La deixis del hablante y la enunciación inversa

La deixis del hablante y la enunciación inversa

Este artículo contiene un concepto esencial. Todo lo referente al texto de la narración se relaciona necesariamente con él. Resume lo que hay que entender, para desentrañar el texto narrativo.

La deixis del hablante

La deixis es siempre un asunto personal y ha de contar con la referencia a alguien que la emplea y la actualiza. La lengua se actualiza en el hablar común, en la enunciación comunicadora, dirigida a oyentes o lectores reales en un hablar real. Lo representado con palabras, un objeto, no posee deixis alguna porque la lengua no se emplea comunicando sino esculpiendo una representación. Es representación y no hay que buscarle presente. No tiene ni aquí, ni ahora, ni yo. La actualización de esta lengua sin deixis y desactualizada, reducida a sí misma, la realiza como acto personal y actualizador el que la lee y contempla. El lector es persona y en él tiene lugar la señalización de la deíxis. Hay que tener en cuenta que el presente originario de toda actualización no lo dan las palabras, los verbos señaladores o sus morfemas temporales, sino el acto personal y egocéntrico de usarlas.

Lo que el lector actualiza como presente son palabras desactualizadas de un suceso representado y escrito en pretéritos. El lector actualiza como contemplador lo representado, y como oyente el hablar del narrador también inactual. El narrador, que antes hablaba en pretéritos y refería al pasado todo con su hablar enunciativo, ahora habla en pretéritos desactualizados, porque su hablar no es un acto real. Esos pretéritos los actualizada el oyente, el receptor de ese hablar inmanente. El narrador no tiene acto enunciativo propio, es un hablar sin persona.

La primera vez que me encontré con esta idea, y por el momento la única vez, fue hace tres años en un artículo de Muñoz Romero (“Funcionamiento de los deícticos temporales en la narración” cito al pie). En los textos narrativos en francés, dice, lo primero es el acontecimiento mostrado, al contrario de lo que ocurre en el uso común del hablar, en que lo primero es la enunciación. Encontré en esta afirmación sorprendente, la confirmación de lo que intuía sin encontrar explicación, al leer ese artículo, aunque la autora no trata el verbo, entendí lo lo que pasaba con él en español.

Por lo tanto, el texto de la narración en su conjunto dual lo actualiza el receptor. Se han invertido los términos de la relación. La enunciación actualizaba la lengua, la lengua que poseía el hablante en su interior. Y ahora, la lengua no actualizada del texto, la actualiza el lector. Este lector ante el texto de la narración es a la vez oyente y contemplador. Se encuentra ante una lengua que en realidad no tiene emisor en su parte hablada ni emisor en lo representado, como tampoco tienen emisor la Afrodita de Milo o el discóbolo de Mirón. Este acto del lector es un acto un acto de apropiación del texto narrativo, apropiación que consiste en situarlo en su presente. El término apropiación es el contrapuesto a enunciación.

De lo anterior se deduce que esos pretéritos vacíos de deíxis, no señalan pasado, pero  son presentes deícticos en la actualización inversa. Por lo tanto, esos verbos que indicaban pretérito como elementos deícticos o palabras señaladoras, y dejaron de señalarlo, ahora cambiando de función señalan presente, el presente de la persona que los actualiza, el lector. Esta deixis inversa es como la enunciativa egocéntrica.

El tiempo de leer o presenciar es el presente de la persona, un tiempo que va pasando en la lectura o contemplación, es un tiempo que discurre como el río, circula en línea de la lengua. Está en movimiento y se va haciendo pasado. Todo sucede a la inversa de la enunciación con la que tiene semejanzas. Porque el acto enunciativo o su deixis no tiene dimensión temporal como ya he señalado. En la enunciación no se señala ninguna dimensión al presente. El presente es abierto e imperfectivo.

Ahora, en la representación de la historia, el presente es perfectivo, como aspecto que hereda de funcionar como perfecto simple, y va muy bien que lo sea para que funcione  la arquitectura temporal de la representación. Lo presenciado ocurre en cada momento sucesivo de lectura y se pierde hacia atrás y al quedar atrás se convierte en algo anterior. El presente en la actividad receptora está de diferente modo al que se señala en la actividad emisora o enunciativa. La dimensión presente del mundo mentado en la enunciación proviene de la actualización sucesiva. Se habla siempre en presente, y el presente existencial pasa sobre la persona.

 La arquitectura temporal del núcleo es una sucesión de momentos, de acciones puntuales, perfectivas, como corresponden al pretérito perfecto simple. La serie verbal de la historia se apoya en el morfema pasado y perfectivo, no se sostiene por el significado temporal de su léxico. La arquitectura temporal de la serie es gramatical. El texto de la historia presenta la sucesión de acciones puntuales y completas y el lector, con sus actos de lectura puntuales los convierte en su presente.

En este caso no hay ni deixis en fantasma ni deixis real. El mundo representado será real o ficticio, eso no importa, lo que importa es que la lengua la actualiza el contemplador. Esta es la base para afirmar que los pretéritos en realidad indican presente y son presentes en el discurso de la representación y en el hablar del narrador. Son presentes narradores.

El lector se sitúa ante el texto de la narración como un solitario. Como lo son cada uno de todos los que siguen una representación teatral o una película. Una multitud de solitarios en la misma sala. No hay deíxis real o en fantasma, puesto que la representación está ahí desactualizada por su propia naturaleza y no se atribuye a nadie.

Por lo tanto, ante el texto narrativo completo aparecen dos implicaciones: se aborda el texto como oyente y se aborda como espectador. Se mezclan estas disposiciones en la lectura. Hay que leer bien uno y otro estrato del texto, no confundirlos. No hay que atribuir la representación al narrador, como se hace continuamente en los comentarios de la narratología. El narrador no cuenta todo. No responde a la experiencia de un lector que vive en el relato. Entra en el mundo representado y lo ve. Ve, vive en él, no escucha. Lo hace con intuición, Hasta en la entonación de leer en alto se nota.

¿Cómo es posible esta confusión? Es posible cuando no se distinguen estas entidades lingüísticas y lógicas que se mezclan en los estratos del texto. El texto hay que desentramarlo en sus estratos para entenderlo. O hay que conocer intuitivamente por connaturalidad su estructura y su origen, lo conoce así un buen actor o escritor. Pero se puede conocer reflexivamente, como debe hacerlo un profesor, cuyo cometido, en mi opinión, no consiste en enseñar esta teoría. Pero como un buen entrenador, que eso es un profesor de lengua, necesita conocerla y servirse de ella.

José Antonio Valenzuela, versión de jun 2020  

Muñoz Romero, M. (1986) “Funcionamiento de los deícticos temporales en la narración” Philologia Hispalensis, vol. III, facs. 1, pp. 95-102.

Cuando la representación es actualizada por el lector.

Cuando la representación es actualizada por el lector.

¿Deixis del hablante o deixis del oyente?

Con el presente de indicativo y con el acto de la enunciación, se sitúa la lengua en el tiempo de la persona que habla. Situarla significa el  hablar, la lengua como hablar,  como conducta,  hablar en situación, según Bühler. El presente de indicativo es en el acto enunciativo un señalador.  Si ese tiempo verbal no se encontrase en el tiempo vivo de un hablante, no sería señal, sería puro léxico en una lista,  sin valor  de referencia externa al tiempo.   El acto de la palabra es comportamiento en el tiempo y, precisa­mente por serlo, con algunas palabras se señala el  tiempo de ese comportamiento.  El tiempo no es ni puede ser propiedad de la lengua, sino de los hablantes, de su existencia, de sus actos, de sus hechos, de su conducta verbal. De ahí que en su referencia al tiempo, los signos  mostrativos necesitan la  conducta, el  acto de señalamiento. El hablar, el discurso actual, requiere una situación de comunicativa  real. Los pretéritos forman parte naturalmente del sistema deíctico.  En el acto de enunciación el pretérito indefinido señala tiempo pasado.

Ahora podemos preguntar: ¿Qué dimensión temporal tiene  el presente? La respuesta es que el presente de indicativo como acto señalador,  según me parece, no tiene ninguna dimensión. No indica cuanta extensión de tiempo abarca, (el tiempo que consume  la mostración  como signo y como acto es irrelevante). La dimensión del tiempo pertenece a la experiencia no lingüística y se puede hablar de ella con  palabras nocionales: horas, temporadas, estaciones. La experiencia del tiempo, la dimensión del  presente, es algo enteramente variable y dejado a los diferentes modos de vivirlo.

Si la  noción de presente deíctico no connota nada  acerca de la dimensión del tiempo, sí tiene que ver en cambio con la actualidad.  La enunciación como acto es una señal, el presente de indicativo nos dice que  pertenece a un hablante,  a su tiempo, a su ser y a su conducta. El uso del presente señala que la lengua se actualiza en el tiempo del hablante con referencia a su ser y su conducta. Y si no son palabras en listas o diccionarios.

El tiempo señalado por el presente de indicativo no es el tiempo instantáneo de ese  acto ni acota ninguna dimensión de tiempo. Es solamente una señal que sitúa la lengua en el hablar. Al señalar pone su contenido en el tiempo, y la  vida dirá  la extensión que tenga ese presente. La extensión del presente no es una cuestión lingüística, es de experiencia vital del tiempo  que  ofrece  muy diversas dimensiones.  Por esta razón, creo que se puede pensar que la dimensión del presente no tiene nada que ver con la mostración de la deixis.

La deixis indica diversas relaciones  de proximidad  que son relativas y no miden nada. El presente de indicativo es un señalamiento sin dimensiones, un señalamiento abierto y sin límites, que denominamos imperfectivo.  Es el acto por el cual la lengua está adscrita a una conducta ,  por lo que el  presente de indicativo significa que la lengua está actualizada en un hablar y así la debo tomar, aunque me faltasen datos para situarme en esa comunicación. Y el pretérito perfecto simple, cuando significa pasado, presupone el presente de un hablante. Así  es como el sistema verbal establece  la relación  de unas formas verbales con otras. En cierto modo, por medio de ellas, según se usen, se puede deducir alguna extensión relativa. Porque el presente actual, además de funcionar como signo deíctico, se constituye en eje de referencias o grado cero del tiempo relativo, interno al sistema verbal.

Bülher indica dos modos de mostrar: demonstratio ad oculos y demonstratio in phantasma.  La diferencia  nace al considerar la ficción ¿Qué actualización puede haber si el hablante es ficticio y el tiempo también?  Se actualiza la lengua  en el tiempo de la fantasía imaginaria. El campo mostrativo del tiempo formado en fantasía por el narrador y el oyente, no es  el tiempo real de los hablantes comunes en cualquier situación de comunicación lingüística real. A este presente de un tiempo en fantasía lo denomina inactual. En la base de este planteamiento está asumido que siempre se narra en pretérito, y hace falta distinguir el pretérito de la ficción del pretérito actual. Se concluye fácilmente que la ficción es lengua no actualizada como la del hablar común comunicativo.

Este planteamiento no acaba de ser completamente útil. Tiene la dificultad de que por el texto no se puede saber nunca qué clase de deixis se emplea. Solamente se puede saber si sabem0s que el hablante es persona real y su comunicación también.  Es algo perteneciente al acto enunciativo,  a la conducta. Si una narración es ficticia o histórica lo dicen factores externos al texto. Lo sé de antemano si compro una novela. Y además  la deixis es siempre personal. Entonces ¿dónde está la deixis en un texto mostrativo donde nadie habla? Nadie habla cuando se trata de un texto histórico o cuando es imaginario.

La mostración o representación no la dice nadie.  En todo caso se adscribe al mundo real o al mundo imaginario si la voz que acompaña es de una figura creada o es persona  real. Si es persona real y le atribuyo la representación,  entonces es un pasado de esa persona,  pretérito real, deixis actual ad óculos . Y si el hablante es imaginario, la representación escrita atribuida a él está escrita en pretéritos , se dice que toda historia se escribe en pasado. Pero siendo ficticio no indican pasado real, sino imaginario. Se puede aplicar la noción de Bühler.  Pero esta explicación es tautológica  y no explica nada  en realidad. Se basa en la idea  asumida de que  toda narración está en  tiempo pasado y es necesario explicar que el pasado de una ficción no es real. Todo es igual en uno y otro caso, y la lengua está actualiza o no actualizada al faltar el hablante real.

Y creo que a efectos de conocer la naturaleza del texto narrativo se ha de plantear de modo diferente. Hay que definir bien la representación,  y entender que por la categoría de ente lingüístico que es nadie habla, no puede apreciarse ninguna voz sin dejar lo representado. Este enfoque significa contemplar lo representado sin atribuirlo a nadie. Con la mostración se alcanza una imagen del mundo y se presencia, se entra en ese mundo sin que nadie hablando guíe. Como se puede contemplar un retablo en sí mismo. Lo representado,  por el hecho de que sea con palabras, no implica una comunicación hablada. El medio de la representación son las palabras, pero  lo representado no depende ni se hace  por medio de una  comunicación hablada. Pero como la  representación, el estrato mostrativo, suele venir acompañado del estrato de la comunicación lingüística, porque el llamado “narrador” o  alguien  habla del retablo, entonces  el que contempla también es receptor de una comunicación. Pero no hay que mezclar las cosas o, mejor dicho, confundirlas. Se trata de instancias diferentes, porque esa voz se distingue de lo representado donde nadie habla a pesar de todo.  Salvo el relato autobiográfico que ahora aparto de la consideración  explicaré en otro momento. Tiene dos instancias  el discurso narrativo.

En este punto es donde cuenta el factor deíctico o la actualización de la lengua. La consistencia del discurso narrativo corre la suerte de la representación. Esta es una entidad lingüística, nacida en el contar sucesos pasados, que tiene el desarrollo y la capacidad de representar una imagen de la vida y del mundo, y cobra naturaleza propia, mas allá y diferente de lo que es la comunicación, porque deja de ser comunicación. Representación y comunicación son entidades diferentes. La naturaleza de la representación significa que la lengua no esta actualizada por un hablante. Y por lo mismo no hay en ella deixis alguna, no hay señalamiento. Un hablante puede atribuirse la representación como confeccionada por él. Como lo hace un escultor.  Puede decir que la escultura es suya, pero frente a ella, que es muda.  De igual modo el escritor. Puede hablar de la representación que ha compuesto como habla el pintor o el escultor. La representación es en sí misma es impersonal. El relato autobiográfico no contradice esto, pero ahora lo soslayo.

Los pretéritos en que está compuesta señalan un tiempo pasado real, porque  el hablante  establece la actualización en su pasado, según hemos dicho que es el origen del discurso narrativo.  Pero ya formada la representación en su naturaleza lingüística, cobra entidad propia desconectada del hablar, mas allá de la retrospección.  Y entonces la representación en si no tiene deixis ninguna. Se configura como entidad impersonal y se confronta  con el hablar del que ha surgido.  Y si el estrato de comunicación  lingüística. el hablar de alguien, predomina, cohibe  la representación y no despega.  Queda subordinada al hablar.  Entones ese hablante actualiza la lengua y lo representado, si representa algo, no sale de la mención del pasado real. Además como está tentativamente confeccionada con pretéritos serían pretéritos actuales. Creo que en este supuesto que describo, al no desvincular la representación del hablar, se origina la terca noción  de que todo relato se escribe en pasado.

La fuerza de la representación reside en poner delante la imagen de un mundo al que se accede por contemplación directa. Esta poderosa capacidad de lo imaginario hace que ocupe el centro y el momento primario es la contemplación. El mundo imaginario se alcanza  por visión directa, que enajena del contacto de la comunicación con persona.  Por su sugestiva presencia  enajena del mundo real. Entonces es cuando se puede apreciar el poder de la representación, que  desplaza al hablante y a la de comunicación.  La representación  en sí misma no esta actualizada  porque no hay hablante. La lengua se hace viva y presente en el contemplador, que  la sitúa directamente en su presente cuando contempla.  En este caso  no hay ni deixis en fantasma ni deixis real. El mundo representado será real o ficticio, eso  no importa, lo que importa es que la lengua la actualiza el contemplador.  Esta es la base para afirmar que los pretéritos en realidad indican el  presentes del mundo representado, son presente  en la representación o presentes narradores.

Con arreglo a esta diferencia un sujeto receptor se sitúa de diferente modo ante el escrito que contiene los dos elementos o estratos: la  representación y el hablar. Por una parte, puede situarse como oyente ante un hablante y escucharle;  si es persona  real y lo identifica como tal, lee lo representado como suceso  histórico y lo considera en el contexto de su pasado. El relato o representación es una historia representada, los tiempos verbales de pretérito  no son los que le dicen que es historia verdadera y pasada. Habrá comunicación real entre él y el narrador que habla. Pero la representación no son sus palabras como hablante.

Y, por otra parte, puede situarse frente a la representación y contemplarla como un objeto que le transporta directamente al mundo representado, real, histórico, pasado. Y contemplarla sin establecer comunicación con nadie. Como un observador, es un solitario. Como lo son todos y cada uno de los que siguen una representación teatral o una película. Quizá multitud, pero de solitarios. Lo tiempos verbales pretéritos  de la representación  no son señaladores deícticos del pasado. La representación es una lengua desactualizada,  no la pronuncia ni emite ningún hablante. La hace suya el contemplador en su presente.

No podemos decir que la representación este actualizada por la deixis real o en fantasma, puesto que la representación está ahí,  desactualizada por su propia naturaleza y no se atribuye a nadie.  Por lo tanto ante el texto narrativo completo y ante la representación y el hablar de una voz, caben las dos implicaciones: se aborda como oyente  y se aborda como espectador. No confundirlas, aunqe se den en una mezclada amalgama. No hay que atribuir la representación al narrador, como se hace contínuamente en los comentarios de la narratología. Ni pensar que la representación me la esta contando alguien, que el narrador “cuenta la historia”.  No es así la experiencia de un lector que vive en el relato.

¿Cómo es posible esta confusión? Es posible cuando no se distinguen estas entidades lingüísticas y se mezclan, a mi juicio, en los comentarios y explicaciones de los textos narrativos. La confusión no la produce el texto que contiene los diferentes hilos en una misma trama.  Es el acto enunciativo lo que cuenta. Si predomina el acto enunciativo del hablante o el predomina  acto receptor,  actualizador, del que lee como espectador.  Este último es un acto  de apropiación de la representación y el lector la  sitúa en su presente. Y deja en cierta sordina al hablante. El texto hay que desentramarlo en sus estratos para entenderlo. Y hay que conocer su estructura y su origen.

En todo este planteamiento, conviene señalarlo, no ha sido necesario tener en cuenta si se trata de una representación histórica, real, o de una representación ficticia. Tampoco he tenido en cuenta el relato autobiográfico, lo haré en otras anotaciones.

 

La estructura dual del texto de la narración

La estructura dual del texto de la narración

Con este escrito hago algunas precisiones que se incorporarán a la segunda edición del Texto de la narración en español. Referentes a los números 26 La representación del hablar27 La voz del narrador.   

 El texto de la narración en español es un entramado de cinco estratos. En tres de ellos – primer plano, segundo plano y descripción – nadie habla. Son objetivos y no hay  yo ni tú, siempre él. Tampoco se encuentran preguntas, ni suposiciones, ni hipótesis, ni incertidumbres. Son juntamente la representación. En ella nadie duda ni manifiesta sentimientos ni razona, salvo las terceras personas representadas.  La representación está ahí,  están  los sucesos y los escenarios, los personajes y sus acciones y  sus aspectos. Es una de las dos partes o discursos del texto de la narración completo: la representación es la parte mimética. Que también se puede denominar apofántica o mostrativa. La otra parte es comunicación lingüística, el hablar o la voz del narrador.

Esta segunda parte es hablar común y general, comunicación con lenguaje. Constituye el dominio o el estrato del narrador. Al narrador se le puede llamar voz  porque  es un hablante con el que nadie dialoga, no identificado muchas veces. Palabra dirigida a quien le escuche sin saber quien sea. No tiene interlocutor. Tiene lectores o en todo caso oyentes de su discurso que son los mismos que contemplan la representación. Habla para ellos. Y como está fuera y frente a la representación como los lectores que la contemplan, habla generalmente de ella. Pero los hablantes tiene espacio abierto, pueden decir lo que quieran.

Estas dos partes se confrontan porque el hablar es externo a la representación. Comunicación (hablar) y representación son contrapuestas. El narrador no dialoga – ni puede hacerlo estructuralmente – con los personajes representados. El narrador no es un personaje y su palabra no influye en ellos.

Esta segunda parte del texto contiene una peculiar situación comunicativa. El hablar del narrador no forma parte de la representación, pero es inherente al texto.  Se puede decir, por semejanza, que estas dos partes se contraponen como lo marcado y no-marcado. En la representación (marcado) nadie habla, pero en el hablar puede aparecer la representación. Como en la representación hay personajes que hablan, ellos también como hablantes representados tienen el campo abierto, el hablar es irrestricto. Pero ese hablar suyo no es el original y verdadero hablar, está representado, no es auténtico, lo llama Martínez Bonati pseudo hablar.

Consideremos la situación germinal y originaria de la representación: un hablante real, en la actualidad de su conversación enunciativa y actual, refiere un suceso pasado, y eventualmente al contarlo hace de él una representación. El momento primordial de la narración se encuentra cuando una persona real habla de su pasado. Todavía no hablamos de narración, pero su discurso está ahí. Pues bien este hablante es auténtico y cuando dice que alguno de los personajes de su historia habla, gritó: -tal cosa, y reproduce su hablar como si fuera una cita, lenguaje directo, ese hablar es distinto del hablar del narrador, no es auténtico, sino representado.

Ahora bien, si ese hablante inauténtico, el personaje, se pusiera a contar un suceso de su pasado tendríamos una representación dentro de otra. Secundaria puesto que, como ya he dicho, el hablante es externo a la representación primaria. En la narración primaria se origina la estructura dual de los textos de la narración: la representación y el hablar.

Estoy dejando conscientemente a un lado el relato en primera persona o autobiográfico para simplificar la exposición. Lo representado de los personajes es su conducta y cuando la conducta es de lenguaje –hablar o pensar –se representa también, gritó, replicó y tantos otros verbos del decir. Pero además de ordinario este decir se reproduce. El contenido reproducido y singular  hay que atribuírselo al personaje y éste, como hablante  puede dudar, suponer o preguntar. Habla desde su subjetividad, es decir, simplemente habla. Como hablar de representación es equivalente a decir que nadie habla.

Ahora, es necesario distinguir entre reproducción y representación. En la representación del hablar de los personajes hay  representación de su conducta. En la reproducción se inserta lo hablado.  La reproducción del habla, estilo directo,  es una imagen icónica, más o menos perfecta, del hablar. es reproducción.

Una oración  como la siguiente: Isabel confesó: estoy pensando en irme de casa. El primer elemento confesó es la conducta de Isabel.  Esta conducta representada  no la  dice nadie, es un punto en la serie de acciones de una historia de la cual está tomada la frase.  Y el segundo elemento, estoy pensando en irme de casa, es la reproducción del acto ya representado. La frase completa es representación mas reproducción, encabalgadas en estratos diferentes,  trabados en la sintaxis de la oración. La oración principal pertenece al núcleo y la subordinada, objeto directo, pertenece al estrato dialogal. Ambos son estratos de la representación.

El hablar del narrador, por el contrario, no es un hablar representado ni está insertado en el estrato mimético, sino en una comunicación lingüística inherente al texto de la narración.  El narrador está fuera de la mímesis representada, y por ello hay que considerar que el texto completo de la narración se compone de dos partes estructuralmente diferentes. Una es de mímesis y la otra de comunicación hablada. La parte mimética tiene cuatro estratos diferenciados: núcleo o primer plano, segundo plano, desdoblado  entre acción y descripción, y diálogos. El lenguaje directo de personajes representados es un estrato peculiar, pero pertenece al estrato mimético.

Estos elementos forman la estructura dual del texto de la narración. Ante este texto hay que situarse doblemente, porque su estructura es doble.  Cuando se está ante lo representado se es espectador, como lo es el que presencia un retablo. Cuando se está ante lo hablado, si se oye una voz, se es oyente. El narrador habla, pero a él nadie le habla, no tiene interlocutores. La comunicación tiene una sola dirección. Tampoco puede hablar con los personajes representados. Pero habla de ellos, lo cual nos hace ver que se encuentra ante la representación estructuralmente como espectador. No puede ser de otra manera.  Una representación solo se puede contemplar.

¿A quién habla el narrador?  Habla  a los mismos que presencian la representación. Esos son sus oyentes, su hablar  convierte en oyentes a los que son espectadores. Se  sitúan como oyentes  por la misma estructura de la comunicación inserta en el texto. Pero este cambio de espectadores a oyentes no les convierte en interlocutores.  Estos  dos papeles se engloban en la noción  única y tradicional de lectores.

Esta  parte segunda es un hablar común y,como tal, es irrestricto. La primera, la representación,  es lenguaje, pero limitado a su carácter de representación. No solo nadie habla, sino que nadie puede hablar en su ámbito.

¿Qué explicación puede darse de esta dicotomía?  Yo encuentro la siguiente en lo que me parece la génesis del texto de la narración  y luego reflejada en ella. La génesis que trazo no la obtengo por comprobación histórica ni de otro orden, sino por descripción supuesta o imaginada con elementos de la realidad dispersa.

Lo primordial en la conducta humana es la comunicación de persona a persona. Una vez desarrollada nace en esta  la representación. Para contarlo hay que representarlo, confeccionar la representación.  El que escucha el suceso es oyente y se convierte poco a poco en espectador de lo representando. El suceso contado es pasado naturalmente, porque es el tio Perico el que cuenta el pasado sucedido.

Esta recomposición significa, lingüísticamente, que el hablante, primero en su enunciación de presente actual habla del pasado.  Los tiempos que emplea en la configuración de la representación son pasados deícticos, anclados como pretéritos en su  presente enunciativo. Por lo tanto son historia. La historia está relatada en los tiempos pretéritos de la conjugación, el indefinido y el imperfecto, y en otros de su esfera temporal.   Es decir, con el conjunto de tiempos pretéritos.

 Entonces se narra efectivamente algo pasado,  en los tiempos del pasado,  según el sistema verbal común en su esfera de pretérito. Con el yo, aquí, ahora de referencia al presente actual de un habalnte.

El texto narrativo pertenece a un hablante narrador que cuenta una historia pasada. Este texto narrativo no tiene las partes que estoy describiendo, no sería dual,  porque el hablante lo domina todo. Con el sistema verbal completo se pasa de lo presente a lo pasado y todo lo que cuenta es pasado y  se puede retornar al presente. Pero en  esta historia se ha formado una representación que se independizará.

¿Como se forma la duplicidad en la lengua? ¿Cuándo se separan y contraponen sus elementos comunicativo y representativo?

A mi parecer cuando alguien se enfrenta directamente a lo representado. Cuando las representaciones se encuentran ahí, como desvinculadas del hablar y sueltas. Cuando ha muerto el que contaba la historia, pero queda el cuento sin su palabra.  Entonces ante esta pieza de lenguaje,  las personas se sitúan ante lo representado, que no pertenece al hablar de nadie.  Ya se lea o se recite y se escucha. El interés primero es  la representación sin la presencia enunciativa de alguien, y así tampoco se puede saber si la representación fue verdadera historia o inventada.  Ya da lo mismo, los  espectadores quieren ver y oír el retablo. Entonces, enfocando esto  lingüísticamente podemos preguntarnos  ¿qué ha pasado con los deícticos pretéritos si ya nadie habla? ¿Dónde está el presente de la enunciación si nadie enuncia?

Ha sucedido esto: que la representación es lo primero, y se ha desplazado al hablante. La representación es una pieza que no tiene enunciación, no está actualizada. ¿Quién la actualiza?  La actualiza el espectador, no hay hablante. Y sin hablante   tiempos pretéritos han dejado de ser deícticos de pasado. Pero las representaciones están en  esos  tiempos verbales del  pretérito, sin importar ya cuando han sucedido y ni siquiera si han sucedido, ya que pueden ser imaginarias. Entonces el valor de esos tiempos verbales  es el de presente del espectador o recitador, el tiempo de quien  presencia como espectador o del que oye la voz inserta en el texto de la historia.  Ahora bien, esa voz ¿de dónde sale? ¿Dónde está la persona que habla?

Se  ha producido un enorme trastorno. Ya no se está ante un hablante que cuenta, sino ante una historia que se presencia y ante una voz que se oye  en el trasfondo y no sé sabe quién es.  Y noes posible dirigirse a él y decirle quizá que calle un poco. Este hablante ya no es el tío Perico que me contaba lo que le paso en el huerto. Es un hablante irreal. Por eso  su  voz  es inmanente al texto, porque el texto tiene además de la representación una estructura interna de comunicación que esta ocupada y formada por este narrador.  Y además siempre esta habla en pretérito.

Cuando la representación se convierte en lo primero, la deíctica del hablante cambia  por la deíctica del espectador. Se invierten los términos. Si la deíctica del hablante tiene su centro en el acto enunciador;  la deíctica de la representación la tiene en un acto que es el del espectador y oyente. La deixis no pertenece al texto. Sino a la persona. La representación no tiene ninguna persona hablante. Podriamos decir que es adeítica. La única persona que actualiza el lenguaje de la representación es el lector, oyente y espectador al tiempo.

Al faltar el hablante, desaparece su acto enunciativo y desaparecen todos los tiempos de la esfera de presente. Al ser la representación lo primero se introduce la deixis del que lee y su presente es el momento de su lectura. Y este receptor, que naturalmente es, en sentido génerico, un hablante de la lengua ¿Qué es lo que lee? Lee imperfectos e indefinidos. Por lo que estos tiempos, pretéritos en la enunciación, se convierten en  presentes de la actualización  lectora.

Todo se mide o desde el acto de hablar o desde el acto de leer y de oír. En el acto del hablar el indefinido/ imperfecto es  pretérito y en el acto de leer, presenciar o escuchar,  el indefinido/ imperfecto es presente.

Se desplaza el sistema verbal y por ello mientras nos encontremos en el hablar actual,  se emplea el todo el sistema, el que explica la RAE en su gramática  tiempo a tiempo, y que empieza explicando el  presente de indicativo. En la Gramática del texto de la narración,  el sistema verbal se describirá  tiempo a tiempo, desde la pareja de presentes, es decir, desde el perfecto simple/imperfecto. En el sistema verbal de la narración no existe la esfera del presente enunciativo. Sus tiempos no pertenecen a esta gramática. El sistema verbal de la narración se forma cambiando el valor de los tiempos que se encuentran en la esfera del pasado. Estos pasan a ser presente y los tiempos de la esfera de presente desaparecen: y si aparecen en la narración, como el famoso presente histórico, son formas no marcadas procedentes de una esfera de tiempos que ya no funciona y que usarse cambiándolas por las marcadas no trasladan con ellas su valor temporal. Son tan presentes narrativos como los verbos a los que sustituyen.

 

Teoría. El Lazarillo. La primera persona (2)

 

Complemento la entrada anterior para precisar la estructura del texto autobiográfico.

Lázaro en el prólogo se dirige a alguien, Vuestra Merced, porque  le ha pedido que “relate el caso muy por extenso”  y comienza a escribir su vida: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mi llaman Lázaro de Tormes”.

Lázaro es personaje ficticio pero pretende pasar por persona real, un  pregonero de Toledo que hace una demanda por escrito.  Dice F. Rico que en su tiempo el libro  “no se dejaba leer como “ficción” de buenas a primeras”.  Y además tenía un parecido con la forma de carta, que es forma de comunicación no ficticia –  las cartas se usan para la narración de hechos reales -,  y dar así  razón de su caso, el último punto de su biografía, que resulta ser la murmuración sobre su matrimonio.

La biografía de Lázaro pretende pasar por un relato de hechos reales y por tanto escrito por persona verdadera. Ya hoy no tenemos duda de que sea fingido. Pero ¿hay manera de averiguar explícitamente, por el texto mismo, si es verdad todo o es todo ficción? Porque esto la lengua misma no lo puede decir directamente. Lo sabemos por información exterior al texto. Por eso en este juego si la ficción pretende ser real, tiene las de ganar.

Esta simulación se hace en el Quijote.  Pero Lazarillo de Tormes tiene ventaja en el engaño de ser  un relato en primera persona. La tercera persona cuenta con la  objetividad. En el Lazarillo  la primera persona está  presente a lo largo de la historia. Mientras que en la narración de tercera persona, el narrador calla.

Para analizar el caso hay que tener en cuenta lo que digo en el número 36. Digo que  en el discurso narrativo lo primero no es si se trata de historia o de ficción, sino si se trata de comunicación verdadera o de representación. La contraposición no es  entre verdadero o ficticio, si Lázaro es un pregonero de verdad o un personaje imaginario. Lo primero es averiguar si estamos ante un hablar común, alguien nos habla, o ante una mostración que se presencia y en ella no habla nadie. Importa  poco si esta mostración es histórica o ficticia.

Esto es primero porque son dos usos del  lenguaje diferentes. Weinrich lo llama situaciones de comunicación y no es exactamente eso.  Hay que recordar el origen del discurso narrativo apofántico,  la representación, el retablo con su historia, que es distinto de la retrospección donde se menciona una acción del pasado: “mi nascimiento fue dentro del río Tormes”. Esta frase es una retrospección en el  hablar común. Pero si este momento de retrospección, deixis real del pasado,  da lugar a una larga historia; la historia  requiere  mostración y la mostración inactiva la deixis.  Y ante la mostración dejamos de oír y empezamos a contemplar. Si la mostración es verdad o es ficción se podrá averiguar después. Si hay simulación nos enteraremos de otra manera.

Por lo tanto no nos debe importar resolver la cuestión de si el pregonero llamado Lázaro existió de verdad. Lo que importa es saber si se trata de una representación  o de un hablar. Si se trata de una representación en la que Lázaro es personaje  en ella, su hablar es un hablar representado, no es hablar auténtico según  Martínez Bonati. La e presentación  se contempla, se contempla también a los que hablan en ella.  El  diálogo de los personajes es un hablar representado.  Este hablar lo observamos con distanciamiento; el hablar del narrador nos compromete, aunque sesté en el marco de la inmanencia.

Cuando la comunicación real da paso acontecimiento y encontramos a una referencia continuada al pretérito,  y a partir de ella  se articula una mostración de lo pasado, entonces la representación anula el lenguaje comunicativo.

El problema que nos ocupa en la autobiografía es que al pasar de una comunicación a una representación, el lenguaje de comunicación se mantiene de modo constante en lo representado. Pero es distinto. Esa primera frase retrospectiva – “mi nascimiento fue”-  , frase de comunicación, da paso a la mostración. Y en ella un personaje habla con lenguaje representado, con  pseudofrases.

Y este lenguaje está desligado de la situación del hablar común.  La figura en la representación tiene un lenguaje irrestricto. Un personaje,  puede hablar con lenguaje de comunicación dentro de lo representado. Si, por acaso, cuenta una historia (es decir hace una representación) tenemos una contada dentro de la representación.

Pero como habla de sí y de su vida parece que no se ha salido de lo real y del hablar común, la pretensión de ser real seduce con mayor fuerza y engaña sobre su carácter representado.

El estrato mostrativo de una autobiografía es pseudo hablar, hablar dentro de lo representado, no hay comunicación, podríamos decir que hay pseudo comunicación aunque lo parezca, una comunicación que no sale de lo representado.

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En el umbral originario de la representación narrativa

En el umbral originario de la representación narrativa.

Las señales, como la de una una sirena, tienen que operar situadas y activadas en el campo  que les corresponde. Desde el punto donde suenan alcanza el espacio circundante y actúan como señal. Son un señalamiento y un punto de origen para su medición: el allí es desde aquí y el pasado es desde el presente.

Los verbos son palabras que funcionan como señales en el tiempo. Por ello tienen naturaleza deíctica.  Un punto de referencia es la persona que habla, el acto de hablar, llamado enunciación. Su voz con un verbo en presente señala ese presente de la voz, el tiempo de la enunciación.  El verbo sitúa el contenido de su lexema en ese momento. El verbo en pretérito hace lo mismo, sitúa su lexema en tiempo anterior al de  la enunciación.

Las palabras se actualizan en los actos enunciativos. Y dentro de la misma lengua se constituyen momentos relativos: canto-canté-hube cantado; hoy, ayer, antes de ayer. El verbo en presente se  constituye como origen de las demás referencias relativas temporales. El origen de referencias, el cero axial, es el yo hablante, señala su tiempo y los demás respecto a él. El señalamiento y actualización de la lengua es egocéntrico. Con la enunciación se produce su anclaje en el tiempo y ha de efectuarlo una persona hablante.

Como es cuestión pragmática la actualización de la lengua no se opera con morfemas. Ningún  morfema puede reemplazar el acto de la conducta. La lengua hablada por definición nunca puede estar desactualizada. Si se oye  hablar es que hay una persona viva que enuncia. Si la palabra está escrita no se sabe siempre.

La enunciación no significa que se actualice la lengua en el tiempo, porque el tiempo se forma en el hombre, sale de él con su vivir  y el lenguaje es conducta en el tiempo del hombre. Las palabras de por sí ni tienen tiempo ni señalan nada, salvo algunas que llamamos deícticas. La lengua se actualiza con su enunciación, acto de un yo. Queda de este modo anclada  en la realidad del tiempo humano. Sin enunciación la lengua está desactualizada.

Si digo que nadie habla es que no hay enunciación y si no hay enunciación no hay deixis, señalamiento,  y la lengua está desactualizada. Las palabras pueden estar ahí, escritas, sin que nadie las diga. Como está la música en una partitura cuando nadie la interpreta. Algo parecido pasa con la lengua cuando se compone con ella una representación. En esto consiste la representación. Se trata de un lenguaje sin enunciación. Y desactualizado como hablar.  Pero la lectura lo actualiza, la recepción es la contrapartida  de la enunciación, cuando esta existe y si la sustituye.

La representación tiene un autor, la compone sin enunciarla.  El acto de la lectura viene a ser como otra forma de activación, una actualización por el otro extremo.  De modo que el lenguaje puede activarlo el receptor, lector, contemplador. Y el emisor en la representación desaparece, porque en realidad no es emisor, sino compositor.

Por lo dicho anteriormente se infiere que en la misma oralidad, sin conocer o tener escritura, la música y el lenguaje se componen y la composición se escribe también. El narrador de un suceso compone la representación de la historia oralmente y la guarda en la memoria o la escribe y la conserva de modo mas seguro. El paso entre el hablar que cuenta un suceso y el componer su representación es el punto originario del texto de la narración.