Gramática del texto de la narración

Esta entrada se escribe con referencia a lo tratado en El texto de la narración en español, en los números 21 y 35 y otros varios. Y recoge dos entradas con el mismo título que se eliminan.

Se trata de algunas insinuaciones sobre la gramática del texto narrativo, que está por hacer. El lenguaje exclusivo de la narración se encuentra en los estratos mostrativos. Describir cómo está formada la lengua de la representación equivale a componer su gramática. No se encuentra este lenguaje propio en la parte dialogal, que es también un estrato mostrativo, pero en él se representa el uso de la lengua hablada. La lengua de los diálogos no es la específica del texto de la narración, porque son personas que hablan y emplean la forma común del hablar, forman parte de la representación, pero no de su lenguaje. Y por razones análogas el hablar de un narrador tampoco es la lengua específica de la narración. No es lenguaje de representación, sino de hablar.

La representación pone un retablo de lo singular y concreto. Ese retablo tiene que contener una historia, mostrar hechos sucesivos, hilvanados en continuidad. Tan esencial es este contenido, que sin él no hay narración. Si falta, se disuelve. Pero no es lo único que contiene el retablo. Se representan en él realidades estáticas sin tiempo alguno o acciones laterales al núcleo configurativo de la historia.

La presentación del mundo en el retablo se desdobla en dos formas diferenciadas lingüísticamente.  Un conjunto de frases, o estrato, muestra un acontecer; otro conjunto, colateral a los hechos, sin el valor temporal de la historia articulada, se denomina descripción. Estos dos elementos son dos especies de representación, ambas muestran lo concreto singular. Las dos formas tienen un común carácter mostrativo. Se diferencian porque en la primera tenemos la historia, el trascurso del tiempo.  El término frase mimética, o frase apofántica, que se aplica a las frases de los dos estratos, viene a significar lo fundante de la representación. Con ambos se constituye un mundo de individuos y cosas singulares. Fundamento que no se puede poner en tela de juicio. Lo representado hay que aceptarlo como se acepta la realidad misma. La duda de si es o no es no tiene cabida. El mundo es así. La historia así es.

El texto que corresponde a la representación narrativo-descriptiva tiene frases propias. Y hay otras frases que nunca pueden encontrarse en un discurso donde se representa lo singular y fundante. En el estrato representado no podemos encontrar una frase que exprese duda, condición, disyuntiva o asuntos que implican incertidumbre de la realidad representada. La representación exige lo concreto, la objetividad de la tercera persona. Requiere asentar los sucesos y lo escénico como la verdad presencial, no se pueden representar nada dudoso, lo que todavía no existe o tiene existencia condicional.

Una expresión de duda no sirve para representar. Es lo antitético, porque se trata de establecer lo que las cosas son. Por esto no hay subjetividad, nadie habla. El texto es como un objeto y lo que se representa es un mundo concreto, sin pareceres. Nunca ideas generales o reflexiones. Lo que dice alguien nunca puede ser fundamento de la realidad. En el texto de la representación no cabe el yo digo tu opinas. No es comunicación.

La gramática del texto narrativo es gramática de las frases narrativo-descriptivas, miméticas, apofánticas. Si no se distinguen estas frases de las demás, no se puede diferenciar una gramática de la narración en contraste con la gramática general. El leguaje de la narración es específico y propio y con él se construye la representación.

La narración tiene que contener la representación de un suceso. Asunto imprescindible, no es optativo. El texto de la representación narrativa contiene una estructura sintagmática temporal, que consiste en la serie de acciones puntuales, formada con los perfectos simples. La articulación del tiempo es lo esencial del texto, pues consiste en una historia representada, los sucesos hilvanados en continuidad.

Conviene tener en cuenta que los sucesos que componen la historia no son acontecimientos colocados en el tiempo. Como si este fuera una entidad previa y vacía. La arquitectura del lenguaje, la serie sintagmática, es la que forma el tiempo. El tiempo de la historia es la sucesión de acciones o eventos, el puente establecido entre una acción y a siguiente. La representación es la partitura, son los momentos que han de recorrerse para ponerla en el tiempo, para alcanzar la historia, suceso vivo, y esto lo que hace el lector.

Por ello en la estructura de la narración y de su texto se contiene un elemento temporal tan hondo, que sin descifrarlo no se puede dar un paso adelante. En general la expresión del tiempo constituye un elemento esencial de la gramática, que se centra en la forma más importante de la oración, el verbo, para explicar la temporalidad, la forma en que la lengua recoge la experiencia humana del tiempo. Y en el verbo se centra también la diferencia entre la gramática del hablar común y la gramática de la representación narrativa.

Lo esencial del texto narrativo es su articulación temporal, que se realiza en la serie verbal de perfectos simples o indefinidos. El tiempo en la narración es primordialmente la arquitectura del suceso y la función que cumple, como núcleo en todos los demás elementos.

La gramática general nos dice que el verbo actualiza la lengua en el momento del habla, al emitirla un hablante, con ese acto de enunciación se realiza el anclaje en el tiempo. Su temporalidad es deíctica ad oculos. en situación de comunicación. El verbo no es un sustantivo, simple significado. Significa una acción o proceso, incluso un estado, pero es una señal en el tiempo del que habla. Por ejemplo, Reichenbach, que contempla todos los tiempos que existen en el sistema verbal, e incluso los que no existen, porque es una construcción teórica, enfoca cada tiempo aisladamente, pero pronunciado, actualizado como señal en la enunciación. Así se estudia el tiempo en todas las gramáticas.

En la representación narrativa, sin embargo, los verbos que componen el suceso de la historia no los pronuncia nadie. Están colocados como en un retablo. En una colocación sucesiva. Tienen el significado de proceso, indican una acción, levantó la mano, golpeó con el hacha, cada uno una acción el tiempo, pero en el tiempo de nadie. Como las notas en el pentagrama que esperan la pulsación que las active en el tiempo. Nadie las activa hasta que se leen.

Los verbos se emplean de modo tan diferente que en su peculiaridad debe centrarse el estudio de la temporalidad de la narración. Es una gramática diferente y sin desarrollar. Las explicaciones que se dan en las gramáticas son inadecuadas por lo que se refiere a la deixis verbal y a la sintaxis oracional.

El verbo que se emplea en la representación narrativa carece de deixis, y además no emplea nunca el subjuntivo, no dispone de los tiempos de la esfera del presente, el pretérito perfecto simple, con el que se forma la arquitectura temporal básica, no tiene valor de pasado, no se narra en futuro, porque los actos que no existen no se pueden representar. Y todos estos cambios crean modificaciones en el empleo de las expresiones temporales como se puede comprobar examinando el cuaderno de Hortensia Martínez García: Construcciones temporales. 2003.  Estudia, como indica el título, las formas de expresión del tiempo. Además de los adverbios y construcciones adverbiales de tiempo, se ocupa de las oraciones subordinas, `por lo tanto dos oraciones juntas en relación temporal. Contiene más de quinientos ejemplos del español estándar. No se puede saber el origen de los ejemplos, pero en su inmensa mayoría no proceden de textos de representación narrativa.

Esto se deduce fácilmente. En el texto mostrativo, el propio de la gramática de la narración no aparecerá nunca un presente, ni un pretérito perfecto, ni un futuro, ni un condicional ni un subjuntivo. Nunca aparecerá el yo, el , el hoy, el mañana, el ahora. El hoy aparecerá como ese día y el ahora como entonces. Las ideas generales no tienen cabida, como un refrán o un juicio, a buen entendedor, pocas palabras. La representación no tiene por materia ideas, sino realidades concretas. Los razonamientos y explicaciones tienen que atribuirse a un hablante, un narrador, no son texto narrativo.

Un verbo de habla dijo o decía tiene por complemento, en lenguaje indirecto, lo que dijo el personaje: comeré con Alicia; y en indirecto las palabras del narrador, Juana dijo que comería con Alicia.  Las palabras dichas por un personaje pertenecen al texto mostrativo, pero no a la gramática narrativa, sino a la gramática común del hablar, al sistema verbal general. Las del lenguaje indirecto pertenecen al hablar del narrador y no son mostrativas.

La representación narrativa requiere la tercera persona, no dispone de todos los tiempos del sistema verbal ni de todas las formas personales, pues se excluyen la primera y segunda personas. Las frases: me acuerdo de aquello, ¿han llegado los estudiantes?, si hubiera sido posible, -le convenciste tú, después de convencerle yo-, -después de la juventud, llegará la vejez, no pueden ser elementos de una representación. Lo serian estas otras: se acordó de aquello, llegaron los estudiantes, fue posible, -le convenció uno, después de convencerlo otro-, después de la juventud le llegó la vejez. Es evidente que en la representación no hay interrogativos ni preguntas, porque no hay comunicación entre personas. La representación tiene restricciones con respecto al habla. La representación delimita y restringe el amplio lenguaje del hablar.

El cuaderno de Hortensia Martínez es un ejemplo no excepcional, el cuaderno cumple adecuadamente su fin. Lo mismo se puede decir de la gramática de la AE. Pero es perfectamente inútil para estudiar la temporalidad de la narración. La representación es un discurso propio. Abundaré en las diferencias.

El anclaje del verbo narrativo no existe, el verbo está colocado en la serie. Cada uno de los tiempos se activará en el momento de la lectura, en el recorrido del lector, en paso instantáneo por cada acción de la serie. El acto de lectura equivale al acto enunciativo del hablar. Un momento enunciativo en el interior del lector. El lector, que no es hablante, actualiza el lenguaje en momentos puntuales y sucesivos, cuando despliega su contemplación sobre lo representado. Esos instantes, con un paso tras otro, despliegan el suceso. Convierten lo representado en suceso temporal.

Cuando un hablante vivo enuncia y emite un tiempo presente de la conjugación, usa un presente, hace con él autorreferencia a su ahora. Desde él, como persona hablante, desde su ahora vivo señala su tiempo. Y así funciona la deixis en el habla común. En la lectura narrativa la deixis no funciona así. Primero está la representación, que es un objeto, que en sí no tiene tiempo, porque nadie lo enuncia. El objeto de lenguaje, lo representado, es lo que antecede. El lector contempla un objeto sin tiempo, lo actualiza en el suyo, y sigue la arquitectura temporal con la que está construido, puesto que contempla una historia, que se hace viva en él. Cada tiempo de la serie es el presente de la contemplación narrativa. De modo que la deixis funciona en sentido inverso al de la enunciación. El lector efectúa el anclaje de lo representado en su tiempo, pues el tiempo pertenece a las personas, sean hablantes o lectoras.

En la comunicación estamos ante un hablante y su tiempo. En la narración estamos ante el texto apofántico, mostrador, que contiene una historia representada concreta es completamente inútil la gramática general del verbo, tiene que estar diferenciada funcionalmente. Dice Hortensia Martínez: el valor del verbo “consiste en significar la relación entre lo referido por la parte léxica y el momento en que se produce la conjunción (caso de los tiempos absolutos: presente, pretérito y futuro), o bien entre lo referido y un momento especificado en el contexto (como sucede en los tiempos relativos: imperfecto, pluscuamperfecto y condicional) pág. 10.

La gramática del texto de la narración se asienta en tiempos desligados por completo del presente enunciativo. Un sistema verbal derivado del común por el fenómeno de la representación y en cierto modo contrapuesto a él. Lo que expongo ora sobrepasa la noción de actualización que planteé en mi tesis doctoral, pero no se invalida en lo fundamental. Puede consultarse en el siguiente vínculo.

 (http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcrj4s9 

Ningún estudio o tratado gramatical tiene en cuenta esta diferencia de discursos, empezando por la GRAE, y por ello en las ejemplificaciones se mezclan las oraciones que pueden ser narrativas con las que no pueden serlo. Ilustran los tiempos con toda clase de matices, menos el empleo narrativo. Hay frases que no pueden ser narrativas nunca.

Por ejemplo, en el trabajo de Hortensia Martínez: Construcciones temporales, 2003, se ejemplifica el uso de los adverbios temporales en conjunción con el valor temporal del verbo. Y este siempre se sitúa en el contexto de la comunicación y por ello el verbo implica el acto enunciativo, a él se refieren y los complementos circunstanciales de tiempo, los adverbios y expresiones adverbiales. Planteamiento que, en el caso de un texto de representación no tiene sentido. La deixis temporal del verbo no es posible, salvo la anafórica, dentro de lo ya representado.

Cuando se trata de oraciones adverbiales de tiempo, una principal y otra subordinada temporal, pueden contener dos indefinidos en tercera persona, y ambos pertenecerán al núcleo. Son, aparte de la sintaxis oracional que explica la autora y miembros de la arquitectura sintagmática de la representación: Dos indefinidos son dos puntos temporales, en la serie de actos que componen la historia. Por ejemplo: tuvo problemas desde que nació hasta que cumplió los cuatro años (pág. 43) o tuvo problemas hasta que cumplió los cuatro años. La subordinada temporal delimita del tiempo referido en el proceso del verbo principal. Lo que quiere decir que entre las frases de la representación narrativa caben relaciones de orden temporal, causales, consecutivas y otras; pero en ningún caso cabe una relación condicional.

El tiempo narrativo es la arquitectura temporal con la que se traza el relato.  Cada evento es un momento de la lectura, en la línea sucesiva por referencia al evento anterior. La secuencia no es simple colocación en orden lineal, porque la lectura es un acontecer de contemplación viva, que hace falta recorrer, el suceso narrativo tiene lugar cuando se presencia, aunque su movimiento esté en el interior imaginario del que lee. El suceso mismo es el que pide y necesita el orden. La gramática de la narración tiene por tarea la observación de estos fenómenos, pero es intuitivo decidir si una frase es mostrativa o no lo es.

Por ejemplo, la diferencia entre la frase (1) Juan abrió un paquete, que es un evento concluido, y la frase (2) Juan jugó al futbol, que consiste en una actividad abierta, se encuentran diferencias aspectuales al considerar los eventos en su significación, pero si leemos estas oraciones en un texto narrativo: “Juan abrió el paquete, sacó las botas nuevas y jugó al futbol” las diferencias de aspecto léxico no importan. Lo que importa es su valor perfectivo gramatical, y los tres verbos se encadenan por este valor completo de sus tiempos, sean de la clase semántica que sean. Con el aspecto léxico no se articula la sucesión temporal del relato.

La secuencia de eventos compone un suceso y el suceso es secuencia de verbos linealmente dispuestos y trabados como una cadena de eslabones bien delimitada. El aspecto perfectivo gramatical es el que articula la serie de los eventos. Si su valor léxico de carácter télico o atélico apenas importa.

El lector que observa el entramado del suceso necesita pocas explicaciones para entender como está formado el hilo del relato. Las múltiples disquisiciones y teorías dispares sobre el verbo de nada sirven, si no se ven en el texto de la narración. Estas consideraciones son apuntes tentativos que pueden ayudar a delimitar los temas propios de una gramática en el texto de la narración.

José Antonio Valenzuela

Noviembre 2020

20 abril, 2017 / 13 septiembre, 2017 / marzo, 2020 / noviembre 2020 ·

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