Ejercicio 5 para reacios

El texto de la narración en español es el libro donde explico el núcleo. En el capítulo seis digo algunas cosas como esta: es parte principal de la narración, sin ser toda. El texto tiene varios hilos, tipos de frases, que forman una trama, veces es difiicil deslindarlos, como se verá en este ejercicio.

Otra idea, también el el libro, es que la narración presenta una historia y no la dice nadie. Lo comprobarás en el núcleo del párrafo que veremos. Esto se cumple más que nada en este hilo de la trama, en el núcleo nadie habla. Compruébalo. Este ejercicio te muestra donde está el núcleo y como se lee para encontrarlo. Basta con que lo estudies y lo entiendas. No necesitas hacer más.

Para reacios

Si has entendido el video, puedes hacer lo mismo con otro párrafo, te lo mandaré. No te digo hacer el video. No, el video, no. Me refiero a entracar el núcleo como resultado y comentarlo algo. Si eres capaz escribe diciéndolo en el recuadro Mensaje, te mandaré un párrfo..

Ejercicio 4 para tranquilos

30 doblones de oro, Jesús Sánchez Adalid. Libro VII, capítulo 3, El Asedio

Amaneció con estrépito de pisadas, voces y agudos silbidos de pífanos. Siguió un silencio expectante, que se alargó durante un rato largo y extraño. Tras el cual, de repente, los gritos arreciaron en las torres:
—¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación, el desorden y el desconcierto, mientras las campanas iniciaron el pertinente toque a rebato y las cornetas enloquecían resonando en los muros; y al fondo, como un rugir lejano y a la vez próximo, el vocerío y los tambores de los moros.
—¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! ¡Preparad las mechas! ¡Apuntad! ¡Esos cañones! ¡Todos los cañones mirando al sur! ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Una tropa de soldados, a la carrera, venía desde la ciudadela para apostarse en las defensas de la parte sur de la fortaleza, los oficiales gritaban las órdenes a voz en cuello y los tambores las transmitían. Arriba las mechas encendidas centelleaban en el crepúsculo y el aire de la madrugada parecía estar impregnado de incertidumbre y temor. Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse en los sótanos; y en la plaza desangelada nos quedamos únicamente los hombres sanos y jóvenes, esperando a que alguien viniera a decirnos lo que teníamos que hacer.
Se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, sudoroso y aturdido, acompañado por un cabo todavía más joven que él. Nos miraron, pensaron, titubearon, y el alférez acabó diciendo:
—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba! ¡Arriba! ¡A las almenas!
—¡No tenemos armas! —repuso alguien—. ¿No van a darnos nada para defendernos?
El joven alférez vaciló, como dudando, miró a su ayudante y le ordenó:
—¡Corre a la intendencia! ¡Que traigan inmediatamente cincuenta mosquetes, munición, pólvora…! ¡Corre! No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… ¡Luego otro!… Y una fuerte voz gritó: —¡Fuego! ¡Disparad!
Un tronar de explosiones y tiros brotó en medio de una nube de humo negro, a la vez que nos llovían encima piedras, pedazos de plomo y otros proyectiles. Corrimos a protegernos bajo los soportales y desde allí vimos el ajetreo en las almenas: la carga de los cañones, el acarreo de las balas, el encendido de las mechas, los estampidos…
No había pasado media hora cuando se oyó gritar:
—¡Se retiran! ¡Se van! ¡Alto! ¡Alto el fuego!
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Subimos a las almenas y vimos a lo lejos el polvo que dejaban atrás en su retirada los asaltantes. Algunos caballos sueltos vagaban en desamparo por la ladera, pasando entre los cadáveres que yacían sobre la hierba aplastada. Abajo, en el llano, los moros se concentraban junto a su campamento.
—¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
—¡Aquí, señor!
Traían a un muchacho herido. Una bala le había rozado la cabeza, por encima de la oreja; tenía el pelo pegado a la herida y un viscoso chorro de sangre oscura le caía por la mejilla y el cuello, hasta empaparle la camisa; pero la cosa no parecía ser demasiado grave.
—Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
Un rato después llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas. A los que nunca habíamos tenido un mosquete en las manos nos dieron cuatro instrucciones básicas: la manera de agarrarlo, la carga, la mecha, el disparo… A cada cual se le asignó su puesto en las defensas, con severa indicación de no disparar hasta que se diera la orden. Había poca munición y no se debía desperdiciar.
A pleno sol, a resguardo de mi almena, me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo que debía aleccionarme en aquellos menesteres de la guerra tan desconocidos para mí.
En mi absoluto desconcierto, le pregunté:
– ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
Aguzando sus ojos de aguilucho hacia donde estaba el enemigo, oteó primeramente el panorama, y luego respondió con mucha circunspección:
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos… Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
 —¿Entonces?
—Cualquiera sabe…

Ejercicio

Copia capítulo y pégalo en tu procesador de texto.
Marca las frases con verbos en pretérito imperfecto de indicativo.
Retira todos los pretéritos imperfectos de indicativo, con las demás palabras que le acompañan, la frase entera. Haz todo como en el ejemplo. Las frases en diálogo no se tocan, aunque tengan imperfectos. He marcado los pretéritos pluscuamperfectos también para retirarlos (habíamos tenido).

El ejercicio consiste en observar bien el texto, releerlo. En apreciar la distribución del suceso en sus estratos diferentes. Al retirar parte, queda el texto en su núcleo y con los diálogos. Ahora, prescinde también de los diálogos. ¡Ya está aislado el núcleo! Escríbe la lista de las acciones del núcleo en infinitivos. El infinitivo es el modo de nombrar las acciones. Escribe tus obervaciones y mándalas con el formulario. ¿Cómo explicarías la diferencia entre núcleo y le demás, en este escrito?

Amaneció con estrépito de pisadas, voces y agudos silbidos de pífanos. Siguió un silencio expectante, que se alargó durante un rato largo y extraño. Tras el cual, de repente, los gritos arreciaron en las torres:
—¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación, el desorden y el desconcierto, mientras las campanas iniciaron el pertinente toque a rebato y las cornetas enloquecían resonando en los muros; y al fondo, como un rugir lejano y a la vez próximo, el vocerío y los tambores de los moros.
—¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! ¡Preparad las mechas! ¡Apuntad! ¡Esos cañones! ¡Todos los cañones mirando al sur! ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Una tropa de soldados, a la carrera, venía desde la ciudadela para apostarse en las defensas de la parte sur de la fortaleza, los oficiales gritaban las órdenes a voz en cuello y los tambores las transmitían. Arriba las mechas encendidas centelleaban en el crepúsculo y el aire de la madrugada parecía estar impregnado de incertidumbre y temor. Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse en los sótanos; y en la plaza desangelada nos quedamos únicamente los hombres sanos y jóvenes, esperando a que alguien viniera a decirnos lo que teníamos que hacer.
Se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, sudoroso y aturdido, acompañado por un cabo todavía más joven que él. Nos miraron, pensaron, titubearon, y el alférez acabó diciendo:
—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba! ¡Arriba! ¡A las almenas!
—¡No tenemos armas! —repuso alguien—. ¿No van a darnos nada para defendernos?
El joven alférez vaciló, como dudando, miró a su ayudante y le ordenó:
—¡Corre a la intendencia! ¡Que traigan inmediatamente cincuenta mosquetes, munición, pólvora…! ¡Corre! No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… ¡Luego otro!… Y una fuerte voz gritó: —¡Fuego! ¡Disparad!
Un tronar de explosiones y tiros brotó en medio de una nube de humo negro, a la vez que nos llovían encima piedras, pedazos de plomo y otros proyectiles. Corrimos a protegernos bajo los soportales y desde allí vimos el ajetreo en las almenas: la carga de los cañones, el acarreo de las balas, el encendido de las mechas, los estampidos…
No había pasado media hora cuando se oyó gritar:
—¡Se retiran! ¡Se van! ¡Alto! ¡Alto el fuego!
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Subimos a las almenas y vimos a lo lejos el polvo que dejaban atrás en su retirada los asaltantes. Algunos caballos sueltos vagaban en desamparo por la ladera, pasando entre los cadáveres que yacían sobre la hierba aplastada. Abajo, en el llano, los moros se concentraban junto a su campamento.
—¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
—¡Aquí, señor!
Traían a un muchacho herido. Una bala le había rozado la cabeza, por encima de la oreja; tenía el pelo pegado a la herida y un viscoso chorro de sangre oscura le caía por la mejilla y el cuello, hasta empaparle la camisa; pero la cosa no parecía ser demasiado grave.
—Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
Un rato después llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas. A los que nunca habíamos tenido un mosquete en las manos nos dieron cuatro instrucciones básicas: la manera de agarrarlo, la carga, la mecha, el disparo… A cada cual se le asignó su puesto en las defensas, con severa indicación de no disparar hasta que se diera la orden. Había poca munición y no se debía desperdiciar.
A pleno sol, a resguardo de mi almena, me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo que debía aleccionarme en aquellos menesteres de la guerra tan desconocidos para mí.
En mi absoluto desconcierto, le pregunté:
– ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
Aguzando sus ojos de aguilucho hacia donde estaba el enemigo, oteó primeramente el panorama, y luego respondió con mucha circunspección:
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos… Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
 —¿Entonces?
—Cualquiera sabe…

Amaneció con estrépito de pisadas, voces y agudos silbidos de pífanos. Siguió un silencio expectante, que se alargó durante un rato largo y extraño. Tras el cual, de repente, los gritos arreciaron en las torres:
—¡Ya vienen! ¡Nos atacan! ¡Alerta! ¡Alerta!
Estalló en todas partes la agitación, el desorden y el desconcierto, mientras las campanas iniciaron el pertinente toque a rebato y las cornetas enloquecían resonando en los muros; y al fondo, como un rugir lejano y a la vez próximo, el vocerío y los tambores de los moros.
—¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! ¡Preparad las mechas! ¡Apuntad! ¡Esos cañones! ¡Todos los cañones mirando al sur! ¡Que nadie dispare hasta que se dé la orden!
Una tropa de soldados, a la carrera, venía desde la ciudadela para apostarse en las defensas de la parte sur de la fortaleza, los oficiales gritaban las órdenes a voz en cuello y los tambores las transmitían. Arriba las mechas encendidas centelleaban en el crepúsculo y el aire de la madrugada parecía estar impregnado de incertidumbre y temor. Las mujeres, los ancianos y los niños corrieron a cobijarse en los sótanos; y en la plaza desangelada nos quedamos únicamente los hombres sanos y jóvenes, esperando a que alguien viniera a decirnos lo que teníamos que hacer.
Se presentó allí el alférez Juan Antonio del Castillo, sudoroso y aturdido, acompañado por un cabo todavía más joven que él. Nos miraron, pensaron, titubearon, y el alférez acabó diciendo:
—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Todo el mundo arriba! ¡Arriba! ¡A las almenas!
—¡No tenemos armas! —repuso alguien—. ¿No van a darnos nada para defendernos?
El joven alférez vaciló, como dudando, miró a su ayudante y le ordenó:
—¡Corre a la intendencia! ¡Que traigan inmediatamente cincuenta mosquetes, munición, pólvora…! ¡Corre! No había acabado de dar la orden cuando estalló arriba un cañonazo… ¡Luego otro!… Y una fuerte voz gritó: —¡Fuego! ¡Disparad!
Un tronar de explosiones y tiros brotó en medio de una nube de humo negro, a la vez que nos llovían encima piedras, pedazos de plomo y otros proyectiles. Corrimos a protegernos bajo los soportales y desde allí vimos el ajetreo en las almenas: la carga de los cañones, el acarreo de las balas, el encendido de las mechas, los estampidos…
No había pasado media hora cuando se oyó gritar:
—¡Se retiran! ¡Se van! ¡Alto! ¡Alto el fuego!
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Siguió una calma, con toses y carraspeos entre el humo denso, algún disparo suelto y después el silencio total.
—¡Vamos arriba! —dijo alguien.
Subimos a las almenas y vimos a lo lejos el polvo que dejaban atrás en su retirada los asaltantes. Algunos caballos sueltos vagaban en desamparo por la ladera, pasando entre los cadáveres que yacían sobre la hierba aplastada. Abajo, en el llano, los moros se concentraban junto a su campamento.
—¿Hay alguna baja? —preguntó el alférez.
—¡Aquí, señor!
Traían a un muchacho herido. Una bala le había rozado la cabeza, por encima de la oreja; tenía el pelo pegado a la herida y un viscoso chorro de sangre oscura le caía por la mejilla y el cuello, hasta empaparle la camisa; pero la cosa no parecía ser demasiado grave.
—Llevadlo a la enfermería —mandó el alférez.
Un rato después llegaron a la plaza dos carretones con nuestras armas. A los que nunca habíamos tenido un mosquete en las manos nos dieron cuatro instrucciones básicas: la manera de agarrarlo, la carga, la mecha, el disparo… A cada cual se le asignó su puesto en las defensas, con severa indicación de no disparar hasta que se diera la orden. Había poca munición y no se debía desperdiciar.
A pleno sol, a resguardo de mi almena, me quedé yo en el sitio que me fijaron, al lado de un soldado viejo que debía aleccionarme en aquellos menesteres de la guerra tan desconocidos para mí.
En mi absoluto desconcierto, le pregunté:
– ¿Cómo ve vuestra merced la cosa?
Aguzando sus ojos de aguilucho hacia donde estaba el enemigo, oteó primeramente el panorama, y luego respondió con mucha circunspección:
—¡Quiá! Son cuatro moros piojosos… Han hecho un amago para ver cómo andábamos de fuerzas…
 —¿Entonces?
—Cualquiera sabe…

José Antonio Valenzuela

Ejemplo: un relato ficticio enteramente nuclear

Este texto trata de un relato ficticio. El saber si es ficción o realidad depende de información exterior al texto mismo.  O puede deducirse de lo representado en el texto, que no es el caso, porque lo representado, en este ejemplo, podría ser perfectamente real, aunque es ficción.

Aun así, como el texto dice que Jesús hablaba en parábolas, ya indica que el relato no es real. Se presenta como ficción y objeto construido, sin pretender que pase por un suceso verdadero, como suelen presentarse las ficciones. Se dice claramente comenzó a hablarles con parábolas, en una frase anterior al relato mismo.

Se trata de un relato ficticio que se incluye en otro no ficticio. No sabemos, por el texto, quien escribió este último, e decir, segundo evangelio. Se atribuye la compilación de representaciones de sucesos y de conversaciones a Marcos, discípulo cristiano. Este autor dio la unidad al escrito y proclama al comienzo que es el evangelio de Jesucristo.

Sabemos además, por otras fuentes, que la representación general que contiene el escrito y cada una de sus unidades menores son historia real, pero lo sabemos, como digo, por comprobación externa al texto, ya que el texto no puede verificarse a sí mismo.

La historia contenida en la parábola es esta: unos viñadores dan muerte a diversos empleados del dueño de una viña en la que trabajan, y al mismo  hijo del propietario, para quedarse con ella. El argumento es la representación de una historia enteramente ficticia, que confecciona Jesucristo, un personaje de la representación primera, la histórica, en la que se encuentra la parábola.  Tenemos, pues, un relato ficticio dentro de un relato real.

La historia es tan sencilla y concentrada que se reduce al núcleo. La entiende un niño. El recurso narrativo que emplea, por lo que se refiere a lengua como narración, es el mínimo. La fuerza, desde esta perspectiva literal del texto, solo se encuentra en el hecho de ser un núcleo prolongado y que termina con la muerte dramática. No es un relato literario ni pertenece a ningún género, por muchos pies que se le quieran buscar al gato.

Sin embargo, esta extrema simplicidad se corresponde con la plenitud de sentido, pues contiene el completo evangelio, la entera identidad de Jesús, es decir, manifiesta su persona. Esto puede indicar que la forma de la narración, reducida a los límites estrechos del núcleo, es escogida intencionadamente. Se da un enorme contraste entre la forma esquemática y la significación del todo y plena, entre la representación y lo representado.

Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí. A su debido momento envió un siervo a los labradores, para recibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos, lo agarraron, lo golpearon y lo despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, pensando:

─A mi hijo lo respetarán.

Pero aquellos labradores se dijeron:

─Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad.

Y lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

 

A este núcleo desnudo de veinte pretéritos perfectos simples de indicativo, que reproduzco le acompaña una aclaración y el sumario último de acciones repetidas:

un hombre plantó una viña
la rodeó de una cerca
excavó un lagar
edificó una torre
la arrendó a unos labradores
se marchó lejos de allí
envió un siervo a los labradores, para recibir de éstos los frutos de la viña. lo agarraron
lo golpearon
lo despacharon con las manos vacías
les envió otro siervo
le hirieron en la cabeza
lo ultrajaron.
envió otro
lo mataron;

Sumario: y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban.

Aclaración (voz insertada en la representación): todavía le quedaba uno, su hijo amado.)

  lo envió por último a ellos

Lenguaje directo del pensamiento

pensando:

─A mi hijo lo respetarán.)

Lenguaje directo del pensamiento

Pero aquellos labradores se dijeron:

─Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad.)

 lo agarraron
lo mataron
lo arrojaron fuera de la viña.

 Continúa el texto con una pregunta y su contestación, que naturalmente está ya fuera del relato representado:

 ─ ¿Qué hará, pues, el amo de la viña?

─Vendrá, exterminará a los labradores y entregará la viña a otros.

El que habla no es un narrador de la historia, sino Jesús, que la ha confeccionado en sustitución de su hablar. Si recurre a la confección de una historia para decir lo que no quiere decir hablando, se entiende que la historia hay que interpretarla.

Y la interpretación la comienza Jesús mismo con una pregunta: ¿Qué hará el amo de la viña? El futuro no es ya representación, sino hablar de algo posterior a la historia.  ¿Qué sucederá después? En este punto Jesús deja la confección de la historia y retorna a su hablar.

Por lo tanto, no es un narrador el que pregunta dentro de la historia, sino que, ya desde fuera de la historia o representación de ella, Jesús pregunta o se pregunta sobre las consecuencias.

El objeto, la representación, la parábola, tiene por fin ocultar y hablar al mismo tiempo de algo y, por ello, es necesario descubrir de qué realidad se “habla” con una ficción, con la representación de un objeto ficticio.

La ficción opera como una alegoría de la realidad,

Por otra parte, el sentido alegórico de la representación del crimen ficticio de la viña lo captan los escribas. Esta vez lo explica el narrador, no Jesús que no es narrador, sino el narrador del evangelio, que es la voz, de quien sea, la que explica: “comprendieron que había dicho aquella parábola por ellos.”

Habla alguien puesto que se trata de lenguaje indirecto, que reporta el pensamiento de los escribas.

Lo que Jesús dice de Él en la parábola se descubre con la lectura literal del mismo texto, o de su contexto más amplio: la viña es Israel, los viñadores son los que se benefician de Israel contra su dueño, Yahvé, el hijo es naturalmente el Hijo de Dios y Mesías, el hijo enviado. La muerte del hijo está en el relato ficticio, pero no en la realidad de la que quiere ser representación la parábola. Pero como los escribas la entienden como referida a ellos, se puede pensar que en su mente ya estaba, al menos como intención, darle muerte. Por lo tanto, Jesús la estaba anunciando su muerte y denunciándola como un crimen.

En parte, la historia representada no es reflejo de algo real, puesto que lo futuro no se narra ni es real todavía.  Pero siendo no real, se puede representar como ficción, como un sucedido mencionar su tiempo. Y así es se habla de lo que sucederá, como ya sucedido.

En todo este análisis no hemos dejado el texto mismo y la explicación se hace con arreglo a la estructura del relato. Interesa resaltar que nos ceñimos a la representación del texto, a su estructura como relato, porque lo representado tiene  lo mínimo de representación – el texto narrativo mismo -,  con lo mínimo se da un significado ilimitado de interpretación, Todo se desborda, porque contiene el entero evangelio. Una forma de representación tan escueta, da pie a la infinita interpretación de lo representado.

Por tanto, interesa resaltar que la simplicidad de la representación, la forma elemental y rudimentaria, es la que sirve de vehículo, para llevar a un mundo sin límites de lo representado.

Jesús es el confeccionador de esta narración, porque no quiere decir hablando, lo dice con una representación.

La parábola está ahí y ella lo dice, sin hablar de nadie, Jesús no habla. Explica su vida, un infinito, con un relato elemental, que requiere interpretación y la empieza: ¿No habéis leído esta escritura? La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser piedra angular.

Mc 8, 27- 11, 11

El punto de arranque es el momento en que parte de  Betsaida hacia el norte, hacia Cesarea de Filipo. Este punto es el nacimiento del Jordán. Sin entrar en Cesares de Filipo, se mantiene en las aldeas de alrededor. Desde este punto se dirige hacia Jerusalén. Y nada más llegar entra en el Templo al atardecer.

Voy a recoger el núcleo del relato que va desde este punto geográfico, tan alejado,  y desde este momento,  hasta el otro punto y momento de la llegada a Jerusalén. Este es el destino y el final del camino. Tiene esta secuencia una  configuración temporal y geográfica. Son ¿ kilómetros,  y ¿  tantos días. Y el sentido del trayecto emprendido  es dirigirse conscientemente a un destino y fin en el que concluye el relato. En la ciudad santa. Se dice así en el evangelio:

Mc 11, 11 Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.

Cuando digo recoger el núcleo me refiero al núcleo del texto de la narración. La  narración es un conjunto de acciones con un núcleo que forma su   arquitectura temporal. A una acción sigue otra.  La secuencia de ellas es sin más es la historia narrada,  pero solamente los puntos temporales esenciales, que so como veremos al final quince momentos.

Se trata por tanto de escoger aquellos verbos que indican lo hitos  principales.  En el caso de esta narración, los hechos que avanzan la historia avanzan le historia en el  tiempo, avanzan también en la geografía del camino. Es decir,  un camino sobre la tierra de lugar en lugar, que le aproximan al protagonista de la historia Jesús, acompañado de sus discípulos,  al término. La recogida del núcleo la haré leyendo los momentos decisivos y saltando aquellos episodios que no tienen directa relación con el avance en el itinerario. El núcleo sostiene todo el relato como una columna sostiene el cuerpo erguido.

Empiezo:

Mc 8:27 Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo.

Y en este punto hace Jesús una pregunta:

Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos: — ¿Quién dicen los hombres que soy yo?

Esta  pregunta  da pie a un diálogo en el que Pedro declara que Jesús es el Cristo, según la revelación que tiene de ello. Este episodio es conocido como la confesión de Cesarea. Pero no nos interesa ahora detenemos  en él. Tampoco  en lo que viene a continuación, que es el primer anuncio de la pasión. Aunque sí tomamos el momento en que Jesús habla,  como parte del  núcleo, pero no nos detenemos en el mismo anuncio. Tomanos nota, es el  primer anuncio de la pasión, mira hacia el futuro , pero no menciona Jerusalén todavía.

Mc 8:31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer…(primer anuncio de la pasión)

En el camino suceden  incidentes.  Pueden dar lugar a una narración o unidad narrativa, pero ahora en estas unidades que jalonan la historia no me detengo. Para no perder el hilo general.

Además   dentro de este itinerario se incluyen diálogos y  conversaciones que tuvo Jesús y con ellas y con los incidentes que ocurren se traza la representación. Es como un retablo, en el que se colocan estos elementos o unidades. En el conjunto se aprecia esta composición. Como si fuera una narración compuesta de cuadros empalmados. Se sitúan en un lugar geográfico y en un momento temporal, pero se trata de empalmes en los que se refleja esta articulación.

Además se ha de entender que san Marcos hace el retablo recogiendo sucesos ya contados y juntándolos en la secuencia general del núcleo que entresacamos. Mas bien  que un narrador en directo es un compositor artífice de la representación. Marcos solo interviene como hablante narrador tres veces, cuando hay que aclarar algo que en la representación no se percibe: por ejemplo en la transfiguración explica que Pedro habla de modo incoherente por el temor que le invadía a él y los otros dos:

Mc 9, 6 Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor.

Nos interesará fijar la atención en el lugar geográfico y en el momento temporal. Se trata de dos dimensiones lineales, si algo ocurre después es mas lejos y mas avanzado en el tiempo y  mas tarde, mas cerca del lugar geográfico final,  que es Jerusalén.

El núcleo hasta el momento es:

Mc 8, 27 Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo.

Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos:— ¿Quién dicen los hombres que soy yo?

Mc 8, 31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer…

El siguiente momento nuclear es este:

Mc 9, 2 Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto

Y saltamos el episodio del monte,  la transfiguración, que es un suceso en el camino, importantísimo, pero como digo, ahora no nos interesa,  buscamos el momento nuclear siguiente y es este, cuando regresan al lugar donde habían quedado los demás:

Mc 9, 14 Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre

Regresamos al punto geográfico anterior, pero ha avanzado el tiempo,  no el camino.

En ese lugar ocurre un incidente que se relata con pormenores, lo saltamos y el siguiente momento es cundo dice

Mc 9, 30 Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese,

En este camino o travesía tiene lugar el segundo anuncio de la pasión del que tomamos nota como un  hablar de Jesús, aunque textualmente no forma parte del núcleo. Tampoco ahora dice donde va a ocurrir su muerte.

Mc 9, 33 Y llegaron a Cafarnaún.

Ahora vienen  conversaciones y sucesos pequeños que se relatan con  el diálogo. Saltamos los incidentes de Cafarnaún y hasta el momento tenemos este núcleo:

Y sigue:

Mc 10, 1 Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y de nuevo se congregó ante él la multitud

Tienen lugar algunos sucesos en forma de diálogos y ocurre esto, el episodio de joven rico:

Mc 10, 17 Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: — Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?

Se interrumpe momentáneamente y vuelven a tener lugar conversaciones con los discípulos. Y se reanuda el camino: Iban de camino subiendo a Jerusalén. Ya se dice abiertamente y lo dice Jesús:   subimos  a Jerusalén.

Mc 10, 33 -Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes

Un incidente los hijos de Zebedeo, que no tiene relevancia nuclear y el siguiente punto

Mc 10, 46 Llegan a Jericó.

Y cuando salía ocurre el incidente del mendigo ciego. Sin relevancia nuclear.

Por fin

Mc 11, 11 Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.

 

Núcleo completo:

Mc 8, 27 Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos:— ¿Quién dicen los hombres que soy yo?

Mc 8, 31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer…

Mc 9, 2 Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto

Mc 9, 14 Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre

Mc 9, 30 Salieron de allí y atravesaron Galilea. Y no quería que nadie lo supiese,

Mc 9, 33 Y llegaron a Cafarnaún.

Mc 10, 1 Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y de nuevo se congregó ante él la multitud

Mc 10, 17 Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: — Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?

Mc 10, 33 -Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes

Mc 10, 46 Llegan a Jericó.

Mc 11, 11 Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.

Tenemos 16 momentos nucleares, pueden escogerse alguno mas o alguno menos.

A partir de aquí se pueden seguir del mismo modo con los sucesos de Jerusalén, pero ya el camino ha terminado.

Patria. La pregunta: «¿Qué quiere decir eso?»

 

La pregunta: «¿Qué quiere decir eso?»

El texto:

Oía la lluvia desde la cama. Un rumor gris que parecía decirle: Txato, Txato, despierta, levántate y ven a mojarte. Y qui­zá por demorar el momento de exponerse al tiempo desapacible, o a causa de la luz desvaída que se filtraba por la cortina y le producía pereza y le producía pesadez en los párpados, o porque, anulada su cita con un cliente de Beasáin,  no tenía gran cosa que hacer esa tarde en la oficina,  alargó la siesta más de lo acostumbrado. ¿Qué quiere decir eso?  Pues que durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones,  mientras que otras veces con veinte o treinta minutos tenía de sobra.

 

Reparto y numero las frases.

Oía la lluvia desde la cama.(1)

Un rumor gris que parecía decirle: Txato, Txato, despierta, levántate y ven a mojarte. Y qui­zá por demorar el momento de exponerse al tiempo desapacible, o a causa de la luz desvaída que se filtraba por la cortina y le producía pereza y le producía pesadez en los párpados, o porque, anulada su cita con un cliente de Beasáin, no tenía gran cosa que hacer esa tarde en la oficina,(2)

 alargó la siesta más de lo acostumbrado(3).

¿Qué quiere decir eso?  Pues que(4)

 durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones(5),

 mientras que otras veces con veinte o treinta minutos tenía de sobra(6).

 

La frase 1 del ejemplo es  una frase de segundo plano , estativa, con un verbo de percepción,  descriptiva.

El número 2 contiene frases que interpreto como una intervención del  narrador.  La comparación de la lluvia con una voz imaginaria,  lenguaje directo , la lluvia habla; y luego siguen conjeturas disyuntivas  del narrador.  las alternativas difícilmente pueden ser  representaciones; las tiene que proponer una voz, alguien las dice.

La frase 3 con el indefinido “se alargó”  es nuclear.

La frase 4 es la que contiene la pregunta : ¿Qué quiere decir eso? La formula el narrador rompiendo  la secuencia de la acción nuclear. Porque el núcleo  seguido sería así:

alargó la siesta más de lo acostumbrado – durmió una hora larga sin sueños ni preocupaciones”

La pregunta es una interferencia. Con ella el narrador se anticipa a la percepción del lector/espectador. Su pregunta y comentario es una completa intromisión, rompe la secuencia nuclear.

Esta trabazón entre los estratos, núcleo y voz del narrador,  sugiere que se está mermando la función mostrativa, objetiva, en favor del  hablar. Con esta forma de trabazón se  cohíbe la objetividad de lo representado en favor del hablar subjetivo, como puedo señalar y comprobar en otros muchos casos. Y casi siempre es hablar coloquial en conformidad con la impresión general que da el texto de mostrar el mundo hablado o el mundo desde el habla. Esto lo digo en el sentido de que la forma es muy sensible al mundo que se quiere mostrar. Si se domina.

 

El núcleo del capítulo XVII

(contrasta con los diálogos)

Se encuentra una serie de 59 perfectos simples o indefinidos. Junto a  ellos he colocado complementos y alguna oración subordinada dependiente, por no romper el sentido. Por ejemplo, en el número 51:

don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar

Incluyo la oración de relativo referente al lienzo, que podría considerarse como una intervención aclaratoria del narrador; y la predicación secundaria del gerundio, acción simultánea, que podría trasponerse a indefinido sin alterar el sentido:

“don Quijote puso en la punta de la lanza el lienzo … y comenzó a llamar”.

El contenido del núcleo se puede contrastar con el contenido de los diálogos.

En el núcleo se distinguen algunas fases consecutivas del suceso que son:

  1. Del 1 al 24, Suceso de los requesones y llegada del carro.
  2. Del 25 al 30. El encuentro con el carro de los leones.
  3. Del 31 al 51. El lance de la aventura. El valor de don Quijote contra la mansedumbre del león.
  4. Del 52 al 59. La conclusión y término.

El núcleo o primer plano del  acontecer.

1 –  no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos
2 – por no perderlos, … acordó de echarlos en la celada de su señor
3 – con este buen recado volvió a ver lo que le quería
4 – El del Verde Gabán, que esto oyó
5 –  tendió la vista por todas partes
6 –  no descubrió otra cosa que un carro
7 – le dieron a entender (dos o tres banderas pequeñas) que …
8 – se lo dijo a don Quijote
9 – pero él no le dio crédito
10 – le pidió la celada
11 – no tuvo lugar de sacar los requesones
12 –  le fue forzoso dársela
13 – Tomóla don Quijote
14 – con toda priesa se la encajó en la cabeza
15 – como los requesones se apretaron
16 – exprimieron,
17 – comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote
18 – recibió tal susto
19 – Calló Sancho y
20 –  diole un paño
21 – dio con él gracias a Dios
22 – Limpióse don Quijote
23 – quitóse la celada …
24 – las llegó (las gachas) a las narices
25 – Llegó en esto el carro de las banderas
26 – Púsose don Quijote delante
27 – Llegose en esto a él Sancho
28 – El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía
29 – Apeose el carretero
30 –  desunció a gran priesa
31 – En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera
32 – estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo
33 – se determinó de hacerla a pie
34 – Por esto saltó del caballo
35 – arrojó la lanza
36 – embrazó el escudo
37 – desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora           Dulcinea
38 – puesto en postura a don Quijote
39 – abrió de par en par la primera jaula
40 – pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura
41 – Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula
42 – abrió luego la boca
43 – bostezó muy despacio
44 – con casi dos palmos de lengua que sacó fuera
45 –  se despolvoreó los ojos
46 –  se lavó el rostro
47 – sacó la cabeza fuera de la jaula
48 – miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad
49 – con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula
50 – Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera
51 – don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar
52 – conocieron que el que hacía las señas era don Quijote
53 – perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando
54 – hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote
55 – Finalmente, volvieron al carro
56 – Dio los escudos Sancho
57 – unció el carretero
58 – besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recibida
59 – prometiole de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey

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