La narración histórica y la narración ficticia

La narración histórica y la narración ficticia

¿Cuál es la posición del narrador en el texto de la narración?

El hablar de un narrador no rompe la ausencia de comunicación hablada, que tiene lugar cuando se contempla un relato en su representación. Se percibe que alguien habla ejemplo cuando el labrador, Pedro Alonso,  del capítulo V, reconoce a don Quijote:
-Señor Quijana- que así se debía llamar cuando el tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿Quién ha puesto a vuestra merced

¿Quién hace esa suposición aclaratoria? Esa frase no es de la representación, pues es una frase propia del hablar. Pero como no hay nadie detrás de ella, a esa voz la llamamos narradora, pero no está actualizada y por esto la llamo inmanente. ¿Quién actualiza esa frase? El lector, sin duda, que al leerla recibe y acoje el hablar de alguien, pero no sabe quién es, porque en realidad no es nadie.Es incompatible con una comunicación hablada real.

Si se trata de una representación histórica, el narrador en el texto – su hablar– no pertenece al mundo representado. Puede ser auténtico el manuscrito y su soporte, el pergamino y su contenido, lo representado, y el cronista personaje de la historia y conocedor de su tiempo, pero serán históricos y reales si se demuestra y verifica que lo son. Verificación que ha de realizarse con pruebas externas, lo que diga el texto no es prueba El texto no se verifica a sí mismo.

Por ello si se trata de una representación histórica o ficticia da lo mismo, no supone diferencia alguna. Salvo si el contenido de la ficción representa lo imposible, por ejemplo, pájaros que hablan,  y este caso no cabe una comunicación real. Asunto extralingüístico, porque lo da el conocimiento de la realidad. El escritor del texto narrativo histórico y el del texto ficticio son personas reales. Pero los dos narradores son inmanentes, activados por el espectador-lector.

Entre un cuenta-cuentos y un trovador de historias verdaderas no hay diferencia. Su hablar en ambos casos es una actuación escénica, no es hablar real.

Sin duda el narrador es un hablante como los actores lo son entre sí. Pero solo habla del mundo representado y sus oyentes no son interlocutores, sino son espectadores. Y entre ambos hay una mampara de separación. Se oye pero no hay contacto. Es la comunicación imitativa, la propia del espectáculo. Los espectadores escuchan como oyentes, pero no son interlocutores con el narrador. No se encuentran en real situación comunicativa. La voz del narrador y la representación están al otro lado de la mampara. Dos mundos que no se encuentran entre sí. Por tanto lo que tenemos en la narración ficticia y en la narración de asuntos reales es una inauténtica comunicación hablada.

El narrador no es propiamente un hablante del mundo real y el lector no es un lector del mundo común y actual, un lector de periódicos, por ejemplo, sino un lector (o en su caso un oyente) del mundo representado. Él se ha metido en ese mundo, abdicando de la realidad. Y logrará desde ese mundo una visión nueva de la misma realidad de la que ha salido.

Cuando una persona entra en el teatro, se pone a leer una novela, lee un texto histórico narrado, abre como espectador o lector un paréntesis en el tiempo de su mundo real y actual. Entra en el mundo de lo representado.

El narrador del mundo fingido se dirige a su audiencia de lectores o espectadores y les habla de asuntos imaginarios. Este sujeto está hablando en ese mundo y no puede salir de él. Es un ente de ficción, tan ficticio como son ficticios los personajes. En la narración escrita aparece una voz que se dirige al lector, le mete en la ficción y le saca de la realidad. El lector se ha convertido –aunque lea – en espectador de un mundo ficticio, en el sentido de representado y no real. También el lector espectador es durante un tiempo un ente de ficción en el sentido de que vive en la imagen representada. Estamos en la situación de comunicación replicada, que no es la primordial del lenguaje. La primordial es el hablar común. Hay una actividad consistente en el hablar común y otra actividad que consiste en la imitación de ese hablar. Así entiendo que lo dice Aristóteles en la Poética.

Si embargo hay que distinguir entre historia y ficción. Narración real o narración ficticia. Y ¿cómo distinguimos estos dos relatos?  Cuando se lee  historia ficción se podrá distinguir una de otra si sabe historia. Es de necesidad olvidarse del texto y entrar en el juicio de su contenido.  Esto es  de importancia para escribir narraciones y para leer, separar. Si se representan hechos reales, me meten en la realidad histórica representada, pero porque ya lo conozco.

La estructura dual del texto de la narración

La estructura dual del texto de la narración

Con este escrito hago algunas precisiones que se incorporarán a la segunda edición del Texto de la narración en español. Referentes a los números 26 La representación del hablar27 La voz del narrador.   

 El texto de la narración en español es un entramado de cinco estratos. En tres de ellos – primer plano, segundo plano y descripción – nadie habla. Son objetivos y no hay  yo ni tú, siempre él. Tampoco se encuentran preguntas, ni suposiciones, ni hipótesis, ni incertidumbres. Son juntamente la representación. En ella nadie duda ni manifiesta sentimientos ni razona, salvo las terceras personas representadas.  La representación está ahí,  están  los sucesos y los escenarios, los personajes y sus acciones y  sus aspectos. Es una de las dos partes o discursos del texto de la narración completo: la representación es la parte mimética. Que también se puede denominar apofántica o mostrativa. La otra parte es comunicación lingüística, el hablar o la voz del narrador.

Esta segunda parte es hablar común y general, comunicación con lenguaje. Constituye el dominio o el estrato del narrador. Al narrador se le puede llamar voz  porque  es un hablante con el que nadie dialoga, no identificado muchas veces. Palabra dirigida a quien le escuche sin saber quien sea. No tiene interlocutor. Tiene lectores o en todo caso oyentes de su discurso que son los mismos que contemplan la representación. Habla para ellos. Y como está fuera y frente a la representación como los lectores que la contemplan, habla generalmente de ella. Pero los hablantes tiene espacio abierto, pueden decir lo que quieran.

Estas dos partes se confrontan porque el hablar es externo a la representación. Comunicación (hablar) y representación son contrapuestas. El narrador no dialoga – ni puede hacerlo estructuralmente – con los personajes representados. El narrador no es un personaje y su palabra no influye en ellos.

Esta segunda parte del texto contiene una peculiar situación comunicativa. El hablar del narrador no forma parte de la representación, pero es inherente al texto.  Se puede decir, por semejanza, que estas dos partes se contraponen como lo marcado y no-marcado. En la representación (marcado) nadie habla, pero en el hablar puede aparecer la representación. Como en la representación hay personajes que hablan, ellos también como hablantes representados tienen el campo abierto, el hablar es irrestricto. Pero ese hablar suyo no es el original y verdadero hablar, está representado, no es auténtico, lo llama Martínez Bonati pseudo hablar.

Consideremos la situación germinal y originaria de la representación: un hablante real, en la actualidad de su conversación enunciativa y actual, refiere un suceso pasado, y eventualmente al contarlo hace de él una representación. El momento primordial de la narración se encuentra cuando una persona real habla de su pasado. Todavía no hablamos de narración, pero su discurso está ahí. Pues bien este hablante es auténtico y cuando dice que alguno de los personajes de su historia habla, gritó: -tal cosa, y reproduce su hablar como si fuera una cita, lenguaje directo, ese hablar es distinto del hablar del narrador, no es auténtico, sino representado.

Ahora bien, si ese hablante inauténtico, el personaje, se pusiera a contar un suceso de su pasado tendríamos una representación dentro de otra. Secundaria puesto que, como ya he dicho, el hablante es externo a la representación primaria. En la narración primaria se origina la estructura dual de los textos de la narración: la representación y el hablar.

Estoy dejando conscientemente a un lado el relato en primera persona o autobiográfico para simplificar la exposición. Lo representado de los personajes es su conducta y cuando la conducta es de lenguaje –hablar o pensar –se representa también, gritó, replicó y tantos otros verbos del decir. Pero además de ordinario este decir se reproduce. El contenido reproducido y singular  hay que atribuírselo al personaje y éste, como hablante  puede dudar, suponer o preguntar. Habla desde su subjetividad, es decir, simplemente habla. Como hablar de representación es equivalente a decir que nadie habla.

Ahora, es necesario distinguir entre reproducción y representación. En la representación del hablar de los personajes hay  representación de su conducta. En la reproducción se inserta lo hablado.  La reproducción del habla, estilo directo,  es una imagen icónica, más o menos perfecta, del hablar. es reproducción.

Una oración  como la siguiente: Isabel confesó: estoy pensando en irme de casa. El primer elemento confesó es la conducta de Isabel.  Esta conducta representada  no la  dice nadie, es un punto en la serie de acciones de una historia de la cual está tomada la frase.  Y el segundo elemento, estoy pensando en irme de casa, es la reproducción del acto ya representado. La frase completa es representación mas reproducción, encabalgadas en estratos diferentes,  trabados en la sintaxis de la oración. La oración principal pertenece al núcleo y la subordinada, objeto directo, pertenece al estrato dialogal. Ambos son estratos de la representación.

El hablar del narrador, por el contrario, no es un hablar representado ni está insertado en el estrato mimético, sino en una comunicación lingüística inherente al texto de la narración.  El narrador está fuera de la mímesis representada, y por ello hay que considerar que el texto completo de la narración se compone de dos partes estructuralmente diferentes. Una es de mímesis y la otra de comunicación hablada. La parte mimética tiene cuatro estratos diferenciados: núcleo o primer plano, segundo plano, desdoblado  entre acción y descripción, y diálogos. El lenguaje directo de personajes representados es un estrato peculiar, pero pertenece al estrato mimético.

Estos elementos forman la estructura dual del texto de la narración. Ante este texto hay que situarse doblemente, porque su estructura es doble.  Cuando se está ante lo representado se es espectador, como lo es el que presencia un retablo. Cuando se está ante lo hablado, si se oye una voz, se es oyente. El narrador habla, pero a él nadie le habla, no tiene interlocutores. La comunicación tiene una sola dirección. Tampoco puede hablar con los personajes representados. Pero habla de ellos, lo cual nos hace ver que se encuentra ante la representación estructuralmente como espectador. No puede ser de otra manera.  Una representación solo se puede contemplar.

¿A quién habla el narrador?  Habla  a los mismos que presencian la representación. Esos son sus oyentes, su hablar  convierte en oyentes a los que son espectadores. Se  sitúan como oyentes  por la misma estructura de la comunicación inserta en el texto. Pero este cambio de espectadores a oyentes no les convierte en interlocutores.  Estos  dos papeles se engloban en la noción  única y tradicional de lectores.

Esta  parte segunda es un hablar común y,como tal, es irrestricto. La primera, la representación,  es lenguaje, pero limitado a su carácter de representación. No solo nadie habla, sino que nadie puede hablar en su ámbito.

¿Qué explicación puede darse de esta dicotomía?  Yo encuentro la siguiente en lo que me parece la génesis del texto de la narración  y luego reflejada en ella. La génesis que trazo no la obtengo por comprobación histórica ni de otro orden, sino por descripción supuesta o imaginada con elementos de la realidad dispersa.

Lo primordial en la conducta humana es la comunicación de persona a persona. Una vez desarrollada nace en esta  la representación. Para contarlo hay que representarlo, confeccionar la representación.  El que escucha el suceso es oyente y se convierte poco a poco en espectador de lo representando. El suceso contado es pasado naturalmente, porque es el tio Perico el que cuenta el pasado sucedido.

Esta recomposición significa, lingüísticamente, que el hablante, primero en su enunciación de presente actual habla del pasado.  Los tiempos que emplea en la configuración de la representación son pasados deícticos, anclados como pretéritos en su  presente enunciativo. Por lo tanto son historia. La historia está relatada en los tiempos pretéritos de la conjugación, el indefinido y el imperfecto, y en otros de su esfera temporal.   Es decir, con el conjunto de tiempos pretéritos.

 Entonces se narra efectivamente algo pasado,  en los tiempos del pasado,  según el sistema verbal común en su esfera de pretérito. Con el yo, aquí, ahora de referencia al presente actual de un habalnte.

El texto narrativo pertenece a un hablante narrador que cuenta una historia pasada. Este texto narrativo no tiene las partes que estoy describiendo, no sería dual,  porque el hablante lo domina todo. Con el sistema verbal completo se pasa de lo presente a lo pasado y todo lo que cuenta es pasado y  se puede retornar al presente. Pero en  esta historia se ha formado una representación que se independizará.

¿Como se forma la duplicidad en la lengua? ¿Cuándo se separan y contraponen sus elementos comunicativo y representativo?

A mi parecer cuando alguien se enfrenta directamente a lo representado. Cuando las representaciones se encuentran ahí, como desvinculadas del hablar y sueltas. Cuando ha muerto el que contaba la historia, pero queda el cuento sin su palabra.  Entonces ante esta pieza de lenguaje,  las personas se sitúan ante lo representado, que no pertenece al hablar de nadie.  Ya se lea o se recite y se escucha. El interés primero es  la representación sin la presencia enunciativa de alguien, y así tampoco se puede saber si la representación fue verdadera historia o inventada.  Ya da lo mismo, los  espectadores quieren ver y oír el retablo. Entonces, enfocando esto  lingüísticamente podemos preguntarnos  ¿qué ha pasado con los deícticos pretéritos si ya nadie habla? ¿Dónde está el presente de la enunciación si nadie enuncia?

Ha sucedido esto: que la representación es lo primero, y se ha desplazado al hablante. La representación es una pieza que no tiene enunciación, no está actualizada. ¿Quién la actualiza?  La actualiza el espectador, no hay hablante. Y sin hablante   tiempos pretéritos han dejado de ser deícticos de pasado. Pero las representaciones están en  esos  tiempos verbales del  pretérito, sin importar ya cuando han sucedido y ni siquiera si han sucedido, ya que pueden ser imaginarias. Entonces el valor de esos tiempos verbales  es el de presente del espectador o recitador, el tiempo de quien  presencia como espectador o del que oye la voz inserta en el texto de la historia.  Ahora bien, esa voz ¿de dónde sale? ¿Dónde está la persona que habla?

Se  ha producido un enorme trastorno. Ya no se está ante un hablante que cuenta, sino ante una historia que se presencia y ante una voz que se oye  en el trasfondo y no sé sabe quién es.  Y noes posible dirigirse a él y decirle quizá que calle un poco. Este hablante ya no es el tío Perico que me contaba lo que le paso en el huerto. Es un hablante irreal. Por eso  su  voz  es inmanente al texto, porque el texto tiene además de la representación una estructura interna de comunicación que esta ocupada y formada por este narrador.  Y además siempre esta habla en pretérito.

Cuando la representación se convierte en lo primero, la deíctica del hablante cambia  por la deíctica del espectador. Se invierten los términos. Si la deíctica del hablante tiene su centro en el acto enunciador;  la deíctica de la representación la tiene en un acto que es el del espectador y oyente. La deixis no pertenece al texto. Sino a la persona. La representación no tiene ninguna persona hablante. Podriamos decir que es adeítica. La única persona que actualiza el lenguaje de la representación es el lector, oyente y espectador al tiempo.

Al faltar el hablante, desaparece su acto enunciativo y desaparecen todos los tiempos de la esfera de presente. Al ser la representación lo primero se introduce la deixis del que lee y su presente es el momento de su lectura. Y este receptor, que naturalmente es, en sentido génerico, un hablante de la lengua ¿Qué es lo que lee? Lee imperfectos e indefinidos. Por lo que estos tiempos, pretéritos en la enunciación, se convierten en  presentes de la actualización  lectora.

Todo se mide o desde el acto de hablar o desde el acto de leer y de oír. En el acto del hablar el indefinido/ imperfecto es  pretérito y en el acto de leer, presenciar o escuchar,  el indefinido/ imperfecto es presente.

Se desplaza el sistema verbal y por ello mientras nos encontremos en el hablar actual,  se emplea el todo el sistema, el que explica la RAE en su gramática  tiempo a tiempo, y que empieza explicando el  presente de indicativo. En la Gramática del texto de la narración,  el sistema verbal se describirá  tiempo a tiempo, desde la pareja de presentes, es decir, desde el perfecto simple/imperfecto. En el sistema verbal de la narración no existe la esfera del presente enunciativo. Sus tiempos no pertenecen a esta gramática. El sistema verbal de la narración se forma cambiando el valor de los tiempos que se encuentran en la esfera del pasado. Estos pasan a ser presente y los tiempos de la esfera de presente desaparecen: y si aparecen en la narración, como el famoso presente histórico, son formas no marcadas procedentes de una esfera de tiempos que ya no funciona y que usarse cambiándolas por las marcadas no trasladan con ellas su valor temporal. Son tan presentes narrativos como los verbos a los que sustituyen.

 

Teoría. El Lazarillo. La primera persona (2)

 

Complemento la entrada anterior para precisar la estructura del texto autobiográfico.

Lázaro en el prólogo se dirige a alguien, Vuestra Merced, porque  le ha pedido que “relate el caso muy por extenso”  y comienza a escribir su vida: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mi llaman Lázaro de Tormes”.

Lázaro es personaje ficticio pero pretende pasar por persona real, un  pregonero de Toledo que hace una demanda por escrito.  Dice F. Rico que en su tiempo el libro  “no se dejaba leer como “ficción” de buenas a primeras”.  Y además tenía un parecido con la forma de carta, que es forma de comunicación no ficticia –  las cartas se usan para la narración de hechos reales -,  y dar así  razón de su caso, el último punto de su biografía, que resulta ser la murmuración sobre su matrimonio.

La biografía de Lázaro pretende pasar por un relato de hechos reales y por tanto escrito por persona verdadera. Ya hoy no tenemos duda de que sea fingido. Pero ¿hay manera de averiguar explícitamente, por el texto mismo, si es verdad todo o es todo ficción? Porque esto la lengua misma no lo puede decir directamente. Lo sabemos por información exterior al texto. Por eso en este juego si la ficción pretende ser real, tiene las de ganar.

Esta simulación se hace en el Quijote.  Pero Lazarillo de Tormes tiene ventaja en el engaño de ser  un relato en primera persona. La tercera persona cuenta con la  objetividad. En el Lazarillo  la primera persona está  presente a lo largo de la historia. Mientras que en la narración de tercera persona, el narrador calla.

Para analizar el caso hay que tener en cuenta lo que digo en el número 36. Digo que  en el discurso narrativo lo primero no es si se trata de historia o de ficción, sino si se trata de comunicación verdadera o de representación. La contraposición no es  entre verdadero o ficticio, si Lázaro es un pregonero de verdad o un personaje imaginario. Lo primero es averiguar si estamos ante un hablar común, alguien nos habla, o ante una mostración que se presencia y en ella no habla nadie. Importa  poco si esta mostración es histórica o ficticia.

Esto es primero porque son dos usos del  lenguaje diferentes. Weinrich lo llama situaciones de comunicación y no es exactamente eso.  Hay que recordar el origen del discurso narrativo apofántico,  la representación, el retablo con su historia, que es distinto de la retrospección donde se menciona una acción del pasado: “mi nascimiento fue dentro del río Tormes”. Esta frase es una retrospección en el  hablar común. Pero si este momento de retrospección, deixis real del pasado,  da lugar a una larga historia; la historia  requiere  mostración y la mostración inactiva la deixis.  Y ante la mostración dejamos de oír y empezamos a contemplar. Si la mostración es verdad o es ficción se podrá averiguar después. Si hay simulación nos enteraremos de otra manera.

Por lo tanto no nos debe importar resolver la cuestión de si el pregonero llamado Lázaro existió de verdad. Lo que importa es saber si se trata de una representación  o de un hablar. Si se trata de una representación en la que Lázaro es personaje  en ella, su hablar es un hablar representado, no es hablar auténtico según  Martínez Bonati. La e presentación  se contempla, se contempla también a los que hablan en ella.  El  diálogo de los personajes es un hablar representado.  Este hablar lo observamos con distanciamiento; el hablar del narrador nos compromete, aunque sesté en el marco de la inmanencia.

Cuando la comunicación real da paso acontecimiento y encontramos a una referencia continuada al pretérito,  y a partir de ella  se articula una mostración de lo pasado, entonces la representación anula el lenguaje comunicativo.

El problema que nos ocupa en la autobiografía es que al pasar de una comunicación a una representación, el lenguaje de comunicación se mantiene de modo constante en lo representado. Pero es distinto. Esa primera frase retrospectiva – “mi nascimiento fue”-  , frase de comunicación, da paso a la mostración. Y en ella un personaje habla con lenguaje representado, con  pseudofrases.

Y este lenguaje está desligado de la situación del hablar común.  La figura en la representación tiene un lenguaje irrestricto. Un personaje,  puede hablar con lenguaje de comunicación dentro de lo representado. Si, por acaso, cuenta una historia (es decir hace una representación) tenemos una contada dentro de la representación.

Pero como habla de sí y de su vida parece que no se ha salido de lo real y del hablar común, la pretensión de ser real seduce con mayor fuerza y engaña sobre su carácter representado.

El estrato mostrativo de una autobiografía es pseudo hablar, hablar dentro de lo representado, no hay comunicación, podríamos decir que hay pseudo comunicación aunque lo parezca, una comunicación que no sale de lo representado.

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Relato en primera persona. El Lazarillo de Tormes

Relato en primera persona. El Lazarillo de Tormes

Cuando un personaje, el protagonista de ordinario, narra su propia aventura como hace Lázaro de Tormes, la  voz narradora y la voz del personaje coinciden, son la misma voz. Voz narradora significa aquí que la representación la confecciona el protagonista y habla en ella.

Como el hablar común es irrestricto por su naturaleza y el hablar de los personajes es  común,  un personaje puede  confeccionar la representación de su propia vida,  contarla él.  Pero la narración del personaje está inserta en la representación. El hablar del personaje y el hablar del narrador son diferentes. Aquel es un hablar representado, es pseudofrase icónica, no es hablar real.  Y el hablar del narrador es un hablar  inmanente y pero no representado. En esto difieren.

Como todo hablar conlleva la situación comunicativa que establece la relación entre primera y segunda personas, tanto al personaje que habla como al narrador  le corresponde un «tu» y un «yo» y la diferencia reside en que la situación comunicatva inserta en la representación mostrativa: los personajes conversan entre sí y también narran. Y con el narrador no esto no se da. El hablar del narrador no se representa, no es una comunicación representada entre hablantes, como el diálogo de los personajes. El hablar del narrador es un hablar verdadero, pero inmanente, presupone una estructura de comunicación inmanente al texto narrativo completo. El narrador es una voz que habla a quien lee. El narrador es el «yo» y el lector es el «tu».  En cuanto aparece una voz que habla, se la oye leyendo el texto y no es un personaje, se hace presente esta estructura de comunicación interna de la narración. En la que el hablante es inmanente, no real. Y lógicamente el oyente no está en el texto con ninguna réplica. Pero puede ser sujeto explícito de apelación: amigo lector. Esta es la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando.

Cuando se trata de un relato autobiográfico como el que hace Lázaro, el narrador es personaje.  Si el personaje narra, construye una representación  no desaparece porque está en ella.

Sucede lo mismo en la narración que no es autobiográfica. El hablante que confecciona el comienzo de la representación y se la atribuye, sigue como hablante, es decir como narrador, pero desaparece en la representación donde nadie habla y no es autobiobráfica.  Pero si lo fuera estaria también en la representación. De modo que el hablante narrador tiene la identidad del personaje. Un mismo sujeto tiene dos voces.  Aunque se confundan son distintas. En el texto apofántico mimético el narrador calla como narrador. Pero en ese texto habla como personaje y como resulta que el personaje se pone a narrar, se confunden las voces. Cuando un hablante cuenta su caso, si confecciona una representación de él, se convierte en personaje y es también narrador. Y el hablar de un personaje narrador  es un hablar representado.

Par interpretar este punto hay que tener en cuenta que en la representación solo hablan los personajes, el narrador calla. Su hablar es la situación comunicativa. El narrador no cuenta la representación, la representación se da a sí misma. Pero cuando el hablante cuenta su caso se convierte en personaje representado.  Dos intancias.

La figura de Lázaro pertenece al mundo representado, y por ello e observ a su hablar como a tercera persona. Auque al introducir en la representación narrativa su vida, aparece la primera persona contándola.

De lo anterior parece deducirse que lo autobiográfico  depende de la figura de un hablante representado. No es un hablante inmanente ni es un hablante real. Por esta razón que requiere mayores precisiones, la narración autobiográfica no contradice lo afirmado: en la representación nadie habla, pero hablan los personajes y aparecen representaciones que ellos se atribuyen.

En el texto del Lazarillo de Tormes habla Lázaro como persona real (aunque sea falso) y también como narrador. La mostración autobiográfica se origina en el hablar de un personaje y se objetiva dentro de ella. El narrador suele ser en los texto una voz anónima; ahora no es anónima, sino conocida, es  la voz de Lázaro, el personaje es el sujeto narrador. Hace los dos papeles. El autor anónimo lo presenta como real. Su hablar se encuentra en la comunicación y en lo representado . Resulta difícil distinguir sus voces diferentes.

Analizo este fragmento:

“Yo como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo  que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada, espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podía ser.

-No diréis, tío, que os lo bebo yo – decía-, pues no le quitáis de la mano.»

El personaje Lázaro habla de sí con hablar común por ser parte de lo representado y sigue el texto mostrativo en primera persona. Obsérvese que podría todo él conmutarse por tercera persona sin dificultad. Todo él párrafo es un segundo plano en imperfectos, salvo la acción «acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil«, que es el núcleo. Es un buen ejemplo de segundo plano y los imperfectos recogen la condición habitual de estas acciones. Y la última frase «no sabiendo que podía ser»  es voz del narrador que da una explicación. Es el lenguaje indirecto del pensamiento del ciego. Y después viene el estilo directo, el hablar de Lázaro en sus propias palabras,  que contrasta con lo representado anterior.

Tenemos un narrador inmanente, una representación con un personaje que habla en primera persona y la voz representada de ese personaje en lenguaje directo. Modos diferentes de un de un mismo hablante.

Cuando Lázaro presenta el libro en el prólogo lo hace por pura traza,  como dice Julio Cejador en su edición, esto es haciéndose pasar por real y como si la narración fuera  contada por él. Según esto el personaje también real. Esta es la traza porque los dos son ficticios.(Texto del Lazarillo citado por la edición de F. Rico en  Cátedra)

Palabras del narrador en el capítulo XVII

 

Palabras del narrador en el capítulo XVII del Quijote. Voy a entresacar las veces que el narrador habla en este capítulo.

1  “Cuenta la historia que»

Comienza el capítulo  con una frase de estilo indirecto, se cita el libro de don Quijote, la historia,  y con un “que” introductor se añade la cita: todo el libro del Quijote es cita. Empieza así:

“Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo”

A su vez las primeras palabras que se citan del libro son otra cita :

2  “don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo”.

Son las palabras de don Quijote citadas por el narrador; pero las dice el narrador segundo. Si no las reprodujera el segundo narrador, las diría don Quijote: *Sancho, tráeme el yelmo. Podría haber comenzado el capítulo sin el artificio de dos narradores, por ejemplo:   Don quijote dijo a Sancho: – Tráeme el yelmo. Lenguaje que es mostrativo con el modo dialogal del lenguaje directo.

El estilo indirecto es palabra del narrador. Como voy a recoger todo lo que pertenece a este  estrato, incluyo el lenguaje indirecto porque este modo oblicuo de reproducir las palabras de los personajes es voz de narrador. La siguiente frase es esta:

3 “siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras,”

El lenguaje indirecto, que en este caso es pensamiento de don Quijote referido por el narrador, está introducido por el gerundio: pensando que.  Sobre el uso del gerundio en la narración ver otra entrada relativa a esta forma verbal. El pensamiento y la creencia de don Quijote la refiere el narrador. Rige con verbos de pensamiento.

4  “ viendo  aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices (y en oliéndolas) dijo”

            “viendo” tiene la temporalidad de “las llegó”, como es durativo es simultáneo a dijo, no se encuentra el línea de anterioridad temporal con el acto de “acercar a las narices”, no puede pertenecer a la articulación  temporal de la serie.  Pero pudiera trasponerse a indefinido sin cambio significativo *vio aquellas gachas  .. y las llegó a las narices . Señalaría anterioridad.

Lo hace el gerundio con la partícula “en” antepuesta. El gerundio por ser forma sin señalamiento temporal no puede expresar anterioridad, pero la partícula sí. Equivale a decir “habiéndolas olido”.  La  retrospección.

5  «Y  todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:”

 Lo subrayado lo atribuyo al narrador porque no es sino un recuerdo de lo ya narrado y se puede entender que lo refiere el narrador, empezando por especialmente.

Este párrafo reviste interés porque a continuación,  inmediatamente después de las palabras del narrador,  se pasa a la representación pura donde nadie habla, de primer plano: “dijo”, verbo de lengua, primer plano. Indica la acción de hablar; esta acción y el lenguaje directo que viene a continuación son la misma. Por esta razón no sitúo en el primer plano muchos verbos de lengua, introductores del estilo directo, de los que Cervantes nunca prescinde.

También el estilo indirecto se presenta con verbos de lengua. Como los que siguen:

6  “Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondiole el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.

                        Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.”

Los verbos de lengua son “persuadir”, “responder”, “responder”, “suplicar”. Los verbos de pensamiento son los anteriores citados, «creer» y «pensar». Hay que atribuirlos al narrador, no a acción misma sino su contenido.

Luego viene un párrafo en que la transición desde la voz del narrador a lo mostrativo reviste matices en los que no me detengo. Es un terreno en el que las apreciaciones son discutibles.

Sigue lo siguiente:

7  “tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requerimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese priesa”

La siguiente intervención del narrador responde al primer narrador, es esta:

8  “Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ”¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha”

Ahora es el primer narrador que -trata de autor al segundo – e introduce su palabra en lenguaje directo. Como si el segundo narrador fuera un personaje, pero no de la representación de la historia, sino personaje fuera de ella. Hay una duplicación, como un juego, que sin prestar atención es difícil de captar. Un narrador puede hablar de los personajes representados, pero no les interpela, entre otras cosas porque es inmanente y dependiente de esa representación. Razón por la que el que interviene es el primero de los narradores, hablando del segundo. Y para terminar su intervención, dice:

“Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula”.

El gerundio “diciendo que” es verbo de lengua introductor del texto que se atribuye al segundo narrador, el primero cita al segundo en lenguaje indirecto (esta es una verdadera citación)  y luego ya empieza el texto mismo “abrió de par en par la primera jaula …

Este pasaje nos remite a la primera frase del capítulo.

Todavía en este contexto de juego entre narradores aparece esta frase:

 “abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció

Interpreto que el primer narrador hace referencia con un inciso al escrito del segundo, «como se ha dicho», porque en realidad el libro viene a ser como una cita entera que hace el primer narrador del segundo. Pero la frase «como se ha dicho»  es un inciso aclaratorio.

Las siguientes que hemos de atribuir al narrador son:

10  “Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura”

11  “don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera”

12 “el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones”

13 “Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase”

La voz del narrador hay que oírla y a veces se percibe débilmente. Habrá en este punto opiniones diversas.

 

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Dos narradores y dos autores

El capítulo XVII, 2ª parte del Quijote,  relata  “la aventura de los leones” y empieza así:

Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, …”.

Esta frase la dice un hablante, pertenece a un narrador. Los personajes son hablantes, pero su  lenguaje de hablantes se encuentra dentro de la representación. Si hay varios personajes hay varios hablantes: don Quijote, Sancho, el leonero, el del Verde Gabán son personajes. Su hablar es un hablar representado. El narrador no es hablante de este tipo, no pertenece a este estrato mostrativo, no es un personaje. La frase cuenta la historia que no la dice un personaje a otro. Se encuentra en una estructura de comunicación fingida dentro del escrito narrativo y es otro estrato, Precisamente el hablar del narrador, lo forma su hablar, en él hemos de situar al narrador, no se mezcla con el hablar de los personajes.

La frase, Cuenta la historia, son palabras de un narrador. Cita un libro ya  escrito, que contiene a otro narrador. Este segundo narrador es el que, quizá, reproduciéndolas, dice las palabras de don Quijote, que daba voces a Sancho que le trujese el yelmo.  Si las dijera don Quijote sería  Sancho: trae el yelmo o  algo semejante.  No sabemos cómo lo pone el libro que cita, Puede ser estilo directo o indirecto. Pero la forma daba voces a Sancho que  es lenguaje indirecto de uno o de los dos narradores. El narrador  del libro lo puso así o el segundo narrador lo expresa así.

Una historia tiene un narrador. Hay dos narradores. Porque si el narrador está citando una historia ya escrita antes, esa historia que no es suya, contiene la voz de un narrador que no es él.  Esta duplicidad es un juego al que es aficionado Cervantes, más adelante en este capítulo reaparece.

Dice Cervantes en el prólogo que el libro es hijo de su entendimiento y más adelante que lo encontró ya escrito. Hace simulaciones y por otra parte no distingue entre autor y narrador, como se hace hoy, ni entre narrador hablante y representación. Todo el texto de la historia la cuenta el autor-narrador. El autor es el narrador y es el que habla en todos los estratos.

Hacia la mitad de la aventura el narrador segundo cita al autor del libro, tomando de él apóstrofe que dedica a la valentía y arrojo de don Quijote: ¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha…”. El segundo narrador, reporta las palabra del primero, que desde fuera de la representación o historia que escribe se dirige a don Quijote, como a persona real y como personaje verdadero. El narrador habla al personaje. Dando a entender que es verdadera historia y don Quijote persona real: Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos.

Dirigiéndose a don Quijote le ensalza. El primer narrador cita al segundo y reproduce su habla en lenguaje directo: el apóstrofe que dirige al personaje, con la apariencia de una comunicación hablada real, pero es el segundo narrador y no rompe la magia de la representación. Es como una representación en otra.

Después de la introducción, el imperfecto don Quijote daba voces a Sancho, el verbo de comunicación dar voces es reproducción de lo que dijo el personaje, pero lo dice el narrador. Estas palabras pudieran estar en el libro de la historia en lenguaje directo: tráeme el yelmo o en el mismo indirecto, con el que o dijo que. Esto no se puede saber, el estilo indirecto delata al narrador. El Quijote, en cualquier caso, no tiene dos narradores, aunque el querer presentar la ficción como historia lleve a estos juegos de desdoblamiento. Por otra parte, el narrador es por naturaleza anónimo o falso, en el sentido de ser figura inmanente. No parce posible que en la estructura de la comunicación narrativa propiamente hablando haya lugar para diferenciar narradores identificados y distintos,

Solo hay un narrador

No encontramos varios narradores al examinar la narración desde la perspectiva del texto. En este  enfoque, desde la naturaleza del lenguaje, en la teoría sobre  narración que defiendo, solamente puede hablarse de un narrador.

Hay un estrato que es puramente mostrativo. En él se da una representación, se muestra una historia singular. Nadie habla en ella, se mira lo representado como se contempla un  retablo, no se escucha lo que alguien dice, se presencia un suceso articulado. Es una estructura temporal, pero  nadie habla y si nadie habla no puede haber narrador. Las palabras están ahí pero no hay enunciación ni hace falta presuponerla.

Soy consciente de que esta afirmación contradice la doctrina más corriente sobre el texto narrativo. Ser “testigos directos” de la acción – dice Chatman – es la alternativa al hecho de que alguien te esté contando algo. Chatman  rechaza la noción de mímesis, como discurso apofántico, porque no es la realidad misma.  De la que se es testigo. Por lo tanto siempre en la mímesis hay alguien que habla. Lo representado no es un objeto, viene de un hablante.

Se cae en el equívoco de que como hay palabras alguien las enuncia. Siempre tiene que haber un hablante. Por tanto detrás de lo representado hay un narrador y de ahí se  pasa a explicar el punto de vista, la focalización y demás, como atribuido a una persona.

Si no se entiende la representación como presencia objetiva, entonces tenemos siempre un hablante detrás de lo representado: narrador implícito, callado, no intrusivo, omniesciente…  Y además otro hablante claro y  manifiesto.

No se entienden las cosas así desde el plano lingüístico y la lógica del texto. Desde esta perspectiva solo se llega  a un hablante narrador. Por descontado queda el hecho de el  autor no es el narrador como todo el mundo reconoce y se da por distinción resuelta. Pero este asunto nada tiene que ver con la afirmación de que en el discurso apofántico no hay  hablante por definición lingüística y lógica.

Además encontramos que representación y habla son incompatibles. Razón por la que el narrador real hablante se convierte en inmanente cuando la representación domina todo.

Los estructuralistas franceses, que son tan citados por los narratólogos, pretendieron explicar el argumento, la historia, con categorías estructurales, al modo de la lingüística. Y esa abstracción del argumento,  “la sustancia de la expresión”, lo narrativo,  se encuentra en formas y soportes varios,  cine, tira de cómic, ballet, y entre ellas una mas es el texto.

Este es a mi juicio el desenfoque fundamental.

La narración es primordial y originariamente una forma de lenguaje. Desde el hablar común se desarrolla la representación narrativa. La narración nace así, es lenguaje. Un discurso secundario y distinto del hablar común.  Si se tomara como forma marcada la lengua el discurso de la comunicación común , el discurso narrativo sería la forma no marcada. En el hablar común puede haber representación, en la representación no hay hablar común, no hay hablar. Todas las  narraciones posibles nacen de  la narración del texto, de la narración con lenguaje, oral o escrita.

Aunque el estrato mimético y representador se encuentre penetrado por el estrato hablador, son bien distintos lingüista y lógicamente.

Solamente hay un narrador. En la reprentación nadie habla. Esta es la esencia de lo narrativo, pero no todo el texto es así. Al separar lo mimético – el núcleo y la narración de segundo plano –  se percibe este punto. Volveré sobre ello.

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Chatman, S., Histoia y discurso, Madrid 1990.

El hablar del narrador

El núcleo y el segundo plano son estratos mostrativos. En ellos nadie habla. El hablar de los personajes es también puramente mostrativo y hablan en el interior de la representación y entre ellos. Pero no es así el hablar del narrador.

Pero la voz del narrador es una intervención que intenta añadir algo a lo representado, explica quizá lo mostrado, el texto tiene las propiedades del hablar y se sitúa frente a lo mostrado de modo semejante a como se sitúa el lector-observador.

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