Los gerundios del capítulo XVII

Esta es una observación de todos los gerundios del capítulo. Deber ser, según creo, el procedimiento adecuado para obsevar su comportamiento en el contexto de la serie temporal, que representa acción. En las descripciones del uso de este tiempo y del infiinitivo no se tiene en cuenta el papel que desempeñan en el texto de la representación. Se engloban en la descripción de su valor las frases narrativas y las no narrativos, las propias del habla.

El gerundio al depender de una forma flexiva, indefinido o imperfecto, en principio se vincula al plano de estos tiempos, y se sigue el criterio oracional sintáctico. Pero si se trata de verbos de acción, como ocurre en la mayoría de los casos, los gerundios son  conmutables por el indefinido en unos casos y por el imperfecto en otros. Los que se conviertan en indefinidos, al adquirir el caracter perfectivo, cambian ligeramente el matiz, como se puede observar en el número 2 , en llegando, le dijo por llegó y le dijo». Pierde la simultaneidad y resulta consecutivo. Incrementan los puntos temporales del núcleo. Si no son acción, como el número 17, temiendo, no pueden conmutarse.

Por ser acciones forman parte de las acciones argumentales, que es el encadenamiento, ocupan el mismo punto del verbo personal y por esta razón son asimilables a la trama puntual. Pero no pueden formar estrato propio, ni plano alguno. Se parecen por su aspecto no terminado a un imperfecto de segundo plano. Y acompañan con frecuencia al verbo introductor del lenguaje directo o indirecto. Enumero 15 gerundios. Y reuniré otros ejemplos para completar este estudio.

El número 1 es perífrasis continuativa, pero su valor para formar  la serie lo da el auxiliar en indefinido y por ello el gerundio solo aporta  su aspecto continuativo y semántico. Estos gerundios que componen la perífrasis no los he incluido en la lista.

1 «estaba él comprando unos requesones»
Las perífrasis se consideran como si fuera una forma simple, en este ejemplo como un imperfecto.

2 «el cual, en llegando, le dijo»:
La partícula ”en” da un valor de anterioridad, sin que modifique la articulación temporal de la serie de acciones. La acción “llegando” , simultánea con decir, puede conmutarse a primer plano: «el cual llegó y le dijo”.

3 «pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras».
creyendo” y ”pensando” son predicaciones secundarias. Por ser verbos introducen un objeto directo: el pensamiento de don Quijote, que se expresa en palabras que dice el narrador. Pero por no ser verbos de acción no se pueden conmutar a primer plano. Podrían conmutarse por imperfecto: *siempre se preguntaba y pensaba que ….  Son predicados que no se pueden encadenar entre las acciones del núcleo.

4 «Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada».
Es verbo de acción: “volverse” es predicación secundaria del verbo nuclear “pedir”.
Equivale a *se volvió y pidió la celada
Es una acción simultanea que podría conmutarse por indefinido nuclear.

«quitose la celada [por ver que cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza],  y, viendo  aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices».
“viendo
” es predicación secundaria, se puede conmutar a indefinido, equivale a *quitose la celada …  y vio aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices.

6 «las llegó a las narices en oliéndolas dijo:»
La partícula en da valor de anterioridad, el gerundio no lo tiene, como en 2.
”por ver” de percepción, no modifica a “quitose la celada”, pero es su complemento indicando futuro o finalidad.
Hace el doblete con el gerundio  por ver y viendo. Finalidad y realización de la finalidad. Acción que tiene por sujeto a don Quijote.

7   «afirmándose bien en los estribos»
8  «requiriendo la espada»
9  «asiendo la lanza»
10 &nbsp «a lo que dijo don Quijote, sonriendo un poco»
11 «llegándose a don Quijote, [que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas], le dijo:»
11 «llegándose a don Quijote, [que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas], le dijo:»
12 «volviéndose al leonero, le dijo:»
13 «volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua, Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas»
14  «procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen»
15 «Viendo, pues, el leonero que (ya los que iban huyendo estaban bien desviados), tornó a requerir y a intimar a don Quijote»
16 «se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones»
17 “temiendo” no puede conmutarse a indefinido,  primer plano, no es una acción; sí se puede conmutar a imperfecto,  segundo plano, pero señalado la causa con anterioridad *porque temía que.

18  «desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro»
19 «se fue a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea.»
20  «pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote» (ver Palabras del narrador en el capítulo XVII).
21  «Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos»
22  «alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo:»
23  «perdiendo alguna parte del miedo»
24  «poco a poco se vinieron acercando»
25  «en llegando, dijo don Quijote al carretero:»

Las formas no personales del verbo (2)

Las formas no personales  son verbos que expresan acciones, eventos  o estados, pero no tienen  el valor temporal  propio del indefinido  – que es el momento  presente de la narración- o del  imperfecto que le acompaña  y que puede articular el segundo plano por ser una  forma personal independiente.

El infinitivo, gerundio y participio quedan dentro de la sintaxis oracional. Pero pueden señalar algunos aspectos o momentos  temporales y esto es lo que importa desde el punto de vista del texto de la  narración, que supone la articulación temporal de un suceso.

En el número 31 indico que estas formas no suponen problema para el desarrollo de la estructura narrativa, pero es necesario estudiar sus apariciones en este contexto, es decir, en las oraciones apofánticas.  Hay problemas propios de la sintaxis oracional que carecen de relevancia en la gramática de la narración.

Llamó para saber la llegada de tu vuelo. No tiene valor narrador este uso del infinitivo.

Acomodados   dio  comienzo el acto. Sí lo tiene.

Se podría conmutar por *Se acomodaron , dio comienzo el acto. Y entonces se ve que la acción de acomodarse forma parte de la articulación temporal del primer plano.

Y este otro ejemplo del capítulo XVII:

Limpiose don Quijote y quitose la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas dijo:

 Se pueden conmutar los gerundios:

*“Limpiose don Quijote y quitose la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, vio aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y las olió y  dijo:”

En el capítulo XVII del Quijote aparecen unos quince o veinte gerundios, algunos en perífrasis. A ellos dedicaré una entrada nueva por su extensión no cabe en esta.

Palabras del narrador en el capítulo XVII

 

Palabras del narrador en el capítulo XVII del Quijote. Voy a entresacar las veces que el narrador habla en este capítulo.

1  “Cuenta la historia que»

Comienza el capítulo  con una frase de estilo indirecto, se cita el libro de don Quijote, la historia,  y con un “que” introductor se añade la cita: todo el libro del Quijote es cita. Empieza así:

“Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo”

A su vez las primeras palabras que se citan del libro son otra cita :

2  “don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo”.

Son las palabras de don Quijote citadas por el narrador; pero las dice el narrador segundo. Si no las reprodujera el segundo narrador, las diría don Quijote: *Sancho, tráeme el yelmo. Podría haber comenzado el capítulo sin el artificio de dos narradores, por ejemplo:   Don quijote dijo a Sancho: – Tráeme el yelmo. Lenguaje que es mostrativo con el modo dialogal del lenguaje directo.

El estilo indirecto es palabra del narrador. Como voy a recoger todo lo que pertenece a este  estrato, incluyo el lenguaje indirecto porque este modo oblicuo de reproducir las palabras de los personajes es voz de narrador. La siguiente frase es esta:

3 “siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras,”

El lenguaje indirecto, que en este caso es pensamiento de don Quijote referido por el narrador, está introducido por el gerundio: pensando que.  Sobre el uso del gerundio en la narración ver otra entrada relativa a esta forma verbal. El pensamiento y la creencia de don Quijote la refiere el narrador. Rige con verbos de pensamiento.

4  “ viendo  aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices (y en oliéndolas) dijo”

            “viendo” tiene la temporalidad de “las llegó”, como es durativo es simultáneo a dijo, no se encuentra el línea de anterioridad temporal con el acto de “acercar a las narices”, no puede pertenecer a la articulación  temporal de la serie.  Pero pudiera trasponerse a indefinido sin cambio significativo *vio aquellas gachas  .. y las llegó a las narices . Señalaría anterioridad.

Lo hace el gerundio con la partícula “en” antepuesta. El gerundio por ser forma sin señalamiento temporal no puede expresar anterioridad, pero la partícula sí. Equivale a decir “habiéndolas olido”.  La  retrospección.

5  «Y  todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:”

 Lo subrayado lo atribuyo al narrador porque no es sino un recuerdo de lo ya narrado y se puede entender que lo refiere el narrador, empezando por especialmente.

Este párrafo reviste interés porque a continuación,  inmediatamente después de las palabras del narrador,  se pasa a la representación pura donde nadie habla, de primer plano: “dijo”, verbo de lengua, primer plano. Indica la acción de hablar; esta acción y el lenguaje directo que viene a continuación son la misma. Por esta razón no sitúo en el primer plano muchos verbos de lengua, introductores del estilo directo, de los que Cervantes nunca prescinde.

También el estilo indirecto se presenta con verbos de lengua. Como los que siguen:

6  “Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondiole el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.

                        Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.”

Los verbos de lengua son “persuadir”, “responder”, “responder”, “suplicar”. Los verbos de pensamiento son los anteriores citados, «creer» y «pensar». Hay que atribuirlos al narrador, no a acción misma sino su contenido.

Luego viene un párrafo en que la transición desde la voz del narrador a lo mostrativo reviste matices en los que no me detengo. Es un terreno en el que las apreciaciones son discutibles.

Sigue lo siguiente:

7  “tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requerimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese priesa”

La siguiente intervención del narrador responde al primer narrador, es esta:

8  “Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ”¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha”

Ahora es el primer narrador que -trata de autor al segundo – e introduce su palabra en lenguaje directo. Como si el segundo narrador fuera un personaje, pero no de la representación de la historia, sino personaje fuera de ella. Hay una duplicación, como un juego, que sin prestar atención es difícil de captar. Un narrador puede hablar de los personajes representados, pero no les interpela, entre otras cosas porque es inmanente y dependiente de esa representación. Razón por la que el que interviene es el primero de los narradores, hablando del segundo. Y para terminar su intervención, dice:

“Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula”.

El gerundio “diciendo que” es verbo de lengua introductor del texto que se atribuye al segundo narrador, el primero cita al segundo en lenguaje indirecto (esta es una verdadera citación)  y luego ya empieza el texto mismo “abrió de par en par la primera jaula …

Este pasaje nos remite a la primera frase del capítulo.

Todavía en este contexto de juego entre narradores aparece esta frase:

 “abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció

Interpreto que el primer narrador hace referencia con un inciso al escrito del segundo, «como se ha dicho», porque en realidad el libro viene a ser como una cita entera que hace el primer narrador del segundo. Pero la frase «como se ha dicho»  es un inciso aclaratorio.

Las siguientes que hemos de atribuir al narrador son:

10  “Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura”

11  “don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera”

12 “el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones”

13 “Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase”

La voz del narrador hay que oírla y a veces se percibe débilmente. Habrá en este punto opiniones diversas.

 

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El núcleo del capítulo XVII

(contrasta con los diálogos)

Se encuentra una serie de 59 perfectos simples o indefinidos. Junto a  ellos he colocado complementos y alguna oración subordinada dependiente, por no romper el sentido. Por ejemplo, en el número 51:

don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar

Incluyo la oración de relativo referente al lienzo, que podría considerarse como una intervención aclaratoria del narrador; y la predicación secundaria del gerundio, acción simultánea, que podría trasponerse a indefinido sin alterar el sentido:

“don Quijote puso en la punta de la lanza el lienzo … y comenzó a llamar”.

El contenido del núcleo se puede contrastar con el contenido de los diálogos.

En el núcleo se distinguen algunas fases consecutivas del suceso que son:

  1. Del 1 al 24, Suceso de los requesones y llegada del carro.
  2. Del 25 al 30. El encuentro con el carro de los leones.
  3. Del 31 al 51. El lance de la aventura. El valor de don Quijote contra la mansedumbre del león.
  4. Del 52 al 59. La conclusión y término.

El núcleo o primer plano del  acontecer.

1 –  no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos
2 – por no perderlos, … acordó de echarlos en la celada de su señor
3 – con este buen recado volvió a ver lo que le quería
4 – El del Verde Gabán, que esto oyó
5 –  tendió la vista por todas partes
6 –  no descubrió otra cosa que un carro
7 – le dieron a entender (dos o tres banderas pequeñas) que …
8 – se lo dijo a don Quijote
9 – pero él no le dio crédito
10 – le pidió la celada
11 – no tuvo lugar de sacar los requesones
12 –  le fue forzoso dársela
13 – Tomóla don Quijote
14 – con toda priesa se la encajó en la cabeza
15 – como los requesones se apretaron
16 – exprimieron,
17 – comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote
18 – recibió tal susto
19 – Calló Sancho y
20 –  diole un paño
21 – dio con él gracias a Dios
22 – Limpióse don Quijote
23 – quitóse la celada …
24 – las llegó (las gachas) a las narices
25 – Llegó en esto el carro de las banderas
26 – Púsose don Quijote delante
27 – Llegose en esto a él Sancho
28 – El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía
29 – Apeose el carretero
30 –  desunció a gran priesa
31 – En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera
32 – estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo
33 – se determinó de hacerla a pie
34 – Por esto saltó del caballo
35 – arrojó la lanza
36 – embrazó el escudo
37 – desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora           Dulcinea
38 – puesto en postura a don Quijote
39 – abrió de par en par la primera jaula
40 – pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura
41 – Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula
42 – abrió luego la boca
43 – bostezó muy despacio
44 – con casi dos palmos de lengua que sacó fuera
45 –  se despolvoreó los ojos
46 –  se lavó el rostro
47 – sacó la cabeza fuera de la jaula
48 – miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad
49 – con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula
50 – Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera
51 – don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar
52 – conocieron que el que hacía las señas era don Quijote
53 – perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando
54 – hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote
55 – Finalmente, volvieron al carro
56 – Dio los escudos Sancho
57 – unció el carretero
58 – besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recibida
59 – prometiole de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey

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Capítulo XVII. Texto completo

Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones

Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

— Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.

El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo:

— Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.

Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:

— ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.

Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas dijo:

— Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:

— Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré… Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.

— Todo puede ser —dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:

— Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante y dijo:

— ¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?

A lo que respondió el carretero:

— El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

— Y ¿son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

— Tan grandes —respondió el hombre que iba a la puerta del carro—, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

— ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.

— ¡Ta, ta! —dijo a esta sazón entre sí el hidalgo—, dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.

Llegóse en esto a él Sancho y díjole:

— Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.

— Pues, ¿tan loco es vuestro amo —respondió el hidalgo—, que teméis, y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

— No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido.

— Yo haré que no lo sea —replicó el hidalgo.

Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo:

— Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

— Váyase vuesa merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

Y, volviéndose al leonero, le dijo:

— ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:

— Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.

— ¡Oh hombre de poca fe! —respondió don Quijote—, apéate y desunce, y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.

Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes voces:

— Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.

— Ahora, señor —replicó don Quijote—, si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.

Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

— Mire, señor —decía Sancho—, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una montaña.

— El miedo, a lo menos —respondió don Quijote—, te le hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese priesa.

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: »¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos».

Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

— Eso no haré yo —respondió el leonero—, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.

— Así es verdad —respondió don Quijote—: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo:

— Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.

Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero:

— Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.

— Ésos daré yo de muy buena gana —respondió Sancho—; pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.

— ¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

— Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.

En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído, cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí:

— ¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿qué mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:

— ¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde; que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen «el tal caballero es temerario y atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde».

— Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.

— Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego— respondió don Quijote.

Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán.

(omitido el resto)

Selección de los diálogos del cap. XVII

Capítulo XVII         «aventura de los leones»

(solo los diálogos)

(volver a El núcleo del cap. XVII)

 

— Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.

 

— Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.

 

— ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.

 

— Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

 

— Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré… Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.

 

— Todo puede ser —

 

— Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en persona.

 

— ¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?

— El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

— Y ¿son grandes los leones? —

— Tan grandes que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer.

— ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.

— ¡Ta, ta! dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.

— Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.

— Pues, ¿tan loco es vuestro amo que teméis, y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

— No es loco sino atrevido.

— Yo haré que no lo sea.

 

— Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

— Váyase vuesa merced, señor hidalgo a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

— ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!

 

— Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.

— ¡Oh hombre de poca fe! apéate y desunce, y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.

 

— Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

 

— Ahora, señor si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.

 

— Mire, señor que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una montaña.

— El miedo, a lo menos te le hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

 

— Eso no haré yo porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.

— Así es verdad cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

 

— Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.

 

— Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.

— Ésos daré yo de muy buena gana , pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos, o vivos?

 

— ¿Qué te parece desto, Sancho? ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

 

— Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.

 

Siguió su camino el carro …

Entre objetividad y subjetividad

Comento aquí algo que acerca de la amalgama y ambigüedad que se produce entre las intervenciones del narrador que habla y la representación en la que no puede oírse ninguna voz, salvo la de los personajes, con este fragmento del Quijote:

Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante; y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba.  Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero
Quijote cap. IX Primera Parte

Don Quijote se pone en marcha y Sancho le sigue. La marcha es toda ella una secuencia de acciones de Sancho: Agradecer, besar la mano, ayudar, subir él, comenzar a seguir, entrarse en el bosque. de estado: el bosque estaba allí. Y el último verbo, estar no es acción.

Continúa un  segundo plano de dos acciones: Sancho  seguía / Rocinante caminaba. Y se añade un gerundio viéndose. Las tres acciones son simultáneas. Y después viene un perfecto simple en perífrasis  que introduce  un acto de habla, dar voces y el estilo indirecto que se aguardase. Que naturalmente lo dice el narrador. La expresión tanto que  es una relación causal que conecta el caminar de don Quijote con el dar voces de Sancho

Esta conexión es una relación de causa, por tanto, un elemento lógico, propio del pensamiento, un elemento de subjetividad o de juicio. La cuestión es, pues, si aquí interviene alguien o bien hay que aceptar que estos elementos relacionales son conectores propios de la representación, no introducen a un hablante. Esta interpretación me parece la correcta. La acción de caminar deprisa don Quijote y la queja de Sancho tienen esta relación.

Hay una intervención del narrador no en esta relación de causa a efecto, sino en el hecho de que las palabras de Santo las reporta él. Asunto independiente, pues podría mantenerse la relación causal entre la marcha de don Quijote y el gritar de Sancho con el uso del lenguaje directo: le fue forzoso dar voces a su amo: aguárdese.

El tema que pongo de manifiesto aquí es el planteado el capítulo 27, La voz del narrador del libro: El texto de la narración en español (2016). donde se hace un primer planteamiento entre la objetividad de lo representado y la subjetividad que supone la intervención de un hablante. No puede trazarse una completa separación y deslindamiento, pero se distinguen.