Ejemplo de dos planos

GARCÍA MÁRQUEZ: CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 1

He separado el núcleo del resto y está colocado en la columna izquierda. De este modo se puede leer independientemente del trasfondo. Se compone la serie nuclear de cincuenta pretéritos indefinidos, con los que se obtiene la idea de la sucesión de los hechos.
La columna derecha es un trasfondo compuesto principalmente de tres tipos de frases:
a) acciones que podrían pertenecer al núcleo, si estuvieran en perfectos simples, tiempo al que pueden transferirse sin dificultad.
b) imperfectos con acciones o estativos, propios de la descripción.
c) imperfectos que usa el narrador al hablar.

Otros tiempos, como el pretérito pluscuamperfecto, que rompe la secuencia temporal con la retrospección. Algunos requieren una explicación, que no hago en esta ocasión.
He colocado el lenguaje directo en la columna primera
.

El núcleoAcciones, descripciones, hablar
Fue la última vez que lo vio. 
 Victoria Guzmán, la cocinera, estaba segura de que no había llovido aquel día, ni en todo el mes de febrero. Estaba descuartizando tres conejos para el almuerzo, rodeada de perros acezantes, cuando
Santiago Nasar entró en la cocina. 
 Divina Flor, su hija, que apenas empezaba a florecer,
le sirvió a Santiago Nasar un tazón de café cerrero con un chorro de alcohol de caña, como todos los lunes, para ayudarlo sobrellevar la carga de la noche anterior. 
 La cocina enorme, con el cuchicheo de la lumbre y las gallinas dormidas en las perchas, tenía una respiración sigilosa.
Santiago Nasar masticó otra aspirina y se sentó a beber a sorbos lentos el tazón de café, 
 pensando despacio, sin apartar la vista de las dos mujeres que destripaban los conejos en la hornilla. A pesar de la edad, Victoria Guzmán se conservaba entera. La niña, todavía un poco montaraz, parecía sofocada por el ímpetu de sus glándulas.
Santiago Nasar la agarró por la muñeca 
 cuando ella iba a recibirle el tazón vacío.
-Ya estás en tiempo de desbravar-le dijo. 
Victoria Guzmán le mostró el cuchillo ensangrentado. 
-Suéltala, blanco -le ordenó en serio-. De esa agua no beberás mientras yo este viva. 
 Había sido seducida por Ibrahim Nasar en la plenitud de la adolescencia. La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y
la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto. 
 Divina Flor, que era hija de un marido más reciente, se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar, y esa idea le causaba una ansiedad prematura.
(sintió horror Santiago Nasar) 
cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo y les tiró a los perros el tripajo humeante. 
-No seas bárbara -le dijo él-. Imagínate que fuera un ser humano. 
 Sin embargo, tenía tantas rabias atrasadas la mañana del crimen, que
siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar. 
 En esas estaban cuando
el pueblo entero despertó con el bramido estremecedor del buque de vapor 
 en que llegaba el obispo.
 La casa era un antiguo depósito de dos pisos, con paredes de tablones bastos y un techo de cinc de dos aguas, sobre el cual velaban los gallinazos por los desperdicios del puerto. Había sido construido en los tiempos en que el río era tan servicial que muchas barcazas de mar, e inclusive algunos barcos de altura, se aventuraban hasta aquí a través de las ciénagas del estuario.
Cuando vino Ibrahim Nasar con los últimos árabes, al término de las guerras civiles, 
 ya no llegaban los barcos de mar debido a las mudanzas del río, y el depósito estaba en desuso.
Ibrahim Nasar lo compró a cualquier precio para poner una tienda de importación que nunca puso, y sólo 
 cuando se iba a casar
lo convirtió en una casa para vivir. En la planta baja abrió un salón 
 que servía para todo, y construyó en el fondo una caballeriza para cuatro animales, los cuartos de servicio, y tina cocina de hacienda con ventanas hacia el puerto por donde entraba a toda hora la pestilencia de las aguas.
Lo único que dejó intacto en el salón fue la escalera en espiral rescatada de algún naufragio. 
 En la planta alta, donde antes estuvieron las oficinas de aduana,
hizo dos dormitorios amplios y cinco camarotes 
 para los muchos hijos que pensaba tener, y
construyó un balcón de madera sobre los almendros de la plaza, 
 donde Plácida Linero se sentaba en las tardes de marzo a consolarse de su soledad.
En la fachada conservó la puerta principal y le hizo dos ventanas de cuerpo entero con bolillos torneados. Conservó también la puerta posterior, sólo que un poco más alzada para pasar a caballo, y mantuvo en servicio una parte del antiguo muelle. Esa fue siempre la puerta de más uso, 
 no sólo porque era el acceso natural a las pesebreras y la cocina, sino porque daba a la calle del puerto nuevo sin pasar por la plaza. La puerta del frente, salvo en ocasiones festivas, permanecía cerrada y con tranca. Sin embargo,
fue por allí, y no por la puerta posterior, 
 por donde esperaban a Santiago Nasar los hombres que lo iban a matar, y
fue por allí por donde él salió a recibir al obispo, 
 a pesar de que debía darle una vuelta completa a la casa para llegar al puerto. Nadie podía entender tantas coincidencias funestas.
El juez instructor que vino de Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, 
 pues su interés de darles una explicación racional era evidente en el sumario. La puerta de la plaza estaba citada varias veces con un nombre de folletín: La puerta fatal. En realidad, la única explicación válida parecía ser la de Plácida Linero, que
contestó a la pregunta con su razón de madre: 
-Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando estaba bien vestido. 
 Parecía una verdad tan fácil, que
el instructor la registró en una nota marginal, pero no la sentó en el sumario. Victoria Guzmán, por su parte, fue terminante en la respuesta 
 de que ni ella ni su hija sabían que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo.
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero. Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, 
 para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia.
Alguien que nunca fue identificado 
 había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando
  
Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado. 
 Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando
Santiago Nasar salió de su casa, 
 varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque. El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo.
Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. 
 Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y
Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos. 
 Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa, pero de buena índole», decía el sumario
 Esa mañana llevaban todavía los vestidos de paño oscuro de la boda, demasiado gruesos y formales para el Caribe, y tenían el aspecto devastado por tantas horas de mala vida, pero habían cumplido con el deber de afeitarse. Aunque no habían dejado de beber desde la víspera de la parranda, ya no estaban borrachos al cabo de tres días, sino que parecían sonámbulos desvelados. Se habían dormido con las primeras auras del amanecer, después de casi tres horas de espera en la tienda de Clotilde Armenta, y aquél era su primer sueño desde el viernes. Apenas si habían despertado con el primer bramido del buque, pero
el instinto los despertó por completo cuando Santiago Nasar salió de su casa. Ambos agarraron entonces el rollo de periódicos, y Pedro Vicario empezó a levantarse. 
-Por el amor de Dios-murmuró Clotilde Armenta-. Déjenlo para después, aunque sea por respeto al señor obispo. 
-Fue un soplo del Espíritu Santo. 
Al oírla, los gemelos Vicario reflexionaron, y el que se había levantado volvió a sentarse. Ambos siguieron con la mirada a Santiago Nasar cuando empezó a cruzar la plaza. 
-Lo miraban más bien con lástima-, 
Las niñas de la escuela de monjas atravesaron la plaza en ese momento trotando en desorden con sus uniformes de huérfanas. 
Plácida Linero tuvo razón: el obispo no se bajó del buque. 
 Había mucha gente en el puerto además de las autoridades y los niños de las escuelas, y por todas partes se veían los huacales de gallos bien cebados que le llevaban de regalo al obispo, porque la sopa de crestas era su plato predilecto. En el muelle de carga había tanta leña arrumada, que el buque habría necesitado por lo menos dos horas para cargarla.
Pero no se detuvo. 
Apareció en la vuelta del río, rezongando como un dragón, y entonces la banda de músicos empezó a tocar el himno del obispo, y los gallos se pusieron a cantar en los huacales y alborotaron a los otros gallos del pueblo. 

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