La lengua como objeto y como hablar

La lengua como objeto y como hablar

La primera persona gramatical es el signo por el que atribuye la frase al que la dice. Tengo calor. La frase la dice el que tiene calor, y si no lo tiene, dice una mentira. Esa persona puede ser conocida o desconocida y si es fase escrita la persona puede estar ausente y el escrito conserva la frase de otro tiempo y de otro lugar. La frase la dijo alguien, la escribe o dice por escrito alguien. Toda frase hay que atribuirla a una persona, es de un individuo, aunque no conozcamos quién sea o sea un difunto.

La contestación a una frase dicha se atribuye a la persona que interviene en respuesta y ambos son ya entre interlocutores:

— Que listo eres
―Cuánta razón tienes
.
Y si la frase fuera en tercera persona, lo mismo
― ¡Qué listos son los gatos!
―Cuánta razón tienes.

Pero la frase: saludó atentamente a la portera, sin contexto de diálogo, es una frase sin atribuir. ¿Quién la dijo? No se sabe, presuponemos que la tuvo que decir alguien. El lenguaje pertenece a un ser humano que habla. Pero no siempre, ¿qué decir de una palabra que está en un diccionario?  Por ejemplo, portera. Esa palabra no la atribuimos a nadie ni se pone en boca de nadie ni es necesario buscar a un hablante para ella. Aun así, todo se puede atribuir: el niño dijo: portera. Los verbos que indican manifestar cosas con la lengua, sirven para atribuir lo dicho a un hablante, sean palabras o frases. En este caso el niño pronuncia una palabra, que pertenece al sistema lexicográfico de la lengua, es un objeto o una unidad de un elenco de unidades. Y lo mismo diríamos si fueran  frases hechas o lexicalizaciones. Un refrán pertenece al común acervo del idioma como un objeto. Lo mismo que la palabra portera  del niño. Los refranes se citan, pero como no son de nadie, no se cita a nadie. Solamente se puede atribuir la pronunciación. Es un objeto, que estará en boca de quien lo diga, porque los objetos de la lengua no se cogen con las manos, se pronuncian. Pero una frase completa y original no solo la pronuncia, sino que se habla.

La frase saludó atentamente a la portera, no pertenece al sistema de la lengua. Es parole, acto de un hablante. Un acto de habla original. Por lo tanto, se puede preguntar de quién es, no solo quién la pronuncia. Si se sabe, se atribuye si no se puede atribuir y adjudica a un hablante desconocido.

Como la fase es tercera persona la atribución está colocada fuera de ella. En otra frase, con un verbo de lengua, Matilde dijo, exclamó, pidió. Y si el hablante está presente no hace falta. Sin un procedimiento externo queda sin atribuir.

En un coloquio o diálogo, como el que reproduzco, las atribuciones se repiten.

— Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
— Y ¡cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
— Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.
— Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.

Si son dos los que hablan, la atribución va por turnos. La da el diálogo mismo, pero Cervantes no prescinde de los verbos de atribución.

Ahora bien, teniendo en cuenta que la representación narrativa se escribe con frases en tercera persona y en pretéritos, son frases que requieren atribución para saber quién las dice. Estas frases hay que atribuirlas externamente, hay que buscar a un hablante. ¿Y quién es? Se tenía por tal al autor de la novela, Cide Hamete Benegeli. Pero es ya acuerdo general que el autor que escribe la novela no es el hablante de ella. Entonces ¿quién es? Pues un ser etéreo o imaginario como los personajes. Se le llama narrador, como cuando no se sabe quién se ocupa de un asunto y se le llama encargado. De este modo se resuelve la ineludible exigencia de un hablante y de una atribución externa. Problema cerrado en falso.

Problema mal planteado porque procede de presuponer que toda frase en tercera persona la tiene que decir alguien y es algo hablado. Asunto que desaparece, si que se considera que con la lengua se construyen objetos. Los objetos no necesitan hablante. Necesitan un obrador, la pregunta más correcta sería: ¿Quién hizo esto? ¿Quién confeccionó ese objeto de palabras sin hablar? Lo que defiendo es que la exigencia de encontrar un hablante es un prejuicio, un presupuesto falso. En la lengua hay objetos del sistema, las palabras, y nadie se pregunta quien dijo la palabra del diccionario. Pues defiendo que también se componen objetos. Son objetos, pero no pertenecen al sistema, son parole, entendida comoactos singulares en el uso de la lengua.

¿Hay objetos fabricados de palabras? Es evidente que los hay. Un poema, por poner un ejemplo sin discusión, es un objeto de lengua. No es parte del hablar de nadie. Sus palabras y su orden es fijo, como una silla, no se pueden cambiar las patas y el respaldo. Una letrilla de Góngora es así como es y no se pueden tocar sus palabras o decir de otra manera como quien da un recado. El recado se puede dar bien dado de cualquier manera, no se rompe ni se altera, pero la letrilla sí.

Una letrilla no la dice nadie, se recita, se pone delante con la pronunciación, del mismo modo que se pone una flor en la mesa o se pronuncia una palabra. El que recita no habla. Y, además, no ha sido hablada, sino compuesta. Como la palabra que ya estaba en el sistema y solo se pronuncia.

Nos encontramos en el terreno de la representación narrativa. Un estrato compuesto con frases en tercera persona, sin atribución a un hablante. En esa condición puede ser que no se sepamos a quien atribuirla o puede ser que no hay hablante y es inútil buscarlo porque es representación, como un objeto que nadie dice. Objeto hecho con palabras. La representación no se puede atribuir a un narrador, sino a un hacedor. De él no nos preguntamos nada, porque está todo en el objeto.

Contra la interpretación de toda la narratología que conozco. Los hechos analizados llevan a entender la desorientación del sentido común  que se sufre, queriendo ver un hablante detrás de cada palabra o que un narrador habla todo el relato. Cuando en la práctica el genuino lector de narraciones no se anda con preguntas, si no se le malicia, entra en el mundo representado desarrollando el sentido de contemplación, con abandono de la comunicación hablada.

¿Dónde está el narrador de las narraciones? No está en la representación, en las frases en tercera persona. Esas frases no hay que atribuírselas a persona hablante o narradora. Si se percibe a un hablante, está detrás de las frases que son inconfundiblemente hablar. Pero Y ¿Quién es ese hablante? No se sabe, precisamente por eso lo llamamos narrador. Con el mismo nombre, sea cual sea el relato. Como el encargado. Los personajes tienen sus nombres. El narrador, no. No está dentro de la representación ni la hace él. El habla. Tiene otro espacio en la estructura del relato.

La conclusión de este escrito es que existen muchos argumentos y razones para entender que sin oponer la lengua como objeto y la lengua como hablar no se capta el sentido de la representación. Sin ella la estructura de la narración no se desvela.

José Antonio Valenzuela                                                                                                  Junio 2020