Narración. Trama del texto, capítulo 4

Doc anexado a la entrada El asedio, sobre el cap 3 de Sánchez Adalid

Los capítulos anteriores corresponden a los estratos que forman la representación del suceso en la que nadie habla. El núcleo de la aventura, los escenarios descriptivos, las acciones o eventos en un plano secundario. Al menos esto es así mientras no dejemos la representación en tercera persona. Si la narración está escrita en primera persona, un personaje como Efraím en la novela de Jorge Isaacs o Lázaro de Tormes cuentan los sucesos de su vida y ahí esta el problema: la paradoja de que nadie habla cuando alguien habla.

En el relato de tercera persona solo hablan los personajes entre sí. Su lenguaje corresponde a los diálogos, que son el asunto de este capítulo. Las palabras de los personajes, por medio de los diálogos, se incorporan a la representación de los demás sucesos. Si comparamos con el cine, el acto de abrir una puerta, por ejemplo, se representa con imágenes de la puerta en movimiento, pero en el texto narrativo hay que escribir: abrió la puerta, y quizá sea necesario decir para que se sepa quien la abrió.

Pero en la película al tiempo que la imagen se ve, también se oye: pase, por favor, usted delante. Y en la representación hay que escribir: abrió la puerta y dijo Isabel amablemente: pase, por favor, usted delante. Las acciones visuales se representan con palabras y las palabras con palabras. Esto es lo que exige la escritura. Por lo tanto, tenemos dos clases de representación, y dos tipos de frases narrativas. Por esta razón los diálogos forman un estrato diferente.

La autobiografía

Pero cuando un personaje cuenta su historia, es decir, es un relato en primera persona o autobiográfico; entonces la frase anterior sería: abrí la puerta y dije amablement: pase, por favor, usted delante. Entonces el acto abrir la puerta, es como antes un acto no verbal, que se ha representado con palabras; pero la diferencia, con respecto al caso anterior, es que lo está diciendo alguien. La representación no es objetiva, está contada, por ser primera persona.

Debido a esta aparente dificultad y para mantener cierta claridad de la exposición, iré por partes y dejo el relato autobiográfico de primera persona para un momento posterior, en un capítulo aparte. Es necesario para explicar el relato autobiográfico, estudiar primero el hablar directo de los personajes, el hablar que tienen entre ellos o el monólogo. Este hablar de los personajes se atribuye a terceras personas: don Quijote dijo. Pero si un personaje habla de sí mismo, relatando su historia, y se atribuye los hechos que cuenta, la representación está en primera persona y la dice él.

Ahora, cuando digo que en la representación nadie habla me atengo a la narración de tercera persona, en ella se puede apreciar sin dificultades y con claridad que nadie cuenta una representación. Los tres estratos, núcleo o primer plano, argumento o segundo plano y descripción, se ven o se contemplan, no se oye a nadie hablando. Pero en este cuarto estrato, los diálogos, se oyen las voces de los personajes.

En la representación narrativa nadie habla

La asociación tradicional del relato con el contar, con el hecho de que la historia siempre alguien la refiere, es tan intensa que se requiere un esfuerzo para abandonar el tópico de que la cuenta siempre alguien. Es necesario superarlo para entender bien la narración y su entramado. La comparación con otras representaciones puede ser ilustrativa. ¿Quién habla desde un retablo o desde un grupo escultórico? ¿Comunican algo? Sí, puede decirse que hablan metafóricamente, pero hablan con su presencia, porque son representación. Son un objeto. Pues del mismo modo la representación de un relato es un objeto, comunica con su presencia, y está confeccionado con palabras, pero nadie habla.

Ahora bien, en todas las historias o en casi todas, los personajes que actúan en ellas hablan; por lo tanto, se representa su conducta completa, sus hechos y su hablar. Dos representaciones diferentes. Los diálogos son hablar común y representan la vida; por eso los personajes pueden hablar como se habla en la vida, sin ninguna restricción. La lengua hablada, toda la posible, se encuentra en este estrato dialogal.

Por el contrario, en los tres primeros estratos de la representación no se encuentran todas las posibilidades de la lengua común del hablar. Es un lenguaje más restringido, es un discurso mas limitado y diferente. En él no puede haber presentes, no hay subjuntivos, no hay frases condicionales, no hay preguntas. No hay subjetividades, ni yo ni tú, ni opiniones. Porque la representación del mundo requiere toda la certidumbre. Se atiene y se escribe en los tiempos verbales que la dan. Los que producen la objetividad y la presencia indubitable. Sobre la noción de representación debemos ahondar bastante para captar la naturaleza del texto de la narración. De momento está claro el contraste de este discurso de la representación con la lengua del hablar de los personajes, que es el hablar común irrestricto.

La representación de lo hablado

Los diálogos o monólogos son también representación, este hablar se contempla, como se contempla el espectáculo teatral. Es un hablar representado, no un hablar vivo. No consiste en la conversación real trasladada al texto, sino imagen de ella. ¿Cuál es la diferencia entre la representación del hablar y la representación de la conducta no hablada? Reside en que, en los diálogos coincide la materia de lo representado y la materia de la representación. En ambos casos es lenguaje.

A diferencia de la representación objetiva, el hablar es siempre subjetivo y su contenido hay que atribuirlo a la persona que habla.

Todo lo representado tiene carácter fundante de ese mundo, de su “realidad”, que no puede ser discutida. La persona que se encuentra ante un río o ante una casa no tiene incertidumbre de su presencia. De igual modo, si no se acepta la representación tal cual viene dada, como se aceptan las olas del mar, la simple realidad, incluso a sabiendas de que sea ficticia, si no se acepta esta convencionalidad, no se puede realizar un acto de contemplación. La representación y la incertidumbre es como imagen bajo el agua movida. No es posible.

No se puede presenciar algo que tenga existencia dudosa. La representación insegura no funcionaría. El mundo narrado no tendría sustentación alguna. La realidad representada hay que aceptarla, además, con independencia de que sea historia real o ficticia, puesto que en una primera instancia esto no se sabe. En este rasgo se encuentra la fortaleza de lo representado. Creo que esto tiene que ver con lo que llama Aristóteles imitación.

Y por lo que se refiere a los diálogos, estos tienen el mismo carácter, pero con referencia al hecho de hablar. De que don Quijote habla con Sancho ante los molinos no puede caber duda, pero lo que dice no es realidad fundante de la representación, sino relativo a su subjetividad de hablante. El hablar está representado, pero no puede tomarse por realidad lo que dice, el que habla puede opinar, preguntarse, sugerir y tantas cosas que no pueden tener lugar en la representación.

Ahora, atendiendo a lo que supone de diferente la representación del hablar, hay que distinguir lo siguiente: la conducta de hablar es como la conducta de los hechos y aventuras, que son lo fundante de la historia. El hablar de don Quijote es un hecho, requiere la aceptación de lo fundante, como los demás hechos, pero el contenido de lo dice hay que atribuírselo a él. Que esté hablando no debe dudarse, pero lo que diga hay que relativizarlo. No tiene la condición de realidad o verdad indiscutible.

El diálogo es representación y en él nadie habla al lector, pero se habla y lo presencia el lector. Esto hay que tenerlo en cuenta para cuando, mas adelante, trate del hablar del narrador, que podrá juzgar a los personajes y opinar sobre la vida, pero su hablar tiene que estar sometido a lo fundante.

La representación de los diálogos es distinta también porque su lengua es la del hablar común, utiliza todo el sistema verbal, a diferencia del lenguaje que corresponde a la representación del mundo no hablado. Su lengua, los recursos de que dispone, queda limitada al uso de los tiempos narrativos, como se aclarará más adelante; pero ya ahora se deduce que no cabe, por ejemplo, el uso de los tiempos que indican futuro, por ser una realidad inexistente, irrepresentable. En la representación no aparecerá un futuro, pero un personaje puede hablar del futuro.

El estilo directo

Esta representación requiere recordar la naturaleza del estilo directo que explican las gramáticas. La conducta hablada es introducida por verbos, con los que se menciona esa conducta tan variada: decir, gritar, susurrar, suspirar … , una infinidad de ellos y frecuentemente complementados: dijo con énfasis, también con mucha variedad de modificaciones. Se les denomina verbos de comunicación o verba dicendi. Estos verbos introductores, se encuentran unas veces en el núcleo y otras en el segundo plano de imperfectos, representan la conducta, mientras que el diálogo directo la reproduce en sus términos. Como esta conducta es verbal se reproduce con sus mismas palabra, se introduce en el texto de la representación el mismo hablar: lengua con lengua.

Pero, en realidad,  no es el mismo hablar, de igual modo que la fotografía es representación icónica de una persona, pero no es la misma persona. El hablar de los personajes en la representación, no es auténtico hablar real, es pseudohablar, según la palabra expresiva con que lo califica Martínez Bonati. Es una imagen del hablar, representación enmarcada en otra representación. No es la misma acción verbal, pues la verdadera tiene otro enmarque y ahí está la mayor diferencia. Puesto que la reproducción misma será siempre algo aproximado, difícilmente será una transcripción exacta.

Los diálogos o monólogos se intercalan en el acontecer representado y dependen estructuralmente de ese estrato y se sostienen por él. El lector contempla tanto la trama como el diálogo, ambos son mostración o imagen de un mundo. Cuando los sucesos de la historia están discurriendo ante los espectadores, aparece, interrumpiendo su secuencia temporal, el hablar. Cambia el ritmo. No hay regla ni pauta alguna que indique la necesidad de este estrato. Se introducen y se cambia de estrato en cualquier momento de la historia.

Los diálogos interrumpen y continúan el argumento

Insertados en la secuencia temporal de los hechos representados, aparecen otros hechos, los diálogos o parlamentos, que son representación también, pero de otro carácter, como he indicado, y además en ellos el tiempo se mide de otro modo. Su ritmo tiene la misma medida de lo representado. Tanto da que se reconstruya lo que se presume histórico o que se cree de ficción. El hablar tiene una temporalidad lineal tanto en la realidad viva como en la representada, es la misma. El diálogo lleva consigo el tiempo real del hablar.

La diferencia entre lo imaginario y lo real histórico, tanto en los diálogos como en el resto de la historia,  es un problema. ¿Cómo se puede saber si un relato es verdadera historia o asunto de ficción? Es un asunto de importancia,  pero el problema de esta esta aclaración no se puede plantear sin que la representación esté ya confeccionada. Es decir, es un asunto posterior al carácter y naturaleza de la representación. No hay representaciones de un tipo o de otro. Solo hay una. 

Leemos:

— ¿Has acabado tu arenga, Sancho? —dijo don Quijote.

— Habréla acabado —respondió Sancho—, porque veo que vuestra merced recibe pesadumbre con ella;

Los verbos de lengua, dijo y respondió, pertenecen al núcleo. En el núcleo se representa una conducta por medio de un verbo de lengua y a continuación se reproduce esa conducta, remedando las palabras.

Se pasa de un estrato a otro. En esto consiste el “estilo directo”, al menos en la narración. Tampoco ha de verse a un hablante, el narrador, que introduce el habla de los personajes y atribuirle el verbo de lengua: respondió don Quijote. Como si fuese el narrador el que pronunciara ese verbo de lengua y citara el hablar de otro. Los diálogos narrativos no son citas, porque nadie cita. Esta fórmula se encuentra en cierto modo acartonada, porque se emplea, como hace Cervantes, continuamente sin ser necesaria. Y mantiene la falsa impresión de que lo representado lo dice alguien.

Las frases de los personajes tienen que estar entroncadas en las figuras del relato, y estas figuras se constituyen en los estratos previos: en los estratos argumentales, en el núcleo y en el argumento en imperfectos. Porque, al ser una frase reproducida, tiene que incluir la situación en la que se produce: quién dijo y a quién, y esto lo indica el estrato básico. Se trata de un punto de conexión entre dos estratos del texto. En el Quijote se incluye la atribución al personaje en todas las frases dialogadas, dijo Sancho, respondió don Quijote. En todas y en cualquier posición, antes, después o intercalada en el parlamento. Esta última resulta una aclaración casi siempre innecesaria.

Dialogan largamente el barbero y el cura en el escrutinio que hicieron en la librería de don Quijote, el capítulo vi. En cada intercambio aparecerá: dijo el barbero, contesto el cura y todas las variaciones. Si el lector no se enajena de ellas, quizá oiga continuamente la voz del narrador. En textos más modernos el dialogo se introduce sin verbo de lengua, si no se presenta confusión entre varios hablantes, porque entonces hay necesidad de atribuirlo a alguno. Pero en una secuencia de intercambios no hay ambigüedad, porque ya lo dice la misma arquitectura temporal, es decir, la secuencia. Si hablan dos, a una intervención sigue otra. Y evidentemente no hay ninguna ambigüedad en el diálogo del Quijote. En el que he citado y en la mayoría de ellos.

La representación y la comunicación son contrapuestas

Queda claro que la separación entre el mundo representado y el mundo que presencia lo representado es completa. Son mundos incomunicados lingüísticamente. Entre la escena y el contemplador hay comunicación, pero no es hablada. Hay que contraponer estas dos opciones: se contempla una representación o se mantiene una comunicación lingüística. Una cuestión es ser espectador y otra ser hablante o participante de una comunicación, aunque sea como oyente. La voz del narrador no es representación, es un hablante que está en el texto de la narración, pero fuera de la representación. Trato de esta voz en el capítulo siguiente.

Por último indicaré, con sumo interés y pensando en profesores de lengua, que se puede abordar la explicación de la narración y la guía en la práctica de quienes quieren escribir, empezando por este estrato dialogal. Es decir, desde la representación del hablar, que puede realizarse a partir de material grabado, pasando del hablar vivo al hablar representado, y luego confeccionar, en una segunda etapa, el marco del diálogo que es la representación de su marco.

Este me parece que es el camino adecuado para enseñar a escribir. El diálogo de la conversación es mas elemental y directo, mas visual y auditivo. Y es primario con respecto a la representación. En los primeros pasos de enseñar a escribir, seguir este itinerario es, me parece, lo mas adecuado: partir de la lengua dialogada que ya se domina. Pero en el entendimiento de su estructura, de lo que trata este libro, se requiere comenzar, me ha parecido mejor, por lo que es más fundante.

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