Adalid: 1 San Miguel de ultramar, páginas 171-175

1. SAN MIGUEL DE ULTRAMAR

La Mamora, aquella fortaleza lejana, alzada desde antiguo en la costa de Berbería, había sido conocida como «fuerte de San Felipe de La Mamora», allá en los tiempos en que perteneció al rey de Portugal. Luego pasó a manos de moros y fue reducto de piratas ingleses más tarde. Hasta que en el año del Señor de 1614, un 10 de agosto, fue ganada por España tras la conquista de Larache. A partir de entonces, la plaza fue rebautizada como San Miguel de Ultramar, como hasta el presente se nombra.

La ciudad fortificada se alza sobre un otero, a poco más de una milla de distancia desde la desembocadura del río Sebú, por lo que se contemplan desde las almenas el estuario, las riberas y el mar. Al pie de la loma está el fondeadero, de poco calado, dependiendo siempre de las mareas y del caudal del río. Difícilmente se podrá hallar en aquellas costas un lugar tan inhóspito y desangelado. Apenas hay próximas un par de aldeas de moros, polvorientas, ruinosas, donde malviven gentes míseras con sus cabras. No hay mercados cerca, ni caminos transitados; algunas pobres barcas de pescadores faenan en la anchura del río; no se ven velas en el estuario… ¿Quién se va a aventurar transportando una carga por aquellos derroteros? Nadie en su sano juicio, a no ser que ignore que a tan solo seis leguas al sur está Salé, el nido de los piratas berberiscos, y a veinte leguas tierra adentro, la ciudad de Mequinez, donde reina el belicoso sultán Mulay Ismail, del que se cuentan hechos terribles, por su ambición sin mesura, su crueldad y el odio que profesa a la religión cristiana y al reino de España.

En La Mamora, cuando nosotros fuimos a dar allí con nuestros malhadados huesos, moraban tres centenares de almas. Toda la ciudad se hallaba dentro de las murallas, las cuales eran muy fuertes, elevadas y de pura piedra. Desde lo alto, se divisa un amplio territorio, y los cañones del baluarte apuntaban entonces hacia el atracadero permanentemente. Siempre había centinelas en las torres y un constante ambiente de alerta impregnaba el discurrir de la vida, con obras de refuerzo en los muros, frecuentes cambios de guardia, ajetreo de aparatos de guerra, maniobras, revistas, recomendaciones y simulacros. En fin, el orden y la disciplina marcial marcaban el paso de las horas y los días. Enseguida se apreciaba que aquella gente vivía acuciada por el temor de un ataque. Lo cual era de comprender, teniendo en cuenta que la fortaleza había tenido que resistir una decena de asedios en las últimas cinco décadas. Tal estado de cosas propiciaba en los habitantes un evidente espíritu desasosegado, como si su existencia pendiera de un hilo; y a la vez una singular fe en la Providencia Divina, que se manifestaba en la asiduidad de oficios religiosos, misas, rezos de rosarios, oraciones colectivas, procesiones, confesiones y penitencias a las que nadie faltaba. Unido todo esto al encierro lógico que requería la seguridad del presidio, hacía que se respirase en San Mi­guel cierto aire como de clausura monacal, cuando no de cárcel.

Murallas adentro, la población era compacta, con callejuelas estrechas, adarves y pasadizos. Solo había holgura en la gran plaza dearmas, a la que daban la residencia del gobernador, las casas de los oficiales, el convento de los frailes y la iglesia. Era aquel el único sitio por donde se podía transitar con cierto desahogo, y donde se encontraba el único establecimiento comercial, que a la vez servía de cantina y donde podía comprarse muy poca cosa, si acaso unas castañas secas, algo de vino añejo, harina, miel, aceitunas…, todo ello a un precio abusivo. Por lo demás, casi nada podía hacerse en aquel abigarrado conjunto de fortificaciones, muros, barbacanas, escarpas y cuarteles, excepto cultivar la paciencia esperando a que un día u otro apareciese en el horizonte un navío que nos sacase de allí.

El gobernador de la plaza era el maestre de campo don Juan de Peñalosa y Estrada, caballero de la Orden de Alcántara; hombre de complexión menuda, de mediana edad, cabeza pequeña, arrogantes bigotes atusados, finas piernas, pasos rápidos y cortos; imperioso, nervioso, malhumorado, gritón… Ya el primer día nos fatigó con un largo discurso salpicado de admoniciones y severas advertencias, en el que dejó bien claro que él y solo él eran la suprema autoridad, que todo pasaba por él, que nada se escapaba a su perspicacia, que no toleraría reyertas, insubordinaciones, robos, alborotos…, y que cualquier grave indisciplina sería castigada sin miramientos con la máxima pena: la de la vida.

Por debajo del gobernador, subordinado a él, sumiso y resignado a soportar su endiablado carácter, ejercía el oficio de veedor don Bartolomé de Larrea, un navarro bonachón y paciente, recio y a la vez barrigudo. Le seguían por orden en el mando del fuerte el capitán Juan Rodríguez; el alférez Juan Antonio del Castillo, joven y de aspecto atolondrado, y el sargento Cristóbal de Cea, un viejo y astuto militar, hecho a salirse con la suya y experto pelotillero. Ejercían también como contables dos hermanos gemelos, sobrinos del veedor navarro, por pura recomendación de su tío.

En lo que atañe al clero, los asuntos de la Iglesia eran atendidos por los dos frailes que viajaron con nosotros desde Cádiz: los padres fray Andrés de la Rubia y fray Jerónimo de Baeza, capellán primero y capellán segundo, respectivamente. Eran ambos nuevos, como ya se dijo, igualmente silenciosos, discretos, recién salidos del noviciado y, consecuentemente, inexpertos y asustadizos.

Por lo demás, la soldadesca que estaba destinada a defender aquella plaza lejana era de desigual aptitud, algunos demasiado mozos, entregados a su oficio; pero los más de ellos perros viejos con el colmillo retorcido, tropa desechada de los Tercios, milicia de última fila, rufianesca, de vuelta de todo y siempre atenta a procurarse su propio beneficio. Se comprenderá así que no recibieran de buen grado a la recién llegada marinería del malogrado pingue Santo Sacramento; ya que desconfiaban de unos hombres hechos a la particular vida de la mar, ruda, inestable y con frecuencia feroz. Se formó pues en el fuerte una masa abigarrada y peligrosa, con unos y otros mirándose al sesgo, recelosos, marcándose las distancias y casi enseñándose los dientes.

En cuanto al personal civil, era menguado e igualmente variopinto, confuso. Vivían allá algunos negociantes, pocos, apenas una docena, ocupándose de abastecer las necesidades de la población; un par de artesanos, cuatro comerciantes, un médico y dos enfermeros, un sastre, el cantinero y un barbero sacamuelas. Todos ellos tenían sus mujeres e hijos, sus viviendas, almacenes y talleres, detrás de la ciudadela, en un pequeño laberinto de callejuelas, donde también vivían en sus casuchas los pecheros, los esclavos y algunos menesterosos.

A toda esta gente fuimos a sumarnos los veinte pasajeros y los treinta marineros del Santo Sacramento; acogidos a la benevolencia de la población, y a sabiendas de que resultábamos incómodos, puesto que aquel lugar apartado y casi olvidado del mundo carecía de recursos propios y los víveres que llegaron a la bodega de nuestro pequeño barco no iban a dar de sí para mucho tiempo. Con todo, no faltaba la esperanza; porque se tenía la certeza de que en poco más de un par de semanas debía arribar una escuadra de la armada de las islas custodiando al relevo del destacamento y portando un buen cargamento de alimentos, armas y municiones.

Comentario:

El primer párrafo consiste en la historia de la fortaleza y e contiene las acciones principales de su historia en indefinidos.

Este capítulo es una muestra de la representación en tercera persona, casi todo él descriptivo.

¿Quién se va a aventurar transportando una carga por aquellos derroteros?

El segundo párrafo consiste en una descripción en presente, todo simultáneo y objetivo. Aparece la pregunta

Si esta pregunta es enteramente retórica, podemos entenderla como un recurso descriptivo en que nadie habla. Pero las preguntas no retóricas las hace alguien y, claro está, en este caso, él mismo la contesta. Si vemos en la frase el hablar de alguien la pregunta la hace un narrador y la frase pertenece a este estrato.

¿Quién es este narrador? Puede pensarse que la hace Cayetano, pero no hay ninguna indicación en este aspecto. Por lo tanto, me parece que debe interpretarse como la voz del narrador que aparece en todos los textos narrativos en los que no narra un personaje. Y en este caso desechamos que la representación contenida en este párrafo la diga Cayetano.

Aparecen en ellos unos incisos de intervención personal: cuando nosotros fuimos a dar allí con nuestros malhadados huesos. Intervención de Cayetano, en un inciso que indica tiempo, sin más valor, pero con ella se extiende la impresión de que todo lo está contando él, cuando la descripción es enteramente objetiva. Y otra al final con escaso valor: A toda esta gente fuimos a sumarnos los veinte pasajeros.

Los siguientes párrafos van en imperfecto, porque no contienen ninguna historia, son estáticos y descriptivos, con acciones habituales.

Y la intervención de Peñalosa, un pasaje narrativo, puesto que se trata de una intervención singular, pero el discurso por estar en estilo indirecto es del narrador, no de Cayetano, aunque pueda dar esta impresión por ser uno de sus oyentes.

Ya el primer día nos fatigó con un largo discurso salpicado de admoniciones y severas advertencias, en el que dejó bien claro que él y solo él eran la suprema autoridad, que todo pasaba por él, que nada se escapaba a su perspicacia, que no toleraría reyertas, insubordinaciones, robos, alborotos…, y que cualquier grave indisciplina sería castigada sin miramientos con la máxima pena: la de la vida.

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