidas privadas. ¿Dónde? No en la calle, desde luego. Estaba empezando a oscurecer y soplaba un viento desagradable. Nerea señaló la cafetería cercana. Y allá fueron cogidas del brazo.
    —¿Cuánto hace que no nos vemos?
    Uf, pues desde que Arantxa se fue a vivir con Guillermo en Rentería, hace cerca de año y medio.
    —En el pueblo me asfixiaba. Ya se que no me está bien el decirlo…

    Continúa el estrato mostrativo con núcleo y segundo plano que contiene incrustadas dos preguntas de lenguaje directo de las amigas, nuestros personajes – ¿tienes tiempo?, ¿Dónde? – y la tercera , —¿Cuánto hace que no nos vemos?,  es la que incoa el largo diálogo del capítulo 55.

    Ah! Pero se intercala la frase misteriosa:

    Uf, pues desde que Arantxa se fue a vivir con Guillermo en Rentería, hace cerca de año y medio.

    A cuento de qué el narrador da contestación a una pregunta de un personaje. Contando algo que pertenece al estrato mostrativo. ¿O es que el narrador cuenta la historia contra todo lo que exponemos en nuestro análisis del texto?
    Bueno, el narrador es un hablante irrestricto y puede decir lo que quiera, pero su hablar es su hablar, no es mostración y tampoco puede ser hablar de personaje. Pero si quiere puede también simularlo.

    O se ha despistado el escritor con esta frase como cuando dice poco antes: “Se miraron examinadoras del mutuo aspecto” supongo que querría escribir: Se miraron mutuamente examinadoras de su aspecto.

     

    Patria. La pregunta: “¿A qué espera para contestar?”

    La pregunta “¿A qué espera para contestar?”

    El texto

    Pero, en fin, há­blame de ti, de tu vida y tus proyectos. Yo ya te he contado mi parte, que no es gran cosa como puedes ver. ¿Sigues estu­diando? Nerea se entretuvo pasando la lengua por la cucharilla. ¿A qué espera para contestar? Por un momento dio la impresión de que trataba de contemplarse en los ojos castaños de Arantxa. Sinceridad por sinceridad, dijo: —He estado a punto de dejarlo. Al final voy a hacer caso a mi padre y, después del verano, continuaré la carrera en Za­ragoza. —No pareces muy alegre. (Capítulo 55 Como sus madres)

    Numero las frases

    Pero, en fin, há­blame de ti, de tu vida y tus proyectos. Yo ya te he contado mi parte, que no es gran cosa como puedes ver. ¿Sigues estu­diando?(1)

    Nerea se entretuvo pasando la lengua por la cucharilla.(2)

     ¿A qué espera para contestar?(3)

     Por un momento dio la impresión de que trataba de contemplarse en los ojos castaños de Arantxa. Sinceridad por sinceridad, dijo:(4)

    —He estado a punto de dejarlo. Al final voy a hacer caso a mi padre y, después del verano, continuaré la carrera en Za­ragoza.(5)

    —No pareces muy alegre.(5)

    Comentario

    La frase (1) es lenguaje directo de Arantxa que termina con una pregunta a Nerea.

    La frase (2) es una frase nuclear en indefinido.

    La frase (3) es la pregunta cortante. ¿Quién hace la pregunta?

     Parece que responde al pensamiento de Arantxa. Pero no se trascribe su pensamiento en lenguaje directo, que sería algo así: Arantxa se preguntó o preguntaba: — ¿Qué esperas a contestarme?. Aunque sea el pensamiento de Arantxa la pregunta hay que atribuirla al narrador, puesto que está en tercera persona: a que espera ella, Nerea, a contestar. Puede, es lo más lógico, que la pregunta del narrador coincida quizá con el pensamiento de Arantxa. Esto es lo que le da ambigüedad. La frase no tiene forma del estilo indirecto, lo que despejaría cualquier duda en la atribución, pues el lenguaje indirecto siempre es del narrador.

    La pregunta la hace el narrador.

    La frase 4 ofrece alguna dificultad. Pudiera interpretarse como núcleo y estrato mostrativo, pero se entiende mejor como comentario del narrador refiriendo su impresión sobre la lentitud de Arantxa. Reforzada esta interpretación por el comentario suyo que viene a continuación: “sinceridad por sinceridad”. Aunque el “dijo” no pertenece al narrador, sino que es acción del núcleo mostrativo. Se puede apreciar a lo largo del texto una secuencia nuclear: se entretuvo, dio la impresión, dijo.

    La frase 5 (dos frases iguales) son estrato de lenguaje directo sin mas dificultad.

    Lo que se dice  en el número 27 de El texto de la narración se ve en este ejemplo en el que las conexiones entre los estratos crean zonas de ambigüedad. El entramado entre ellos al trenzar los distintos elementos dando unidad al texto origina que algunas piezas textuales puedan pertenecer a dos estratos al tiempo. Y en consecuencia permite interpretar diferentemente el texto. Pero los estratos del texto de la narración están ahí de modo insoslayable.

     

    Patria. La pregunta: “¿Qué quiere decir eso?”

     

    La pregunta: “¿Qué quiere decir eso?”

    El texto:

    Oía la lluvia desde la cama. Un rumor gris que parecía decirle: Txato, Txato, despierta, levántate y ven a mojarte. Y qui­zá por demorar el momento de exponerse al tiempo desapacible, o a causa de la luz desvaída que se filtraba por la cortina y le producía pereza y le producía pesadez en los párpados, o porque, anulada su cita con un cliente de Beasáin,  no tenía gran cosa que hacer esa tarde en la oficina,  alargó la siesta más de lo acostumbrado. ¿Qué quiere decir eso?  Pues que durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones,  mientras que otras veces con veinte o treinta minutos tenía de sobra.

     

    Reparto y numero las frases.

    Oía la lluvia desde la cama.(1)

    Un rumor gris que parecía decirle: Txato, Txato, despierta, levántate y ven a mojarte. Y qui­zá por demorar el momento de exponerse al tiempo desapacible, o a causa de la luz desvaída que se filtraba por la cortina y le producía pereza y le producía pesadez en los párpados, o porque, anulada su cita con un cliente de Beasáin, no tenía gran cosa que hacer esa tarde en la oficina,(2)

     alargó la siesta más de lo acostumbrado(3).

    ¿Qué quiere decir eso?  Pues que(4)

     durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones(5),

     mientras que otras veces con veinte o treinta minutos tenía de sobra(6).

     

    La frase 1 del ejemplo es  una frase de segundo plano , estativa, con un verbo de percepción,  descriptiva.

    El número 2 contiene frases que interpreto como una intervención del  narrador.  La comparación de la lluvia con una voz imaginaria,  lenguaje directo , la lluvia habla; y luego siguen conjeturas disyuntivas  del narrador.  las alternativas difícilmente pueden ser  representaciones; las tiene que proponer una voz, alguien las dice.

    La frase 3 con el indefinido “se alargó”  es nuclear.

    La frase 4 es la que contiene la pregunta : ¿Qué quiere decir eso? La formula el narrador rompiendo  la secuencia de la acción nuclear. Porque el núcleo  seguido sería así:

    alargó la siesta más de lo acostumbrado – durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones”

    La pregunta es una interferencia. Con ella el narrador se anticipa a la percepción del lector/espectador. Su pregunta y comentario es una completa intromisión, rompe la secuencia nuclear.

    Esta trabazón entre los estratos, núcleo y voz del narrador,  sugiere que se está mermando la función mostrativa, objetiva, en favor del  hablar. Con esta forma de trabazón se  cohíbe la objetividad de lo representado en favor del hablar subjetivo, como puedo señalar y comprobar en otros muchos casos. Y casi siempre es hablar coloquial en conformidad con la impresión general que da el texto de mostrar el mundo hablado o el mundo desde el habla. Esto lo digo en el sentido de que la forma es muy sensible al mundo que se quiere mostrar. Si se domina.