La lengua como objeto y como hablar

La primera persona gramatical es el signo que atribuye la frase al que la dice. Tengo calor. La frase la dice el que tiene calor, y si no lo tiene, dice una mentira. Esa persona puede ser conocida o desconocida y si es frase escrita la persona puede estar ausente y el escrito conserva la frase de otro tiempo y de otro lugar. Pero es de una persona. La frase la dijo alguien o la escribió una persona que se denomina primera persona, aunque no conozcamos quién sea o sea un difunto o un ser imaginario.

La segunda persona es aquella a la que se dirige una frase, qué listo eres. Una primera persona que habla, se dirige a otra y si esta contesta, qué razón tienes, la segunda se convierte en primera y la que hablo primero es segunda. La persona que habla es siempre primera persona. Y si se contestan uno a otro las personas van cambiando sus papeles y son interlocutores, hablantes alternativos.

El que habla es primera persona, qué listo soy, habla de sí mismo: habla de su interlocutor, que listo eres, habla de un tercero, que listo es el gato. La tercera persona no es persona, puede ser persona, animal o cosa.

La primera persona o hablante puede hablar de sí mismo, el yo, puede hablar de su interlocutor, el tú, o a él y puede hablar en tercera de personas animales o cosas. La tercera instancia no es siempre persona.

¿El que habla siempre es yo, al que se habla siempre es tú. Pero de lo que se habla, tercera instancia, es de personas, animales o cosas, Esa tercera instancia es no persona. Y si son personas se les trata como a cosas. No se habla con terceras instancias nunca, se habla con ellas.

Si una tercera instancia fuera persona y se le dirige a ella la palabra se la convierte en tú y se produce un cambio enorme de situación. De un discurso objetivo, sin interlocutor, se pasa a un discurso subjetivo, porque el tú tiene que ser persona, Y entonces se ha instaurado una comunicación..

Algunos verbos sirven para atribuir lo dicho a un hablante, sean palabras o frases. En su caso se pronuncia una palabra, que pertenece al sistema lexicográfico de la lengua, es un objeto o una unidad de un elenco de unidades. Y lo mismo diríamos si fueran frases hechas o lexicalizaciones. Un refrán pertenece al común acervo del idioma como un objeto. Lo mismo que la palabra portera. Los refranes se citan, pero como no son de nadie, no se cita a nadie. Solamente se puede atribuir la pronunciación. Es un objeto, que estará en boca de quien lo diga, porque los objetos de la lengua no se cogen con las manos, se pronuncian. Pero una frase completa y original no solo se pronuncia, sino que se habla.

La frase saludó atentamente a la portera, no pertenece al sistema de la lengLua. Es parole, acto de un hablante. Un acto de habla original. Por lo tanto, se puede preguntar de quién es, no solo quién la pronuncia. Si se sabe quién es, se le atribuye y si no se puede atribuir, se adjudica a un hablante desconocido.

La frase: saludó atentamente a la portera, sin contexto de diálogo, es una frase en tercera instancia y, por tanto, de persona, pero sin atribuir. No se sabe quién la dijo, a no ser que lo sepamos por el contexto anterior. ¿Quién la dijo? No se sabe o se presupone que la tuvo que decir alguien. El lenguaje pertenece a un ser humano que habla. Pero no siempre. ¿Quién dice la palabra que está en un diccionario o inscrita en una lápida? Esa palabra no se atribuye a nadie ni se pone en boca de nadie ni es necesario buscar a un hablante para ella, está en el diccionario como una cosa. Aun así, todo se puede atribuir a un hablante.

Como la fase es tercera persona la atribución está colocada fuera de ella, quizá en otra frase, con un verbo de lengua, Matilde dijo, exclamó, pidió. Pero si el hablante está presente no hace falta la atribución, puesto que se ve. Pero si no se percibe de modo externo, la frase queda sin atribuir.

En un coloquio o diálogo, como el que reproduzco, las atribuciones se repiten.

— Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

— Y ¡cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

— Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

— Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.

Si son dos los que hablan, la atribución va por turnos del diálogo mismo, pero Cervantes no prescinde de los verbos de atribución nunca, aunque se sepa quién habla.

Ahora bien, teniendo en cuenta que la representación narrativa se escribe con frases en tercera persona y en pretéritos, son frases que requieren atribución para saber quién las dice. Estas frases hay que atribuirlas externamente, hay que buscar a un hablante. ¿Y quién es? Se tenía por tal al autor de la novela, o un tal Cide Hamete Benegeli. Pero es ya acuerdo general que el autor que escribe la novela no es el hablante de ella. ¿Entonces, quién es? Pues un ser etéreo o imaginario, como los personajes. y se le llama narrador, como cuando se dice encargado, si no se sabe quién se ocupa de un asunto. De este modo se resuelve la ineludible exigencia de un hablante y de una atribución externa. Problema cerrado en falso.

Problema mal planteado porque se presupone toda frase en tercera persona la tiene que decir alguien y es algo hablado. Asunto que desaparece, si que se considera que con la lengua se construyen objetos. Los objetos no necesitan hablante. Necesitan un obrador, la pregunta más correcta sería: ¿Quién hizo esto? ¿Quién confeccionó ese objeto de palabras sin hablar? Lo que defiendo es que la exigencia de encontrar un hablante es un prejuicio, un presupuesto falso. En la lengua hay objetos del sistema, las palabras, y nadie se pregunta quien dijo la palabra del diccionario. Pues defiendo que también se componen objetos. Son objetos, que no pertenecen al sistema, son parole, entendida como actos singulares en el uso de la lengua

José Antonio Valenzuela. Junio 2020

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