El texto dual

El texto de la narración es dual. Su partición consiste en la representación por un lado y el hablar del narrador por otro. A su vez en la representación se distinguen cuatro estratos: el núcleo, los imperfectos de acción, los imperfectos descriptivos y los diálogos o estilo directo. En la representación nadie habla. Su esencia consiste en mostrar el mundo concreto con sus personajes, acciones y escenarios. La representación está para ser vista y contemplada. Ninguna voz nos cuenta esa imagen particular del mundo. Si los personajes hablan, su hablar es representado, tanto si son personas reales de una historia verdadera o personajes de ficción.

Estas dos parcialidades, la representación y el hablar, se encuentran en el texto, diferenciadas y contrapuestas, con cierta disyuntiva: reprentación o comunicación. Si se está ante la comunicación, alguien que habla, no hay representación; si se está ante la representación no habla nadie, no hay comunicación.

Si lees en el capítulo 4 de María, la novela de Isaacs, en el que Efraín dice: dormí tranquilo.  Este verbo, tomado sin más y aisladamente, es una indicación de tiempo pasado. No se trata como hecho puntual de representación narrativa. Efraín desde su presente menciona un hecho pasado. Si seguimos leyendo encontramos este núcleo, conjunto en serie de referencias al pasado: dormí tranquilo, soñé que, desperté, entreabrí la puerta, la voz de María llegó, abrí la ventana, observé, … Esta articulación de acciones compone una secuencia y forma una estructura temporal. Este núcleo soporta otras acciones que ya no están en indefinidos, vienen en imperfectos o en formas no personales:  María entraba, al salir había rozado las cortinas, las aves cantaban revoloteando.  También sostiene la descripción de los lugares. Con todo ello se forma la representación de un acontecer, que es parte de un mundo.

Ante la representación el lector se transforma en observador de ese mundo que nadie se lo cuenta. Lo está viendo porque está representado. Y sin embargo Efraín, el hablante al que consideré aisladamente, en una frase, dormí tranquilo sigue hablando. diciendo otras acciones suyas, que son precisamente la serie nuclear. Que formará la viga maestra de la representación. De modo que, al menos en la autobiografía, la idea común de que todo en la narración lo cuenta alguien, parece válida. Y caería por tierra la noción, que sostengo y repito muchas veces, de que en la representación nadie habla.

El ejemplo que he escogido es una narración en primera persona o autobiográfica. Benveniste señaló que el texto historie está en tercera persona, pero el núcleo de nuestro ejemplo está en primera. Y se trata de una representación. ¿Cómo se explica que en la representación hable alguien?

En el caso aislado “dormí tranquilo” he supuesto que Efraín es un hablante, menciona un suceso pasado, con deixis ad óculos de pretérito, ese “dormí” es pretérito en contraste con el presente de su hablar, su enunciación actual.  Esto es una retrospección, sen terminología de Bull, para hablar del pasado; con la retrospección se abandona el presente de una conversación para recordar un suceso pretérito.

Ahora, si dejamos la consideración de que Efraín tiene un hablar actual y enunciativo, persona real, y le vemos como personaje representado, porque lo leemos en una novena, nos ponemos en el camino de resolver una contradicción aparente:  la de encontrar un hablar en la representación, lo que por la naturaleza de esta no puede encontrarse y no hay excepciones. Se resuelve la contradicción aparente al considerar la diferencia que va del hablar en una comunicación en presente, viva y actual, a una representación de ese mismo suceso. Es un salto entre dos entidades de lenguaje diferentes, porque el ejercicio de hablar es diferente.

Observemos este salto en la novela María. Para observar esta diferencia, he planteado el supuesto de que fuera real el hablar de Efraím. Una cosa es su hablar real y otra su hablar en la novela, en la que su hablar está representado, como el ismo Efraín lo está. Relata en primera persona, pero es una representación de hablar. Esto es lo que no encaja con el texto “histoire” de Beveniste y contradice lo expuesto por mí continuamente, desde el capítulo cuarto de: El texto de la narración en español.

La diferencia son dos escenarios: Efraín presente y vivo que comunica episodios de su vida, que incluso pone por escrito, como una carta, pues son memorias, no como género literario, sino recuerdos de los que habla. Y el otro escenario, ha confeccionado una representación con sus recuerdos, ahora sí son memorias de carácter literario y él mismo se ha configurado como personaje de ellas, escribe y habla como personaje representado. No hay que confundir la persona viva con el personaje que hace de él, representándose a sí mismo.

Estos dos escenarios se darían si tomamos por verdad lo que dice la misma presentación de la novela. Pero ha sido un supuesto, Efraím no ha existido y es personaje desde el principio. por lo tanto, concluimos en la representación no haba nadie, porque el que habla es personaje y está dentro de ella. Y su hablar es fingido o no real y por lo tanto sigue siendo válida la afirmación: en la representación nadie habla.

En resumen: si nos situamos ante el hablar de Efraín en el primer orden de realidad, siguiendo ingenuamente el supuesto engañoso de la novela, somos sus oyentes, nos habla de su pasado. Si nos situamos ante la representación somos observadores de lo que dice. Efraín es un personaje, del mundo representado, desde el que nadie nos habla, pero él habla, porque los personajes hablan, porque hablar es una conducta que puede representarse, y se puede representar el hablar de la recollection, contar un suceso pasado.  Efraín habla de sí, y representa su conducta, pero es un personaje.

La representación narrativa es lo que es: una mostración para ver el mundo sin que nadie te lo cuente. Pero en el caso del relato autobiográfico la mostración o representación parece contada por el personaje protagonista que habla. Como es un personaje pertenece a la representación y esta se forma con su hablar. Es personaje representado que habla. Su deixis de presente no es actual sino con referencia al campo mostrativo en el que es personaje, se aplicaría aquí la deixis en fantasma de Bühler. Si Efraín pertenece a la representación, aunque fuera persona histórica, se encuentra fuera del compromiso de la enunciación actual.

De modo que en el relato en primera persona el lector mantiene el distanciamiento, observa lo que dice. Y el protagonista es el que habla, el que hace la mostración. De este modo la mostración es contada con un hablar que no es auténtico, que no se configura en una estructura de comunicación real, que anularía la independencia de la representación.

Al Efraín que el lector contempla en el mundo romántico y maravilloso de la novela María, se le ve hablar y contar su historia.  Le ve en su presente representado; pero el lector lo contempla desde su presente de observador. El lector contemplador no se convierte en oyente real de Efraín.

En esta explicación no he considerado si la representación responde a un suceso histórico o es suceso ficticio. Esta diferencia no cambia nada. He supuesto que Efraín es persona real, cuando en realidad es ficticio y ya lo sabía. Me ayuda el narrador cuando al principio dice que entrega reescritos los apuntes de Efraín, finge que él y Efraín son personas reales, hasta el punto de dedicar el escrito a los hermanos de Efraín. Pero si sigo aceptando este juego, incluso si fuera del todo verdad y todo hubiera sido real, el análisis del texto no cambia nada. Dalo mismo si fue real o no.

En la representación histórica la persona que escribe sus memorias pasa a ser personaje en su relato. Los términos lingüísticos son los mismos. En el relato de primera persona no aparece ninguna diferencia por el hecho de que sea real el asunto o sea ficticio.

En el relato de tercera persona, en su representación, no aparece nunca un hablante. En el relato autobiográfico tampoco, aunque aparece alguien narrando hechos en primera persona, es un personaje. Lo mismo que he dicho de María se puede decir del Lazarillo de Tormes. Por tanto, la ley general es, si esto es cierto según lo creo por las razones dadas, que todo relato autobiográfico responde a un pseudo hablar.

Artículo escrito en agosto 2017
Revisado en abril 2019.
Nueva versión en 2020

José Antonio Valenzuela

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