El Saqueo

Para ejemplificar los estratos del texto de la narración tomo de la novela de Sánchez Adalid, 30 doblones de oro, libro viii, el capítulo 6, El saqueo. Lo transcribo enteramente.

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, delante de nosotros, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar nuestro tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata recogidos entre nosotros. A mi lado, doña Matilda se lamentó en un susurro:

—Ahí va mi alianza… ¡Qué pena! Mi anillo de bodas y los obsequios de mi difunto esposo…

—¡Anda con Dios! —dije—. Eso son solo cosas… Mientras conservemos la vida…

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. Nuestra gente al verlo se removió estremecida. Hasta me duele la mano al tener que escribir lo que sucedió a conti­nuación; una escena para la que no estábamos preparados: ¡un sacrilegio! Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron allí delante de nosotros, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. Nuestra gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. Me conmo­vió mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel caos que nos rodeaba por doquier sin que pudiéramos hacer nada ni decir nada. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí nos advertía:

—¡Quietos! ¡Aguantad! ¡Callad y aguantad! Si queréis salvar las vidas, no hagáis ninguna tontería… Mirad hacia otro lado, cerrad los ojos… ¡Aguantad!

Una anciana alzó la voz y replicó:

—Pero ¿no ves lo que están haciendo? ¡Mira cómo tra­tan las sagradas imágenes!

—¡Silencio! ¿No me habéis oído? —contestó el alcai­de—. Dejad eso ahora, porque nada lograremos enfrentándonos… Ya me encargaré yo a su tiempo de salvar to­dos esos santos…

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales permanecimos en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

Comentario

El asunto: se rinde la fortaleza africana, el sultán entra en ella y a continuación viene el saqueo.

La representación del saqueo está en tercera persona; pero no todo, porque la novela es autobiográfica, el personaje Cayetano habla y cuando aparece su voz es primera persona. Solamente cuando le afecta la acción en singular o en plural, él y el grupo.

Se puede comprobar que, al retirar estas pocas frases en primera persona, señaladas, queda una representación enteramente objetiva. Nadie la cuenta.

Pero aparece esta curiosa frase:

Hasta me duele la mano al tener que escribir lo que sucedió a conti­nuación; una escena para la que no estábamos preparados: ¡un sacrilegio!

Esta frase se recoge el tópico de pensar que toda representación narrativa es hablada. Cayetano cuenta todo, se atribuye la representación objetiva.  Pero, si se ha seguido la noción de representación explicada muchas veces en lo que he escrito, resultará evidente que Cayetano no ha escrito la representación, porque él está en ella como personaje. La representación no tiene narrador. Cayetano pude hablar como personaje.

Retiro, para mayor claridad, las frases de Cayetano y también el hablar de otros personajes. Señalo con asterisco el cambio necesario de alguna palabra.

La representación del saqueo sin el hablar de nadie

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar *el tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata *recogido.

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. *La gente al verlo se removió estremecida. Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. *La gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. *Conmovía mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí advertía:

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales *permanecieron en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

La representación contiene el núcleo y otras frases con sus verbos en imperfectos, que pueden ser acciones del argumento en segundo plano o elementos estáticos y descriptivos.

El ejercicio consiste en separar estos estratos seleccionando el núcleo. En él estará seguramente lo principal de los hechos.

Estalló repentinamente como una locura. Los moros se esparcieron por la ciudadela, penetrando en las casas, hasta en los últimos rincones, mientras se oía el tronar de las hachas destruyéndolo todo, el encrespado vocerío de las disputas y el fragor del forcejo afanoso de la codicia. Arriba en la torre del homenaje seguía ondulando la ban­dera del rey católico; subió uno de los guerreros, la arran­có del mástil, la mostró ufano y luego la arrojó desde lo alto, yendo a caer al patio, donde la hicieron trizas con saña.

Era la hora ya de pagar *el tributo. El alcaide Toribio y sus hombres entregaron al general Omar dos ces­tos con todo el oro y la plata *recogido.

Lo peor todavía no había llegado. A continuación, los jefes moros entraron en la iglesia, impetuosos, furibundos. *La gente al verlo se removió estremecida. Salieron los sarracenos arrastrando entre varios la imagen del Nazareno, sin ningún respeto ni com­postura, y la arrojaron, en medio de la plaza. La sagrada testa dio en el empedrado un tre­mendo golpe; seco, de recia madera, que retumbó bajo las galerías. *La gente gritó y gimió horrorizada. En el suelo, de costado, yacía el Señor de La Mamora, con las manos amarradas y los pies descalzos. Uno de los saquea­dores le arrebató la corona y las potencias de oro, brusca­mente, y el otro desnudó la imagen, encantado, feliz por hacerse con la túnica tan bonita bordada con hilos de oro.

El resto de las imágenes corrieron semejante suerte: fueron sacadas con desprecio, despojadas de cualquier ele­mento valioso y amontonadas en un rincón. *Conmovía mucho el llanto de las mujeres, que veían por el suelo las tallas de la Virgen María, del Niño Jesús, de San Mi­guel, de los apóstoles, de los santos… ¡Qué gran dolor y qué espanto! Era como si sucumbiera todo, en aquel tor­bellino, en aquel. Porque, a cada mo­mento, el Ceutí advertía:

El saqueo se prolongó más de tres horas, durante las cuales * permanecieron en el mismo sitio, sin comer, sin be­ber, atemorizados y confundidos. Los que más lástima da­ban eran los ancianos, los enfermos, los niños. No había por el momento ninguna compasión ni miramiento hacia ellos, por mucho que el tal Omar lo hubiera prometido.

Indico a continuación la serie verbal del núcleo.

Perfectos simples del núcleo, serie de dieciocho verbos.

Estalló / se esparcieron / subió uno de los guerreros / la arran­có del mástil / la mostró ufano / la arrojó desde lo alto / la hicieron trizas / entregaron al general Omar dos ces­tos / los jefes moros entraron en la iglesia / *la gente se removió estremecida /salieron los sarracenos /la arrojaron / la sagrada testa dio en el empedrado / retumbó bajo las galerías / *la gente gritó / gimió /le arrebató la corona / el otro desnudó la imagen.

Sugerencia:

Sobre la estructura de este texto, se podrán diseñar actividades de escritura parciales y breves, ejercicios que se valoran con la lectura que cada participante puede hacer de lo que escriben los demás. Sus criterios apreciativos son siempre certeros.

¿Es necesario sugerir ejercicio con más detalle?

                                  José Antonio Valenzuela Cervera

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